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17 abr 2015

Recortes económicos y agendas políticas

Mi artículo de ayer en ctxt (ahí titulado: La enseñanza, al son de las agendas políticas)
El ciclo económico tiene siempre consecuencias. En época de vacas gordas aumentan, en círculos concéntricos, el gasto público, el social y el educativo; cuando llegan las vacas flacas, se reducen. Es improbable que esto pueda sorprender o escandalizar a alguien, pero no es tan simple. La recesión reduce los ingresos públicos… siempre y cuando las fuentes no varíen, es decir, siempre y cuando no haya reformas fiscales progresivas. Lo habitual, no obstante, es que las haya, pero regresivas: para estimular la economía, atraer inversores, etc. suelen suavizarse los baremos y los controles fiscales, aunque raramente produzcan los resultados anunciados. Por otra parte, el gasto no tiene por qué reducirse de manera homogénea. De un lado hay que elegir, en términos políticos, cómo repartir la derrama entre la sociedad: ¿se reducirán los salarios, las pensiones, las becas, las infraestructuras… y en qué proporciones? ¿Es más dramática la situación de los pensionistas o es más importante para el futuro sostener a los becarios? Del otro, no todos los gastos se pueden reducir con la misma facilidad: es más fácil despedir interinos que funcionarios, los pobres que pierden una ayuda de comedor protestan menos que los universitarios que pierden una beca…
En términos económicos abstractos, es decir, abstraídos de las fuerzas sociales que se mueven tras las abstracciones económicas, ya se puede construir un buen argumento contrario a la política de recortes en materia educativa de nuestros gobiernos conservadores. La educación siempre ha sido, por así decirlo, un inversión en capital humano, esto es, un factor importante en la creación de recursos y oportunidades para el futuro, pero la cuestión es que hoy lo es más, cada día lo es más. Y lo es más porque la nueva revolución industrial que vivimos, la transición hacia una economía de la información, una sociedad del conocimiento y una vida de aprendizaje consiste precisamente en eso, en que las oportunidades individuales y colectivas vienen asociadas a la posesión de algún tipo de conocimiento escaso, a la cualificación. El drama, como alguna vez ha señalado el Banco Mundial, es que los países y los individuos económicamente fuertes y conscientes aprovechan los periodos de recesión, desempleo, etc. para mejorar su cualificación (todos recordamos las becas para estudios de máster de 2010 y todos conocemos decisiones individuales de volver al sistema educativo mientras llegan tiempos mejores y para estar en menores condiciones de salir a su encuentro), pero los más débiles o inconscientes hacen justo lo contrario, recortar gastos por donde parece más fácil, y así la brecha se agranda de un ciclo a otro, generando una creciente polarización económica asociada a los niveles de cualificación tanto individuales como nacionales.
Vengan de la incapacidad, de la inconsciencia o de ambas, los recortes en el gasto educativo afectan sobre todo, si no se le pone remedio específico, a los más débiles y gravemente. En el sistema escolar, fuertemente regulado e intensivo en trabajo, la mayor parte del gasto está afectado y es difícilmente modificable, por lo que los recortes suelen concentrarse en las partidas adicionales dedicadas a programas especiales: innovación y experimentación, diversificación y compensatoria, etc. Un pequeño recorte en el total suele conseguirse con grandes recortes en estas áreas menos rígidas. El resultado es que unos pueden perder la subvención para la visita a la granja escuela, pero otros la beca de comedor o de libros de texto. Los que más sufren son, así, los más vulnerables, quienes carecen por sí mismos de los recursos necesarios para afrontar una serie de gastos inevitables asociados a la educación pero no cubiertos por el presupuesto público: libros y materiales, comidas fuera de casa, transporte, clases de refuerzo…, o de gastos extraordinarios asociados a sus necesidades especiales (apoyos dentro y fuera del aula).
