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25 jun 2019

El aula-huevera es educación low cost

Entrevista de Saray Marqués para Magisnet, publ. 10/6/19

El sociólogo Mariano Fernández Enguita da por amortizado el modelo de aula tradicional y aboga por el concepto de hiperaula. Y predica con el ejemplo.

Displays de distintos tamaños, paredes rotulables y magnéticas, atriles y sillas móviles, innumerables posibilidades de distribución. Todo eso es la HiperAula.ucm. “No hemos puesto colchonetas, pero el suelo está limpio y se puede trabajar de pie, sentado, en toda clase de agrupamientos. Al poder hacerse eso con el espacio el profesor puede hacer lo que quiera con el tiempo”, explica su promotor, el sociólogo Mariano Fernández Enguita.

¿El fin del aula tradicional está cerca?

–La última antes de su extinción estará en una universidad. Probablemente en una filología clásica. Yo estuve en Salamanca 15 años. Allí se conserva el aula Fray Luis. De hace 450 años. Una preciosidad, pero está de exhibición para los turistas. Nadie pretende que se dé clase en ella. El problema es que en la Complutense se da clase en aulas así pero más feas. En la universidad es difícil –si el profesor de Primaria o Secundaria es el rey, el de la universidad es dios–, pero hay un montón de gente que quiere hacer las cosas mejor.

Sostiene que es en el terreno intermedio, no en el macro, de la política educativa, ni el micro, el profesor con su grupo, donde se juega todo.


–Es famosa la anécdota de un director general francés que ante una comisión sacó el reloj y dijo: “A esta hora todos los alumnos en el liceo están dando esta lección”. Eso representa la mentalidad de que hay una fórmula que todo el mundo debe aplicar. Es el modelo taylorista del one best system. Y luego hay otra tradición, “cada maestrillo tiene su librillo”; u,  hoy,  “Que hagan leyes, que yo seguiré haciendo lo mismo”.

Lo de la gran fórmula en realidad nunca ha funcionado, pero cada vez menos, porque tenemos a todo el mundo 15 años en la escuela, y tratarlos por igual sólo puede producir estragos. En cuanto al maestro no sabe tanto ni las fórmulas que se le ocurren son siempre buenas ni tiene al alumno todo el tiempo.

Hay un espacio intermedio, meso, la escuela. Implica la dirección, el proyecto, la colaboración con centros  cercanos… Y, como el centro es muy grande para ciertas cosas, tiene distintos subniveles. Ahí es donde se juega todo hoy. Por eso hay que trabajar en equipo.

¿La privada juega con ventaja?

–Esta es una universidad pública donde la mayor parte de la gente sale para ir a centros públicos, y hemos demostrado que se puede. El problema para innovar en la Pública es el mecanismo de decisión, no el dinero. Es la dificultad de decir “Voy a hacer esto”. Porque no te dejan. O se levanta el Claustro: “No me toquéis nada, que me quedan cinco años para jubilarme”. O “Tú haz lo que quieras. Yo, en mi clase, como siempre”.

Y hay riesgo de perder el tren…

–Acabo de recibir una invitación para incorporarnos a FLEXspace, una red internacional que populariza experiencias como esta. Estamos en un momento de cambio en el que es complicado estar fuera. Estas cosas son aún minoritarias pero muy numerosas ya. Es imposible no verlas.

El profesor forma a sus alumnos para trabajos que no existen desde un lugar a punto de desaparecer.
—Estamos en una sociedad de la información y el conocimiento donde todo lo rutinario va a ser absorbido por la maquinaria y nos va a quedar lo otro. Yo siento no vivir 200 años en buenas condiciones para verlo. Me parece apasionante. A veces popularizamos frases como la de que el 65% de los niños trabajarán en empleos que no existen. Se atribuye a un informe del Departamento de Trabajo de EE UU. No existe, pero todo el mundo quiere oírlo. Es como lo de que hace falta un orientador cada 250 alumnos según la Unesco, o aquello que ya nadie repite –”La Unesco ha dicho que el número idóneo es 28 alumnos por aula”–. Nunca lo dijo.

Pero sí tiene referencias de que este cambio funciona.


–Sí, se está haciendo bastante investigación y todo indica que funciona. Lo que no hay es ni una prueba de que lo anterior funcionara. Busque una investigación que diga que la escuela graduada –alumnos de un curso en un aula haciendo lo mismo– es mejor que la unitaria. La alternativa a la escuela tradicional era mejor y más barata, pero no disciplinaba lo suficiente. La escuela que hoy domina el 90 y muchos por ciento se asumió contra todo tipo de pruebas.

Y así llegamos al aula-huevera.

–Sí. Democratizar una sociedad implica que todo el mundo tenga acceso a cosas a las que muy poca gente lo tenía. La Educación, la sanidad o la asesoría fiscal eran servicios de ricos. Ahora todos queremos llegar, ¿cómo? Con servicios low cost. El aula-huevera tradicional es Educación low cost.

Pero muchos le dirán que han sobrevivido a ese modelo.

–Si no lo cambiamos nos quedamos con esa gente que lo aguanta. Lo sigues si es el mismo tipo de lenguaje, de preocupaciones, las que te cuenta el maestro y tu madre, que también es maestra. Lo relacionas con una profesión para el futuro. Sabes para qué estás ahí. Y te llevan a un buen colegio. Tenemos que innovar sobre todo para aquellos que no se creen eso, a los que no les gusta, para los que están como un pulpo en un garaje. Sin innovación no hay equidad. José Saturnino Martínez, como Julio Carabaña, ha hecho un trabajo muy bueno mostrando la falta de relación entre fracaso, suspensos, notas y resultados en PISA. Con independencia de cuál sea el nivel de competencias de los alumnos masivamente hablando, hay una especie de constante macabra, como lo llaman en Bélgica y Francia. El profesor tiende a suspender un porcentaje dado que considera razonable. Bueno, hay profesores que aprueban a todo el mundo y otros que suspenden al 70%, pero de media. Por eso Martínez habla de fracaso administrativo. El abandono no es abandono. Esa gente no puede seguir. Si tuvieran un título que dijera “Usted no puede ir a la universidad pero puede hacer un ciclo de FP” no abandonarían.

Si hiperaula equivale a hipermercado, ¿aula tradicional a ultramarinos?

–En educación todo lo que lleva la palabra mercado hace salir corriendo a los funcionarios. El funcionario considera que es enemigo del mercado, y viceversa. Pero luego vamos todos a comprar al hipermercado ¿Por qué? Porque es grande, los niños pueden correr, hay de todo… pero también porque han aprendido mucho. Un hipermercado hoy no es una tienda grande. Yo soy cliente de Carrefour y de Alcampo, los que me pillan cerca, y ves que cambian, que las cosas que hay a una hora y a otra no son las mismas, lo que traen a los estantes frontales no es lo mismo, se llenan de zonas gourmet, zonas en las que puedes jugar, zonas en las que te hacen las cosas a medida, gente que te atiende…


¿Qué hace un hipermercado? Lo que puedes comprar solo lo compras solo, lo que puedes comprar en lata lo compras en lata, pero lo que tiene que estar recién hecho y tienes que verlo hacer te enseñan cómo se hace. Aquí es lo mismo, salvando las distancias: Lo que puedes aprender solo apréndelo solo, para qué quieres que te moleste un profesor. A cambio de esto tendrás más profesor para aquello en lo que lo necesitas. Lo que haces mejor en equipo, hazlo en equipo. Lo que se puede optimizar porque se puede hacer al mismo tiempo para 200, lo hacemos para 200. Tenemos mucho que aprender de los hipermercados con la diferencia de que, como esto es un proceso de aprendizaje, aquí la parte colectiva, grupo con profesor, tendrá un peso mucho mayor y la parte individual, aislada, tendrá un peso algo menor.

