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25 abr 2019

Hiperaulas: así es la escuela que desbancará al colegio tradicional

Mi artículo de hace unos días (unos cuantos) en The Conversation
Hay un manido chiste sobre alguien hibernado hace unos siglos que, despertando hoy, enloquecería en cualquier entorno menos en uno: el aula, congelada en el tiempo. En España lo suele protagonizar un monje, en Estados Unidos Rip van Winkle, y por doquier es la metáfora de una discronía, de algo o alguien que no sigue el ritmo de la historia o que sobrevive a su tiempo.
Puede ser o no el caso de un maestro pero, sin duda, es el del aula: nació en un contexto de escasez de la información y el conocimiento escolares, cuando solo unos pocos educadores podían llevarlos a muchos alumnos, los libros debían llegarles vía lección, etc. Se creó sobre el modelo del templo y el sermón, la experiencia de la que venían los docentes y, más aún, sus formadores, y se estabilizó porque anticipaba asimismo el taller industrial y la oficina burocrática, el futuro para la mayoría de los alumnos. Pero hoy es un anacronismo.

Diez años de escolarización como mínimo

Un anacronismo porque esa escasez ya no existe: el 100% de la población disfruta o sufre, según, diez años de escolarización, casi el mismo porcentaje acumula otros tres o más años antes y dos o más después, y cuatro de cada diez españoles acceden ya a estudios superiores.
La otra cara de este progreso es una insatisfacción creciente en la sociedad, con el transcurso del tiempo, y entre el alumnado, con los años de pupitre. La información ya no es escasa sino, al contrario, sobreabundante, y el conocimiento mismo, sobre todo el escolar, está disponible, igual y mejor, a un par de clics.
Ni siquiera los formadores del profesorado vienen ya de las filas eclesiásticas, ni esperan a los alumnos los trabajos rutinarios propios de las revoluciones industrial y burocrática.
Pero ahí sigue el aula, muriendo de éxito o matando de fracaso, incólume ante el paso del tiempo, como lo que estudiosos de la tecnología como Latour llaman una caja negra (un mecanismo sobre el que ya nadie piensa porque funciona o porque funcionó, aunque ya no lo haga) o como lo que lingüistas como Hockett denominan la gramática profunda (la que todo hablante de una lengua usa sin saberlo).

Niños en un aula. Foto España: Albero y Segovia (1936-1939). Biblioteca Nacional de España. Biblioteca Digital Hispanica., CC BY-NC-SA

Alternativas a la escuela tradicional

En los últimos años hemos sido testigos de una sucesión de alternativas a la escuela: homeschooling, p2p, edupunk, DIY, MOOCs, que recuerdan viejas profecías incumplidas sobre la sustitución del docente por el cine (Edison), la radio (Darrow), la televisión (Clark), los portátiles (Negroponte), etc.
No ha sucedido ni parece nada probable que así sea, pero sí que estamos asistiendo a una progresiva y significativa, aunque todavía muy minoritaria, reconfiguración de la materialidad del aprendizaje, en particular de los espacios escolares y de las formas de organización asentadas en ellos.
Si bien la variedad es amplia, muchas de estas iniciativas confluyen en la ruptura de la vieja ecuación que asocia un docente a un grupo, un aula y, desde secundaria, una asignatura y una hora, para ir a espacios y tiempos más amplios y flexibles, variables y reconfigurables, en grupos más numerosos, con dos o más docentes y amplio uso de la tecnología digital.
Con distintos nombres y variantes es lo que ya impulsan organismos internacionales como la OCDE (Innovative Learning Environments y European Schoolnet (Future Classroom Lab), organizaciones profesionales como la A4LE (Association for Learning Environments), políticas gubernamentales como las de Nueva Zelanda o Australia, grupos de investigación como LEaRN o ILETC, redes escolares como Teach2One, consorcios de empresas tecnológicas como Reinvent the Classroom, estudios arquitectónicos como Fielding-Nair International, fabricantes de mobiliario como Steelcase o Mirplay. En España lo podemos ver ya en iniciativas como Horitzó 2020, por citar sólo la más conocida.
En la universidad se abre paso con programas como TEAL (MIT), Scale-Up (North Carolina State University), Active Learning Classrooms (University of Minnesota) o Teaching and Learning Spaces (McGill University), entre otras, y, en España, con la HiperAula.ucm de la Universidad Complutense y diversas iniciativas privadas (URL, UCJC).

