24 sept. 2019

Necesitamos un cambio educativo rápido y profundo


En uno de sus últimos libros ‘La educación en la encrucijada’ (Fundación Santillana) el sociólogo y catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, Mariano Fernández Enguita, realiza un análisis de la situación actual de la educación teniendo en cuenta los cambios tecnológicos y sociales. En esta entrevista explica, entre otras cuestiones, qué necesita la escuela actual o el profesorado, y habla sobre la implantación de otros espacios de aprendizaje como las hiperaulas. 

P: En su opinión, ¿cuáles son los retos de la educación del futuro?

R: El escritor estadounidense Douglas Russkoff dice que el futuro ya está aquí, sólo que desigualmente distribuido. Esto se aplica a la educación, elevado al cubo, porque la educación trabaja siempre para el futuro. Vivimos en un mundo que ya es global, digital y mutante, y cada vez lo va a ser más, pero la escuela se diseñó para un entorno nacional, impreso y previsible. La globalización requiere la conciencia de una comunidad global, humana, ya no nacional, así como comprender y entender al diferente (multiculturalidad); el nuevo ecosistema informacional demanda fluidez digital; el cambio acelerado exige aprender a aprender y afrontar y gestionar la incertidumbre. 

P: ¿Qué debe cambiarse en el sistema educativo para afrontar esos retos?

R: La imprenta creó un nuevo ecosistema comunicacional que se expandió a todo: religión, trabajo fabril, cálculo mercantil, papel moneda, formación de la opinión pública, codificación legal, procedimiento administrativo, correspondencia privada… Lo idearon jesuitas, escolapios, lasalianos, moravos y otros, y lo asumió íntegro la escuela estatal. Comenio, un hermano moravo, vio que esto exigía un nuevo ecosistema escolar y lo diseñó y formuló mejor que nadie: el aula, con una clase de estudiantes, un libro de texto, un programa y un maestro al frente. Hoy necesitamos un cambio de ecosistema mucho más rápido y profundo, porque la digitalización ha hecho en tres decenios más que la imprenta en tres siglos (el tiempo que tardaron escuela y aula en llegar a una mayoría).

P:  Y ¿qué deben cambiar los centros?

R: A los centros corresponde, ante todo, dejar de ser aulas apiladas con servicios auxiliares compartidos. Hay que romper con el modelo de un docente, un grupo-clase, un aula y una materia, como en Secundaria. Hoy día un estudiante de Primaria apenas pasa la mitad del tiempo con el maestro-tutor, sin contar con que pueda cambiar cada curso ni con ausencias y traslados. Dar unidad de propósito al plantel de educadores que interviene en la educación requiere proyectos de centro reales y coherentes, direcciones con competencias pedagógicas, equipos internos más especializados y colaboración vertical y horizontal en redes de centros. La educación no se juega hoy ni en el nivel micro del aula ni en el macro de las políticas, sino en el nivel meso de centros, proyectos, redes, direcciones y equipos.

P: Los docentes, por su parte…

R: Los docentes han de ir un paso por delante de sus estudiantes, es tan sencillo como eso. Es lo que celebramos en aquellos profesionales cultos, cívicos y avanzados con los que alimentamos la hagiografía de la profesión: maestros de la II República, profesores-intelectuales, etc. En un mundo global han de ser globalistas, humanistas, abiertos… En un mundo digital tienen que ser digitalmente competentes, computacionalmente informados, nada de refugiarse en la coartada de que son ‘inmigrantes digitales’ o, sus alumnos, nativos… En un mundo en cambio necesitan ser abiertos, adaptativos y creativos. Y deben encarnar en su propio trabajo lo que quieren o dicen querer para el alumnado en sus enseñanzas: responsables, colaborativos…

P: ¿Qué pueden aportar las nuevas tecnologías a estos cambios?

R: El entorno tecnológico digital, que en un sentido básico no tiene ya nada de nuevo pero que cada día ofrece nuevas posibilidades, provoca un giro copernicano en la educación: el eje pasa de la enseñanza al aprendizaje, del profesor al alumno, porque la información y el conocimiento ya no necesitan ni pueden venir simplemente del profesor. Es curioso que la inteligencia artificial haya desplazado, en tan pocos años, su eje de la enseñanza al aprendizaje (la AI se basa hoy en el aprendizaje-máquina, o profundo, ¿quién se acuerda ya de los ‘sistemas expertos’, cuando se transmitía a la máquina el conocimiento humano?), mientras que la escuela, que se ocupa de unos aprendices mucho más complejos y creativos, sigue empeñada en una enseñanza transmisiva. 

“Creo que hay que romper, ya, con el aula convencional, a la vez que conservar y potenciar el papel de la escuela como entorno (innovador) de aprendizaje”

La tecnología permite hoy el acceso a un conocimiento experto plural, no limitado al docente; es en sí misma interactiva, a diferencia del inerte libro de texto (en esto tenía razón Sócrates, el libro es un cadáver); y posibilita la cooperación sin restricciones de tiempo y lugar, sincronía o proximidad, recuperando así el valor de los iguales y el aprendizaje cooperativo.

P: Aboga por las hiperaulas…

R: La ‘hiperaula’ es un concepto con varias facetas. Se trata de un entorno para el aprendizaje, centrado en éste y no en la enseñanza. Es un espacio amplio, flexible y reconfigurable, o sea, un hiperespacio que permite jugar con las tres dimensiones más el tiempo. Gracias a la tecnología es un entorno hipermedia, caracterizado por la convergencia y la transición inmediata y sin fricciones de un medio a otro (texto o audiovisual, analógico y digital, dentro y fuera del espacio de la hiperaula misma o de la institución…). Y alberga una capacidad creciente de representar y simular la realidad sobre la que se aprende: piénsese, por ejemplo, en la diferencia entre el clásico mapa en la pared y Google Earth en la pantalla, o en lo que ya ofrecen la realidad expandida, virtual, etc.: es la hiperrealidad, que no ha hecho más que empezar. En ese ecosistema ya no necesitamos al maestro-transmisor clónico de Comenio, sino a un diseñador de situaciones, experiencias y trayectorias de aprendizaje, y capaz de un trabajo colaborativo, en codocencia.

P: ¿De qué forma se deberían implantar?

R: En la Facultad de Educación de la Universidad Complutense hemos construido la hiperaula.ucm, que es amplia, reconfigurable, con todo móvil, un buen equipamiento tecnológico y mucha visibilidad, que permite la agregación y desagregación de los estudiantes (entre uno y seis grupos grandes o pequeños, equipos cooperativos, trabajo individual, o cualquier combinación) y la codocencia (dos o más docentes colaborando sobre el terreno).