Innovar es codocencia.

—Imaginémonos que al acudir al servicio médico el mismo médico fuera médico, celador, enfermero, cirujano, controlador de los aparatos, a la vez. Sería incompetente en todo. Ese es el modelo educativo que tenemos. Cuando voy a centros que hacen cosas parecidas a la hiperaula y pregunto por la codocencia, la respuesta es siempre: “Primero, pánico. A los pocos días, felices”. Que 30 niños o 25 o 15 muy pequeños o 50 o 100 en la universidad no dependan solo de ti en todo momento es un alivio enorme. Y había una cosa que cantaba, la contradicción entre el “tenéis que ser cooperativos, pero aquí estoy yo solo haciendo lo que me da la gana”. La mejor forma de propiciar un aprendizaje cooperativo es una docencia cooperativa. Y hay más: complementariedad de las cualificaciones, formación de los profesores noveles, tener una segunda opinión y, para el alumno, poder escaparse un poquito de ese profesor con el que se lleva mal e irse al otro con el que se lleva mejor.

Entiende al profesor que se queja de que no llega a todo.
–Perfectamente. Algunos se sienten solitarios y atacados. De todos modos, no creo que todo el mundo se sienta atacado. Lo que creo es que hay un tipo de profesor que se siente atacado y que es muy vocal, que a menudo lo representan mucho los sindicatos. Esto de “Nos atacan”, el FMI, el Banco Mundial, Murdoch, la OCDE, las editoriales, nos ataca todo el mundo, nos quieren privatizar, quieren desmantelar… Yo lo vengo oyendo desde hace 40 o 50 años y no ha pasado. También muchos profesores se autodeclaran enemigos de la productividad. Queremos que la sanidad sea barata, que viajar sea más barato, que la comida sea más barata, que la vivienda sea más barata, y nosotros más caros cada vez. Eso no puede ser.

Su artículo más polémico, Es pública la escuela pública, cumple 20 años.

–No decía nada nuevo. Lo de que hay maneras de ver los servicios públicos que consisten en privatizarlos en favor del funcionariado estaba dicho mil veces. Lo único nuevo es que yo entendía el lenguaje interno, y todo el mundo entendía lo que decía. Lo había visto desde dentro durante mucho tiempo, de muchas maneras, y no se podía decir “Lo que usted dice es mentira”. De hecho, nadie lo dijo. Los que más se enfadaron dijeron “Este nos quiere depurar”, “Este quiere desmantelar…”. El mundo de la escuela pública, como el mundo del Estado, es un mundo de intereses. Todos tenemos que buscar el equilibrio entre la vocación de servicio que afirmamos, que da sentido a la profesión, y el hecho de que no somos ángeles y nos gustan los horarios cortos, las vacaciones largas… Tenemos que buscar un compromiso entre lo que nos interesa y lo que le interesa a nuestro público, entre nuestros intereses y nuestros valores. Nunca confundirlos. Cualquier profesor que se encuentre diciendo que lo que es bueno para la Educación y para el país es bueno para él, que sospeche. En el Templo de Apolo en Delfos decía “Conócete a ti mismo”. Si lo que estás diciendo conduce a más profesores, más salarios, más vacaciones y jubilación anticipada vete al confesionario o al psiquiatra porque estás engañando a los demás y te estás engañando a ti mismo.

Sostiene que hablar en nombre de la comunidad educativa es una falacia.

–Es absurdo suponer que la empresa es un escenario de guerra civil y la escuela, con los profesores, los alumnos y las familias, una comunidad virginal. En la empresa hay un conflicto de intereses entre empresario y trabajadores siempre y entre grupos de trabajadores, pero hay un interés común: Todos quieren vender, si es posible más caro y comprar más barato… La comunidad educativa, sobre todo en la Pública, donde más se suele decir, ¿qué tiene de comunidad? Vagamente todos queremos que los alumnos estén bien y sobre todo que venga más dinero de la Administración. Pero también tenemos un conflicto de intereses. Yo como padre quiero que el colegio esté abierto más tiempo. Y el profesor dice: “Si lo abres tú u otro, que yo quiero irme antes”, etc. Y estamos constantemente en conflictos de intereses. Conflicto no quiere decir guerra. Quiere decir que lo que me interesa a mí no es siempre lo que le interesa al otro.

Algunos docentes echan de menos otra forma de dirigirse a ellos, el respeto que su figura despertaba.
–Yo creo que ese reconocimiento no se ha perdido. La sociedad valora a los profesores encuesta tras encuesta. Claro, el profesor ya no es el tuerto rey en el país de los ciegos. Hoy la mitad de la población con niños escolarizados tiene educación superior. El trato no puede ser el mismo. El maestro ya no llega a un sitio donde automáticamente es de la media docena de personas que constituyen las fuerzas vivas. Y en muchos aspectos la educación es más difícil. En otros aspectos es mucho más gratificante, más prometedora. Yo puedo entender ciertas angustias del profesorado, me parece bien que los medios de comunicación, la empresa X, se vuelquen en hacer esto y lo otro, pero creo que  por ahí no van las soluciones. Lo que hay que hacer es repensar todo lo que tiene de caja negra la escuela, lo que nos parece normal. Esencialmente el aula tradicional. No se trata de pedir a los profesores que sean graciosos, ni malabaristas, ni que canten. Yo he compartido uno de estos actos hace poco con el profesor que es mago. Genial.
Puede que termine dejando la enseñanza por la magia, no sé, a veces pasa. Tengo un compañero que les canta jotas. Pues muy bien. Yo no sé. Hay que huir del profesor clónico, pero lo esencial es no tener que huir. Lo esencial es que el aula ordinaria con el profesor ordinario, con algunos vulgares, sea un lugar donde se está a gusto aprendiendo. Y eso depende de su arquitectura no en sentido físico sino en sentido organizativo. De cómo son las cinco horas del alumno, de cómo es la experiencia continuada de la escolaridad. Y la experiencia continuada está dictada sobre todo por el modelo lección-aula-un profesor-un grupo-una actividad homogénea, que es con lo que hay que acabar. Que es lo que nadie hace fuera de un aula.

En la hiperaula no se necesitan hiperprofesores, como en las aulas-huevera. En la hiperaula los profesores se complementan. Uno por ejemplo es más experto porque tiene más años pero el otro es mejor comunicador. Uno sabe mucho de la materia pero otro sabe mucho de cómo manejar el instrumental… Hay todas las combinaciones imaginables. Por consiguiente, el profesor está mucho menos endiosado y, más importante, el alumno está en una posición mucho más activa, con aprendizaje cooperativo y uso de tecnología interactivo y proactivo.

¿Deberían tomar nota las Administraciones a la hora de construir nuevos centros educativos?

