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27 jul 2016

7 ideas para pacificar la educación

En la entrada anterior defendí que un compromiso por la educación (vulgo pacto) debería, si quiere servir realmente de algo, abordar precisamente los problemas que más dividen sobre esta a la sociedad. Ello supone, sin duda, buscar fórmulas que no serán muy satisfactorias para nadie, pero que deben resultar aceptables para cada uno y recomendables para el conjunto. Yo no auspicio ni rechazo ninguna de las iniciativas hoy en curso, porque las apoyo todas, y, por supuesto, no pretendo haber dado con la fórmula, pero tampoco resisto la tentación (por no decir que no eludo la obligación) de poner algunas ideas sobre el papel o la pantalla. Siete, que es un buen número.

Institucionalidad concertada. La escuela es una institución en sentido fuerte, basada en una obligación y un derecho, pero de ahí no se infieren la titularidad ni la gestión públicas. Un tercio del alumnado en la escuela privada o concertada (el más rico, educado y urbano) es un legado histórico que ninguna mayoría parlamentaria a la vista puede ni debe intentar alterar, salvo un consenso o una muy amplia mayoría hoy impensables. Lo que sí cabe es sujetar la escuela privada a reglas comunes sobre reclutamiento, atención a la diversidad, etc. que hagan del sistema escolar un conjunto homogéneo y equitativo, a la vez que arbitrar los medios para ello. La escuela privada tiene un pasado no siempre edificante, pero ya no estamos en la posguerra; la escuela pública, a su vez, no siempre ha estado a la altura de lo que prometía. Es más razonable avanzar hacia un servicio público unificado a partir de los mimbres existentes que obcecarse en fórmulas de nula viabilidad y dudosos efectos mientras el conjunto sigue dualizándose como hasta hoy. Por otra parte, hay que dotar de fuerza real a la participación de la familia y la comunidad, hoy sometidas al dominio de la profesión en la escuela pública y la propiedad en la privada.
Laicidad ecuménica. No importa la titularidad o gestión de un centro, la institucionalización del alumno no debe incluir el adoctrinamiento, por lo que la religión ha de salir del currículum y el tiempo reglados y no ser una asignatura de ningún tipo, aunque suponga reinterpretar, ignorar o denunciar el Concordato. Pero esto es compatible con que, como institución y espacio también de custodia, la escuela otorgue tiempo y medios, al margen de los curriculares, a la formación religiosa para los hijos de las familias que lo deseen, y ello para todas las grandes religiones presentes, en condiciones equitativas y con sus propios recursos. En el mundo actual se ha vuelto obsoleta y contraproducente la idea de ignorar la religión en el espacio público y urge que las grandes confesiones presentes sean objeto de atención y de estudio, para una mejor convivencia multi- e intercultural y para que estén expuestas a la luz fuera de los propios grupos de fieles.
Ciudadanía plurinacional. La plurinacionalidad alcanza no solo a los estados sino a los individuos, de modo que estos pueden ser portadores y sujetos de culturas, lenguas, legados, solidaridades, identidades y lealtades múltiples y superpuestas. Ello debe traducirse en la pluralidad de la institución, y esta en la coexistencia de contenidos y lenguas con un mismo estatus básico. La debilidad relativa de una lengua o una cultura puede justificar su refuerzo compensatorio desde la institución, pero no la expulsión de la otra. La inmersión lingüística excluyente no es un proyecto integrador ni plurinacional, sino asimilacionista y pluriestatal, en última instancia secesionista; del otro lado, reducir la lengua a una elección familiar es la negación del demos y del carácter institucional e instituyente de la educación, de su papel al servicio de la sociedad. Las lenguas común y propia deben ser vehiculares en todas y cada uno de los centros escolares de las comunidades con lengua propia, así como, cuando la escala lo haga posible, en enclaves de población de una comunidad fuera de su territorio.