Escuela Poughkeepsie, New York. Proyecto de Fielding Nair. Fielding Nair arquitectos.

Llamo a estos entornos innovadores “hiperaulas” porque reúnen tres condiciones:
  1. Se manejan y reconfiguran como hiperespacios, en el sentido de que son espacios amplios, abiertos y flexibles, que pueden ser reconfigurados en sus tres dimensiones, albergan grupos más numerosos, que pueden descomponerse a voluntad para el trabajo en equipo o individual, y posibilitan cualquier organización temporal (la cuarta dimensión del hiperespacio) no fragmentada ni simultánea, dentro y fuera del centro.
  2. Son contextos hipermedia, en cuanto que permiten la transición sin fricciones de lo presencial a lo digital y entre los distintos soportes y formas de este (audio, vídeo, imagen, texto).
  3. Incorporan una hiperrealidad (aumentada, virtual, 3D, inmersiva, simulaciones…) cada vez más aproximada a la realidad misma, con un potencial creciente de aprendizaje e infinitamente superior a la pobre representación impresa (libros, mapas…).

Docencia colaborativa sobre el terreno

Un aspecto nada secundario que diferencia la “hiperaula” de una simple aula con muebles móviles (redundancia imprescindible en una institución plagada de mobiliario pesado o atornillado al suelo) es la presencia de dos o más docentes, es decir, la codocencia.
Este pequeño gran cambio tiene implicaciones insospechadas, entre las cuales una mayor capacidad de atender a la diversidad del alumnado, la complementariedad de cualificaciones profesionales, la tranquilidad personal de no tener que responder de todo a la vez, la seguridad aportada por un contraste de criterios o una segunda opinión, un contexto idóneo para la iniciación de los noveles, un mayor grado de transparencia en el ejercicio de la función, la continuidad de proyectos y prácticas por encima de las vicisitudes personales, un mejor desarrollo profesional apoyado en el conocimiento tácito y la práctica compartida, una imagen ejemplar de colaboración ante y para los alumnos y, seguramente, una reducción de la neurosis colectiva en torno a las ratios.

La codocencia, la presencia de dos o más docentes en el aula, tiene implicaciones insospechadas. Stockfour / Shutterstock

¿Innovación real o simple moda?

¿Sirve de algo esta nueva organización de los espacios o es una simple moda? En el camino de la innovación nunca faltarán espejismos, pasos en falso ni errores, pero hay que decir dos cosas ante todo:
La primera es que jamás ha habido dato ni prueba alguna que mostrase la eficacia ni la eficiencia del aula tal como hoy la conocemos, el “aula-huevera”, frente a otras formas de organización. De hecho, este tipo de organización, en su día novedosa, bautizada entonces como enseñanza simultánea e introducida por los monjes jesuitas, moravos, escolapios y lasalleanos, nunca demostró ser más eficaz que la escuela unitaria (la pequeña escuela rural, con su mezcla de edades y niveles) ni más eficiente que la enseñanza mutua (lancasteriana o monitorial, con un maestro a cargo de cientos de alumnos, que se apoyaba en los mayores o más avanzados como monitores).
La realidad es que se impuso, a pesar de su peor desempeño, por su vocación disciplinaria y, claro está, por el peso de sus defensores, a lo que habría que añadir su funcionalidad en la gestación de la profesión docente.
Pero hoy la universalización de la enseñanza reclama el reconocimiento de la diversidad (capacidades distintas, ritmos de desarrollo, inteligencias múltiples, preferencias individuales), el entorno digital ofrece recursos de aprendizaje cada día más ricos e interactivos y evidencia las posibilidades del aprendizaje colaborativo entre iguales, y las neurociencias llaman la atención sobre el hiato entre enseñanza y aprendizaje.