“Los docentes en un mundo en cambio necesitan ser abiertos, adaptativos y creativos”

En Primaria y Secundaria hay numerosas experiencias, aunque todavía muy minoritarias, que suelen pasar por tirar paredes divisorias, poner ruedas a los muebles, diversificar los espacios y la codocencia, normalmente agrupando dos líneas bajo dos o tres docentes, así como en proyectos ocasionales (ABP, STEM, STEAM, etc.) que conviven con la organización tradicional. También hay casos de acumulación de los dos cursos de un ciclo, o grandes espacios abiertos al estilo de los sesenta, pero es más raro. Lo esencial es que sea un proyecto de centro, como mínimo de etapa; no puede ser la iniciativa aislada de un docente.

P: ¿Es necesaria una evaluación del profesorado? ¿Cómo debería evaluarse y quién debería hacerlo?

R: No y sí. Lo esencial, creo, son la transparencia, el retorno y el desarrollo profesional. Transparencia quiere decir que la docencia sea visible (como debe serlo todo en la escuela, salvo que afecte a la intimidad, la privacidad o la seguridad), de manera que los profesionales aprendan entre sí, que no haya áreas fuera de control y que el público y la sociedad vean, sepan y entiendan. Una función de la transparencia es el retorno (feedback o retroalimentación), esencial en la función docente y en cualquier actividad profesional; el retorno puede y debe apoyarse también en la codocencia, en la participación y en la evaluación.

“La hiperaula se trata de un entorno para el aprendizaje, centrado en éste y no en la enseñanza”

Evaluar el desempeño profesional es muy complejo y hay que evitar reducirlo a los resultados, o a protocolos burocráticos, pero tampoco hay que temerlo. Contra una información inadecuada, el mejor remedio es más y mejor información, no la opacidad. Quienes se oponen a la evaluación con el tópico de que es difícil, que traerá rankings, etc., a lo que se oponen es a la transparencia. Por último, el desarrollo profesional necesita y surge del retorno, parte del cual es la evaluación formativa, y la sociedad debe tener la seguridad, y no sólo la promesa (‘confía, pero verifica’), de que el profesorado sigue ese desarrollo, que no se queda atrás en una sociedad y una escuela que no pueden permitírselo.

P: ¿A qué se refiere cuando habla de ‘más escuela y menos aula’?

R: Nuestros ancestros crecieron en familias grandes y comunidades pequeñas. Nuestros hijos lo hacen en familias pequeñas, con los padres empleados, sin hermanos y sin otra gente en casa, pero en comunidades grandes, anónimas e impersonales, cuando no peligrosas. Hemos socializado el cuidado de los menores en la escuela, y no veo alternativa a eso, ni creo que haga falta. El aula, en cambio, encarna una forma de organización de la enseñanza que se ha convertido en unos grilletes para el aprendizaje. Creo que hay que romper, ya, con el aula convencional, a la vez que conservar y potenciar el papel de la escuela como entorno (innovador) de aprendizaje, pero también como escenario de cuidado, en el sentido más fuerte y más rico del término, para los menores y como dinamizador cultural y comunitario.

P: Se habla mucho de las altas tasas de fracaso y abandono escolar en España pero ¿qué se podría hacer para reducirlas?

R: Lo más elemental sería suspender menos: la comparación de los datos de PISA y la EGD (Evaluación General de Diagnóstico) con los resultados académicos nos ha hecho saber que la inclinación del profesorado a suspender es igual o parecida para cualquier nivel de competencia. Lo más importante, no obstante, sería aburrir menos: detrás del desinterés y el desenganche que llevan al fracaso, o de la deserción de quienes no fracasan pero abandonan (o fracasan para poder abandonar) hay, ante todo, una distancia creciente entre lo que ofrece la enseñanza y lo que permite el aprendizaje, entre el horizonte de la escuela y el de la sociedad: es la economía de la atención, la escasez relativa de ésta y una competencia feroz por ella en la que la escuela tiene todas las de perder frente a los medios, la red y la sociedad. Por último, habría que tener a disposición de todo estudiante que termine la enseñanza obligatoria alguna vía de continuación hasta la compleción de un ciclo postobligatorio, sin dejar a nadie fuera (el efecto, ahora, del fracaso, es decir, de la no graduación), aunque supusiera una doble titulación.

P: ¿Cuáles son los tres cambios que un docente debería hacer en el aula de cara al nuevo curso?

R: Ojalá hubiera algo así, los tres mandamientos de la innovación. Cada contexto requiere un proyecto acorde a sus necesidades y posibilidades, incluidas las del docente. Yo sugeriría más bien que se haga tres preguntas. Primera: si no fuera por la ley, por complacer a sus padres y puede que incluso a mí, y porque aquí están sus compañeros, ¿cuántos de estos alumnos habrían venido? Segunda: si hubiese tenido que organizar desde cero el espacio, el tiempo y el programa de actividades ¿es esto que tengo delante y por delante lo que habría hecho? Tercera: ¿hasta dónde puedo llegar solo y hasta dónde podríamos hacerlo como centro? Si la respuesta a las dos primeras fuera afirmativa, se puede ahorrar la tercera.

13 sept. 2019

El aula de informática está muerta y enterrada, antes incluso que la tradicional

Mariano Fernández Enguita es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense.  En los últimos años es una de las voces que más ha abogado por la renovación de la educación y de la carrera docente en España. En esta entrevista habla de hiperaula.ucm, un proyecto que ha impulsado desde la Facultad de Educación de la universidad madrileña.

La hiperaula es un espacio abierto y muy tecnológico donde todo es adaptable y modular. Está pensado para la colaboración entre los profesores y los futuros docentes. En ese espacio no hay jerarquías y se va a apostar por la codocencia, es decir, por las clases impartidas por dos o tres profesores al mismo tiempo. 
Es un intento para poner al mundo de la educación a la altura del siglo XXI y sacarlo de su letargo. Porque, como reconoce este experto, “la escuela, sedada como está por la tranquilidad de contar con un público cautivo, es mortalmente aburrida e irrelevante”. También reflexiona Fernández Enguita sobre el papel de los profesores para liderar este cambio y las razones del alto fracaso escolar en España. Y tampoco se olvida de dar algunas pistas sobre cómo las familias pueden enfrentarse a la adicción de los niños a las pantallas. 

QUÉ ES LA HIPERAULA

– ¿Qué es la hiperaula de la Complutense y cómo surge el proyecto?
Debo distinguir la hiperaula como concepto y la hiperaula.ucm como iniciativa de la Facultad de Educación. La hiperaula es la respuesta que la escuela ha de dar al nuevo ecosistema informacional (social y técnico) en que está inserta. La esencia del aula como la conocemos se entiende mejor si traducimos el término a cualquier otra lengua: classroom, salle de classe, Klassenzimmer, etc. O sea, la sala en la que metemos a una clase de alumnos y los tratamos de manera colectiva, homogénea, por lotes… 
Fue la respuesta de los jesuitas, hermanos moraos, escolapios, lassalleanos… al nuevo ecosistema representado entonces por la imprenta. Comenio lo entendió mejor que nadie. Se trataba de imprimir alumnos en serie, como se ya se imprimían con éxito los libros. Cossío lo llamó, irónicamente, «estampación».