Comprehensividad voluntaria. El tronco común hasta los 16 ha mostrado a escala  española e internacional ser más equitativo y eficaz que la diferenciación temprana. Sin embargo, la LOGSE creo un callejón sin salida para los no graduados en la ESO, sin continuidad en el sistema, que llegaron a sobrepasar el 25%, y la pretensión de que los alumnos de la principal minoría, los gitanos, completaran la trayectoria común fue un brindis al sol de efectos perversos, su abandono masivo sin cualificación alguna. Cierta diversificación llegó como secuela del frustrado pacto de 2010, y la LOMCE ha ido más lejos con la implantación de la FPB y las reválidas, de consecuencias todavía desconocidas pero que dan al profesorado o a las pruebas externas la posibilidad de una segregación masiva. Una alternativa sería mantener como oferta única y por defecto el tronco común hasta el término de la ESO, pero dar a padres y alumnos, y solo a ellos, la posibilidad de optar por una orientación anticipada, hacia algún tipo de capacitación profesional, evitando cualquier presión del centro. A ello debería añadirse asegurar a todos, con cualquier trayectoria, vías alternativas para ampliar su cualificación hasta un título post-obligatorio.
Crecimiento sostenible. La Gran Recesión ha mordido en el gasto educativo como en pocos otros capítulos, cuando debió ser al revés, el momento de prepararse para una nueva etapa de crecimiento y de competencia global más intensa. En el acceso a la economía del conocimiento, cuando la cualificación gana peso diferenciador para individuos y países, el gasto educativo merece un suelo inamovible y un techo al alza que cabría confiar a una norma pactada y un fondo de reserva, como rigen para las pensiones. Habría de alcanzar para asegurar la gratuidad real (incluidos materiales escolares) hasta los 18, políticas compensatorias para los grupos más vulnerables, el paso masivo al entorno digital y un acceso no discriminatorio a la educación superior. Sin embargo, no cabe dedicar recursos sin fin a más de lo mismo, ni enquistarse en tópicos como la reducción de ratios, y es hora de que la tecnología se emplee en aumentar la eficiencia del único sector de la economía en que no lo ha hecho.
Autonomía responsable. Coexisten en España una fuerte descentralización entre el Estado y las CCAA y una fuerte centralización dentro de todas y cada una de estas últimas, derivada de una visión instrumentalista y clientelar de la relación con las familias y el profesorado. Una escuela equitativa y de calidad, sin embargo, requiere proyectos educativos de centro, ajustados a las necesidades de su alumnado y su medio y las capacidades de su plantilla profesional y la comunidad a la que sirve, lo que exige profundizar en su autonomía organizativa y pedagógica. La contrapartida a esto debe ser la transparencia total de los centros y la evaluación diagnóstica del sistema a todos los niveles.                                                            
Revalorización profesional. El valor social, sea real o simbólico, de una profesión resulta de una formación sólida, una selección estricta, un compromiso asegurado y una labor eficaz. Todo esto se ha deteriorado a lo largo de decenios con el descenso de la exigencia académica en la formación inicial, la burocratización del acceso, la opacidad del trabajo profesional y la falta de reconocimiento e incentivos. Hay que reforzar y reformar en profundidad la formación académica inicial, tanto la general del magisterio como la docente del profesorado de secundaria, y vincular a la práctica una segunda fase formativa (el llamado MIR docente o similar), espacios y tiempos de colaboración (aulas compartidas, horarios más amplios de permanencia en el centro) y estabilidad y promoción profesionales (accesibles y previsibles para todos, pero no automáticas). Solo así podrían mejorarse las condiciones laborales y salariales, un pacto más por más entre la profesión y la sociedad.