Experimentación con nuevos entornos de aprendizaje

Es en estas coordenadas donde se abre paso la experimentación con las “hiperaulas” y otros entornos de aprendizaje innovadores, así como un acervo creciente de datos y pruebas de su superioridad sobre el aula tradicional, sea en términos de satisfacción (Whiteside & al., 2009; Harvey & Kenyon, 2013), interés (Sanders, 2013; Adedokun & al, 2017; Rands & Gansemer-Topf, 2017), colaboración (Parson, 2015; Park & Choi, 2014) o desempeño (Beichner, 2008; Dori & Belcher, 2009; Brooks, 2011) o diversas combinaciones de ellos (Temple, 2007; Bisset, 2014; Blackmore & al 2011a, 2011b; Byers & al, 2018; Barrett & al, 2019).
Tardaremos en tener plena certeza, si es que alguna vez llega, pero no olvidemos que las inercias tampoco lo son. Piénsese, sobre todo, que la cantidad de pruebas a favor del diseño tradicional del aula, el “aula-huevera”, es exactamente la dicha: cero.

La necesidad de una pedagogía solvente

Por supuesto que espacios y equipamientos, por sí mismos, no son nada si no están al servicio de nuevas pedagogías, en todo caso de pedagogías solventes y consistentes. Un entorno reconfigurable implica que el profesor puede, y debe, actuar en él como diseñador de contextos, experiencias, actividades y trayectorias de aprendizaje –diseño que ni se hace solo ni surge espontáneamente del entorno físico–, no ya como transmisor de información ni como guardián del orden.

El pedagogo Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza, en 1881. La Esfera. Año II nº 62 de 6 de marzo de 1915. Wikimedia Commons

Desde luego, es un desafío, pleno de incertidumbre y riesgos, pero también la oportunidad soñada de todo educador responsable y comprometido. La crítica y las alternativas al “aula-huevera” vienen de lejos (Port-Royal, Montessori, Giner y Cossío…), pero las oportunidades nunca fueron las de hoy.
La información está disponible por doquier, la tecnología ofrece recursos enormemente más interactivos, el aprendizaje entre iguales es ubicuo fuera de la escuela y en torno a ella, hemos tenido que aceptar que nuestra vida cambia en todos los ámbitos y el propio profesorado sabe ya que nada, o poco, podrá seguir igual.
La lenta acumulación de pruebas y datos científicos a favor de los nuevos espacios y entornos no es obstáculo para que estos sean cada vez mejor comprendidos y desarrollados en términos de diseño, gracias en particular al trabajo convergente de educadores (Heppell & al, 2004; Istance & al, 2015; Osborne, 2016; Davidson, 2017), tecnoanalistas (Oblinger, 2006; Thornburg, 2013) y arquitectos (Nair & Fielding, 2005; Hertzberger, 2008; Lippman, 2010; Dudek, 2012; Nair, 2015).
Confiemos o, mejor, trabajemos para que, cuando nuestro monje anónimo o Van Winkle despierten de su largo letargo, la institución escolar lo haya hecho ya del suyo.