“La escuela, sedada como está por la tranquilidad de contar con un público cautivo, es mortalmente aburrida e irrelevante”

Hoy, en la era digital, cuando vemos caer o transformarse de manera radical todas las grandes instituciones de la galaxia Gutenberg (prensa, editoriales, medios audiovisuales, etc.), la escuela puede mantenerse básicamente igual porque tiene un público cautivo. Pero pagamos un enorme precio en malestar, frustración, fracaso y abandono, pérdida de capital humano…
El proyecto surge, en el plano más general, de que necesitamos alinear el ecosistema de enseñanza-aprendizaje con el ecosistema informacional global. En un plano más inmediato, de que ya hay multitud de experiencias en España y en el mundo que apuntan en la misma dirección. De manera que hemos lanzado una iniciativa más avanzada y más visible, sí, pero sobre los hombros de otros muchos que lanzaron otras antes.

EL MODELO BYOD

– ¿Qué finalidad tiene este espacio y hasta qué punto se distingue de un aula tradicional de informática?
El aula de informática está muerta y enterrada, antes incluso que el aula tradicional. Primero porque físicamente era el aula elevada al cubo, ya que suponía más inmovilidad, mayor invisibilidad e incomunicación horizontal entre los alumnos. Era a menudo un jardín vallado con restricciones en el acceso a internet. Segundo, porque se impone ya el modelo BYOD o BYOT. Que el alumno traiga su propia tecnología, su dispositivo, que conoce mejor y cuyo uso múltiple genera sinergias.

“Es un escenario equipado para formas de representación y de simulación muy superiores a la lección, el libro impreso o el esqueleto de plástico del aula tradicional”

La hiperaula.ucm gira toda en torno a la movilidad, la reconfigurabilidad, la flexibilidad a la hora de que se agrupen o desagrupen los alumnos, etc. De hecho, hiperaula.ucm se ha construido eliminando dos aulas de informática, aunque se denominaban “multiusos” porque los ordenadores eran portátiles. No ocultaré que me parece una variante feliz de innovación en el sentido schumpeteriano, de “destrucción creativa”.
La hemos llamado hiperaula porque es un hiperespacio en que jugamos libremente con las tres dimensiones del espacio y con la cuarta, el tiempo. Porque es un entorno hipermedia en el que nos movemos sin fricciones entre lo físico y lo virtual, material y distal, analógico y digital. Y es un escenario equipado para más y mejor hiperrealidad. Es decir, para formas de representación y de simulación de lo que queremos que se aprenda muy superiores a la lección, el libro impreso, el mapa en la pared o el esqueleto de plástico del aula tradicional.

ENTORNOS Y DINÁMICAS FLEXIBLES

– Todo en la hiperaula es adaptable y está pensado para la colaboración. No hay muros, el mobiliario y los equipos informáticos (pizarras, ordenadores, escáneres…) se puede mover. ¿Estamos en un experimento de aula del futuro en un mundo que tiene muchos tics del siglo XIX?
Hasta donde alcanza la vista, no tengo duda de que el futuro va por ahí. Apertura, flexibilidad, reconfigurabilidad… Hemos puesto particular cuidado en no atarnos a un modelo o diseño concreto de enseñanza-aprendizaje, buscando en todo momento que profesores y alumnos puedan diseñar el entorno y las dinámicas que deseen.
Es posible que en términos de hiperespacio no se pueda ir ya mucho más lejos. Creo que grupos con más alumnos y más docentes son una mejora. Que el doble o triple de profesores con el doble o triple de alumnos es espectacularmente mejor que cada uno de esos profesores, aislado, con su parte del alumnado. Y también que, más allá de las opciones que manejamos para los proyectos que suponen codocencia (de dos a cuatro profesores con hasta un centenar de alumnos), el rendimiento podría pasar a ser decreciente.
En términos de hipermedia, de integración de los entornos físico y virtual, veremos sin duda numerosas mejoras. Pero, sobre todo, tenemos mucho que aprender y que mejorar en el uso de los medios que ya tenemos. No ya en la hiperaula, sino casi en cualquier institución educativa. La tecnología y la socialidad que esta permite están infraaprovechadas.
En términos de hiperrealidad es donde creo que veremos avances más espectaculares, pues la realidad aumentada, expandida o virtual, está todavía en pañales. Y falta que llegue la inteligencia artificial, que podrá hacerse cargo de las tareas “algoritmizables” de la enseñanza y acompañar de manera interactiva parte del aprendizaje. Eso dará paso a que profesores y alumnos concentren su interacción en los elementos más necesitados de personalización.

LA ENSEÑANZA EN ESPAÑA

– ¿Está de acuerdo con aquellos que dicen que, en lo fundamental, en España se sigue enseñando como hace más de un siglo? Esquemas muy rígidos y memorización de datos frente a la realidad de un mundo donde el conocimiento se despliega en red y la información está al alcance de todos.
No hay duda a ese respecto. Hay abundante innovación de la que aprender, pero es muy minoritaria y no toda ella tiene el mismo valor. Necesitamos transformaciones de alcance, que abarquen el grueso de la experiencia del aprendizaje, para lo cual tienen que penetrar el grueso de la institución. Las pequeñas iniciativas de aula o de asignatura pueden estar bien, pero son muy insuficientes, efímeras y no van a la raíz.

 “La tecnología y la socialidad están infraaprovechadas en cualquier institución educativa”

Hemos pasado de la escasez de información, en la que el profesor aportaba al alumno información y conocimiento, a la sobreabundancia informativa, a la presencia inmediata y la percepción directa de un mundo inabarcable. Y también al predominio del ruido, sean las fake news, los “me gusta”, la telebasura o cualquier otra forma.
Paradójicamente, cuanto más esencial resulta el conocimiento para saber moverse entre esa avalancha informativa, más difícil le resulta a la escuela lograr la atención de niños y jóvenes. Entre otras cosas porque, sedada como está por la tranquilidad de contar con un público cautivo, es mortalmente aburrida e irrelevante.

