Mostrando entradas con la etiqueta disrupción. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta disrupción. Mostrar todas las entradas

21 feb 2017

Del clip al clic (Introducción)


Descarga el libro en pdf, epub, GPlay, Tagus

En el principio era la palabra. No sólo en el Evangelio (Juan 1.1: “En el principio era el Verbo…”) o en el magisterio preliterario de Jesús de Nazaret, Buda o Confucio, que así llegaban a sus discípulos, sino en toda la prehistoria de la escuela. La palabra, la oralidad, es el vehículo de las enseñanzas y los diálogos socráticos que la institución, la profesión y la cultura escolares nunca han dejado de evocar ni de invocar. Sócrates se opuso firmemente a la escritura, según relata Platón en el Fedro: “Ella sólo producirá el olvido en las almas de los que la conozcan, haciéndoles despreciar la memoria […]. [D]as a tus discípulos la sombra de la ciencia y no la ciencia misma. Porque cuando vean que pueden aprender muchas cosas sin maestros, se tendrán ya por sabios y no serán más que ignorantes.” Se invoca constantemente a Sócrates por su pedagogía mayéutica y dialógica (si no fuera por la tradición diríamos interactiva y adaptativa, además de constructivista), frente al carácter transmisor o bancario del libro de texto, pero su rechazo de la escritura es en sí algo equívoco. Para empezar se hace en nombre de la memoria, que para muchos es el elemento bancario por excelencia (más si se alimenta con depósitos). Sobre todo, es difícil no ver en tan iracunda soflama la reivindicación de la exclusividad del maestro frente al alumno, el rechazo de un recurso de aprendizaje en principio ajeno al primero y a su relación con el segundo.
La escritura no cambió esencialmente el modelo de aprendizaje. Las tablillas de la escuela antigua o medieval podían servir para practicar las letras, pero no para tomar notas, de modo que el aula siguió mucho tiempo dominada por la palabra del maestro, aunque esta se inspirase cada vez menos en su creación propia y cada vez más en las lecturas ajenas. La lección, la lectio, la lectura para el alumno por parte del maestro (o de otro alumno) dominaría la enseñanza hasta el inicio de la época moderna. En la escuela, el aprendiz es el alumno, alimentado espiritualmente por el maestro; si no va a ser examinado y calificado es un mero oyente, lo que define mejor el proceso de enseñanza (y no, como querríamos imaginar hoy, un lector, por que el lector, lecturer, lecteur, es el maestro). Si la prehistoria de la humanidad es la que precede a su historia escrita, cabe afirmar que la prehistoria de la escuela es la que precede a su funcionamiento por escrito, es decir, que la historia de la escuela que conocemos arranca propiamente con el libro (y, tras él, el cuaderno).
Pero, tratándose de la escuela, decir "libro" es decir demasiado o demasiado poco. Podría haber sido efectivamente el libro, con artículo determinado singular, como lo fue la Biblia en las antiguas escuelas abaciales, etc., o lo es todavía el Corán en algunas madrasas; o podrían haber sido los libros, en plural y en general, o algún libro, con el determinante indefinido; pero fue otra cosa: el libro de texto. Es difícil sobreestimar su impacto sobre la escuela. El primer objeto producido masivamente y en serie (medio milenio antes que el Ford T), posibilitó también la escolarización masiva y en serie: contenidos prescritos y homogéneos, aprendizaje dosificado y secuenciado, maestros intercambiables, alumnos comparables… y todo ello con un instrumento fácilmente manejable (en todos los sentidos) y a un precio módico.
