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8 jun 2015

Y en el aula, codo a codo, somos mucho más que dos

     ¿Por qué un profesor con cuarenta, treinta, veinte, diez alumnos? ¿Por qué esta eterna insatisfacción en torno a los ratios alumnos/profesor? Resulta estomagante oír una u otra vez, de forma machacona, que necesitamos más recursos. Sin duda sería bueno tenerlos; sin duda es perentorio en ciertos contextos; sin duda la educación es uno de los mejores fines a los que pueden dedicarse. Pero lo cierto es que, cuando oigo y vuelvo a oír la cantinela de que el problema (o la solución) no es otro que la falta (o el aumento) de recursos en la educación no puedo evitar recordar un viejo gag del humorista Pedro Ruiz que parodiaba los anuncios de los cultivadores de café de Colombia, y a su habitual personaje Juan Valdez, con la idea delirante de que, en aquellos cafetales, cada cultivador se ocupaba personalmente de un único grano, mimándolo (lo llevaban incrustado en la frente) desde la planta hasta la taza. Después de todo, el padre de la pedagogía moderna, Jean-Jacques Rousseau, expresó sus ideas a través de una ficción tomada quizá demasiado al pie de la letra, su Émile,  en la que un preceptor (Jean-Jacques) se ocupaba de un único pupilo (Emilio).
     En su libro The One World Schoolhouse -Education Reimagined, Salman Khan, el creador de la revolucionaria Khan Academy que ha derivado en en el aula inversa (flipped classroom), propone "mantener las ratios estudiantes/profesor, pero fusionando grupos". Khan considera deseable contar con más recursos (habla de mantener las ratios porque discute la propuesta de aumentarlas) y se detiene en particular en la idea de reunir en un grupo único a alumnos de distintas edades con una organización que les permita aprender a su propio ritmo), pero lo que tiene en mente, sobre todo, es que enseñar es un deporte de equipo. Por el contrario, dice, el aula convencional convierte la enseñanza en uno de los empleos más solitarios del mundo, sin oportunidad alguna de ayuda, consulta, apoyo... El aula con un profesor tiene muchas menos posibilidades técnicas que el aula con varios que pueden dividirse el trabajo, reforzarse, contrastar, representar roles opuestos, rotar, tomarse un respiro, evitar la disrupción de las sustituciones, etc.
     El Horitzó 2020 de los Jesuitas de Cataluña, del que tanto vengo hablando últimamente, ha hecho en su Nueva Etapa Intermedia (los dos últimos años de de primaria y los dos primeros de secundaria) precisamente esto. Han fusionado estrictamente los grupos de dos en dos. Además, con las ratios ya existentes (1.5 profesores/aula en el ciclo superior de Primaria y 1.45 en el primero de la ESO, contando la llamada 6ª hora) y un poquito de esfuerzo han podido contar con tres profesores por grupo, lo cual da una enorme variedad de posibilidades. De hecho, unifican los grupos de dos en dos, lo que también permite tirar la pared que separa dos aulas e incluso  recuperar algo de los espacios de tránsito (de los pasillos) pero los coordinan, si  pueden, de cuatro en cuatro (era el caso en el centro que visité, anteriormente de cuatro líneas). Todo ello se traducía en un ambiente enormemente más flexible y en el que, en un momento dado, por ejemplo, una maestra acompañaba a un grupo, otra atendía a un alumno individual y otra preparaba las instrucciones que momentos después explicaría con un discreto amplificador.
     Comparto al cien por cien el diagnóstico de Khan sobre la soledad del docente (traté de ello aquí). De hecho, la falta de consejo y de retroalimentación es una de las lamentaciones más frecuentes entre los docentes españoles (véase TALIS 2009 y TALIS 2013). Sea cual sea N, 2 profesores junto con 2xN alumnos están más confortables, trabajan mejor y tienen muchas más posibilidades que 1 profesor con N alumnos en un aula y otro tanto en el aula vecina; juntos son más que una suma y mucho más que una yuxtaposición (por eso me he permitido parafrasear libremente, en el título, un par de estrofas de un poema de amor de Benedetti); y si son tres, con mayor razón. Cuando visité el centro de Jesuïtes Sant Gervasi / Escola Infant Jesús me apresuré a preguntar a varias profesoras, una a una, cómo vivían la experiencia de compartir el aula, acostumbradas como habían estado hasta entonces a ser dueñas y señoras únicas cada una de la suya. Yo daba por sentado que compartir es mejor, pero presumía que la adaptación no habría sido fácil. Sin embargo, las respuestas que obtuve fueron taxativas: por supuesto que trabajar juntas requería cierto aprendizaje, pero eso no era nada al lado de los beneficios, la tranquilidad y la seguridad que proporcionaba. Y algunas añadieron con entusiasmo: no ya de tres en tres, sino de seis en seis (es decir, en coordinación con otro grupo similar y colindante).
     La fórmula no es propiamente un nuevo invento, pues ha sido experimentada, con resultados bastante satisfactorios, en numerosas escuelas, desde los Estados Unidos a Australia. En España se ha planteado en ocasiones, aunque contadas, como una alternativa a los desdobles (Teixidó y GROC, 2008), lo que no es exactamente lo mismo pero se parece o se podría parecer. Por supuesto, más de un profesor de primaria o secundaria estaría más que dispuesto a contar con un asistente, como sucede en parte de la educación infantil, pero esa es otra historia. Y no se dude que la simple autorización de fundir grupos llevaría en la práctica a que más de un tándem de docentes optase por la fórmula más sencilla de división del trabajo: uno en el aula y otro en la cafetería, por turnos. La docencia colaborativa, o como se quiera denominar, en particular el aula compartida, ofrece enormes posibilidades de organización, diversificación y personalización, apoyo mutuo, etc., pero requiere asimismo una orientación y unos protocolos claros, un inequívoco compromiso profesional y con el trabajo en equipo y una dirección alerta. Pero vale la pena intentarlo.