DE LA LOGSE A UNA TITULACIÓN POSTOBLIGATORIA

– España tradicionalmente ha tenido una alta tasa de abandono escolar. Las últimas cifras nos ponen a la cola de Europa. Uno de cada cuatro alumnos no termina la ESO. ¿Qué falla y cómo se puede revertir esta situación que tanto lastra el futuro del país?
Los motivos son varios y muy visibles. El primero, el más obvio y el más fácil de corregir, es un error de la LOGSE, un efecto imprevisto. Se pensó que con la comprehensividad, más recursos y algo de innovación, la gran mayoría del alumnado superaría la enseñanza obligatoria.
Pero resultó que, por un lado, el profesorado, que es quien evalúa y califica en esas etapas, siguió suspendiendo a la misma proporción de alumnado, mientras que, por otro, la ley dejó a los no graduados en la ESO sin posibilidad alguna de continuidad. Antes de la LOGSE, en el marco de la LGE, los no graduados, los simplemente ”certificados”, podían continuar en la Formación Profesional.
La solución, por tanto, es conceptualmente muy sencilla, aunque la implementación pueda resultar muy complicada. Primero, y a corto plazo, ofrecer distintas vías de continuidad, hacia una titulación postobligatoria, a todos los que salen de la ESO. Segundo, y a plazo más largo, ofrecer una escolaridad más interesante, modular los criterios de evaluación del profesorado y deslindar titulación y continuidad. Pero esto no debería hacernos olvidar otro problema más de fondo, que es el divorcio creciente entre los intereses del alumnado y las oportunidades de aprendizaje fuera de la escuela, por un lado, y lo que esta ofrece o impone, por otro.

Fernández Enguita con el decano y el gerente de la Facultad de Educación, Gonzalo Jover y Alejandro Cremades, respectivamente.

PROFESORES Y ALUMNOS

– Algunos expertos apuntan como vía para mejorar la educación la codocencia. Es decir, la presencia en un aula de dos o incluso tres profesores al mismo tiempo, lo que permite, por un lado, un mejor seguimiento del alumno y, por otro, que esos profesores compartan experiencias y se transmitan conocimientos y modos de trabajo. ¿Cómo lo ve y hasta qué punto la hiperaula ha sido concebida para fomentar esta colaboración entre docentes?
El modelo 1×1, un profesor con un grupo en un aula, y en secundaria y universidad con una asignatura, puede parecer intuitivo, pero es ya irracional y muy contraproducente. No digo que no deba usarse nunca, pero sí que se ha heredado y proyectado desde el sermón en un extremo y la escuelita unitaria rural en el otro, con una idea de la eficiencia que ya no se sostiene y en detrimento de las funciones globales de la escolaridad, de la unidad del conocimiento y de la lógica del aprendizaje.
Es un asunto demasiado complejo, pero es fácil ver que, en los primeros niveles escolares, dos o más profesores se las arreglan mejor para compaginar las funciones de enseñanza y de cuidado y para atender a la diversidad. Mientras tanto, en los niveles superiores, hay mucho que ganar con la multi, inter y transdisciplinariedad.

“Un problema de fondo es el divorcio creciente entre los intereses del alumnado y lo que la escuela ofrece o impone”

Además, la codocencia trae la complementariedad de las cualificaciones y genera un ambiente más relajado para el profesor. Además, facilita el proceso de inducción de los profesores noveles, favorece la continuidad de los proyectos y reduce los efectos negativos de bajas y ausencias. También es un ejemplo de docencia cooperativa para el aprendizaje colaborativo, aumenta la transparencia institucional y minimiza los riesgos de arbitrariedad y malas prácticas. Es difícil pedir más. Y sí, la hiperaula en general y la hiperaula.ucm en particular son una apuesta por la codocencia. La posibilitan y la facilitan, aunque tienen otras muchas cualidades que no dependen de ella.

CAPITAL CULTURAL Y CAPITAL HUMANO

– Muchos padres viven hoy superados por la adicción de sus hijos a las pantallas, a los videojuegos o a las redes sociales. ¿Cómo se puede dar la vuelta a esta situación para que los alumnos usen esa misma tecnología con fines más productivos y beneficiosos? ¿O se trata más bien de restringir el uso de ordenadores, consolas o smartphones?
La cuestión tiene dos partes. Una es cuantitativa: ¿cuánta pantalla es buena o mala? Es razonable siempre y cuando no se saque de madre. También leer demasiado en papel puede ser malo para la vista, o provocar obesidad, y leer el ‘Mein Kampf’ o demasiados catálogos de ventas puede ser malo para el espíritu. Imagino que muchas familias analfabetas de hace 100, 200 o 300 años debieron de sentirse muy preocupadas por lo que leían sus hijos, algunos pegados a unos papeles que ellos no podían entender. La otra es cualitativa: ¿qué uso de las pantallas es bueno o malo? La noosfera, el mundo digital es mucho más amplio, rico y diverso que el mundo impreso (que a su vez lo era mucho más que el mundo oral).
Por tanto, tanto las oportunidades como los riesgos son mucho mayores y más dispares, por lo que todos dependemos mucho más del capital cultural heredado de nuestras familias y del capital humano que podamos desarrollar en la educación: si no andas bien del primero, te hará más falta aún el segundo, por eso es tan importante que la escuela no se quede al margen ni vaya a remolque de la digitalización, sino todo lo contrario.

“El modelo 1×1, un profesor con un grupo en un aula, y en secundaria y universidad con una asignatura, puede parecer intuitivo pero es ya irracional y muy contraproducente”

CÓMO MEJORAR LA EDUCACIÓN EN ESPAÑA

– ¿Hasta qué punto los docentes en España están integrando y sacando partido a las nuevas tecnologías en sus esquemas pedagógicos? Tengo la impresión de que muchos profesores de Primaria y Secundaria, como muchos padres, están superados y han quedado desnortados ante esta ‘pantallización’ general.  
Más bien poco. Hay muchas y muy buenas iniciativas pero, como ya he dicho, son minoritarias y no siempre sostenibles. El profesorado se resiste porque fue formado en otro tipo de enseñanza y porque tiene intereses en ello, o al menos una manera de verlos. Predominan las actitudes hostiles, legitimadas como catastrofismo, las estrategias apenas preventivas o la simple pasividad.

“¿Cuánta pantalla es buena o mala? Es razonable siempre y cuando no se saque de madre”

Pero una profesión no tiene derecho a eso, a excusarse tras los presuntos riesgos o la justificación de que no la han formado. No perdonaríamos a un médico que eludiese los instrumentos de diagnóstico, los tratamientos o las fármacos aparecidos después de terminar su carrera. Ni a un abogado que no quisiera leer o aprender sobre las leyes más recientes. Se pueden repartir las competencias, o las demandas de actuación sobre la formación inicial o continua del profesorado, pero la responsabilidad es indivisible, porque es solidaria.
La profesión, cada profesional, son enteramente responsables de estar a la altura de las circunstancias, aunque también lo sean las universidades o las administraciones. Pero también hay que crear un contexto en el que la innovación no sea un riesgo solitario, en el que las mejores iniciativas sean conocidas y se extiendan y en el que la profesión se sienta apoyada por la sociedad.