Pero el problema no se reduce a los recortes más o menos obligados, forzados o simplemente propiciados por la recesión. Un problema añadido, quizá más grave, es que las fuerzas a las que el electorado ha encargado gestionarla tenían y tienen su propia agenda política. Esta es múltiple y variada, pero comprende dos capítulos particularmente relevantes aquí: el primero es la apuesta por la enseñanza privada (y si es posible confesional), al menos para los hijos de las familias bien (y para satisfacer a la iglesia católica), así como por un cuasi-mercado en la educación (centros especializados, familias que eligen, distrito único…); el segundo es la convicción de que no todo el mundo vale para estudiar, por lo que conviene separar antes las cabras de las ovejas, adelantar la bifurcación de la enseñanza general entre académica y profesional y no desperdiciar recursos empeñándose en lograr los mismos resultados para todos. Las consecuencias pueden resumirse en cierto impulso a la privada, mayor diferenciación entre los centros públicos y abandono a su suerte de los más vulnerables.
Sería un error, no obstante, ver esto como una película de buenos y malos, defensores de lo público y neoliberales privatizadores, la educación como derecho o como mercancía, etc.. La tradición cultural del profesorado y de la izquierda y la crispación producida por la crisis y los recortes recientes y vigentes propician esta visión maniquea, pero no cambian la realidad.
La tendencia a la privatización y diferenciación de los centros escolares es una tendencia social, que puede ser favorecida o refrenada desde los poderes públicos, pero que estos ni se inventan ni pueden manejar a capricho. La escuela privada es un legado histórico del peso de la iglesia y de la debilidad del Estado, pero también una reacción contra el desengaño con la escuela pública. La diferenciación tanto de la privada como de un sector de la pública (centros de excelencia, bilingües o, simplemente, ubicados en un buen barrio). La expansión de la privada en particular, sin ignorar por ello la alfombra roja que le extienden desde hace tiempo algunos gobiernos regionales conservadores (manifiestamente los de las Comunidades Valenciana y de Madrid) y ahora el de la nación, es una tendencia general que se apoya en las ciudades, en las clases medias, en la presión por el logro educativo y en los problemas de la pública. Se suele poner como ejemplo de política privatizadora la de los gobiernos madrileños, lo que es correcto, pero se olvida, que mientras que el peso de la concertada es del 21.5% en Madrid,llega al 27.8% en el País Vasco. De hecho, sabemos por la evidencia anecdótica que la gran mayoría de los centros privados y concertados tienen lista de espera, cosa que sucede en muy pocos públicos, así como por varias encuestas que la matrícula en la concertada sería mayor si la oferta estuviese más uniformemente repartida por toda la geografía.
