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20 nov 2020

La escuela de la ciudadanía

Publicado en El País 13/11/20

La escuela es la institución a la que confiamos la formación de los ciudadanos. Sustituye a la familia, de modo parcial pero nada marginal, en el cuidado de los menores y prefigura de manera progresiva su vida adulta en sociedad. Esto es más cierto en esta era en que la información y el conocimiento, que antes llegaban casi en exclusiva a través de ella, están amplia aunque desigualmente distribuidos por el tejido social. Es por eso que podemos utilizar esta vara de medir como criterio esencial, aunque no sea el único, para cualquier política educativa y cualquier ley, ahora la LOMLOE.

El cambio que más consenso puede suscitar –aunque no unánime, pues en educación es difícil y en España se antoja imposible– tal vez sea el conjunto de medidas contra los mecanismos divisorios dentro de la escolaridad obligatoria, en particular la eliminación de las reválidas, la práctica supresión de los itinerarios y las restricciones a la repetición. Todo ello debe contribuir a que la práctica totalidad del alumnado supere el periodo obligatorio y tenga ante sí alguna vía de continuidad que culmine en algún tipo de cualificación profesional. La única sombra es que la ley parece olvidar que tanto suspenso y, en consecuencia, repetición, fracaso y abandono, que situaban y sitúan a España a la cabeza de lo que no debería y no hacen justicia al nivel de competencia de nuestros escolares, tienen como origen inmediato la cultura profesional de los docentes, que son los únicos examinadores hasta las puertas de la universidad. Se habría agradecido, pues, más presión contra la repetición, menos peso de centros y docentes y más para alumnos y familias en el recurso de última instancia a itinerarios profesionales y un examen de Estado como vía de segunda oportunidad para la titulación.

También es buena noticia que la religión, sagrada para unos pero indiferente o incluso indeseable para otros, quede fuera del horario escolar y el itinerario académico, y ojalá pronto del presupuesto público; eso sí, sin excesos al servicio de los nuevos curas (y monjas) en su batalla contra los viejos, pues, además de educación, la escuela debe ofrecer cuidado, por lo que sería difícil entender que la religión, tan esencial para tanta gente, se viese expulsada por una puerta mientras por otra entra el mindfulness. Y sólo cabe celebrar que vuelva, aunque rebautizada, la educación para la ciudadanía, pues aquí y en todo el mundo estamos aprendiendo, si no lo habíamos hecho ya, que la vida social y política, cada vez más compleja, requiere un conocimiento sistemático y un esfuerzo reflexivo a los que no se llega por simple maduración biológica ni desde la mera transversalidad o impregnación.

Era hora, en fin, de adoptar una política activa y proactiva para lograr más igualdad entre los centros, en particular en su composición social, proscribiendo guetos y burbujas. Bien, pues, que se imponga y se haga efectiva la obligación de que todos los centros sostenidos con fondos públicos (aunque yo preferiría todos, sin más) sean microcosmos de la sociedad en y para la que están, reflejando su diversidad social y cultural, asumiendo su cuota de alumnos con necesidades especiales y contribuyendo por igual a su éxito. Requerirá, claro está, respetar los límites de lo razonable (en los EEUU, repartir a los niños con autobuses llevó justamente al efecto contrario del deseado), poner los medios adicionales necesarios (los alumnos más difíciles también salen más caros, y con eso no podrá por sí sola la eficiencia privada) y no olvidar que también hay desigualdades, y muy serias, entre los centros públicos (tantas o más que entre los barrios). Dicho lo cual he de añadir que el eslogan de “una oferta suficiente de plazas públicas” se me hace tan engañoso e interesado como el de “atender la demanda social”: el segundo daba pie a que cualquier empresario hábil en mercadotecnia reuniese las firmas suficientes para obtener suelo y fondos públicos, así como para el reforzamiento recíproco de guetos y burbujas; el primero refleja el apetito burocrático-corporativo de crear puestos incluso donde no se piden, ni se quieren, ni se esperan, para a continuación reclamar el cierre de centros concertados y recoger los alumnos para los públicos, como ya hemos visto en no pocas guerras escolares locales. Y bien, cómo no, que se deje de financiar la enseñanza diferenciada por sexos, no porque sea ni conduzca de cabeza al horror (muchos crecimos en ella y nos hemos portado bien), ni porque los argumentos no ideológicos que la sustentan, como el distinto ritmo de maduración, sean falsos, sino porque hay mucho que perder (conocimiento mutuo, comprensión, convivencia)  y poco o nada que ganar (mal andaremos si la escuela no puede lidiar con la diferencia entre el alumno y la alumna medios, pues es mucho mayor entre sólo las alumnas o sólo los alumnos).