25 sept 2015

La inercia institucional y el error de Baumol

    La enfermedad de los costes (o ley) de Baumol (también llamada la maldición de Bowen) viene a decir que, aunque la productividad (el producto por hora de trabajo, p.e.) no aumente en ciertos sectores a los que denomina estancados, si los salarios se elevan en otros sectores en que sí lo hace, los que llama dinámicos, también se elevarán en los primeros, los estancados, pues de lo contrario el trabajo de estos emigraría a aquellos. W.G. Baumol y W.G. Bowen la formularon hace ya medio siglo, en un trabajo sobre la economía del sector de las artes escénicas (Performing Arts: The Economic Dilemma), señalando gráficamente que para interpretar un cuarteto de cuerda de Beethoven se necesita hoy el mismo tiempo y el mismo número de músicos que cuando fue compuesto. La idea se usa a menudo para interpretar la diferencia entre sectores cuaternarios como la educación o la sanidad, cuya productividad no aumenta y cuyos costes se disparan, con la agricultura, la industria o el transporte colectivo, donde sube la productividad y caen los costes de manera espectacular. Lo de la educación, en fin, sería todavía más grave económicamente, dado que, según tantos, la calidad parece depender exclusivamente de las ratios (alumnos/aula, alumnos/profesor, horas lectivas/totales, jornada escolar/solar...), mucho más en esta era de la diversidad y la individualidad. Eso sí, todo por la mejor causa.
    Lo cierto es que la idea de Baumol es muy discutible, salvo en términos muy restrictivos: podríamos llamarla el error de Baumol, aunque no sea realmente suyo. Para empezar, el cuarteto lo siguen tocando cuatro músicos y les lleva el mismo tiempo, pero eso no impide que aumente su productividad. Sus vidas biológicas y laborales son más largas y eficientes (menos enfermedades) –como las de todos–, los transportes son más rápidos y más baratos y los auditorios son notablemente más grandes y de mejor calidad, con lo cual su productividad directa e inmediata, la que podría expresarse como el ratio entre horas de oyente y horas de intérprete (en directo, por supuesto), ha aumentado de manera muy notable. Pero esto no es nada al lado de lo que han supuesto los registros grabados, los medios de difusión audiovisuales y, recientemente, la digitalización de la música. ¿Quién podía estar constantemente, 24/7/365, escuchando la música de  su elección, o siquiera cualquier música, en vida de Beethoven? No perderé el tiempo discutiendo si el mp3 es de menor calidad que el vinilo o si este es comparable a la música en vivo, pues resulta que incluso la música en vivo no deja de aumentar, lejos del apocalipsis que anunciaban las discográficas (véanse S. Johnson sobre los Estados UnidosM. Herrera sobre España). La productividad directa e indirecta de los músicos ha aumentado de forma exponencial, hasta el punto de que nos resulta imposible disfrutar lo que tenemos a un click y a precios ya irrisorios.
    La pregunta obvia es ¿por qué no lo mismo en la educación? ¿Por qué resiste la institución escolar, incluso crece en todas las direcciones, mientras se tambalean la prensa, la radiotelevisión, las bibliotecas, las salas de cine, la publicidad...?
    Hay muchas respuestas posibles, a cual más imaginativa, pero yo apuesto por tres. La primera es que la escolarización desempeña una función de custodia y socialidad que no es trasladable, como la audición musical, fuera del auditorio. Ya sé que la idea no es popular entre los docentes (salvo cuando se arroja a los padres, por ejemplo, a favor del paso a la jornada intensiva matinal), pero, incluso desde el punto de vista más corporativo, o especialmente desde el mismo, resulta una excelente noticia: por mucho que se pueda aumentar la productividad del profesor (¡el ratio!), o sustituirlo por tecnología, seguirá siendo necesario como cuidador (los japoneses llevan tiempo buscando el robot-cuidador, pero de momento sólo para los ancianos, que abundan más en esas islas y son más tranquilos). Si los padres han de trabajar fuera del domicilio, y descansar de los hijos, y los menores quieren estar con sus iguales, como es el caso, el sitio adecuado es el recinto escolar.
    La segunda es que la escuela es también un escenario y un mecanismo de socialización, es decir, de disciplinamiento, domesticación, control de los cuerpos, formación de las costumbres..., algo que tampoco puede hacerse desde las pantallas ni confiarse a robots, al menos por ahora. Lo malo en este punto es que el tipo de socialización que ofrece la institución, propia de la vieja sociedad industrial y burocrática, resulta ya anacrónica en la actual sociedad global, digital, transformacional, reticular...
    La tercera, en fin, es la inercia y la resistencia de la propia institución, incluidos su cúspide (las administraciones), su entorno (las familias) y la profesión que la habita (los docentes). A día de hoy es sencillamente injustificable el dominio que todavía ejercen tecnologías obsoletas como la la clase simultánea, la división por asignaturas, el libro de texto o la pizarra sedicentemente interactiva en un entorno digital preñado de recursos más eficaces y eficientes.
    

12 ene 2015

Invertir más, gastar mejor y lograr un sistema más justo

Crisis, austeridad y recortes; fracaso escolar, abandono prematuro y desempleo juvenil; aumento de la desigualdad, retroceso de la movilidad, revalorización del capital humano: todo esto trae de nuevo a colación, con más fuerza que nunca, la problemática de la financiación de la educación. ¿Qué educación debe ser gratuita y qué otra de pago? ¿Cuánto, en qué y cómo gastar? En estos días he publicado dos textos, de distinto alcance, sobre el tema. Uno, muy breve, una pequeña columna en La Vanguardia (¿A dónde debe ir el dinero?) que reproduzco aquí entera; otro, mucho más amplio, un artículo en la revista Avances en Supervisión Educativa (Del derecho incompleto a la educación: gratuidad escolar, costes indirectos y política educativa) del que reproduzco aquí el resumen, pero puede leerse en íntegro en el enlace anterior.

