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Sociólogo, catedrático en la Universidad Complutense. Buena parte de mi investigación ha estado dedicada a la educación, en particular a las desigualdades escolares, la organización de los centros, la participación social, la profesión docente y la política educativa.
También he trabajado y trabajo sobre desigualdades sociales, sociología de las organizaciones, sociología económica. Ahora me interesan especialmente las redes, la internet y, en general, lo que llamo, para que rime, sociedad o era global, informacional y transformacional (SEGIT).

17 de abr. de 2015

Recortes económicos y agendas políticas

Mi artículo de ayer en ctxt (ahí titulado: La enseñanza, al son de las agendas políticas)
El ciclo económico tiene siempre consecuencias. En época de vacas gordas aumentan, en círculos concéntricos, el gasto público, el social y el educativo; cuando llegan las vacas flacas, se reducen. Es improbable que esto pueda sorprender o escandalizar a alguien, pero no es tan simple. La recesión reduce los ingresos públicos… siempre y cuando las fuentes no varíen, es decir, siempre y cuando no haya reformas fiscales progresivas. Lo habitual, no obstante, es que las haya, pero regresivas: para estimular la economía, atraer inversores, etc. suelen suavizarse los baremos y los controles fiscales, aunque raramente produzcan los resultados anunciados. Por otra parte, el gasto no tiene por qué reducirse de manera homogénea. De un lado hay que elegir, en términos políticos, cómo repartir la derrama entre la sociedad: ¿se reducirán los salarios, las pensiones, las becas, las infraestructuras… y en qué proporciones? ¿Es más dramática la situación de los pensionistas o es más importante para el futuro sostener a los becarios? Del otro, no todos los gastos se pueden reducir con la misma facilidad: es más fácil despedir interinos que funcionarios, los pobres que pierden una ayuda de comedor protestan menos que los universitarios que pierden una beca…
En términos económicos abstractos, es decir, abstraídos de las fuerzas sociales que se mueven tras las abstracciones económicas, ya se puede construir un buen argumento contrario a la política de recortes en materia educativa de nuestros gobiernos conservadores. La educación siempre ha sido, por así decirlo, un inversión en capital humano, esto es, un factor importante en la creación de recursos y oportunidades para el futuro, pero la cuestión es que hoy lo es más, cada día lo es más. Y lo es más porque la nueva revolución industrial que vivimos, la transición hacia una economía de la información, una sociedad del conocimiento y una vida de aprendizaje consiste precisamente en eso, en que las oportunidades individuales y colectivas vienen asociadas a la posesión de algún tipo de conocimiento escaso, a la cualificación. El drama, como alguna vez ha señalado el Banco Mundial, es que los países y los individuos económicamente fuertes y conscientes aprovechan los periodos de recesión, desempleo, etc. para mejorar su cualificación (todos recordamos las becas para estudios de máster de 2010 y todos conocemos decisiones individuales de volver al sistema educativo mientras llegan tiempos mejores y para estar en menores condiciones de salir a su encuentro), pero los más débiles o inconscientes hacen justo lo contrario, recortar gastos por donde parece más fácil, y así la brecha se agranda de un ciclo a otro, generando una creciente polarización económica asociada a los niveles de cualificación tanto individuales como nacionales.
Vengan de la incapacidad, de la inconsciencia o de ambas, los recortes en el gasto educativo afectan sobre todo, si no se le pone remedio específico, a los más débiles y gravemente. En el sistema escolar, fuertemente regulado e intensivo en trabajo, la mayor parte del gasto está afectado y es difícilmente modificable, por lo que los recortes suelen concentrarse en las partidas adicionales dedicadas a programas especiales: innovación y experimentación, diversificación y compensatoria, etc. Un pequeño recorte en el total suele conseguirse con grandes recortes en estas áreas menos rígidas. El resultado es que unos pueden perder la subvención para la visita a la granja escuela, pero otros la beca de comedor o de libros de texto. Los que más sufren son, así, los más vulnerables, quienes carecen por sí mismos de los recursos necesarios para afrontar una serie de gastos inevitables asociados a la educación pero no cubiertos por el presupuesto público: libros y materiales, comidas fuera de casa, transporte, clases de refuerzo…, o de gastos extraordinarios asociados a sus necesidades especiales (apoyos dentro y fuera del aula).