18 may 2015

Por qué los colegios jesuitas suscitan más atención

    El pasado 7 de marzo publiqué aquí una entrada sobre la innovación educativa lanzada en varios colegios de jesuitas de Cataluña, la Nueva Etapa Intermedia en que rompen la vieja estructura de etapas y horarios, grupos y aulas, disciplinas y libros de texto. Desde entonces, por un lado, me han llegado multitud de mensajes de diverso tipo al respecto, incluido uno que se repite en diversas formas para decir que tales innovaciones tienen poco de nuevo, ya se han llevado a cabo en numerosos centros públicos y, sin embargo, no han recibido la atención que ahora se da a la iniciativa de los Jesuitas; por otro, he tenido la ocasión de visitar uno de sus centros en Barcelona, donde estuve toda una mañana hablando con los promotores de la experiencia, pude observarla más de cerca y tuve también la oportunidad de intercambiar impresiones con alumnos y profesores.
    Puedo comprender cierto fastidio en docentes que han llevado a cabo o conocen innovaciones parecidas y, en lugar de verlas convertidas de la noche a la mañana en un foco de atención profesional, mediático y social, las han visto ignoradas, ninguneadas o incluso perseguidas; a esto se añade la incomodidad de que la iniciativa celebrada venga de una escuela privada, en vez de pública, y confesional, en vez de laica. La vida es dura, ciertamente, pocas cosas son simplemente blancas o negras y, a veces, las buenas ideas surgen donde menos se espera (es decir, donde menos lo esperaba uno). Pero hay que dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, y nadie debería tener problema ninguno ni encontrar incongruencia alguna en saludar la innovación de los colegios jesuitas de Cataluña aunque prefiera y defienda una escuela laica.
    Lo cierto es que Jesuites Educació no pretende haber inventado nada. Saben bien que casi todo está inventado y asumen que los cambios que ellos han introducido, al menos considerados uno a uno, ya habían sido propuestos por otros o experimentados antes y ahora. Creo también que ellos mismos están asombrados e incluso un punto alarmados por la atención recibida, que sobrepasa las fronteras geográficas e ideológicas y es tal que les está forzando a limitar encuentros y visitas, a pesar de una clara satisfacción y una buena disposición a franquear sus puertas.
    Pero hay elementos que hacen de esta experiencia singular algo especial y explican la atención recibida ahora y la que recibirá en el futuro. En primer lugar, como ya expliqué en el post anterior, Hay que quitarse el sombrero..., tiene una especial significación histórica porque ellos marcaron el comienzo de la institución escolar (tal como la conocemos) y podrían estar marcando ahora su fin (tal como la conocemos), aunque cabría decir que en el inicio fueron una importante causa y ahora serían más bien un importante síntoma.
    Cualquiera que termine siendo el valor intrínseco de la experiencia hay otro elemento que le da también una significación especial. Los jesuitas no pueden ser identificados con un MRP, ni con los evangelizadores de las TIC, ni con el profesorado declaradamente progresista, ni con quienes coquetean con la desescolarización... Que sean precisamente ellos quienes dan la vuelta, hasta cierto punto, a la estructura escolar elimina de entrada o, al menos, deja perplejos a sectores que, si la iniciativa hubiera tenido esa visibilidad y ese alcance en la escuela pública, habrían saltado a la yugular de sus autores. Estos dos elementos explican ya de por sí parte de la atención recibida de un espectro muy variado de analistas y medios de comunicación.
    A esto se unen dos aspectos intrínsecos que le dan también un alcance espectacular. Primero, el aspecto visual de las experiencia, particularmente atractivo para y a través de los medios gráficos y audiovisuales: variados colores pastel, grandes espacios multifunción, escasas paredes y de cristal, gradas y sofás, alumnos y profesores moviéndose... Segundo, la multidimensionalidad de la iniciativa, que pretende romper a la vez las actuales estructuras espacial (aulas abiertas), temporal (adiós a las unidades horarias), disciplinar (a las asignaturas), comunicacional (a los libro de texto), docimológica (a los exámenes), profesional (equipos docentes compartiendo in situ)...
    Pero esta vez quiero centrarme en importantes aspectos que separan, y para bien, esta experiencia de numerosas otras de la escuela pública.