—La Administración cada vez que crea un colegio nuevo, y todos los años se construyen escuelas e institutos, está tomando una decisión. Está tomando la decisión de hacerlo como antes o hacerlo de otra manera. La Administración podría hoy sin consultar a nadie construir centros nuevos en los que se pueda hacer esto y, por aquello de respetar las tradiciones, en los que se pueda volver a lo otro si se desea, que se pueda cerrar la mampara. Estas cosas pueden ser más baratas que las viejas. El aprovechamiento del espacio y las tecnologías es muy superior. Lo que suele costar es el cambio. Pero las Administraciones deberían construir con estos nuevos parámetros. Un país afortunado es Nueva Zelanda. Tuvo unos terremotos que destruyeron bastantes escuelas. Aprovecharon la ocasión para construirlas de una nueva manera. Por eso allí es muy fácil ver este tipo de espacios de aprendizaje innovadores, ILEs.

Busco colegio, ¿tengo que fijarme en si está tirando los tabiques?

—El colegio que está haciendo esto está queriendo entrar en una transformación en profundidad. No creo que haya ningún fantoche que cambie los muebles para no hacer nada. Hace un par de años, cuando los jesuitas de Cataluña empezaban, una pareja de profesores de universidad amigos me preguntaron: “Tenemos una escuela pública al lado y el colegio de los jesuitas, ¿dónde vamos?”. Eran rojos de toda la vida, laicos, republicanos. Y les dije: “Id donde  queráis. Yo, en este caso, iría a los jesuitas”. Fueron y están muy contentos. La pena es que tenga que ser así. Para los que se preocupan especialmente por la escuela pública y su papel en sostener la equidad y la igualdad, hay que evitar un peligro muy serio en cinco o seis años: que la Concertada vuele en innovación y la pública se quede paralizada.

Y mudarse, ¿es una buena idea?

—En España hay que mudarse menos porque los distritos son más amplios y porque está la Concertada. En un artículo criticaba la ironía de las críticas fáciles y de las ideologías fáciles [en el caso de Pablo Iglesias e Irene Montero]. Si quieres un buen colegio para tus hijos es mucho más barato irse a uno concertado que comprarse una casa en un barrio caro para poder encontrarlo en la Pública. Además, La Navata es un centro estupendo que nació junto a otro centro que no es estupendo. Yo vi los dos de cerca. Eso expresaba la excepcionalidad de un centro de este tipo en el contexto de la escuela pública.

¿Por qué es tan común este tipo de procesos entre dos centros próximos?

—Hay un efecto acumulativo en cuanto uno se diferencia. En uno de los primeros números de Educación y Sociedad, en la primera mitad de los ochenta, ya publicamos un artículo, resumen de una tesis que se hizo en esta facultad, dirigida por Carlos Lerena, que mostraba el proceso por el que de dos colegios públicos próximos uno se había convertido uno en el colegio de los ricos y otro, en el de los pobres. Es acumulativo. La gente se busca la vida. En EEUU si mientes sobre dónde viven tus niños para ir a un colegio público determinado vas a la cárcel. Aquí puedes empadronar a los niños en un garaje, en un buzón de la casa de un tío abuelo…

¿La promesa meritocrática se cumple cada vez menos?

—Siempre fue una falacia. El término no existía hasta los 60. Fue como un chiste que se inventó Michael Young en El ascenso de la meritocracia, para decir no sólo que eso era mentira sino que si fuera verdad sería peor. La gente no leyó el libro, se quedó con el título y con el término. Nunca ha funcionado, pero quien clavó la crítica fue Marx. No se decía meritocracia, pero Marx leyó La República de Platón, el primer texto meritocrático, y constató: “Esto es la idealización ateniense del sistema egipcio de castas”. Y yo creo que nunca se ha dicho mejor. Los que están en el poder quieren pensar que están ahí porque son muy listos. Eso es la meritocracia. Con eso no quiero decir que nadie suba por ser listo. De vez en cuando pasa. Pero los privilegios sociales se reparten por otros muchos mecanismos.
Quizá el más importante sea la suerte. De nacer en la familia adecuada y también la mera suerte, el azar.

Nueve años después...

Cuando Fernández Enguita llegó a la Facultad de Educación de la Complutense, hace nueve años, se encontró con que dos aulas acababan de dotarse con portátiles y de reformarse, pero para atornillar los bancos y mesas al suelo. Los portátiles, que no tenían cerca dónde cargarse y si se usaban en una clase se quedaban sin batería para la siguiente, estaban encadenados a las mesas. “Se las juré a estas aulas y he sido muy feliz cuando se destruyeron”. El sociólogo muestra orgulloso el resultado de la última reforma que la UCM ha pilotado con apoyo de HP, Intel, Clevisa, Grupo AE y Grupo ACE. La llaman Hiperaula.ucm y es su alternativa al aula-huevera.

6 may 2019

Sócrates digital

¿Puede haber algo más dialógico, o más socrático, que el profesor en el aula o que el libro? ¡, el ordenador y el teléfono móvil, para escarnio propio y ajeno! Se suelen citar del Fedro las palabras con que Sócrates, según registra Platón, rechaza la escritura como recurso de aprendizaje porque “sólo producirá el olvido en las almas de los que la conozcan, haciéndoles despreciar la memoria”. No se podía ofrecer un flanco más vulnerable a la mirada actual: se reniega de la escritura (y, con ella, de la lectura) porque hace menos necesaria la memoria, el viejo maestro acomodado en la oralidad se resiste al aprendizaje basado en el texto, el libro es rechazado en aras de la memorización, el inmigrante textual Sócrates se planta ante el nativo textual Platón. Y así es: el primer ejemplo notorio de conservadurismo docente, el mismo filósofo crítico que no duda en atacar los fundamentos de la ciudad todavía lo hace menos en atrincherarse en los de su modo de vida y trabajo -¡qué decepción!
Pero hay una segunda parte del discurso de Sócrates a la que raramente se ha prestado la atención que merece: “Éste es, mi querido Fedro, el inconveniente, así de la escritura como de la pintura; las producciones de este último arte parecen vivas, pero interrógalas, y verás que guardan un grave silencio. Lo mismo sucede con los discursos escritos: al oírlos o leerlos crees que piensan, pero pídeles alguna explicación sobre el objeto que contienen, y te responden siempre la misma cosa. Lo que una vez está escrito rueda de mano en mano, pasando de los que entienden la materia a aquellos para quienes no ha sido escrita la obra, sin saber, por consiguiente, ni con quién debe hablar, ni con quién debe callarse. Si un escrito se ve insultado o despreciado injustamente, tiene siempre necesidad del socorro de su padre, porque por sí mismo es incapaz de rechazar los ataques y de defenderse.”
Busto de Sócrates (obra s. I)