El nuevo entorno digital ha venido a alterar radicalmente el paisaje. Los currícula siguen fijando los contenidos, pero ni los libros de texto ni cualesquiera otros recursos que pueda prescribir la escuela son ya las únicas vías de acceso a la información ni gozan de una ventaja sustancial frente a otras. Las programaciones proponen secuencias determinadas, pero el hipertexto y los hipermedios no sólo permiten otras sino que las sugieren con la misma o más fuerza. Los educadores se aferran todavía al libro de texto, pero los alumnos ya no ven en él más que una referencia impuesta. La evaluación sigue atada a los contenidos académicos prescritos, pero el nuevo entorno sociotécnico favorece el despliegue de la diversidad y las inteligencias múltiples. Y el precio, desdeñable: equiparable e incluso ventajoso en términos absolutos y por los suelos en términos relativos, con una parte fija asumible y una parte marginal que enseguida tiende a cero.
El entorno escolar está sufriendo otras transformaciones no menos importantes, avanzadas pero lejos de haber culminado: de la preeminencia del Estado nacional a la explosión global y la implosión local, del ideal de homogeneidad a la celebración de la diversidad, de la organización industrial taylorista a la coordinación reticular, de los relatos y proyectos de la modernidad a la incertidumbre de la postmodernidad, de la palanca de movilidad social a la espiral de las expectativas frustradas. Junto a estos grandes cambios se sitúa el paso de la galaxia Gutenberg a la galaxia Internet, pero con una diferencia: que este no afecta sólo al entorno del que la escuela recibe y al que debe devolver su material de trabajo, el alumno, sino directamente a su interior y su núcleo mismos, al soporte y transporte informacional sobre el que se ha levantado en gran medida su pedagogía, el libro impreso.
El aspecto más inmediato de este cambio es la digitalización, esto es, la digitalización de lo que ya teníamos: el libro de texto digitalizado, las búsquedas en internet en vez de la biblioteca, la web informativa en lugar del tablón de anuncios, la sustitución de los volantes para las familias por el correo electrónico o los SMS, la corrección automática de pruebas estandarizadas… Pero al lado de ello se abre un nuevo mundo de recursos multimedia y transmedia: servicios de redes sociales, nuevos medios digitales, comunidades en línea, dispositivos móviles, aplicaciones de productividad, juegos instructivos, herramientas de simulación, robótica, trazabilidad, datos masivos… Estos nuevos recursos cuestionan a menudo la eficacia y la vigencia de los viejos, pero la escuela es una institución y, como tal, goza de una notable capacidad de autodefensa: conscripción universal eficaz, gran legitimidad social, una profesión fuerte y masiva, un público inmaduro, una cultura organizativa consolidada, funciones latentes tan importantes o más que las manifiestas y una prevención generalizada hacia los experimentos. Esto le ha permitido resistir, hasta el momento, el tsunami digital que ya casi se ha llevado por delante a la publicidad y las relaciones con el cliente, a la prensa escrita y otros medios informativos o a la política tradicional.
Existe, por un lado, la conciencia generalizada de que todo va a cambiar, pero también, por otro, una resistencia generalizada a hacerlo si no es con poco riesgo y esfuerzo. Las páginas que siguen analizan la posición de la institución, sus agentes y su público ante el nuevo entorno digital. Quizá no esté de más aclarar que no son un estudio sobre el equipamiento de los centros, ni sobre los efectos de la informatización y la digitalización en el rendimiento académico, ni sobre experiencias innovadoras en los centros. Son, simplemente, un intento de comprender algo de la complejidad de la lenta transición en que nos encontramos.
 