¿A dónde debe ir el dinero?

Un sistema escolar que satisface a pocos, un gasto púbico siempre menor que 5% del PIB, recortes producto de la austeridad europea y la insensibilidad de las derechas... a las puertas de la sociedad del conocimiento y a la cola de Europa 2020. Obvio: hay que gastar/invertir más. Lo ya nada obvio es en qué ni cómo, pero vayan unas recomendaciones generales:
  1. En la educación de todos antes que en de una (incluso amplia) minoría. Por tanto, en hacer efectiva la igualdad 3-18. Desde los 3, porque es imprescindible y ya es universal. Hasta los 18 porque asumimos el objetivo del 85-90% con título post-obligatorio, que implica dar opción a todos.
  2. En los costes indirectos de 3-18: libros y material escolar, comedores, transporte, custodia, apoyo académico y un módicum de extraescolares. Es de justicia educativa y supone poca redistribución.
  3. En el refuerzo a quienes llegan con el lastre de una desventaja social: oferta obligatoria en Infantil-I, compensación y apoyos en toda la obligatoria, becas y ayudas recuperables y por mérito en la superior.
Y dos errores fatales a evitar:

  1. Gastar en más de lo mismo, que es lo que las organizaciones piden: más docentes, ratios más bajas, menos horas... El modelo está obsoleto y hay poco que ganar reforzándolo.
  2. Gastar más donde se oiga más ruido. El fragor viene de sindicatos docentes y de estudiantes universitarios, que tienen más músculo y más voz y marcan la agenda de otros sectores (alumnos, padres) y actores (partidos, intelectuales, medios), pero las suyas no son las necesidades más perentorias, ni las reivindicaciones más justas ni las inversiones socialmente más rentables.
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Del derecho incompleto a la educación: gratuidad escolar, costes indirectos y política educativa

Resumen
Se examinan los costes indirectos de la educación asociados a la escolarización gratuita y financiados como gasto familiar, particularmente para las etapas obligatoria y de oferta obligatoria. Se discuten más detalladamente las implicaciones para los libros de texto, los comedores y las actividades de apoyo. Se examinan las consecuencias de este gasto familiar para la gratuidad y sus efectos en términos de la igualdad o desigualdad educativa y social. Por último, se analizan implicaciones de todo ello con los intereses colectivos en juego y para la política educativa.
 
Palabras clave: 
Justicia escolar, gratuidad, equidad educativa, libros de texto, comedores, actividades de apoyo, eficacia escolar, eficiencia escolar
A half-way right: free education, indirect costs, and educational policy

Abstract
This paper examines those indirect costs of education associated to state funded schooling that come to be privately financed by families, specially those linked to mandatory or mandated provision schooling. Discussion is more detailed about textbooks, school meals and academic support activities. Then we study the consequences of this private spending for gratuity and its effects related to educational and social equality or inequality. Finally, we analyze the implications related to sectional interests at stake and educational policies
Key words: 
Educational justice, gratuity, educational equity, textbooks, school meals, academic support, school effectiveness, school efficiency

