8 ene. 2019

La singularidad escolar ya está aquí

No, esto no va de reconocimiento de la diversidad, ni de personalización de la enseñanza, ni de nada que se le parezca. Podría referirse al carácter histórico de la escuela tal como la conocemos, o al paréntesis escolar, pero lo cierto es que va más lejos. El término singularidad se emplea habitualmente para designar el punto o el momento en que las leyes de un entorno dejan de funcionar; en matemáticas, por ejemplo, cuando una función se vuelve infinita o no diferenciable; en física, por ejemplo, para los puntos en que se vuelve infinita la densidad de la materia (agujero negro) o la curvatura del tiempo; en la teoría de sistemas, basándose en Maxwell y Poincaré, para situaciones en las que pequeños cambios producen grandes efectos. Pero aquí me ceñiré a lo que suele llamarse la singularidad tecnológica.
En un artículo homenaje a John von Neumann, gran matemático y uno de los padres de la informática, Stanislaw Ulam parafraseaba una conversación entre ambos, en los ‘50, en la que aquél habría previsto la aproximación de la singularidad, un momento a partir del cual “el progreso tecnológico se volverá incomprensiblemente rápido y complicado […] y los asuntos humanos no podrán continuar tal como los conocemos.”[1] Un decenio después, I.J. Good, sin usar el término, se refería a “una explosión de la inteligencia” artificial que dejaría muy atrás a la humana.[2] Y fue Vernon Vinge quien escribió ya de manera expresa sobre la singularidad tecnológica: “Creo que la creación de una inteligencia superior a la humana tendrá lugar en los próximos treinta años. […] Cuando una inteligencia superior a la humana dirija el progreso, ese progreso será mucho más rápido. […] Es justo llamar a este acontecimiento una singularidad (“la Singularidad”). […] Es un punto en el que nuestros viejos modelos deben ser descartados y domina una nueva realidad.”[3] Pero el singularitario por excelencia es, sin duda, Ray Kurzweil, experto en IA, transhumanista, autor de La era de las máquinas espirituales y La singularidad está cerca, que dirige la Singularity University en Silicon Valley (pequeña y peculiar institución con apoyo de la NASA, Google, IDEO y otros) y trabaja personalmente en su propia inmortalidad. Para éste se trata de “un periodo futuro durante el cual el ritmo de cambio tecnológico será tan rápido, y su impacto tan profundo, que la vida humana se verá irreversiblemente transformada.”[4] Esta quinta época, producto de sendas revoluciones en genética, nanotecnología y robótica, dará comienzo en este siglo y en esta su primera mitad, en los que ya estamos; será cuando la inteligencia artificial supere a la inteligencia humana y, por tanto, ya no dependa de ella.
No hace falta adentrarse por los senderos del futurismo para entender que la coexistencia con otra inteligencia igual o más poderosa supondrá un giro en la trayectoria de la humanidad, la singularidad. Ese es el punto de inflexión por el que está pasando hoy la escuela. Durante siglos se ha dado por sentado que cualquier aprendizaje mínimamente complejo tendría su sede en ella, con métodos de enseñanza sólidamente establecidos y contenidos estrictamente delimitados por el profesor y el libro de texto… pero eso se acabó. La parte más evidente, aunque no la más relevante, es que la información y el conocimiento del profesor y el programa palidecen, no sólo en cantidad sino también y sobre todo en calidad, ante lo disponible en la red apenas a unos clics, como bien sabe cualquier profesor tras escuchar a cualquier alumno que haya echado un vistazo a Wikipedia o a la primera página del buscador de Google, es decir, que haya hecho la más burda de las indagaciones posibles.