LA SITUACIÓN DEL PROFESORADO

– Se dice que la preparación y motivación del docente es clave para tener un sistema educativo de calidad. ¿Cómo están los profes en España y qué echa de menos hoy en la profesión docente para conseguir una educación a la altura de los países punteros?
Necesitamos una reestructuración a fondo de la carrera, de principio a fin. Primero, una formación más sólida y exigente, con particular atención a que el maestro sepa distinguir mejor la ciencia de la charlatanería o la banalidad y que el profesor de secundaria entienda que conocer medianamente una materia no es lo mismo que saber enseñarla y menos aún que ser un buen educador.

“En el profesorado predominan las actitudes hostiles [ante la tecnología], legitimadas como catastrofismo, o la simple pasividad”

Necesitamos unas prácticas, un proceso de inducción, reales, que formen y filtren, no el actual paripé desacoplado del prácticum desde la universidad ni la actual ficción del año de prácticas de los nuevos funcionarios. Un prácticum –lo que se (mal) llama un «MIR docente»– más largo, más exigente, mejor organizado, selectivo y gestionado por las administraciones, la profesión y los empleadores.
Después necesitamos un sistema de formación continua también exigente, no ritualista y formalista como el actual, una carrera docente con incentivos y basada más en méritos y menos en la mera antigüedad y un contexto de trabajo en los centros que permita la colaboración regular dentro y fuera del aula. Si hiciéramos eso, otras cosas con frecuencia demandadas, como la autoridad, el prestigio, el reconocimiento, menos burn-out, etc., vendría solas. Y otras, como el salario o la jornada de trabajo, se diga lo que se diga y no importa quién lo diga, ya están bastante bien.

ENTORNOS DE APRENDIZAJE PIONEROS

– Cuéntenos brevemente una experiencia educativa que le haya llamado la atención (en España o en el extranjero) y que nos puede dar pistas sobre cómo mejorar en el futuro nuestro sistema.
Hay muchas experiencias, pero yo creo que hoy vale especialmente la pena prestar atención a las que están teniendo lugar en Nueva Zelanda y Australia, que son pioneras en la creación y el desarrollo de nuevos entornos de aprendizaje. Nueva Zelanda tuvo la ‘suerte’ de sufrir hace diez años un terremoto que destruyó numerosas escuelas, lo que les obligó a reconstruirlas y les dio la oportunidad de repensarlas. Por lo demás, aquí podemos encontrar ya no pocas experiencias interesantes. Me preocupa, eso sí, que estén sobre todo en el sector privado y concertado, bastante más que en el público, pero lo importante es entenderlo para hacer algo, no lamentarlo para no hacer nada.
La ventaja de los centros privados y, más aún, concertados es que tienen direcciones que dirigen, públicos que los apoyan y a menudo forman parte de redes de varios centros. E incluso con otras instituciones sociales, lo cual favorece la innovación, que es más cuestión de centro y de redes que de aulas, o sea, de profesores aislados. Pero son cada vez más, también, los centros públicos que dicen ¡basta! y que buscan y encuentran la manera de abordar mejoras e innovaciones de fondo.
No voy a contar aquí experiencias, porque eso daría para otra entrevista, pero sugiero prestar atención a institutos como el Julio Verne de Leganés, centros concertados como el Padre Piquer o redes como Horitzó 2020. O a experiencias más amplias fuera de España: los complejos diseñados por Fielding & Nair, el proyecto ILETC en Australia, las redes Fontán en Colombia o Innova en Perú, Teach to One en los Estados Unidos.

9 ago. 2019

Innovación educativa: en objetivos, en procesos y en abierto



Mi tribuna en Cuadernos de Pedagogía 500, julio de 2019
La innovación exige hoy desplazar el eje de la enseñanza al aprendizaje, a la estructura profunda de la institución escolar y la experiencia del aula. Abordar el producto y el proceso, apostar por la eficiencia en vez de la demanda inagotable y a menudo ineficaz de más recursos y abordarse de manera abierta y colaborativa con otros actores institucionales y profesionales.
¿Qué es la innovación? Innovar no es inventar, pues la mayoría de los inventos carecen de uso práctico, o tardan en encontrarlo (son soluciones en busca de un problema). Tampoco es generalizar con éxito una innovación ya probada; esto es difusión, quizá reforma. La innovación está a medio camino. Una definición económica clásica es: un cambio en la función de producción. Una función de producción es, por ejemplo, que un metro cuadrado de tierra, agua abundante y unos ligeros cuidados produce, en tres meses, hasta 10 kg. de tomates; o que un profesor y 20-30 alumnos en un aula, con la tecnología habitual, producen, como media, tres cuartos de éxito en la enseñanza obligatoria.
Una distinción igualmente clásica separa las innovaciones de producto y las de proceso, aunque muchas sean ambas cosas. El primer tomate cultivado en los Andes, o luego sus numerosísimas variantes por el planeta, fueron innovaciones de producto, aunque de resultados diversos (algunos deliciosos, otros no tanto); rotación y barbecho, pesticidas, invernaderos y goteo, hidroponía, etc. han sido de proceso, con el resultado de que hoy se alcanzan hasta 80 kg. La introducción en la escuela de la lectura y la escritura, el cálculo, las lenguas vernáculas, etc. fueron de producto; la lectura silábica, la ‘matemática moderna’, el método de casos o los talleres modelo Naciones Unidas son de proceso.
Resultado de imagen de cuadernos de pedagogia 500En el contexto educativo actual necesitamos innovaciones espectaculares tanto de producto como de proceso. Si el producto de la escuela son los conocimientos, habilidades, competencias, etc., expresados en el currículum, piénsese de dónde vienen las que hoy dominan la vida escolar. La lectoescritura era necesaria para la reforma religiosa (leer la biblia) y el Estado nación (lengua vernácula) y la imprenta, que también la hizo viable, y el cálculo se tornó necesario por la expansión del mercado. En definitiva, la escuela debía preparar a los individuos en los interfaces con su nuevo entorno. Un mundo que ya es global requiere ante todo la lingua franca (el inglés), mientras no termine de solucionarlo Google, pero también conocimiento global, tolerancia y reconocimiento de la multiculturalidad, formación en valores humanos, etc. El entorno digital requiere alfanumerización, comprensión computacional, conciencia de la ciberseguridad, saber distinguir, ponderar y contrastar la información…; un mundo que cambia tan rápido pide flexibilidad, adaptabilidad, resiliencia, creatividad… Se precisa menos saber sumar y restar kilogramos, litros o hectáreas, como aprendió en el aula mi generación, y más saber interpretar estadísticas y grandes números para entender algo alrededor.
Por otra parte, los cambios en el reclutamiento y en la orientación de la educación, que hoy queremos universal desde la primera infancia hasta los dieciocho o más años, inclusiva, con el máximo éxito, a la vez que cobramos conciencia de los nuevos problemas de seguridad, privacidad, autoestima, etc. en el nuevo entorno digital y reticular, nos llevan, creo, a asumir desde la escuela (no en lugar de la familia, sino en espacios a los que ésta no llega), de nuevas funciones de cuidado y tutela de los menores, más allá de la mera custodia. 
No menos necesario, sino más, es innovar en los procesos. El paradigma del aula tradicional: un profesor, un grupo homogéneo, un espacio rígido, actividades y ritmos uniformes ya no se sostiene. Lo que permitió escolarizar a muchos algún tiempo y a algunos mucho, no vale para todos todo el tiempo –y aquí no sólo engañamos a otros, sino también a nosotros mismos. Los alumnos que antes eran etiquetados como inhábiles y excluidos y ahora queremos incluir y llevar al máximo de sus posibilidades, no lo aceptan. La generación que accede a internet en cualquier momento y lugar no puede creer ya que lo que le ofrece el aula valga lo que le exige a cambio. Por añadidura, una buena educación escolar no se puede escalar ad infinitum, reduciendo sin fin las ratios además de los horarios o los años de servicio, ni hace falta. En los próximos años veremos innovaciones cada vez más profundas en la estructura básica de la vida escolar (espacios, tiempos, secuencias, evaluación…) y esfuerzos crecientes por organizarla en torno al aprendizaje, no a la enseñanza, valiéndonos para ello, además del profesor (que será menos transmisor de contenidos y más diseñador de entornos, situaciones, experiencias y procesos), con el uso de otros recursos (colaboración entre pares, tecnologías interactivas, recurso a la red y la comunidad, enseñanza y colaboración en línea…).
No menos común es distinguir innovación cerrada, que nace y queda en un recinto, típicamente una organización o un grupo profesional (como escuela y profesorado), y abierta, cuando nace y progresa distribuida entre organizaciones y grupos y es compartida. La tradición escolar y docente es la primera, pero muchas ideas, incluidas algunas de las mejores, sobre el aprendizaje vienen hoy de otras entidades (empresas, ejércitos, ONGs) y grupos (informáticos, arquitectos, comunicólogos…), y hay que aprender de ellos y a trabajar con ellos.