Todo indica que Sócrates piensa de nuevo en sí mismo, que como gran conversador y polemista sí sabe con quién hablar y con quién callarse (lo haga o no), así como rechazar los ataques y defenderse, lo que no podrían hacer por sí mismos sus escritos, de haberlos, ni han podido hacer sus diálogos transcritos, como éste (ni de Platón, en su día, ni de mí ahora, por ejemplo). Lo que interesa aquí, sin embargo, lo que interesa al aprendiz, y por ello a todo educador que tenga en mente algo más que a sí mismo, es la primera mitad de la cita: si se interroga a la pintura o a la escritura sólo pueden guardar un grave silencio. Es posible que con ello se busque o se logre hacerlas más atractivas, como sucede con las figuras enigmáticas en la pintura (la Mona Lisa, p.e.) o las de doble sentido en la literatura (Don Juan Tenorio, p.e.), pero sería difícil de defender para el aprendizaje y la enseñanza.
Es lo que hay, no obstante. Si el aprendiz, el alumno, quiere ir más allá o profundizar en algo, la respuesta implícita en el silencio del libro es: “Eso no entra en el programa.” Si necesita que se le explique lo que libro explica o se cree que explica, pero de otra manera, su silencio podría interpretarse así: “Ese no es mi problema, búscate la vida.” Si está en desacuerdo y quiere un mayor contraste de ideas, el silencio habrá de leerse como rechazo o indiferencia ante cualquier idea no establecida en sus páginas y cualquier discusión al respecto. Sería bonito poder decir que todo lo que falta en el libro lo pone el maestro, pero bien sabemos que pocas veces es así (¿cuántas veces oímos, como alumnos: “Eso no entra”, “Ya llegaremos”, “El próximo curso”, etc.?). Primero, porque son legión los que, lejos de ir más allá del programa o el libro de texto, se escudan en ellos o incluso en una versión reducida de los mismos. Segundo, porque, aunque quiera, hace falta que sepa no sólo ir más allá o por otro camino sino también con quién, cuándo y cómo, lo cual requeriría poco menos que tener percepción extrasensorial y superpoderes. Tercero, porque, aunque quiera y pueda, difícilmente dispondrá del tiempo y los medios para ello -imagínese a Sócrates: “Mi querido Platón, en esta unidad lectiva de cuarenta y cinco minutos, descontando cinco de introducción y otros tantos de exoducción, más mis veinte de exposición, dispondré de quince minutos para veinticinco alumnos, o sea, treinta y seis segundos de diálogo para/con cada uno.”
No faltan docentes que se ven a sí mismos como Sócrates (como el estereotipado Merlí), pero el aula no es el gimnasio y no permite virguerías. Una solución sería mejorar las ratios, idealmente poner a cada Platón un Sócrates (en secundaria) y a cada Émile un Jean-Jacques (en primaria) –en realidad tendrían que ser dos por cada, para respetar la actual carga lectiva, pero ni un sindicalista llevaría esta lógica tan lejos... creo. Si no lo eres, otras posibles vías de solución podrían consistir en extraer ese diálogo socrático, no ya del docente, sino de los pares y de los recursos materiales de aprendizaje.
Máquina de enseñar, B.F. Skinner
Esa es la buena noticia: que los recursos son cada vez más interactivos. En el nivel más elemental, se detienen, van más deprisa o más despacio, repiten lo que se les pida y retroceden o avanzan a la medida de las necesidades de cada aprendiz. Parece muy sencillo, pero pocos docentes quieren y muy pocos pueden hacerlo. Es lo que intentaron solucionar, aunque de manera algo burda, Thorndike, Pressey y Skinner con la enseñanza programada (que enganchó sólo en algunos procesos de aprendizaje no escolar) y la máquina de enseñar (que pasó sin pena ni gloria), y la base de experiencias recientes mucho más exitosas, como la Khan Academy y el aula invertida. Lo que no ha hecho más que empezar es el desarrollo de aplicaciones, plataformas y dispositivos cada vez más flexibles, interactivos y adaptativos que no sólo se dejan manejar sino que tienen en cuenta por sí mismos y de forma activa el nivel, el ritmo, las fortalezas y las debilidades del usuario-aprendiz, ofreciéndole una experiencia cada vez más ajustada y personalizada para sus necesidades, desde los programas de mera pregunta-respuesta, pasando por los videojuegos –serios o no–, hasta la inteligencia artificial.
Y el salto en los recursos propicia, asimismo, un salto en la colaboración. El libro de texto y el cuaderno eran, como el pupitre, para el trabajo individual, aislado, no colaborativo. La red y las redes, la web 2.0, las aplicaciones en la nube, los archivos colaborativos y los dispositivos móviles facilitan, permiten, potencian y hasta reclaman la cooperación. Por eso aparecen cada vez más herramientas ad hoc para ello: entornos de trabajo compartido, agendas de grupo, tableros colaborativos, sistemas de etiquetado y de anotación en la web, plataformas de decisión colectiva, crowdsourcing, instrumentos de traducción y conversión, colaboración y transferencia entre dispositivos… Y todo acompañado por una evolución cultural que, en el nivel macro, requiere asumir que las fuentes y las oportunidades del aprendizaje, incluido el de los contenidos y las competencias escolares, están hoy ampliamente distribuidos por toda la sociedad; y, en el nivel micro, que la colaboración entre pares, la paragogía, se ha (re)revelado como un poderoso mecanismo de aprendizaje, a menudo superior en no pocos aspectos a la acción del docente, la pedagogía.
Se podría decir de Sócrates, como del Cid, que ha ganado esta batalla después de muerto.

24 feb 2019

¡Quiero a Watson a mis órdenes!

Hace un par de semanas, en su evento anual Think, IBM escenificó un nuevo hito de Watson, su sistema de inteligencia artificial. Watson es el escalón siguiente a Dep Blue, el ordenador de la misma compañía que en 1997 venciera en el tablero de ajedrez al campeón mundial, Garri Kasparov. Esta vez Watson, que ya había ganado a Ken Jennings y Brad Rutters en el concurso Jeopardy! (como ganar a “Los Lobos” en Boom!), se travistió de Project Debater para competir en oratoria con Harish Natarajan, un británico participante y ganador habitual de este tipo de concursos con el récord de victorias.
El tema a debate era una eventual propuesta de ley para subsidiar la educación infantil, con el ordenador a favor y el humano en contra. Fue organizado por Intelligence Squared, empresa especializada en debates y otros eventos culturales en directo, y moderado por el prestigioso periodista John Donvan. Los concursantes tuvieron quince minutos para preparar el tema (antes no sabían cuál sería ni tenían pista alguna), dos rondas alternas de cuatro minutos cada uno para argumentar su posición y otra final de dos minutos para resumirla. El público, de ochocientas personas, fue encuestado al respecto antes y después del debate y se le preguntó además cuál de los contertulios le había parecido mas instructivo. Debate mediante, los partidarios de la financiación pasaron del 79 al 62%, los opuestos a ella del 13 al 17% y los indecisos del 8 al 21%. Fue, pues, el humano quien ganó el concurso, convenciendo a más gente de la inconveniencia o haciéndoles dudar de la conveniencia de subsidiar la educación infantil; en contrapartida, no obstante, las intervenciones del ordenador fueron consideradas más instructivas por el público (“enriquecieron mejor su conocimiento”, literalmente), según declaró el presentador, aunque no dio a conocer cifras.
Resultado de imagen de project debaterQuien quiera ver el video del debate podrá juzgar por sí mismo si la decisión fue justa (las intervenciones de Watson, en particular, comienzan en las marcas de tiempo 11:40, 24:35 y 37:40). Yo también creo que el humano fue más sutil y acertó mejor a identificar los puntos débiles de la argumentación de su contrincante, pero por la mínima. En el otro lado de la balanza no cabe dudar que éste despertaba poca empatía con su aspecto de monolito negro de Kubrick, su voz de surtidor de gasolinera y su falta de entonación emocional y de lenguaje corporal (habría sido más justo si su intervención hubiera sido leída por un actor sin el público supiera quién era quién). Lo impresionante, en todo caso, es la consistencia del discurso de Watson, su capacidad de reunir hechos, fuentes, razonamientos lógicos y argumentos morales en una argumentación coherente –y partiendo de cero– que ya quisieran muchos de nuestros congéneres. Quien lo dude, que lo vea. 