Más que preocupante resulta la supresión del mandato de covehicularidad en las comunidades con lengua propia. Es de toda lógica que la cooficialidad de las lenguas exige la covehicularidad en la escuela, ya que la lengua es el primer objetivo, el medio dominante y el principal producto de ésta, y que la promesa de que los alumnos saldrán de la escuela dominando las dos lenguas sólo es un brindis al sol; si con eso bastara, ¿por qué no permitir la escolarización en casa de los alumnos cuyas familias puedan asegurarles el mismo nivel que la escuela? La respuesta viene sola: convivencia, socialización, los iguales… o sea, la ciudadanía. Negar al español la condición de lengua vehicular en las escuelas de Cataluña es un mensaje granítico: aquí sólo somos y formamos catalanes. Está por ver su alcance jurídico: llegó con la LOMCE, no estaba en la LOE, luego mal podrá apreciar inconstitucionalidad el alto Tribunal si no lo hizo entonces. No hay sombra de duda de que el Constitucional ha dicho y repetido que cooficialidad significa covehicularidad, aunque pueda modularse a favor de la lengua más vulnerable; pero el Tribunal lo ha dicho, la Generalitat ha desobedecido, la Alta Inspección no estaba y los gobiernos de España (todos los de izquierdas y algunos de derechas), casi siempre necesitados de unos pocos votos nacionalistas, se han puesto de perfil: la ciudadanía por un plato de lentejas. Con la letra de la ley en la mano, esta (re)omisión no blinda, como se afirma, la sumersión (mal llamada inmersión) lingüística, pero no hay duda de que quiere hacer cambiar el espíritu ni de que debilita a quienes reclaman una escuela bilingüe, deslegitima a los constitucionalistas y enardece  los nacionalistas.

Sin pretender exhaustividad, terminaré señalando dos carencias. Primera, que la ley apenas roza un problema esencial del sistema: su gobernanza, es decir, la distribución de competencias entre las distintas autoridades; de un lado, con la configuración del “autonómico” el gobierno cedió masivamente competencias y presupuesto a las autonomías, que se enrocaron para no pasarlo a los entes municipales ni a los centros; del lado opuesto, los docentes siguen reinando en sus aulas ante la impotencia de las direcciones y órganos de participación social. Federalismo sin poderes federales y centros que no centralizan nada, lo que ha traído el espectáculo de inoperancia y reproches mutuos al que, salvo excepciones, asistimos desde el comienzo de la pandemia. Segunda, un impulso mucho más potente a la innovación y la transformación digital, objetivos en los que están empeñadas las empresas, a los que ya se suman las administraciones públicas pero a los que todavía se resisten una mayoría de nuestras escuelas, las llamadas a formar a los ciudadanos del mañana.