El libro se divide en dos partes. La primera, escrita por Mariano Fernández Enguita, está dedicada al proceso general de cambio del tradicional entorno del libro de texto al nuevo entorno digital, con especial atención a problemas como el dsalto generacional, los riesgos antiigualitarios, la difusión de la innovación y las estrategias de los actores colectivos. La segunda, escrita por Susana Vázquez Cupeiro, se concentra en las percepciones y los discursos del profesorado ante esos procesos de cambio. Aun siendo dos textos independientes, son el resultado de un trabajo común basado en fuentes compartidas, desde la revisión bibliográfica, estadística y documental hasta la encuesta y los grupos focales y entrevistas individuales.

7 mar 2015

Hay que quitarse el sombrero ante los jesuitas

     Ayer, mientras viajaba a Barcelona, preparaba el guión para mi intervención en la jornada Volem Politicas Educatives Locals!, de la Federació de Municipis de Catalunya. Mi argumento, muy resumido, iba a ser y fue que en el sistema educativo, frente al viejo énfasis repartido entre lo macro (el sistema centralizado, la política educativa, ministerios y departamentos y las corrientes pedagógicas con elixir mágico) y lo micro (el profesor enclaustrado en su aula, su grupo, su asignatura, entregado a su librillo o infatuado con la libertad de cátedra), hay que apostar por el nivel meso, intermedio, que puede y debe materializarse en proyectos de centro (pero proyectos reales, abiertos y cambiantes, en colaboración con la comunidad) y en políticas locales (para áreas que no precisan ser las municipales, pues la mayoría son demasiado pequeñas para integrar el conjunto de las enseñanzas no universitarias o demasiado grandes frente a los espacios factibles de la vida cotidiana).
     La cuestión es que pretendía ejemplificar esa época pasada en que se pretendía dar una misma forma a la educación de todos, trasunto del one best system taylorista, en hitos de la historia de la educación como fueron, en su momento, los cuerpos nacionales de magisterio, las escuelas normales o, mucho antes, la Ratio Studiorum y De ratione Discendi et Docendi de los jesuitas. Estos planes (rationes) pueden considerarse el más claro y exitoso intento premoderno de regular con carácter uniforme el contenido y los métodos del aprendizaje y la enseñanza escolares, luego emulados por doquier por otras órdenes y en  las regulaciones estatales.
     Los jesuitas, después de todo, nunca fueron cualquier cosa, menos aún en la enseñanza. Crearon por medio mundo la red más potente de escuelas; hicieron de ellas el brazo armado (cultural) de la contrarreforma católica; educaron a buena parte de las élites donde quiera que fueron; sobrevivieron a su expulsión de media Europa, Japón e Iberoamérica; han sido la principal cantera de la teología de la liberación... No hace falta recordar que sus colegios gozan hoy de una elevada reputación (incluso entre sus adversarios); que suyas son universidades como Georgetown en los EEUU, Sophia en Japón, Deusto y ESADE en España y uno o dos centenares más (según qué se incluya) por todo el mundo. Francis Bacon dijo de ellos, como Agesilaus de su enemigo Pharnabus: Talis quum sis, utinam noster esses, que venía a querer decir: sois tan buenos que ojalá estuvierais de nuestro lado.
     Pues divagando sobre eso estaba yo, y navegando por el teléfono, cuando me llegó un tweet de Xavier Martínez Celorrio con la noticia: Los jesuitas (de Cataluña) eliminan las asignaturas, horarios, aulas y exámenes de sus colegios. No voy a dar aquí los detalles, pero pueden consultarse en el proyecto Horitzó 2020, que  tiene todos los ingredientes de una transformación radical de la escuela; quizá no de esas que se proponen Negroponte, Kahn o Mitra, pero sí en línea con Prensky, Schank, Gee y otros.
     Cierto que nadie es perfecto. No sé todavía qué pensar de su "Nueva Etapa Intermedia". No consta que dejen de ser jesuitas ni sus escuelas, por tanto, de ser confesionales, ni que no vayan a seguir siendo, la mayoría de ellas, altamente elitistas. Pero ahí reside precisamente la bomba: una orden religiosa viene a agitar las aguas estancadas del sistema educativo español y a dar sopas con honda a la escuela pública. Preferiría que hubiera sido al revés, o al menos que hubieran sido unas nuevas escuelas racionalistas, pero... "Transformar la educación es posible", dice el director general de la Fundació Jesuïtes Educació, Xavier Aragay, y en este caso no es mera retórica.