Aunque el marco formal de la demostración fuera esta vez un concurso de retórica, la información y las capacidades necesarias para ello son las mismas que para preparar una lección. De hecho, IBM tiene en fase experimental un proyecto más discreto, Teacher Advisor, en el que el profesor especifica el curso en que enseña y el tema a preparar y la aplicación le ofrece lecciones, pruebas, actividades y estrategias que puede rápidamente ver y elegir: el bien conocido acceso a recursos abiertos pero guiado por inteligencia artificial. Lamentablemente no es todavía accesible desde fuera de los Estados Unidos.
Resultado de imagen de robot teacherWatson es también parte del árbol genealógico de Jill Watson, como su apellido indica. Jill era una de las ayudantes en el curso en línea de Inteligencia Artificial impartido por el profesor Ashok Goel, en la prestigiosa Georgia Tech. Como tal tenía encomendado atender (vía chat) las dudas de los estudiantes sobre cualquier aspecto relativo al curso y llegó a ser bastante popular, hasta el punto de que uno de los estudiantes quiso proponerla como profesora ayudante del año… sólo que ella era artificial, un chatbot alimentado por el software de IBM Watson, y los estudiantes (¡de IA!) no lo percibieron. Cierto que no respondía a todo, sino que dejaba las preguntas más difíciles o humanas a sus compañeros de carne y hueso. Esto fue en 2016. A partir de entonces, los estudiantes saben ya que hay assistants de software y de wetware y hay un concurso para adivinar de qué es cada uno. Menos sorpresa, pero Jill sigue progresando.
Convertirse en roboprofe o ser sustituido por un profebot es parte de las pesadillas de muchos docentes, que no comparto. Hasta donde alcanza la vista, al menos la mía, no creo que ordenadores ni robots puedan sustituir por ahora a los profesores (aunque, como decía precisamente Arthur C. Clarke, “si un profesor puede ser sustituido por un ordenador, merece serlo”). Creo que no tardaremos en ver la inteligencia artificial expandiendo la del profesor en su trabajo cotidiano, como en otros muchos ámbitos profesionales. De hecho, si tarda será menos por inmadurez de la IA que por las limitaciones o los miedos de la IH, de la inteligencia humana. Mientras tanto, ya me gustaría a mí contar con una réplica de Jill para atender las dudas de los estudiantes o con una Project Lecturer para preparar clases y conferencias. A ver si llega.

23 jun 2017

Del Bic al Clip y del Bit al Clic



 
     No es un juego de palabras, es una explicación que debo. El pasado año, durante algunas semanas anuncié la salida de un libro cuyo titulo previsto era La larga y compleja marcha Del Bic al Bit: escuela y profesorado ante el nuevo entorno digital. Finalmente el libro no se tituló así sino ...Del Clip al Clic... Me gustaba más el primer título, más pegado a la escritura y a un icono histórico como el bolígrafo Bic que tanta satisfacciones trajo a mi generación. Yo nunca olvidaré, por ejemplo, que no daba sorpresas sobre la tinta que podía quedarle. Un colega y gran amigo que ya se fue, Jesús Sánchez Martín, me contaba cómo una de sus profesoras en la Facultad de Educación de la U. Complutense, en la que yo estoy ahora, les explicaba detalladamente en clase que debían, por eso mismo, tomar apuntes utilizando bolígrafos Bic, pero del modelo transparente (no recuerdo si me dijo o no si era la de Tecnología Educativa, y probablemente se me pasaría preguntárselo). "Big naranja escribe fino, Bic cristal escribe normal" es un sencillo pero eficaz cuarteto de rima consonante cuya letra y música me acompañará siempre, capaz seguro de resistir hasta un posible Alzheimer. El Bic naranja fue realmente una novedad con la que la empresa compitió consigo misma, y los Reynolds "automáticos" (con botoncito en vez de capucha) fueron pronto una alternativa (los Parker y demás eran solo para los mayores), pero nada pudo sustituir al Bic (transparente, "cristal"). En fin, qué decir de su potencia y precisión a la hora de lanzar bolitas de papel o granos de arroz a los compañeros y, los más osados, incluso al profe.
     Me parecía, pues, una buena metáfora, pero no pudo ser. Y no pudo ser porque al departamento de Proyectos Editoriales de la Fundación Telefónica no se le ocurrió nada mejor que, a última hora, enviar un correo a la empresa Bic pidiéndoles permiso para utilizar su nombre de marca en el título del libro. Yo dije desde el principio que me parecía una pérdida de tiempo innecesaria, pero, una vez puesta en marcha la rueda de la burocracia no hubo ya quien la parase. Como se pidió a última hora, no había mucho tiempo para obtener respuesta. Como se envió a un correo obtenido de la web, con un dominio mexicano de filiación jerárquica incierta, la única respuesta fue que se cursaba la solicitud al departamento pertinente... y nunca más se supo. Como por esas fechas Bic estaba cambiando de consejero ejecutivo, es probable que nadie quisiera molestar a los nuevos jefes ni decidir por sí mismo. Como, ante mi insistencia, se hizo una consulta a los servicios jurídicos de la Fundación, estos dieron la única respuesta que cabía esperar: que, sin permiso, y más después de pedirlo, no se podía utilizar el nombre (¿quién va a arriesgarse a que su empresa se encuentre con una demanda judicial por utilización indebida de marca registrada, aunque la probabilidad sea una entre un millón, si no le va nada en ello y puede reducirla a cero con solo decir que no?).
     Librerías y bibliotecas están llenas de libros dedicados a las empresas y que incluyen la marca de estas en el título de aquellos. Los hay, por ejemplo, sobre SEAT, General Motors, ITT, Microsoft, Google, WalMart, The Beatles, etc. Es más, los libros sobre los Beatles es probable que los celebren, pero los escritos sobre ITT, GM, SEAT, Zara, etc. se dedican más bien a ponerlas a caer de un burro, por lo menos en el ámbito de la sociología (lo sé porque he leído unos cuantos). Por lo demás, un libro sobre las relaciones laborales en las factorías Bic podría ser más o menos favorable a la empresa, pero un libro que identifica toda una época con el Bic no hace sino reconocer su importancia y su dimensión de icono.  De hecho, mi libro no habla ni una sola vez sobre el conocido bolígrafo sino que tan solo lo utiliza para caracterizar una época –un halago, yo creo, o al menos un reconocimiento. Y, aunque no fuera así, no tengo noticia de un solo proceso judicial por la utilización de una marca en el título de un libro de ensayo, pues probablemente, incluso en el peor de los casos, la empresa preferirá que el libro se consuma en el mundo académico sin más ruido, antes que generar siquiera un pequeño titular de prensa que lleve a alguien a preguntarse que podrían querer ocultar. De hecho, en el proceso de búsqueda de títulos que incluyeran marcas encontré que incluso el mío ya había sido utilizado: "Del Bic al Bit. Actitud de los profesionales de enfermería ante los ordenadores", había sido el título de un artículo de M.ª Dolores Burguete, José Ramón Martínez y Javier Cebrián, publicado en la revista Investigación y Educación en Enfermería (Universidad de Antioquia, Facultad de Enfermería, Medellín, Colombia), Vol. XXII N.º 2, septiembre de 2004. Pero ya se sabe que los académicos somos bastante frívolos en cuestiones de propiedad intelectual.
     Pero no supe convencerles y, llegado el caso, elegí ceder antes que entrar en un debate interminable y con pocas perspectivas. El título final fue el elegido, entre varias opciones, por un centenar de tuiteros en respuesta a una miniencuesta. Una pena, porque a mí me gustaba (y me sigue gustando) más el primero, pero el libro era más importante que el título. Mis disculpas, pues, a quienes esperaban un título y se encontraron con otro; el libro, en todo caso, es el mismo.
    Para demostrarlo, y aprovechando, anexo el enlace a una presentación del mismo. Ha tenido lugar hoy (ayer, ya) ante un grupo de interesados del Club de Bibliocoaching del Grupo blc. Tiene la peculiaridad de ser una presentación en línea, fórmula elegida por mí porque andaba falto de tiempo y porque quería experimentar con el uso, fuera de la Universidad, de BigBlueButton, una aplicación para webinars (webinarios, supongo que es la traducción). Suena algo metálico, por lo que prometo usar un micrófono de diadema la próxima vez, pero de alguna manera hay que empezar. Después de alguna experiencia con Skype y con Google Hangout he de decir que me me parece incomparablemente mejor BBB, que da mucho más control al ponente/moderador y es más fácil para los demás participantes, pero aun así habrá que practicar