Por otra parte, en materia de recortes ni son todos los que están ni están todos los que son. Reducir el gasto en algo puede calificarse de recorte cuando supone que ya no se obtendrá en la misma medida, es decir, que no se puede obtener el mismo resultado a menor coste, porque entonces se llama elevar la eficiencia. En el mundo de la educación se da por sentado que no se puede reducir ni un solo coste, en una suerte de celebración masoquista de la enfermedad de los costes Baumol. En realidad, lo que dijo Baumol es que, para interpretar un cuarteto de cuerda de Beethoven se necesita hoy el mismo número de músicos y durante el mismo tiempo que en cuando se compuso, hace dos siglos. De hecho, según los portavoces habituales del profesorado (algunos autodesignados), hay además que reducir constantemente el auditorio y la audiencia si se quiere que todos disfruten de la música. En realidad lo que ha sucedido con el cuarteto de cuerda es que los auditorios han crecido, el coste de traslado de los músicos se ha reducido y, sobre todo, la ejecución resultante se puede hacer llegar a un público de otro orden de magnitud gracias a las reproducciones analógicas y digitales y la radiodifusión. La pregunta es: ¿habrá alguna manera de mejorar la eficiencia de nuestro sistema educativo –además de la eficacia, que tampoco es mucha–, o la única opción añadir siempre más recursos aunque no se traduzca en resultados?
Existen, en fin, otros recortes que no deberíamos ignorar. Si reducimos cuarenta docentes a treinta y cinco es un recorte, pero lo interesante es que hay más maneras de hacerlo de las que se cree. Una, por supuesto, es despedir, no renovar, no reponer, etc., la que con justicia se reprocha hoy a la política de austeridad. Pero he aquí otra: se toma a los profesores que normalmente tendrían una vida laboral de cuarenta años y se les ofrece reducirla a treinta y cinco sin merma de ingresos; el tesoro público sigue pagando los cuarenta, pero son cinco menos, o hay cinco docentes menos en las aulas porque se han ido a casa. Esta aparente fábula no es tal: se llamaba jubilación anticipada LOGSE, después LOE, y funcionó durante dos largos decenios. Háganse las cuentas: sin que el erario público se ahorrase ni un euro (al contrario, pues tenía que contratar nuevos profesores), se reducía la vida laboral del funcionario docente en ⅛, es decir, en un 12.5%. Sin mayores precisiones basta un cálculo grueso: más del 80% de los gastos corrientes en la educación no universitaria son gastos de personal, por lo que una sencilla multiplicación cifraría ese recorte oculto en un 10% e los gastos corrientes (que a su vez se sitúan en torno al 90% de los gastos totales).
Si reducimos las horas de docencia de un profesor (los primeros recortes oficiales, en sentido contrario, consistieron en aumentarlas para contratar menos profesores, por ejemplo en Madrid, con un sonado rifirrafe entre la entonces presidente de la CAM y los sindicatos), podemos estar haciendo dos cosas: la primera es elevar la eficacia docente, por tanto la calidad de la educación, pues se supone que los profesores tendrán así más tiempo para preparar sus clases, proyectos, innovaciones, etc.; la segunda es, simplemente, reducir las horas de clase que imparte el profesor, si es que este no asume la contrapartida prevista, aunque habrá que contratar algún otro para que el alumno no vea reducidas las horas de discencia –o sea, otro recorte. Esta sería un recorte oculto por un sobrecoste. La teoría se inclina por lo primero, pero la práctica revela a veces lo segundo, y el problema es que no contamos ni con la cultura profesional adecuada, ni con los controles ni con los incentivos para asegurar que estamos aumentando la calidad en vez de los costes.
La actual crispación del mundo educativo español se basa, en gran medida, en una guerra entre empresarios y funcionarios en la que estos deberían saber distinguir sus propios intereses de los del público y en la que lo mejor que puede hacer este es tratar de identificar sus propios intereses y formular sus propios objetivos, sin subordinarse a los cantos de sirena de unos u otros.