18 dic 2018

La hiperrealidad en la hiperaula

En el largo paso del aprendizaje tradicional a la escolarización, aprendizaje y enseñanza se fueron alejando progresivamente de la realidad extraescolar. El aprendizaje tradicional, tal como se practicaba en los gremios artesanales y aún persiste en distintos medios (incluido el doméstico), era o es una comunidad de práctica[1] en la que el aprendiz observa y vive aquello que aprende y va incorporándose a su ejercicio. Si descontamos lo que concierne al funcionamiento de la propia institución (que no es poco: orden, disciplina, etc.) y ocasionales contactos con el exterior (salidas, colonias, visitas…), la mayor parte de la enseñanza y el aprendizaje escolares giran en torno a representaciones (muchas) y simulaciones (pocas). Tienta decir que, como en el cine, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, pero es justo al revés: el cine ofrece grandes simulaciones sin preocuparse mucho por la realidad, y se cura en salud con esa autoexención de responsabilidad por si llegara a parecerse demasiado; la escuela se esfuerza en todo momento por representar fielmente la realidad, pero sus limitaciones expresivas hacen que todo resulte artificial.


Dejemos por un momento las aulas. El concepto de hiperrealidad tiene un uso acotado en la informática, donde designa la integración sin fricciones de la realidad física y la realidad virtual, mejor aún si se añaden la inteligencia humana y la inteligencia artificial.[2] En este ámbito se da también cierto uso del término hyperclass (que podría ser una traducción literal de hiperaula, aunque de alcance más restringido), para designar la fusión de una clase (sesión lectiva, aula) física con una virtual, creando un campo de co-acción para la vida física y la virtual; es decir, un caso particular de hiperrealidad.
Pero el concepto fue popularizado sobre todo por la crítica cultural del postmodernismo, primero en las humanidades y ciencias sociales y luego entre el público, si bien con un sentido netamente peyorativo. Para Umberto Eco[3] la hiperrealidad es la imposibilidad de distinguir la falsa realidad de la verdadera, y para Jean Baudrillard[4] es el simulacro, que, a diferencia de la simulación, simula algo que nunca ha existido. Sin embargo, y dejando de lado el toque elitista de la crítica cultural, lo que para el crítico puede resultar una infame falsificación para el educador puede ser un magnífico instrumento pedagógico, en particular cuando la realidad es confusa, inalcanzable, prohibitiva o incluso peligrosa. Nadie va a lamentar que los cirujanos o los pilotos aéreos se entrenen con simuladores, ni que los traductores o los radiólogos lo hagan con textos o imágenes manipulados.
La tecnología del aula ha tenido casi siempre por objeto la representación analógica o simbólica, más o menos rica y fiel, y, ocasionalmente, la simulación, casi siempre pobre y limitada. El habla, el gesto, la escritura, el dibujo, la fotografía, etc.… son formas de representación, y la voz del profesor, la pizarra, el libro, etc. son sus soportes. Excepto cuando se concentra en las técnicas mismas de representación (la lengua, la lectoescritura, la matemática, la notación musical…) la escuela habla siempre de algo sólo está presente de forma vicaria. Si se trata de una acción compleja que debe ser aprendida pero no puede ser reproducida ni anticipada en su totalidad ese algo tal vez será simulado, como un debate parlamentario, el desalojo de un edificio en llamas, una relación comercial o una acción bélica. De ahí la insistente demanda de acercarla a la realidad, abrir sus puertas, dejar que entre la vida, derribar sus muros, etc.
La tecnología digital supone un salto gigantesco en la capacidad de representación y de simulación. Una imagen de Google Satélite es infinitamente superior a cualquier mapa y proporciona, por ejemplo, la mejor visión de la sabana africana a que puede aspirar un alumno, casi “desde los ojos de Dios”, como Karen Blixen con Denis Hatton. Un sencillo programa graficador puede representar variables y funciones como jamás lo haría el profesor en la pizarra. Una aplicación de anatomía en 3D, de las que cualquiera puede descargar gratis a su móvil, representa y explica el cuerpo humano mucho mejor que el cadáver plástico despiezable habitual en los laboratorios. Un programa de visualización de moléculas es más rápido y elocuente que un esquema en la pizarra o el libro. Una línea de tiempo interactiva y multimedia es más potente y significativa que una cronología tradicional.