    En primer lugar, su dimensión. Arranca en tres centros para la Nueva Etapa Intermedia (y cuatro para la infantil, MOPI), y seguramente se extenderá a otros centros de la orden. Algunos, al menos, son además centros de cuatro líneas, doble que las dos típicas en los centros públicos de primaria. Por lo tanto tiene asegurada una entidad que difícilmente alcanzan las experiencias en la pública.
    En segundo lugar, su foco en los dos últimos años de primaria y los dos primeros de secundaria (los que ahora llaman la NEI). Uno de los aspectos más incomprensiblemente ignorados de la ordenación educativa en España es el corte que supone, para dos tercios del alumnado (el de la pública), el paso de primaria a secundaria. La investigación sobre el fracaso escolar indica, sin embargo, que este se precipita en el tránsito a la ESO, aunque sin duda tiene sus raíces en déficits y problemas acumulados pero no reconocidos ni atendidos en la primaria. Pero los colegios privados son completos y los Jesuitas aciertan, creo, al centrarse conjuntamente en esos años.
    En tercer lugar, su previsible continuidad. Basada en en gran parte en los dos factores que mencionaré a continuación, podemos estar seguros, en todo caso, de que la experiencia no se verá súbitamente interrumpida por el traslado de algún profesor o el relevo de un equipo directivo, como a menudo sucede, por desgracia, en la escuela pública.
    En cuarto lugar, tener detrás el apoyo de direcciones de centro fuertes, implicadas en la iniciativa y apoyadas, a su vez, por el aparato de la Fundación Jesuïtes Educació. Muchas innovaciones en la escuela pública se pierden, resultan enormemente costosas en esfuerzo o simplemente no llegan a iniciarse porque los docentes no tienen el apoyo de sus directores o de sus compañeros, o porque los centros no tienen el apoyo de la administración. Es difícil, duro y arriesgado innovar en solitario.
    Pero lo contrario también pasa, no nos engañemos. En quinto lugar, los profesores de un centro privado no pueden desentenderse fácilmente del proyecto de centro. Es verdad que ha habido un largo proceso preparatorio y que la participación es, al menos de momento, voluntaria, pero no lo es menos que en un colegio de los jesuitas parecen impensables actitudes que, en los centros públicos, son el pan de cada día, en particular el enroque de algunos docentes en hacer o no hacer lo que se les antoje en nombre de la libertad de cátedra y ante la impotencia de los demás.
    En sexto lugar, los jesuitas cuentan también con cierta ventaja en su relación con la comunidad escolar. Ser lo que son y haber sido elegidos por ello por las familias crea ya una relación de confianza y un sentimiento de unidad de propósito. La Fundación ha tenido mucho cuidado de explicar y dar oportunidades de expresarse a los padres, pero sin duda le ha resultado más fácil que lo que habría sido en una escuela pública, tanto por la receptividad de los padres como por la disposición de los profesores.
    Por eso, aunque resulte comprensible cierta sana envidia desde la innovación en la enseñanza pública, no lo es tanto la cerrazón a la hora de entender por qué ciertas iniciativas no prosperan como deberían en ella. El post Los jesuitas, su educación y sus admiradores es un ejemplo de cómo errar el tiro por verlo todo con la lente del funcionariado feliz consigo mismo y enfadado con la sociedad. La iniciativa de los jesuitas, sí, mostraría que son muy listos, pero resultaría más bien un peligro, al ser una buena técnica (de la pedagogía progresista) dirigida a un mal fin (educar a las elites); la atención que le dan sus admiradores, además, sería un clavo más en la idealización de la enseñanza privada y la voladura de la pública. Como todas las medias verdades, estas afirmaciones son en parte ciertas y en parte falsas, pero la cuestión es que las organizaciones y los portavoces, autoproclamados o aceptados, del profesorado de la enseñanza pública (el mencionado post es de La educación que nos une) harían bien abrir los ojos también ante los obstáculos a la innovación, la mejora y la calidad que vienen de lo que muchos de ellos consideran conquistas justas e irrenunciables: la condición funcionarial, la débil selección de los docentes, la impotencia de las direcciones, la falta de controles e incentivos en el trabajo, la opacidad de centros y aulas, la vaciedad de tantos proyectos de centro, la movilidad geográfica siguiendo el escalafón, la presión por reducir calendario y horario laboral o presencial al lectivo, la impunidad e inmunidad del profesor, etc.