22 feb 2017

Del clip al clic -Postfacio: El estado de la educación escolar (ante el entorno digital)

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1.     Con la digitalización vivimos un cambio social equiparable al que en su día, con la imprenta, supuso el arranque decisivo de la institución escolar, pero más veloz. Paradójicamente, es más fácil crear una institución de la nada que transformarla con toda su pesada inercia, por lo que entramos en una larga travesía experimentación, incertidumbre y resistencias.
2.     El despliegue de los recursos digitales configura un nuevo ecosistema del aprendizaje que integra lo oral, lo impreso y lo digital; la enseñanza, la colaboración y la experimentación; el aula, el hogar y la comunidad. No son herramientas complementarias, sino un entorno nuevo, inesquivable y que debe ser dominado por alumnos y profesores.
3.     Más allá de una metáfora ingeniosa sobre las actitudes generacionales, la distinción alumnos-nativos/docentes-inmigrantes es un error y entraña el riesgo de la inacción. Los alumnos precisan que la escuela fomente y oriente su alfabetización digital; los profesores tienen la obligación profesional de formarse para poder hacerlo.
4.     El acceso a la tecnología, por esencia cambiante, siempre será en grado desigual y con riesgo de exclusión, pero la tecnología digital cierra su brecha mucho más rápido que sus antecesores escolares, la imprenta y la lectoescritura, reduce más y en menos tiempo su coste y permite ya un uso prácticamente ilimitado y gratuito de la información.
5.     La verdadera brecha digital está en el tipo de uso, en el que se reproducen y amplían las desigualdades de capital cultural entre individuos, hogares y grupos sociales a lo largo de las viejas divisorias: clase, etnia, género, funcionalidad, ciudadanía, hábitat y territorio. Es aquí, más que en el acceso, donde están los desafíos de la inclusión y la equidad.
6.     La brecha invisible y más amenazante es la que se abre entre escuela y sociedad, profesor y alumno, intramuros y extramuros. La escuela es sobrepasada por la sociedad y la enseñanza por la tecnología, lo que amenaza con una creciente irrelevancia de la institución. Nativos o no, los alumnos viven en la escuela como expatriados de su medio habitual.
7.     La formación docente en el uso de los recursos digitales es inadecuada. Insignificante en la universidad, errática en el trabajo, sesgada hacia la informática de usuario en detrimento de la competencia pedagógica digital y sin vinculación a proyectos colaborativos. El énfasis de los productores de recursos se mueve hoy, por ello, hacia la formación y el coaching.
8.     La tecnología entra bien en la trastienda escolar (administración, preparación, comunicación), pero lo hace mal en el aula; cuando es aceptada en esta, se suele someter a las viejas rutinas (la lección magistral, el estudio individual, el ritmo y el método únicos, la evaluación de resultados); los usos habituales fuera del aula son rechazados o temidos dentro de ella.
9.     La mayoría de los docentes celebra la disponibilidad de recursos pero se ve abrumada por su abundancia, reconoce que crean oportunidades pero se declara sin tiempo para explorarlas, utiliza recursos libres o no pero entiende poco de recursos abiertos, quiere tener la posibilidad de personalizar lo que use pero produce y devuelve poco al procomún.
10.  En el aprendizaje, como en todo lo relativo a la información, ya no manda el contenido sino el método, en especial la autodidaxia y la colaboración entre pares que crecen junto a la enseñanza, pero este horizonte es a menudo ignorado y resistido por la institución y la profesión, con una fricción cada vez más intensa y clara entre cómo se aprende en la vida y en la escuela.
11.  La innovación asociada a la tecnología tiene su mejor escenario en los niveles meso de equipos, centros y redes, con ventaja sobre los niveles macro de las políticas y micro del aula. Esto redobla la importancia de  la dirección, los proyectos de centro y las iniciativas de colaboración entre estos, con carencias que se siente más en la escuela pública.
12.  El avance del entorno educativo digital resitúa a sus actores. Algunos son nuevos, como empresas tecnológicas, consultoras, nuevos entrantes del mundo editorial y nuevas redes profesionales. Otros se reconvierten, como los editores, hacia la oferta de servicios, o las administraciones, del intervencionismo detallista a la arquitectura organizacional. Otros quedan al margen, como los sindicatos o los viejos movimientos de renovación.

21 feb 2017

Del clip al clic (Introducción)


