'LOS SALTOS TECNOLÓGICOS TRANSFORMAN LA EDUCACIÓN Y NO AL CONTRARIO'
Por NELSON PRETTO
Especial para A TARDE
En la Universidad Complutense en Madrid/España, todavía encontramos vestigios de las acciones de un profesor que estaba incómodo con el sistema educativo local y, aprovechando una sala subutilizada, diseñó e implantó la hiperaula, un espacio con muebles no fijos, tecnologías y espacios abiertos para una educación abierta y flexible. Ese investigador es el profesor jubilado Mariano Fernández Enguita, que ya estuvo presente en actividades académicas en Brasil.
Lo encontramos en el espacio de la hiperaula y, después, en su todavía despacho, que divide con otra investigadora. Ella, en la época de la visita, se inclinaba sobre algunos libros, entre los cuales estaba uno del educador brasileño Paulo Freire. De una larga conversación, sigue un pequeño extracto de las ideas de este profesor que considera que el virus del Covid-19, de manera inesperada, nos obligó a repensar los procesos de la educación, de la misma forma que grandes educadores, a ejemplo de Sócrates y Comenius, lo hicieron en el pasado.
P: ¿Qué son sus cinco olas en la relación entre educación y tecnologías?
R: Mi idea de las cinco olas parte de un principio: son los saltos tecnológicos los que permiten transformaciones en la educación, y no al contrario. Hay retroalimentación, claro, pero primero necesitamos la tecnología de comunicación para educar. Es simple: si hay lenguaje, es posible educar. Si hay escritura, se forma una profesión y ella se convierte en un instrumento de poder; piense en las "religiones del libro" en contraste con aquellas que no tenían una lengua escrita, que no poseían un libro ni nada semejante. La imprenta permite generalizar la educación, creando sistemas educativos. Los audiovisuales traen promesas, pero también un choque con la cultura escolar ya establecida.
Y hoy, la transformación digital no llama a la puerta para empezar de cero, ni para expandir una institución minúscula como sucedió con la imprenta. Ella encuentra una infinidad de resistencias, de prácticas, instituciones ya consolidadas, etc.. Pero hay otra dimensión. Veo la educación como una práctica material, tan concreta como el trabajo en una fábrica, en l
a perspectiva marxista. O sea, tan material es lo que se hace en un aula como lo que se hace en una fábrica. Históricamente, nuevas relaciones de producción surgen al lado de las antiguas: la fábrica de vapor surge junto al molino, sin sustituirlo inmediatamente.
Ahora, por primera vez, esas fuerzas productivas están dentro del aula. Un alumno puede levantar la mano y decir: "En Wikipedia dice diferente" o "ChatGPT me explicó así". Entonces, ahora sí tenemos las fuerzas productivas dentro del aula, completamente dentro. Y, si no están en el aula, están cinco minutos después, en el celular del alumno, por más que se prohíba. Es claro que el propio profesor las utilizó para preparar la programación, la presentación, o lo que sea. Ellas están in situ. Esas herramientas están allí, rompiendo, poco a poco, las relaciones de producción del conocimiento heredadas de la era de la imprenta. Si no fuera porque la escuela es una institución centenaria, muy consolidada, con una profesión fuertemente vinculada al pasado y no a lo que está por venir, ella ya habría sido totalmente reinventada.
P: ¿Esa fue la razón de usted haber posteado en un blog sus 13 tesis sobre la transformación digital?
R: Ellas fueron una simplificación rápida, una provocación para exponer las ideas de forma accesible. Para mí, lo esencial en este momento es que tenemos la posibilidad de no depender de un único discurso: aquel bloque formado por el programa, el libro de texto y el profesor, que son, en el fondo, diferentes formas de transmitir la misma cosa. La lección se concreta en el programa, se codifica en el libro didáctico y es narrada por el profesor. El libro puede ser mejor o peor según el programa, y el profesor puede actuar con más o menos libertad y creatividad, pero, al final, tanto él como las pruebas responden a la misma lógica, resultando en lo mismo para todos.
Ahora, sin embargo, tenemos la posibilidad de una enorme diversificación. Aunque eso ya se sepa hace mucho tiempo, la diversificación actual impulsada sobre todo por la llamada tutoría inteligente representa una forma de diversificar la enseñanza con la esperanza de que, por medio de ella, también se diversifique el aprendizaje. Cuando llegan los grandes modelos de lenguaje, que "hablan" —aunque sepamos que no entienden lo que dicen y estén llenos de problemas—, el hecho es que ofrecen algo nuevo: un diálogo inagotable y verosímil. No es perfecto, así como tampoco era perfecta la clase media de un profesor común. Aunque un modelo como GPT pueda decir absurdos que no aparecerían en un libro de texto, él también puede ser técnicamente mejor que un profesor mediano. Lo importante es que la posibilidad del diálogo transforma radicalmente el proceso de aprendizaje, permitiendo convertirlo en un proceso verdaderamente dialógico, accesible al aprendiz.
P: ¿Y cómo puede suceder eso?