Menos evidente pero más relevante es que cualquier cosa se pueda hoy aprender de otro modo. Los alumnos experimentan un día sí y otro también que aprendizajes idénticos, equiparables o más complejos que los propios de la escuela pueden hacer de otro modo en la red: a su propio ritmo, sin ansiedad, con representaciones y simulaciones más fieles, con combinaciones más ricas de medios, libres de relaciones competitivas, ajenos a cualquier proceso de etiquetado, apoyándose en sus particulares capacidades, en colaboración con sus iguales... Esto no quiere decir que cualquier alumno esté en condiciones de lanzarse a la autodidaxia o al hágalo usted mismo, como predica el movimiento edupunk, pero sí que cualquiera tiene acceso a experiencias de aprendizaje que llevan a cuestionar la validez de los rituales de estudio habitualmente impuestos por la escuela (traté de esto, hace ya tiempo, como aprendizaje difuso, en versión corta o larga).
A ello se añade que no pocos aprendizajes tradicionalmente vertebrales en las aulas puedan llegar a ser considerados innecesarios o, simplemente, menos necesarios que cuando fueron incorporados a ella, o no tan necesarios como otros, dado que el saber sí ocupa lugar (además de que aprender ocupa tiempo) y hay que elegir (es la economía de la atención, el bien devenido escaso ante la avalancha de información).  Cada vez más registros y algoritmos de los que antes debíamos hacernos cargo pueden ser delegados a sencillos dispositivos: ya no memorizamos números de teléfono, no hacemos largas multiplicaciones ni divisiones, nos despreocupamos de errores tipográficos que serán detectados por el procesador de textos, dejamos de memorizar detalles de nombres y fechas, etc. Por supuesto que todo esto tiene un riesgo, pues la energía y la conectividad no están garantizadas al cien por cien y la máquinas no siempre aciertan, pero corremos ese riesgo en aras a dedicar nuestro intelecto a cosas más interesantes en las que aventajamos claramente a las máquinas.
Por último, también en lo más propio de su labor, al menos entre sus funciones manifiestas, puede verse superado el docente por dispositivos y algoritmos más capaces de extraer información de los procesos de aprendizaje individuales, como sucede con las analíticas de aprendizaje, que recopilan datos sobre ritmo, avance, logros y dificultades del aprendizaje para cada alumno, los analizan y pueden ofrecer recomendaciones a partir de ello… a la velocidad de la luz; o con el aprendizaje adaptativo, que permite ajustar procesos de instrucción y aprendizaje normalizados de acuerdo con las características del aprendiz y la retroalimentación sobre su aprendizaje.
La primavera ha llegado y el PC ni se ha enterado, rezaba una pintada de finales de los ‘70 o inicios de los ‘80, no recuerdo. Mi interpretación sobre lo que quería decir es que, en un presente rápidamente cambiante, el PC seguía enganchado en los problemas de ayer. La mejor prueba de ello quizá sea que las siglas PC ya no significan para casi nadie Partido Comunista sino Personal Computer (¡uf!, ni siquiera eso ya, pues hace tiempo que dejó de ser novedad que los ordenadores fueran personales en vez de maninframes corporativos o institucionales; en un mundo de ordenadores personales la cuestión es ya si portátil, tableta, móvil…). Tienta la paráfrasis: La singularidad ha llegado y el profesor ni se ha enterado, aunque sería injusto, pues muchos sí que lo han hecho. Sin embargo, la profesión en conjunto no y, la institución, todavía menos, pero en ese punto estamos: nada puede continuar como lo conocíamos (~von Neumann), los viejos modelos deben ser descartados y domina una nueva realidad (~Vinge) y la educación se verá irreversiblemente transformada (~Kurzweil).

[1] Ulam, S. Tribute to John von Neumann. 64,# 3, part 2. Bulletin of the American Mathematical Society. p5.
[2] Good, I. J. (1966). Speculations concerning the first ultraintelligent machine. In Advances in computers (Vol. 6, pp. 31-88). Elsevier.
[3] Vinge, V. (1993, March). Technological singularity. In VISION-21 Symposium sponsored by NASA Lewis Research Center and the Ohio Aerospace Institute (pp. 30-31). Una versión ligeramente distinta en Vinge, V. (1993). The coming technological singularity. Whole Earth Review81, 88-95.
[4] Kurzweil, R. (2010). The singularity is near. Gerald Duckworth & Co.

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