23 jul. 2019

Parece de cajón, pero no lo es (una coalición PSOE+UP)

En la historia interminable de las actuales negociaciones entre PSOE y Unidas Podemos para la investidura, se antoja intuitivo que, si son imprescindibles los votos afirmativos de dos grandes partidos (más un racimo de pequeños), lo lógico es que éstos pacten un programa, más próximo al mayoritario, y se repartan las carteras ministeriales y otros cargos de acuerdo con su peso en escaños. Sería razonable también, aunque no imprescindible, cierta desproporción a favor del socio mayoritario para favorecer la coherencia y la estabilidad, que en política son bienes en sí mismas (el mismo motivo que se esgrime para las circunscripciones territoriales, las reglas tipo d’Hont o las primas al ganador), o simplemente porque suele ser el que tiene otras opciones. No lo es tanto que el socio minoritario quiera una representación proporcional al voto y no a los escaños (eso vale para una coalición electoral, pero no parlamentaria), y es deshonesto que quiera obtener un sobreprecio porque su apoyo es justamente la gota que falta (como en La Rioja, donde UP impidió la investidura por no haber conseguido 3 de las 8 consejerías, el 38%, con, 2 de los 17 escaños de la coalición, el 12%). Con pequeñas variantes, esas reglas de proporcionalidad suelen regir, por ejemplo, en el interior de los partidos o en las empresas de capital social (por acciones).
Pero la política es un poco más complicada, por suerte, al menos en democracia. Conviene hacer cuentas no sólo en el interior de la potencial coalición gobernante, sino también entre el conjunto de los gobernados. En el Barómetro de mayo de este año, el CIS preguntó a una muestra representativa de la ciudadanía dónde ubicaban a los partidos en una escala de izquierda-derecha en la que los respectivos extremos serían 1 y 10, dónde se ubicaban personalmente a sí mismos y qué habían votado en los últimos comicios nacionales. Si nos limitamos a los partidos nacionales y los ordenamos en este mismo sentido, los resultados están en la Tabla 1.
Tabla 1
UP
PSOE
C’S
PP
Vox
Ubicación por ciudadanía
2,3
4,0
7,0
8,0
9,4
Autoubicación de sus electores
2,7
3,5
5,7
6,9
7,5
Distancia al ciudadano medio
1,8
1,0
1,2
2,4
3,0
Escaños obtenidos en 2019
42
123
57
66
24
Las cifras cobran sentido cuando se comparan con la autoubicación del conjunto de la ciudadanía, que está en un valor de 4.62, moderadamente en la izquierda (el punto medio entre 1 y 10, ya que no hay 0, sería 5.5). Nótese, aunque sea como una glosa anecdótica, que la ciudadanía en su conjunto sitúa al PSOE en la izquierda algo más cerca del centro, o menos a la izquierda, de lo que lo hacen sus electores, a Unidas Podemos más cerca de la extrema izquierda de lo que lo hacen sus votantes y a todos los partidos de centro-derecha o derecha más a la derecha de lo que lo hace su base electoral (particularmente a Vox). En definitiva, una tendencia a demonizar al adversario de la que sólo parece salvarse como partido el PSOE y que se da más entre los votantes de la izquierda (incluidos los del PSOE) que entre los de la derecha.
¿Qué indicador es mejor para ubicar a cada partido: el que ofrecen sus propios votantes o el que le adjudica el conjunto de la ciudadanía? Ninguno es perfecto, podrían argumentarse ambos y las diferencias son de distinto grado y pueden seguir distintas lógicas, pero aquí optaremos por lo más sencillo, que es ubicar a cada partido donde lo hace la ciudadanía agregada. Primero porque así percibirá la mayoría su presencia en el gobierno y su posición frente al mismo y, segundo, porque simplifica el cálculo sin merma aparente.
Comparemos ahora la orientación de hipotéticos gobiernos con la del conjunto del electorado. Antes, incluso, de ir con las coaliciones, es de señalar que, de haber un gobierno monocolor, un gobierno del PSOE sería, además del más factible por su peso en escaños (35%), el más próximo al posicionamiento del español medio, apenas a 0,6 puntos de distancia (máximo 9, recuérdese, y mínimo 0), lo que, como enseguida se verá es una distancia muy soportable. La Tabla 2 muestra ya la ubicación de las posibles coaliciones y su distancia con el conjunto del electorado (o con un hipotético ciudadano medio).
Tabla 2
Gobierno
Escaños
Ubicación
Distancia
PSOE
123
4,0
0,6 a la izda
PSOE+UP
165
3,6
1,0 a la izda
PSOE+C's
180
5,0
0,4 a la dcha
PSOE+C's+UP
222
4,4
0,2 a la izda
PSOE+PP
189
5,4
0,8 a la dcha
PP+C’s
123
7,5
2,9 a la dcha
PP+C's+Vox
147
7,8
3,2 a la dcha
La ubicación de cada hipotético gobierno de coalición es la media de las ubicaciones de los partidos que lo forman ponderada por sus escaños (por la proporción de los escaños de cada partido sobre el conjunto de los escaños de la coalición). Así, por ejemplo, en una hipotética coalición PSOE-UP, el PSOE, con 123 escaños, tendría un peso y una influencia casi triples que las de UP: no sólo carteras, cargos, presupuesto y otras entidades discretas susceptibles de ser fraccionadas y repartidas, sino también en cuestiones modulables y pactables peo indivisibles como el programa, las políticas generales, la comunicación pública, etc. Lo que encontramos enseguida es que tal coalición se situaría más lejos del centro de gravedad, aunque no mucho: 1,0 puntos. Pero estaría más lejos que una colación PSOE-Ciudadanos (a 0,4 puntos), sensiblemente más que una coalición tripartita PSOE-C’s-UP (a 0,2), incluso a más distancia que una coalición PSOE-PP (a 0,8). Todo esto resulta fácilmente comprensible: si el PSOE está ligeramente a la izquierda del español medio y Ciudadanos está ligeramente a la derecha, y además tiene más escaños que UP, esta coalición sería preferible en todos los aspectos desde el punto de vista agregado del electorado; si, partiendo de la ubicación del PSOE, un gobierno se moviera algo a la derecha por la influencia de C’s y algo (pero menos) a la izquierda por la de UP, el resultado estaría más cerca del óptimo en relación con la ciudadanía agregada; un gobierno PSOE-PP, en fin, reuniría a los dos partidos mayoritarios, por lo que difícilmente iba a estar muy lejos del centro de gravedad, aunque dejase a muchos enfadados en la izquierda de la izquierda, la derecha de la derecha y el centro del centro.
En democracia, hay varias conclusiones obvias. La conclusión cero es que cualquier fórmula razonable gira en torno al PSOE, no sólo por sus resultados en escaños, casi doble que el segundo e igual a la suma con el tercero, sino por su centralidad en el arco político (incluso por su moderado izquierdismo, ya que el conjunto de la ciudadanía también se inclina hacia ahí). Nada, ni a su izquierda ni a su derecha, podría sumar mas votos sin los socialistas que con ellos, y una coalición-pinza puede funcionar, y todavía es muy posible que lo haga, para impedir la formación de gobierno y forzar nuevas elecciones, aunque para algunos de sus socios puedan resultar suicidas, pero de ninguna manera para formar gobierno. A partir de aquí, hay cuatro conclusiones más sobre las posible coaliciones.
La primera es que el gobierno ideal sería una coalición de PSOE, Ciudadanos y Podemos, tal vez difícil de gestionar pero la más próxima al elector medio en 2019, apenas a 0.2 puntos del centro de gravedad. Esto ya se intentó tras las elecciones de 2016, pero fue imposible por la prepotencia aventurera, sectaria y electoralista de Podemos, y el fiasco trajo como consecuencia la recuperación de la derecha; hoy es inviable por el no cerrado de Ciudadanos, convencido de que su futuro está en competir por el electorado del PP, pero, si así no fuera, estaría por ver si Podemos no volvía por sus fueros. La convivencia entre C’s y UP sería difícil, pero podrían confluir en la demanda de una reforma del sistema electoral y otros elementos del “régimen del 78”, y su contrapeso recíproco podría, paradójicamente, ser un elemento de equilibrio para un gobierno tripartito.