Todo esto vale en mayor medida para las simulaciones, aunque de momento tengan menor presencia en el aula. Resulta indiscutible cuando se trata de manipular un vehículo o intervenir en un cuerpo humano, pero no es menos cierto si se piensa en los laboratorios virtuales de química, la simulación de sistemas mecánicos o eléctricos en la formación tecnológica y científica, la de un mercado en una introducción a la economía o incluso la de un aula en la formación inicial del profesorado. El valor de la simulación puede ser muy elemental, como en la simple gamificación, acercarse progresivamente a la realidad, como en los llamados juegos serios, o llegar a experiencias realmente inmersivas, como las simulaciones propiamente dichas, que avanzan rápidamente con la realidad virtual.
“Un profesor que puede ser sustituido por un ordenador, debe serlo”, contaba Sugata Mitra que le contó Arthur C. Clarke que le dijo un director de escuela;[5] y lo cuentan, claro está, porque lo suscriben, como el autor de este blog. Pero cabe plantearlo de otro modo: las tareas de un profesor que puedan ser realizada por un ordenador, deben serlo, dejando así que éste se dedique a lo que sólo él puede hacer. Ningún docente objeta, que yo sepa, a que una hoja de cálculo haga lo que le es propio: calcular notas, ordenar listas, sintetizar resultados, etc., ni a que una lectora óptica lea un test (aunque sí podría hacerlo al test). Gran parte de la acción docente en el aula y fuera de ella es mera atención rutinaria, siempre insuficiente, a dificultades, dudas y preguntas reiterativas de los alumnos, algo que llama a la tecnología. B.F. Skinner visitó una vez la clase de su hija y quedó tan sorprendido y preocupado por la cantidad de tiempo que podía pasar desde que un alumno necesita atención, o más exactamente retroalimentación en su aprendizaje, hasta que la consigue, que inventó la máquina de enseñanza y reinventó la enseñanza programada (la máquina era torpe y aparatosa y tuvo poco éxito, pero sí lo tendría, en algunos campos, la enseñanza programada). Después vino la enseñanza asistida por ordenador, que no pasa de ser una versión algo más sofisticada y mucho más económica. Pero la inteligencia artificial está dando ya un salto de gigante y, al igual que Siri, Alexa, Cortana o Google Assistant entranya en nuestros móviles y nuestras casas, lo harán ahí y en las aulas los tutores virtuales. En la prestigiosa Georgia Tech, Ashok Goel, profesor de un curso sobre inteligencia artificial, ‘contrató’ hace dos años como profesor ayudante (teaching assistant, encargada de resolver dudas de los estudiantes en un foro) a Jill Watson… de la familia Watson, en [hiper]realidad un chatbot, un tutor virtual basado en la plataforma Watson de IBM –la que en su día venció a los humanos Brad Rutter y Ken Jennings en el concurso Jeopardy, una hazaña superior a batir a Gari Kasparov en el tablero– y ningún estudiante se dio cuenta ni la encontró distinta a las de carne hueso.[6]
En definitiva, una parte creciente de los componentes físicos del aula, animados e inanimados, serán sustituidos con ventaja por componentes virtuales y su realidad será, cada vez más, hiperrealidad –y, el aula, una hiperaula. Y el profesor seguirá siendo parte de la misma, pero deberá, sobre todo, poder entenderla y saber reconfigurarla.

[1] Lave, J. & Wenger, E. (1991). Situated learning: Legitimate peripheral participation. Cambridge: Cambridge University Press..
[2] Tiffin, J. & Terashima, N. (eds.) (2001). Hyperreality: Paradigm for the third millenium. Psychology Press.
[3] Eco, U. (1986). Travels in Hyperreality: Essays. New York: Harcourt, Brace.
[4] Baudrillard, J. Cultura y simulacro. Barcelona: Kairós, 1993.
[5] Can computers take the place of teachers?, by Sugata Mitra, Special to CNN, September 26, 2010
[6] Goel, A. K., & Polepeddi, L. (2016). Jill Watson: A Virtual Teaching Assistant for Online Education. Georgia Institute of Technology.