7 mar 2015

Hay que quitarse el sombrero ante los jesuitas

     Ayer, mientras viajaba a Barcelona, preparaba el guión para mi intervención en la jornada Volem Politicas Educatives Locals!, de la Federació de Municipis de Catalunya. Mi argumento, muy resumido, iba a ser y fue que en el sistema educativo, frente al viejo énfasis repartido entre lo macro (el sistema centralizado, la política educativa, ministerios y departamentos y las corrientes pedagógicas con elixir mágico) y lo micro (el profesor enclaustrado en su aula, su grupo, su asignatura, entregado a su librillo o infatuado con la libertad de cátedra), hay que apostar por el nivel meso, intermedio, que puede y debe materializarse en proyectos de centro (pero proyectos reales, abiertos y cambiantes, en colaboración con la comunidad) y en políticas locales (para áreas que no precisan ser las municipales, pues la mayoría son demasiado pequeñas para integrar el conjunto de las enseñanzas no universitarias o demasiado grandes frente a los espacios factibles de la vida cotidiana).
     La cuestión es que pretendía ejemplificar esa época pasada en que se pretendía dar una misma forma a la educación de todos, trasunto del one best system taylorista, en hitos de la historia de la educación como fueron, en su momento, los cuerpos nacionales de magisterio, las escuelas normales o, mucho antes, la Ratio Studiorum y De ratione Discendi et Docendi de los jesuitas. Estos planes (rationes) pueden considerarse el más claro y exitoso intento premoderno de regular con carácter uniforme el contenido y los métodos del aprendizaje y la enseñanza escolares, luego emulados por doquier por otras órdenes y en  las regulaciones estatales.
     Los jesuitas, después de todo, nunca fueron cualquier cosa, menos aún en la enseñanza. Crearon por medio mundo la red más potente de escuelas; hicieron de ellas el brazo armado (cultural) de la contrarreforma católica; educaron a buena parte de las élites donde quiera que fueron; sobrevivieron a su expulsión de media Europa, Japón e Iberoamérica; han sido la principal cantera de la teología de la liberación... No hace falta recordar que sus colegios gozan hoy de una elevada reputación (incluso entre sus adversarios); que suyas son universidades como Georgetown en los EEUU, Sophia en Japón, Deusto y ESADE en España y uno o dos centenares más (según qué se incluya) por todo el mundo. Francis Bacon dijo de ellos, como Agesilaus de su enemigo Pharnabus: Talis quum sis, utinam noster esses, que venía a querer decir: sois tan buenos que ojalá estuvierais de nuestro lado.
     Pues divagando sobre eso estaba yo, y navegando por el teléfono, cuando me llegó un tweet de Xavier Martínez Celorrio con la noticia: Los jesuitas (de Cataluña) eliminan las asignaturas, horarios, aulas y exámenes de sus colegios. No voy a dar aquí los detalles, pero pueden consultarse en el proyecto Horitzó 2020, que  tiene todos los ingredientes de una transformación radical de la escuela; quizá no de esas que se proponen Negroponte, Kahn o Mitra, pero sí en línea con Prensky, Schank, Gee y otros.
     Cierto que nadie es perfecto. No sé todavía qué pensar de su "Nueva Etapa Intermedia". No consta que dejen de ser jesuitas ni sus escuelas, por tanto, de ser confesionales, ni que no vayan a seguir siendo, la mayoría de ellas, altamente elitistas. Pero ahí reside precisamente la bomba: una orden religiosa viene a agitar las aguas estancadas del sistema educativo español y a dar sopas con honda a la escuela pública. Preferiría que hubiera sido al revés, o al menos que hubieran sido unas nuevas escuelas racionalistas, pero... "Transformar la educación es posible", dice el director general de la Fundació Jesuïtes Educació, Xavier Aragay, y en este caso no es mera retórica.