La segunda es que la siguiente mejor opción sería una coalición PSOE-Ciudadanos, a 0.4 puntos por la derecha del centro de equilibrio, hoy factible porque la suma de los resultados de ambos ya arrojaría mayoría absoluta y sería la coalición más próxima al elector medio: C’s, cuya principal seña de identidad era la resistencia al nacionalismo secesionista, deberá explicar más temprano que tarde por qué ha dinamitado la vía que más fácilmente podría haber permitido ya un gobierno que pudiera prescindir de éste para la investidura.
La tercera, que gustará a pocos, es que la siguiente opción, antes que una coalición de izquierdas, de progreso o como se quiera llamar, sería la coalición PSOE-PP, algo más alejada del elector medio, a 0.8 puntos por la derecha, pero con mayoría suficiente para no depender de socios oportunistas. Gustaría a pocos, quiero decir, de los habituales indignados, los que desde la izquierda identifican a toda la derecha con Vox y a Vox con el fascismo, o los que desde la derecha presentan a la izquierda como eterno rehén de Bildu, etc. Dada la tradicional polarización de la política española, así como los riesgos de que fuera vista como una alianza sin principios del “antiguo régimen”, el último estertor del bipartidismo, sería problemática, y con seguridad “inaceptable” para buena parte de sus respectivas bases, pero no distinta de las alianzas entre democristianos y socialdemócratas en Alemania y otras grandes coaliciones en momentos de crisis.
La cuarta y última es que una coalición PSOE-UP, además de ser insuficiente y forzar al PSOE a buscar el apoyo o la no resistencia de algún otro partido (lo que quiere decir a su derecha, donde resulta más difícil precisamente por ello, o entre los nacionalismos y otros particularismos que no dudarán en exigir un precio oportunista), se sitúa más lejos del centro de gravedad que cualquiera de las anteriores y que un gobierno monocolor. La distancia no es ni mucho menos insalvable (1 punto por la izquierda) y es casi indistinguible de la que supondría el antes mencionado “gobierno de concentración” (0.8), pero ahí está y, a diferencia de este caso, no tendría fuera dos focos de oposición que hasta cierto punto se anulasen mutuamente sino un sólo, un bloque de derechas (incluida parte del nacionalismo, que también lo es en el sentido más tradicional), hoy con el riesgo añadido de estar dividida entre dos partidos, PP y C’s, que compiten ferozmente entre sí por representar a toda la derecha y que se esfuerzan por recomprar el espacio de Vox.
Una conclusión adicional, el corolario de las tres primeras, es que el pluripartidismo no ha traído lo que prometía sino todo lo contrario. En 2016 fue P’s quien hizo imposible una coalición con PSOE y C’s; ahora es C’s quien dice no desde el principio a estos dos posibles socios (y temo que, si no fuera C’s, sería P’s quien dijese no a un tripartito con “el partido del Ibex”, “marca blanca del PP”, o incluso aquellos iluminados socialistas, pocos pero veloces, que se apresuraron a cantar “¡Con Rivera no!”, en la misma noche electoral). La evidencia, aun paradójica, en el nuevo pluripartidismo es que los nuevos actores, C’s y P’s (hoy UP) no son menos partidistas y electoralistas que aquellos a quienes acusaban de tales, sino igual o más, empeñados como están en sus batallas dentro de cada uno de los dos presuntos grandes bandos, en los que siguen inmersos mientras España se ha ido moviendo al centro.
En estas circunstancias se comprende a la perfección el esfuerzo del PSOE por desdibujar la participación de Podemos en una coalición, aunque el resultado sea dudoso. Un esfuerzo en el que todo vale: evitar su presencia en el gobierno, reducirla a ministerios secundarios, vetar los nombre más significados… Si se añade la complacencia de Podemos con los nacionalismos (aunque se limite formalmente a la autodeterminación o a la consulta en referéndum), que tiene a éstos particularmente entusiasmados con su llegada, se entenderá que esa coalición puede satisfacer a los amigos, pero también crear o despertar a los enemigos. Las coaliciones se hacen para sumar, pero a veces pueden restar.
Una buena proporción de los lectores iniciales de este texto es probable que no haya llegado hasta aquí, impacientada por estas cuentas que parecen no contar con lo más importante: qué políticas, qué programas (“¡programa, programa, programa!”, en versión moralizante), qué posicionamiento en la divisoria izquierda/derecha. Pero de eso, precisamente, se trata. Sin duda hay muchas maneras de entender la democracia, pero yo destacaría, aquí, dos. La primera es la mera renuncia a la violencia. The ballot or the bullet!, clamaba Malcolm X. Un dicharacho muy popular explica que la democracia consiste en contar cabezas en vez de cortarlas. O sea, si tenemos los votos suficientes, o más bien los escaños (gobierno de la mayoría), podemos hacer lo que consideremos conveniente dentro de los límites del respeto a la ley (Estado de derecho) y sin coartar el derecho a la crítica (respeto a las minorías), hasta la siguiente ronda electoral, que dará a los demás la oportunidad de hacer otro tanto (alternancia). Hay incluso un punto de honor en cumplir todo lo que se prometió en el programa (ser fiel al electorado) y no apartarse del mismo (no traicionarlo, no incumplir). En resumen, gobernaremos como nos permitan los límites establecidos, que son los de la ley y las diversas exigencias de mayoría simple, absoluta o cualificada, lo mismo con el 51% de los escaños que si hubiésemos obtenido el 100%. Por supuesto que esto es plenamente legítimo, además de legal, pues al final del día hay que decidir una u otra vez, pero no es lo mismo como resultado final, tras la eventual búsqueda infructuosa de acuerdos y compromisos, que como posición de principio.
Como principio cabe también interpretar la democracia como un diálogo, un sistema de gobierno para todos y con todos, hasta donde sea posible. Quienes vivieron el primer gobierno socialista recordarán la distinción de Alfonso Guerra entre los “ministros del partido” y los “ministros de Felipe González”; Guerra se reivindicaba parte de los primeros, mientras que los últimos, en general más moderados, levemente más a la derecha, podían considerarse el puente tendido de González para ser y parecer el presidente “de todos los españoles”. En el llamado régimen bipartidista, los dos grandes partidos nacionales, PSOE y PP, tenían por fuerza que aproximarse al centro para ganar la mayoría y no les resultaba difícil arrastrar a los extremos, tanto si los tenían dentro, como el PP (resulta irónico que se escandalicen hoy tanto con Vox quienes ayer condenaban al PP por tener fachas dentro: ya están fuera, ¿no era eso lo que querían?), como si estaban fuera, como el PCE y luego IU contiguos al PSOE (el precio de esto fue, en su momento, la pinza Aznar-Anguita contra González). En un régimen ya no básicamente de bipartidismo sino más plural, o más fragmentado, con al menos cuatro partidos con un peso electoral y parlamentario significativo y, por consiguiente, más opciones de coalición mayoritaria entre el centro y los extremos, como las que antes vimos, se plantea una sencilla disyuntiva: ¿es mejor coalición la que más se acerca al punto de encuentro, o de menor desencuentro, o la que reúne a los hermanos separados, a los nuestros, lo que en la cultura política española todavía significa o la derecha o la izquierda, las alineaciones tradicionales de la segunda mitad del XIX y la primera del XX y de la trágica guerra civil?