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En el principio era la palabra. No sólo en el Evangelio (Juan 1.1: “En el principio era el Verbo…”) o en el magisterio preliterario de Jesús de Nazaret, Buda o Confucio, que así llegaban a sus discípulos, sino en toda la prehistoria de la escuela. La palabra, la oralidad, es el vehículo de las enseñanzas y los diálogos socráticos que la institución, la profesión y la cultura escolares nunca han dejado de evocar ni de invocar. Sócrates se opuso firmemente a la escritura, según relata Platón en el Fedro: “Ella sólo producirá el olvido en las almas de los que la conozcan, haciéndoles despreciar la memoria […]. [D]as a tus discípulos la sombra de la ciencia y no la ciencia misma. Porque cuando vean que pueden aprender muchas cosas sin maestros, se tendrán ya por sabios y no serán más que ignorantes.” Se invoca constantemente a Sócrates por su pedagogía mayéutica y dialógica (si no fuera por la tradición diríamos interactiva y adaptativa, además de constructivista), frente al carácter transmisor o bancario del libro de texto, pero su rechazo de la escritura es en sí algo equívoco. Para empezar se hace en nombre de la memoria, que para muchos es el elemento bancario por excelencia (más si se alimenta con depósitos). Sobre todo, es difícil no ver en tan iracunda soflama la reivindicación de la exclusividad del maestro frente al alumno, el rechazo de un recurso de aprendizaje en principio ajeno al primero y a su relación con el segundo.
La escritura no cambió esencialmente el modelo de aprendizaje. Las tablillas de la escuela antigua o medieval podían servir para practicar las letras, pero no para tomar notas, de modo que el aula siguió mucho tiempo dominada por la palabra del maestro, aunque esta se inspirase cada vez menos en su creación propia y cada vez más en las lecturas ajenas. La lección, la lectio, la lectura para el alumno por parte del maestro (o de otro alumno) dominaría la enseñanza hasta el inicio de la época moderna. En la escuela, el aprendiz es el alumno, alimentado espiritualmente por el maestro; si no va a ser examinado y calificado es un mero oyente, lo que define mejor el proceso de enseñanza (y no, como querríamos imaginar hoy, un lector, por que el lector, lecturer, lecteur, es el maestro). Si la prehistoria de la humanidad es la que precede a su historia escrita, cabe afirmar que la prehistoria de la escuela es la que precede a su funcionamiento por escrito, es decir, que la historia de la escuela que conocemos arranca propiamente con el libro (y, tras él, el cuaderno).
Pero, tratándose de la escuela, decir "libro" es decir demasiado o demasiado poco. Podría haber sido efectivamente el libro, con artículo determinado singular, como lo fue la Biblia en las antiguas escuelas abaciales, etc., o lo es todavía el Corán en algunas madrasas; o podrían haber sido los libros, en plural y en general, o algún libro, con el determinante indefinido; pero fue otra cosa: el libro de texto. Es difícil sobreestimar su impacto sobre la escuela. El primer objeto producido masivamente y en serie (medio milenio antes que el Ford T), posibilitó también la escolarización masiva y en serie: contenidos prescritos y homogéneos, aprendizaje dosificado y secuenciado, maestros intercambiables, alumnos comparables… y todo ello con un instrumento fácilmente manejable (en todos los sentidos) y a un precio módico.
El nuevo entorno digital ha venido a alterar radicalmente el paisaje. Los currícula siguen fijando los contenidos, pero ni los libros de texto ni cualesquiera otros recursos que pueda prescribir la escuela son ya las únicas vías de acceso a la información ni gozan de una ventaja sustancial frente a otras. Las programaciones proponen secuencias determinadas, pero el hipertexto y los hipermedios no sólo permiten otras sino que las sugieren con la misma o más fuerza. Los educadores se aferran todavía al libro de texto, pero los alumnos ya no ven en él más que una referencia impuesta. La evaluación sigue atada a los contenidos académicos prescritos, pero el nuevo entorno sociotécnico favorece el despliegue de la diversidad y las inteligencias múltiples. Y el precio, desdeñable: equiparable e incluso ventajoso en términos absolutos y por los suelos en términos relativos, con una parte fija asumible y una parte marginal que enseguida tiende a cero.
El entorno escolar está sufriendo otras transformaciones no menos importantes, avanzadas pero lejos de haber culminado: de la preeminencia del Estado nacional a la explosión global y la implosión local, del ideal de homogeneidad a la celebración de la diversidad, de la organización industrial taylorista a la coordinación reticular, de los relatos y proyectos de la modernidad a la incertidumbre de la postmodernidad, de la palanca de movilidad social a la espiral de las expectativas frustradas. Junto a estos grandes cambios se sitúa el paso de la galaxia Gutenberg a la galaxia Internet, pero con una diferencia: que este no afecta sólo al entorno del que la escuela recibe y al que debe devolver su material de trabajo, el alumno, sino directamente a su interior y su núcleo mismos, al soporte y transporte informacional sobre el que se ha levantado en gran medida su pedagogía, el libro impreso.
El aspecto más inmediato de este cambio es la digitalización, esto es, la digitalización de lo que ya teníamos: el libro de texto digitalizado, las búsquedas en internet en vez de la biblioteca, la web informativa en lugar del tablón de anuncios, la sustitución de los volantes para las familias por el correo electrónico o los SMS, la corrección automática de pruebas estandarizadas… Pero al lado de ello se abre un nuevo mundo de recursos multimedia y transmedia: servicios de redes sociales, nuevos medios digitales, comunidades en línea, dispositivos móviles, aplicaciones de productividad, juegos instructivos, herramientas de simulación, robótica, trazabilidad, datos masivos… Estos nuevos recursos cuestionan a menudo la eficacia y la vigencia de los viejos, pero la escuela es una institución y, como tal, goza de una notable capacidad de autodefensa: conscripción universal eficaz, gran legitimidad social, una profesión fuerte y masiva, un público inmaduro, una cultura organizativa consolidada, funciones latentes tan importantes o más que las manifiestas y una prevención generalizada hacia los experimentos. Esto le ha permitido resistir, hasta el momento, el tsunami digital que ya casi se ha llevado por delante a la publicidad y las relaciones con el cliente, a la prensa escrita y otros medios informativos o a la política tradicional.
Existe, por un lado, la conciencia generalizada de que todo va a cambiar, pero también, por otro, una resistencia generalizada a hacerlo si no es con poco riesgo y esfuerzo. Las páginas que siguen analizan la posición de la institución, sus agentes y su público ante el nuevo entorno digital. Quizá no esté de más aclarar que no son un estudio sobre el equipamiento de los centros, ni sobre los efectos de la informatización y la digitalización en el rendimiento académico, ni sobre experiencias innovadoras en los centros. Son, simplemente, un intento de comprender algo de la complejidad de la lenta transición en que nos encontramos.
 
El libro se divide en dos partes. La primera, escrita por Mariano Fernández Enguita, está dedicada al proceso general de cambio del tradicional entorno del libro de texto al nuevo entorno digital, con especial atención a problemas como el dsalto generacional, los riesgos antiigualitarios, la difusión de la innovación y las estrategias de los actores colectivos. La segunda, escrita por Susana Vázquez Cupeiro, se concentra en las percepciones y los discursos del profesorado ante esos procesos de cambio. Aun siendo dos textos independientes, son el resultado de un trabajo común basado en fuentes compartidas, desde la revisión bibliográfica, estadística y documental hasta la encuesta y los grupos focales y entrevistas individuales.

12 oct 2016

La larga y compleja marcha DEL BIC AL BIT: El acceso a los recursos digitales en la educación

 

El índice de mi (nuestro) próximo libro, con Susana Vázquez Cupeiro, que publicarán Fundación Telefónica/Ariel y estará en la calle en noviembre


0 INTRODUCCIÓN
           
PRIMERA PARTE
EL DIFÍCIL TRÁNSITO ENTRE DOS ÉPOCAS
POR MARIANO FERNÁNDEZ ENGUITA

1 UN NUEVO ENTORNO, NO UNA CAJA DE HERRAMIENTAS      
2 NI ALUMNOS NATIVOS, NI PROFESORES INMIGRANTES         
3 LA BRECHA PRIMARIA, EN EL ACCESO, SE CIERRA         
4 LA BRECHA SECUNDARIA, EN EL USO, PERSISTE
5 LA BRECHA TERCIARIA, ESCUELA-ENTORNO, SE AHONDA        
6 Y EL FORMADOR QUE FORME AL FORMADOR...
7 RUMBO O DERIVA ENTRE UN MAR DE RECURSOS       
8 SIN PROYECTO NO PUEDE HABER TRAYECTO
9 LOS ACTORES SECUNDARIOS SE POSICIONAN

SEGUNDA PARTE
VISIONES DESDE LA PROFESIÓN
POR SUSANA VÁZQUEZ CUPEIRO

10 LOS DIVERSOS DISCURSOS DE LOS DOCENTES
11 LA VISIÓN PREVENTIVA DOMINANTE
12 ENTRANDO POR LA PUERTA PEQUEÑA

REFERENCIAS

ANEXOS

ANEXO 1: FRECUENCIAS
ANEXO 2: CUESTIONARIO
ANEXO 3: FICHA TÉCNICA Y PONDERACIÓN
ANEXO 4: GRUPOS DE DISCUSIÓN
ANEXO 5: ENTREVISTAS