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24 sept 2014

Cuentas y cuentos: el gasto por alumno

Reproduzco la entrada publicada el pasado 22/9 en el Blog del INEE
El coste comparado de un alumno en la enseñanza pública y concertada es un viejo tema en la eterna polémica sobre el sistema dual español. Por un lado –y dejando aparte la escuela privada, en la que el precio es libre y, la gratuidad, un derecho renunciado–, las enseñanzas regladas han de ser gratuitas, pero no lo son tanto. Es de dominio público que en la privada las familias realizan, bajo diversas figuras pagos sustanciosos, aunque resulta difícil determinar si con ello adquieren un plus, del tipo que sea –enseñanzas, servicios...– o simplemente compensan a las empresas por la ajustada dimensión de las subvenciones públicas. Y parece de dominio privado, ya que de ello se habla menos, que en la pública las familias afrontan gastos no desdeñables en bienes y servicios necesarios (libros, comedores...) o derivados de las circunstancias de su escolarización (clases de apoyo...). Por otro, es sabido que el gasto público por alumno es muy superior en la pública que en la privada, lo que unos ven como índice de mayor calidad y otros como indicio de ineficiencia.
Un artículo de Jesús Rogero-García y Mario Andrés-Candelas, "Gasto público y de las familias en educación en España: diferencias entre centros públicos y concertados" (REIS 147), afina los cálculos: un alumno en la pública le cuesta al Estado (a todo, no sólo al central) 5348€, pero en la concertada 2670 (el 49.9%); la familia, en cambio gasta 472€ si está en la pública y 1222 si en la concertada (el 258%). La diferencia es elevada, dos a uno, pero inferior a la proclamada por la patronal de la concertada (la CECE calculaba el gasto público por alumno en sus centros en un 42% l de los públicos), y ello se debe seguramente a que los autores van más allá del procedimiento habitual e imputan el gasto en becas y ayudas y en actividades extraescolares, generalmente ignorado o imputado al sector público (en cambio, no suman el gasto en administración general, investigación educativa y formación del profesorado, de difícil imputación pero a menudo imputado en bloque a la pública).
Una implicación de estos cálculos es que el impulso a los conciertos ahorra dinero público pero aumenta el gasto privado y, como corolario, reduce el trato igualitario al hacerlo depender de los desiguales recursos familiares (las cifras son solo medias, pero la dispersión es mínima en el gasto público y máxima en el gasto privado). Pero otra, claro está, puede ser que, transfiriendo un alumno de la pública a la concertada, el Estado, que inicialmente se ahorraría 2678€, podría transferir a la familia 750 para compensar el previsible aumento de su gasto privado y le sobrarían 1.928 (o transferirle 1222, logrando la gratuidad absoluta, y todavía quedarían 1.456 para aumentar la calidad, para otro tipo de gasto o para reducir el déficit). Por supuesto, este es sólo un cálculo superficial, pues costes y diferencias variarían entre el campo y la ciudad, entre alumnos con y sin NEE, etc. En sentido inverso, también cabría emular la gestión privada para ofrecer los mismos resultados en la pública. Recuérdese que, en general, pública y privada ofrecen, descontada la composición social de su alumnado, resultados equivalentes.
Hay otros factores a considerar en la disyuntiva pública-privada, pero los números son crueles. Esto debieron de pensar en el Observatorio por la Educación Pública (OxEP) de Izquierda Unida cuando prepararon el informe "El coste de la plaza escolar en la pública y en la concertada. Desmontando un mito interesado", cuya conclusión es que la diferencia de gasto entre esos puestos es de... ¡¡1€!! Quizá sea lo que cabía esperar de un Observatorio no de, sino por, la Educación Pública, pero, aun así, se trata de uno de los trabajos más surrealistas que le leído. Más que desmontar un mito, se pretende que mitifiquemos un montaje. Lo que hace el OxEP es, primero, dejar de lado los gastos financieros y de inversión por alumno de la escuela pública, con el argumento de que no se computan para los de la privada, ya que los conciertos sólo financian gastos corrientes y de personal. El problema es, primero, que, en todo caso, son gastos que hace el Estado para los alumnos de la pública; segundo, que son los que en la privada sufragan en parte las familias con las cuotas adicionales (así como las enseñanzas no regladas, otras actividades y otras fuentes). Es inconsistente denunciar, por un lado, que las familias gastan por ello más en la concertada e ignorar, por otro, que el Estado gasta por ello más en la pública. O lo uno, o lo otro.
La segunda parte del invento consiste en imputar a la concertada los gastos adicionales que tendría si su número de alumnos por unidad (grupo) descendiera, si su número de profesores por unidad aumentara (incluido que el número de horas lectivas por profesor disminuyera) y si los salarios de los profesores se elevaran... hasta igualar a los de la pública. Es decir, si en vez de ser la concertada fuera la pública. Este tipo de ejercicios inútiles se resumen en un viejo dicho: si mi abuela tuviera dos ruedas, sería una bicicleta.
A mí me recuerda más el cierre del diálogo final entre DianeKeaton y Woody Allen en la genial película Misterioso asesinato en Manhattan, una vez resuelto el crimen y reconciliada la pareja:

Carol [Keaton]:          Tú tenías celos de Ted [Alan Alda]
Larry [Allen]:             ¿De Ted?
Carol [Keaton]:          Sí...
Larry [Allen]:              Tienes que estar de broma. Le quitas las... las... las... alzas de los zapatos, el falso bronceado y las fundas dentales... ¿y qué queda?
Carol [Keaton]:          Quedas tú.
Larry [Allen]:             Es cierto. Eso me gusta.


Pues eso: para quien le guste.