9 ago 2019

Innovación educativa: en objetivos, en procesos y en abierto



Mi tribuna en Cuadernos de Pedagogía 500, julio de 2019
La innovación exige hoy desplazar el eje de la enseñanza al aprendizaje, a la estructura profunda de la institución escolar y la experiencia del aula. Abordar el producto y el proceso, apostar por la eficiencia en vez de la demanda inagotable y a menudo ineficaz de más recursos y abordarse de manera abierta y colaborativa con otros actores institucionales y profesionales.
¿Qué es la innovación? Innovar no es inventar, pues la mayoría de los inventos carecen de uso práctico, o tardan en encontrarlo (son soluciones en busca de un problema). Tampoco es generalizar con éxito una innovación ya probada; esto es difusión, quizá reforma. La innovación está a medio camino. Una definición económica clásica es: un cambio en la función de producción. Una función de producción es, por ejemplo, que un metro cuadrado de tierra, agua abundante y unos ligeros cuidados produce, en tres meses, hasta 10 kg. de tomates; o que un profesor y 20-30 alumnos en un aula, con la tecnología habitual, producen, como media, tres cuartos de éxito en la enseñanza obligatoria.
Una distinción igualmente clásica separa las innovaciones de producto y las de proceso, aunque muchas sean ambas cosas. El primer tomate cultivado en los Andes, o luego sus numerosísimas variantes por el planeta, fueron innovaciones de producto, aunque de resultados diversos (algunos deliciosos, otros no tanto); rotación y barbecho, pesticidas, invernaderos y goteo, hidroponía, etc. han sido de proceso, con el resultado de que hoy se alcanzan hasta 80 kg. La introducción en la escuela de la lectura y la escritura, el cálculo, las lenguas vernáculas, etc. fueron de producto; la lectura silábica, la ‘matemática moderna’, el método de casos o los talleres modelo Naciones Unidas son de proceso.
Resultado de imagen de cuadernos de pedagogia 500En el contexto educativo actual necesitamos innovaciones espectaculares tanto de producto como de proceso. Si el producto de la escuela son los conocimientos, habilidades, competencias, etc., expresados en el currículum, piénsese de dónde vienen las que hoy dominan la vida escolar. La lectoescritura era necesaria para la reforma religiosa (leer la biblia) y el Estado nación (lengua vernácula) y la imprenta, que también la hizo viable, y el cálculo se tornó necesario por la expansión del mercado. En definitiva, la escuela debía preparar a los individuos en los interfaces con su nuevo entorno. Un mundo que ya es global requiere ante todo la lingua franca (el inglés), mientras no termine de solucionarlo Google, pero también conocimiento global, tolerancia y reconocimiento de la multiculturalidad, formación en valores humanos, etc. El entorno digital requiere alfanumerización, comprensión computacional, conciencia de la ciberseguridad, saber distinguir, ponderar y contrastar la información…; un mundo que cambia tan rápido pide flexibilidad, adaptabilidad, resiliencia, creatividad… Se precisa menos saber sumar y restar kilogramos, litros o hectáreas, como aprendió en el aula mi generación, y más saber interpretar estadísticas y grandes números para entender algo alrededor.
Por otra parte, los cambios en el reclutamiento y en la orientación de la educación, que hoy queremos universal desde la primera infancia hasta los dieciocho o más años, inclusiva, con el máximo éxito, a la vez que cobramos conciencia de los nuevos problemas de seguridad, privacidad, autoestima, etc. en el nuevo entorno digital y reticular, nos llevan, creo, a asumir desde la escuela (no en lugar de la familia, sino en espacios a los que ésta no llega), de nuevas funciones de cuidado y tutela de los menores, más allá de la mera custodia. 
No menos necesario, sino más, es innovar en los procesos. El paradigma del aula tradicional: un profesor, un grupo homogéneo, un espacio rígido, actividades y ritmos uniformes ya no se sostiene. Lo que permitió escolarizar a muchos algún tiempo y a algunos mucho, no vale para todos todo el tiempo –y aquí no sólo engañamos a otros, sino también a nosotros mismos. Los alumnos que antes eran etiquetados como inhábiles y excluidos y ahora queremos incluir y llevar al máximo de sus posibilidades, no lo aceptan. La generación que accede a internet en cualquier momento y lugar no puede creer ya que lo que le ofrece el aula valga lo que le exige a cambio. Por añadidura, una buena educación escolar no se puede escalar ad infinitum, reduciendo sin fin las ratios además de los horarios o los años de servicio, ni hace falta. En los próximos años veremos innovaciones cada vez más profundas en la estructura básica de la vida escolar (espacios, tiempos, secuencias, evaluación…) y esfuerzos crecientes por organizarla en torno al aprendizaje, no a la enseñanza, valiéndonos para ello, además del profesor (que será menos transmisor de contenidos y más diseñador de entornos, situaciones, experiencias y procesos), con el uso de otros recursos (colaboración entre pares, tecnologías interactivas, recurso a la red y la comunidad, enseñanza y colaboración en línea…).
No menos común es distinguir innovación cerrada, que nace y queda en un recinto, típicamente una organización o un grupo profesional (como escuela y profesorado), y abierta, cuando nace y progresa distribuida entre organizaciones y grupos y es compartida. La tradición escolar y docente es la primera, pero muchas ideas, incluidas algunas de las mejores, sobre el aprendizaje vienen hoy de otras entidades (empresas, ejércitos, ONGs) y grupos (informáticos, arquitectos, comunicólogos…), y hay que aprender de ellos y a trabajar con ellos.