24 sept 2014

Cuentas y cuentos: el gasto por alumno

Reproduzco la entrada publicada el pasado 22/9 en el Blog del INEE
El coste comparado de un alumno en la enseñanza pública y concertada es un viejo tema en la eterna polémica sobre el sistema dual español. Por un lado –y dejando aparte la escuela privada, en la que el precio es libre y, la gratuidad, un derecho renunciado–, las enseñanzas regladas han de ser gratuitas, pero no lo son tanto. Es de dominio público que en la privada las familias realizan, bajo diversas figuras pagos sustanciosos, aunque resulta difícil determinar si con ello adquieren un plus, del tipo que sea –enseñanzas, servicios...– o simplemente compensan a las empresas por la ajustada dimensión de las subvenciones públicas. Y parece de dominio privado, ya que de ello se habla menos, que en la pública las familias afrontan gastos no desdeñables en bienes y servicios necesarios (libros, comedores...) o derivados de las circunstancias de su escolarización (clases de apoyo...). Por otro, es sabido que el gasto público por alumno es muy superior en la pública que en la privada, lo que unos ven como índice de mayor calidad y otros como indicio de ineficiencia.
Un artículo de Jesús Rogero-García y Mario Andrés-Candelas, "Gasto público y de las familias en educación en España: diferencias entre centros públicos y concertados" (REIS 147), afina los cálculos: un alumno en la pública le cuesta al Estado (a todo, no sólo al central) 5348€, pero en la concertada 2670 (el 49.9%); la familia, en cambio gasta 472€ si está en la pública y 1222 si en la concertada (el 258%). La diferencia es elevada, dos a uno, pero inferior a la proclamada por la patronal de la concertada (la CECE calculaba el gasto público por alumno en sus centros en un 42% l de los públicos), y ello se debe seguramente a que los autores van más allá del procedimiento habitual e imputan el gasto en becas y ayudas y en actividades extraescolares, generalmente ignorado o imputado al sector público (en cambio, no suman el gasto en administración general, investigación educativa y formación del profesorado, de difícil imputación pero a menudo imputado en bloque a la pública).
Una implicación de estos cálculos es que el impulso a los conciertos ahorra dinero público pero aumenta el gasto privado y, como corolario, reduce el trato igualitario al hacerlo depender de los desiguales recursos familiares (las cifras son solo medias, pero la dispersión es mínima en el gasto público y máxima en el gasto privado). Pero otra, claro está, puede ser que, transfiriendo un alumno de la pública a la concertada, el Estado, que inicialmente se ahorraría 2678€, podría transferir a la familia 750 para compensar el previsible aumento de su gasto privado y le sobrarían 1.928 (o transferirle 1222, logrando la gratuidad absoluta, y todavía quedarían 1.456 para aumentar la calidad, para otro tipo de gasto o para reducir el déficit). Por supuesto, este es sólo un cálculo superficial, pues costes y diferencias variarían entre el campo y la ciudad, entre alumnos con y sin NEE, etc. En sentido inverso, también cabría emular la gestión privada para ofrecer los mismos resultados en la pública. Recuérdese que, en general, pública y privada ofrecen, descontada la composición social de su alumnado, resultados equivalentes.
Hay otros factores a considerar en la disyuntiva pública-privada, pero los números son crueles. Esto debieron de pensar en el Observatorio por la Educación Pública (OxEP) de Izquierda Unida cuando prepararon el informe "El coste de la plaza escolar en la pública y en la concertada. Desmontando un mito interesado", cuya conclusión es que la diferencia de gasto entre esos puestos es de... ¡¡1€!! Quizá sea lo que cabía esperar de un Observatorio no de, sino por, la Educación Pública, pero, aun así, se trata de uno de los trabajos más surrealistas que le leído. Más que desmontar un mito, se pretende que mitifiquemos un montaje. Lo que hace el OxEP es, primero, dejar de lado los gastos financieros y de inversión por alumno de la escuela pública, con el argumento de que no se computan para los de la privada, ya que los conciertos sólo financian gastos corrientes y de personal. El problema es, primero, que, en todo caso, son gastos que hace el Estado para los alumnos de la pública; segundo, que son los que en la privada sufragan en parte las familias con las cuotas adicionales (así como las enseñanzas no regladas, otras actividades y otras fuentes). Es inconsistente denunciar, por un lado, que las familias gastan por ello más en la concertada e ignorar, por otro, que el Estado gasta por ello más en la pública. O lo uno, o lo otro.
La segunda parte del invento consiste en imputar a la concertada los gastos adicionales que tendría si su número de alumnos por unidad (grupo) descendiera, si su número de profesores por unidad aumentara (incluido que el número de horas lectivas por profesor disminuyera) y si los salarios de los profesores se elevaran... hasta igualar a los de la pública. Es decir, si en vez de ser la concertada fuera la pública. Este tipo de ejercicios inútiles se resumen en un viejo dicho: si mi abuela tuviera dos ruedas, sería una bicicleta.
A mí me recuerda más el cierre del diálogo final entre DianeKeaton y Woody Allen en la genial película Misterioso asesinato en Manhattan, una vez resuelto el crimen y reconciliada la pareja:

Carol [Keaton]:          Tú tenías celos de Ted [Alan Alda]
Larry [Allen]:             ¿De Ted?
Carol [Keaton]:          Sí...
Larry [Allen]:              Tienes que estar de broma. Le quitas las... las... las... alzas de los zapatos, el falso bronceado y las fundas dentales... ¿y qué queda?
Carol [Keaton]:          Quedas tú.
Larry [Allen]:             Es cierto. Eso me gusta.


Pues eso: para quien le guste.