Estamos aprendiendo ahora que la Constitución debería prevenir e impedir situaciones de parálisis como la actual, en la que resulta posible no sólo que no se pueda formar gobierno y haya que repetir elecciones sino que vuelva a suceder una y otra vez (como ya lo ha hecho: 2015 y 2019), lo que probablemente llevará a algún automatismo a favor de la minoría mayoritaria (como en las municipales) o a eliminar la obligación de convocar nuevas elecciones si no hay mayoría simple, para así obligar a los partidos a formarla. Pero también deberíamos aprender, en sentido contrario, que la ejecutabilidad (siempre que unos puedan y/u otros lo permitan) de cualesquiera resultados electorales no los convierte en la fórmula inevitable, ni mucho menos óptima, de gobierno. Cabe distinguir una cultura democrática orientada al consenso, al acuerdo postelectoral, de una orientada al voto, al resultado electoral. En la segunda, que es la nuestra, el consenso es invocado de manera ritual o para unos pocos “asuntos de Estado”, y no siempre, incluso cada vez menos, mientras que todos los demás son directamente encomendados a cualquier mayoría ejecutiva; en la primera, el máximo consenso es siempre deseable y debe ser buscado en todo momento, aunque al final haya que decidir en todo caso, y los resultados electorales no sólo muestran las mayorías posibles sino que ordenan jerárquicamente las potenciales coaliciones en relación con el centro de gravedad de la ciudadanía. Los extremos no suelen estar de acuerdo con esto, claro está: para Vox, de un lado, cualquier alianza activa o pasiva de PP o C’s con el PSOE sería alta traición, rendirse una vez más ante la izquierda; para P’s/UP, del otro, sería otro tanto o incluso peor. Unos y otros suspiran por llegar al poder ejecutivo, aun a sabiendas de que eso alejará al gobierno del centro de gravedad, porque viven convencidos de que, una vez que parte al menos de su política sea hecha realidad, el electorado verá la luz y comprenderá sus méritos, pero no parece que haya sido ese, sino todo lo contrario, el resultado para Vox tras las concesiones arrancadas al nuevo ejecutivo andaluz y ni para la nueva izquierda tras un mandato en los ayuntamientos de Madrid y Barcelona.