R: Ese cambio exige trabajo. No basta liberar un chatbot: es necesario un esfuerzo que va desde la cooperación internacional —la única capaz de dar la escala necesaria a algo realmente diferente— hasta las administraciones, las redes y los centros educativos, los proyectos de los profesores y el propio trabajo del estudiante. El problema es que los grandes modelos están hoy concentrados en manos de unas pocas multinacionales: las bigtech norteamericanas y chinas.
Esa concentración es un hecho: un modelo de lenguaje solo parece "inteligente" gracias al consumo masivo de datos, en su mayoría en inglés. Los países de lengua española o portuguesa tienen capacidad limitada de competir, aunque sea posible reajustar y adaptar los modelos a contextos específicos de edad, idioma y contenido curricular. En la educación, eso permitiría que los modelos se adecuasen a la enseñanza oficial, diferenciando contenidos verificados de otros más abiertos, modulando los usos según las edades y etapas de aprendizaje. Es posible usar esas tecnologías de forma precisa, pero eso requiere voluntad política y escala. En nivel internacional, el español y el portugués, lenguas próximas y ampliamente difundidas, podrían sustentar proyectos comunes impulsados por instituciones multilaterales como la OEI o el BID. En ese contexto, las universidades desempeñan un papel crucial: son ellas las que tienen los investigadores capaces de aproximar los modelos a las lenguas y a los contextos educativos. Con todo, el desarrollo no puede quedarse solo en ellas; debe incluir también a profesores de todos los niveles y a los propios alumnos como usuarios activos.
P: Pero las escuelas están siendo presionadas hoy más de lo que siempre fueron, ¿no cree?
R: El ritmo de adopción tecnológica es mucho más acelerado que en el pasado. Mientras la escritura llevó milenios para universalizarse y la escuela siglos para consolidarse, tecnologías como la TV o el teléfono se expandieron en décadas, los celulares en pocos años. Hoy, las tecnologías digitales llegan, en varios lugares, antes que el Estado o la escuela. Esta aceleración genera un choque inevitable en la educación, obligando a cambios rápidos en las instituciones y en el papel del profesorado. Durante la pandemia de Covid-19, quedó claro que no sabíamos cómo transferir la enseñanza fuera de la escuela. Se intentó replicar lo presencial en lo virtual, con resultados débiles, revelando carencias de infraestructura y de modelos pedagógicos.
La pandemia dejó una "resaca" que resaltó la importancia del cuidado, de la presencia y del contacto humano en la educación, al mismo tiempo que expuso desigualdades de calidad y de acceso. Los grandes pedagogos de la historia fueron Sócrates, Comenius y, de manera inesperada, el virus, que obligó a repensar la educación en circunstancias extremas. A ellos se suma ahora un cuarto: los robots conversacionales, que, aunque no sustituyan al profesor, ofrecen la posibilidad de un diálogo permanente y adaptado. Con la debida regulación y ajustes, pueden democratizar el acceso al acompañamiento educativo, algo imposible de alcanzar con la actual relación entre número de alumnos y docentes.
P: Pero ese no es un enfrentamiento fácil...
R: Ese proceso se inserta en la globalización y en la digitalización acelerada. La economía se globalizó sin que se consolidasen políticas sociales o regulaciones globales capaces de amortiguar los efectos, lo que reproduce desigualdades. Y la digitalización actual ya no se limita a registrar y transmitir información, sino también a producirla, manipularla y distribuirla. En este escenario, los Estados se ven sometidos al poder de las grandes corporaciones tecnológicas, aunque regiones como Europa hayan intentado establecer normas que se convirtieron en referencias mundiales, como ocurrió, por ejemplo, con el RGPD (Reglamento Europeo de Protección de Datos Personales).
P: Usted siempre estuvo muy cerca de la realidad brasileña. ¿Cómo ve la situación actual?
R: En Brasil, el sistema educativo refleja contrastes profundos: contextos de gran pobreza con una economía poderosa y universidades de prestigio. Históricamente, sectores privilegiados se beneficiaron de la universidad pública, mientras enviaban hijos a escuelas privadas en la educación básica. Al mismo tiempo, Brasil se ha mostrado un país consciente de su propio proceso de construcción, con debates intensos sobre política educativa. Hoy, tiene la oportunidad de innovar en infraestructura y modelos escolares, aprovechando tareas pendientes no para reproducir estructuras del pasado, sino para apostar por diseños flexibles, capaces de adaptarse a nuevas formas de enseñanza y aprendizaje.
P: ¿Ve algún escenario futuro para la educación?
R: El futuro de la educación, atravesado por la inteligencia artificial y la globalización, exige cooperación internacional, regulación efectiva y una visión material y pedagógica renovada. Los robots conversacionales no sustituyen al profesor, pero pueden representar, con las condiciones adecuadas, un retorno al espíritu socrático del diálogo, ampliado, ahora, a escala masiva y accesible a todos los aprendices.
RADIOGRAFÍA
Mariano Fernández Enguita es profesor emérito de Sociología de la Educación en la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid, España. Autor de más de veinte libros y de vasta producción académica, es reconocido internacionalmente por los análisis sobre escuela, trabajo y transformaciones contemporáneas de la educación. Su libro más reciente, La Quinta Ola (inédito en Brasil), debate la transformación digital en el aprendizaje, en la educación y en la escuela.