7 jun 2016

Aulas viejas con tecnologías nuevas

    Hace no mucho acudí como conferenciante al encuentro anual de una influyente asociación del mundo educativo, no importa ahora cuál. El encuentro se celebraba bajo el lema de la modernización y en la portada del programa se contraponían gráficamente, mediante las dos imágenes incluidas en esta entrada, el aula del pasado y el aula del futuro –no hace falta explicar con cuál se quería representar qué. Por una vez, y porque voy a escribir precisamente sobre ellas, incluiré estas imágenes al tamaño máximo que permite el blog.
    La primera es un óleo de Albert (o Samuel Albrecht) Anker, artista suizo de la segunda mitad del siglo XIX considerado en su país un pintor nacional por su capacidad de retratar la vida común de la época, en particular la Suiza rural. El cuadro, titulado Die Dorfschule von 1848 (La escuela rural de 1848), representa eso, una escuela de aldea. Pintado en realidad en1896, se encuentra hoy en el Museo del Arte de Basilea.
    La segunda ilustración es Interactive whiteboard, una fotografía de 2010 hecha y subida a Flickr por Enric Archivell (un profesor de secundaria "madrileny de Barcelona" –genial–, que mantiene un estupendo blog, Memorias de un Tiquis Miquis, dedicado sobre todo al teatro); fotografía con la que lo mismo se ha ilustrado la idea del aula digital (The Centre or Internet & Society, India: "The Digital Classroom in the Time of Wikipedia", 22/3/2012) que un MOOC sobre la PDI (el blog bonaerense Experiencias Docentes con PDI: "MOOC: Uso técnico y metodológico de la Pizarra Digital Interactiva", 23/5/2013).

    Vamos con las imágenes. La de Anker es perfecta para ilustrar el pasado, pues tiene hasta cierto tono sepia propio de las fotografías de la época, aunque deliberado en un óleo (la mayoría de las imágenes que aparecen en la internet agudizan ese tono, sin duda para reforzar el efecto de vetustez). La diferencia más obvia quizá sea la cantidad de alumnos (yo cuento claramente treinta y ocho en el óleo –atención a unos piececitos–, pero podría haber más en la parte trasera, fuera de foco), más del doble que los dieciséis visibles en la fotografía (también podría haber alguno más), pero esa es una historia sabida.
     También tenemos ante nosotros una educación hasta cierto punto diferenciada por sexos: los chicos en el centro y las chicas en el contorno y parece que en la parte trasera; además, no parece que pasen de un tercio del alumnado. Además, sus actitudes son sensiblemente distintas, disciplinadas y laboriosas ellas pero algo alterados y revueltos ellos, mas ese no es hoy el tema.
     Otra diferencia está en la variedad de instrumentos prácticos que el cuadro muestra en la pared, mientras que en la fotografía solo hay soportes o vehículos de información, de mirar y no tocar (pizarras, tablón, carteles, altavoces, reloj, retroproyector). Se diría que la modernización educativa ha ido sustituyendo la realidad por su representación, aunque en el centro escolar de la fotografía probablemente haya algún laboratorio (también podemos apostar a que los del cuadro salían más al entorno).
     Pero la diferencia esencial es, para mí, otra. En el óleo, la mayoría de las chicas leen sus libros o cuadernos, pero algunas parecen más bien reflexionar sobre ello y otras atienden al maestro; los chicos, por su parte, se dividen por mitades entre los que también le atienden y los que interactúan de diversas maneras con sus compañeros. En el aula de la fotografía, en cambio, la mayoría miran a la pizarra digital y algunos, por la posición de cabeza y brazo, parecen estar escribiendo, es decir, tomando apuntes. En otras palabras: hay más autonomía para el alumno y más diversificación por el profesor, más espacio para los diferentes ritmos y estilos de aprendizaje, en la imagen de 1848 que en la de 2010. Hay, sobre todo, más vida.
     ¿Qué preferimos? Al pie de su fotografía en Flickr, el autor escribió como único comentario, por lo demás preclaro: "Mi lugar de trabajo. Los estudiantes están tan excitados con la nueva cosa que ni siquiera se dieron cuenta de que tomé esta fotografía. ¿Durará mucho?" Probablemente no lo haya hecho, o no sea ya lo mismo que en el momento de la instantánea, hace seis años. En una reciente ronda de grupos focales con profesores y con alumnos puedo decir que encontré muy a menudo lo mismo: según los primeros, la tecnología (lo que casi siempre quiere decir la PDI), atrae más y mejor la atención de los alumnos; de acuerdo con los segundos, en cambio, puede llegar a ser más aburrida que la vieja pizarra, sobre todo si se utiliza para proyectar y transmitir un texto. Algunos alumnos incluso explicaban de forma prosaica pero realista ese aumento de su atención: mientras que el texto del libro va a seguir ahí y puedes verlo luego en casa, el del PowerPoint se esfuma si no lo copias a tiempo.
     La cuestión se vuelve más preocupante cuando pasamos de la instantánea, sin duda anecdótica, a la ilustración del programa de un evento, que se presenta como contraposición de dos modelos. Cualquiera sabe que una presentación digital puede ser mucho más monótona, aburrida, unidireccional y paralizante que una lección magistral a la antigua usanza, donde al menos siempre habrá algo de improvisación y adaptación. Garber acuñó ya en 2001 la expresión morir de powerpoint; en 2009, una encuesta a universitarios de Mann y Robinson revelaba que lo más aburrido para ellos eran los ppt; una PDI, por lo demás, ni siquiera garantiza que hayas hecho un ppt.
     La tecnología siempre se puede utilizar para hacer más de lo mismo, y no me refiero solo a repetir lo mismo sino a agudizarlo e intensificarlo y, por tanto, a agravarlo.  Aparte de que una pizarra digital se vea mejor que una verde (y mucho mejor que unas transparencias o unas diapositivas de celuloide ajadas), la tecnología solo tiene verdadero valor añadido cuando permite ahorrar trabajo o cuando permite trabajos que antes no eran posibles. Lo primero es fácil, pero ha de tenerse en cuenta que el trabajo que verdaderamente hay que ahorrar es el de aprendizaje, el del alumno; o sea, hacer lo mismo en menos tiempo para poder hacer más en el mismo tiempo. También es deseable ahorrar trabajo al profesor, pero no a costa del tiempo del alumno, como sucede, por ejemplo, poniéndolo a este a copiar un ppt o confiando aquel su exposición al ppt como chuleta, lo que suele derivar en empobrecerla. Lo segundo también res fácil, pues la tecnología actual permite formas de trabajo individualizado y autónomo, actividades en colaboración, acceso a la información, interacción con las aplicaciones, etc., preñadas de posibilidades. Pero también permite burocratizar y rutinizar todavía más el trabajo del estudiante, por ejemplo clavándolo ante la pantalla (la PDI, que básicamente es I, interactiva, solo para el profesor), pautando sus actividades fuera del aula a través de los sistemas de gestión del aprendizajd (EVA/LMS), mecanizando la evaluación, etc.
     En definitiva, la tecnología lo mismo puede mejorar que empeorar las cosas. McLuhan escribió que los medios son extensiones de nuestros sentidos. Pensaba en su día, claro está, en los mal llamados medios de comunicación de masas, en realidad de emisión, de broadcast, en los que uno habla a todos o a muchos, y estos, efectivamente, lo reciben, lo ven, lo escuchan, etc. con sus sentidos. En realidad, toda tecnología es una extensión de nuestros órganos y nuestras facultades, sean de consumo (como en los medios de comunicación de masas) o de producción (como en los medios sociales y la web 2.0). Hoy la tecnología no solo está al alcance de los magnates de los medios sino también de cualquiera, en particular de cualquiera con un público cautivo, como es el caso del profesor. ¿Mejorará eso la escuela? Depende. Multiplica sus capacidades, pero en todas las direcciones.