Pero el problema no se reduce a los recortes más o menos obligados, forzados o simplemente propiciados por la recesión. Un problema añadido, quizá más grave, es que las fuerzas a las que el electorado ha encargado gestionarla tenían y tienen su propia agenda política. Esta es múltiple y variada, pero comprende dos capítulos particularmente relevantes aquí: el primero es la apuesta por la enseñanza privada (y si es posible confesional), al menos para los hijos de las familias bien (y para satisfacer a la iglesia católica), así como por un cuasi-mercado en la educación (centros especializados, familias que eligen, distrito único…); el segundo es la convicción de que no todo el mundo vale para estudiar, por lo que conviene separar antes las cabras de las ovejas, adelantar la bifurcación de la enseñanza general entre académica y profesional y no desperdiciar recursos empeñándose en lograr los mismos resultados para todos. Las consecuencias pueden resumirse en cierto impulso a la privada, mayor diferenciación entre los centros públicos y abandono a su suerte de los más vulnerables.
Sería un error, no obstante, ver esto como una película de buenos y malos, defensores de lo público y neoliberales privatizadores, la educación como derecho o como mercancía, etc.. La tradición cultural del profesorado y de la izquierda y la crispación producida por la crisis y los recortes recientes y vigentes propician esta visión maniquea, pero no cambian la realidad.
La tendencia a la privatización y diferenciación de los centros escolares es una tendencia social, que puede ser favorecida o refrenada desde los poderes públicos, pero que estos ni se inventan ni pueden manejar a capricho. La escuela privada es un legado histórico del peso de la iglesia y de la debilidad del Estado, pero también una reacción contra el desengaño con la escuela pública. La diferenciación tanto de la privada como de un sector de la pública (centros de excelencia, bilingües o, simplemente, ubicados en un buen barrio). La expansión de la privada en particular, sin ignorar por ello la alfombra roja que le extienden desde hace tiempo algunos gobiernos regionales conservadores (manifiestamente los de las Comunidades Valenciana y de Madrid) y ahora el de la nación, es una tendencia general que se apoya en las ciudades, en las clases medias, en la presión por el logro educativo y en los problemas de la pública. Se suele poner como ejemplo de política privatizadora la de los gobiernos madrileños, lo que es correcto, pero se olvida, que mientras que el peso de la concertada es del 21.5% en Madrid,llega al 27.8% en el País Vasco. De hecho, sabemos por la evidencia anecdótica que la gran mayoría de los centros privados y concertados tienen lista de espera, cosa que sucede en muy pocos públicos, así como por varias encuestas que la matrícula en la concertada sería mayor si la oferta estuviese más uniformemente repartida por toda la geografía.
Por otra parte, en materia de recortes ni son todos los que están ni están todos los que son. Reducir el gasto en algo puede calificarse de recorte cuando supone que ya no se obtendrá en la misma medida, es decir, que no se puede obtener el mismo resultado a menor coste, porque entonces se llama elevar la eficiencia. En el mundo de la educación se da por sentado que no se puede reducir ni un solo coste, en una suerte de celebración masoquista de la enfermedad de los costes Baumol. En realidad, lo que dijo Baumol es que, para interpretar un cuarteto de cuerda de Beethoven se necesita hoy el mismo número de músicos y durante el mismo tiempo que en cuando se compuso, hace dos siglos. De hecho, según los portavoces habituales del profesorado (algunos autodesignados), hay además que reducir constantemente el auditorio y la audiencia si se quiere que todos disfruten de la música. En realidad lo que ha sucedido con el cuarteto de cuerda es que los auditorios han crecido, el coste de traslado de los músicos se ha reducido y, sobre todo, la ejecución resultante se puede hacer llegar a un público de otro orden de magnitud gracias a las reproducciones analógicas y digitales y la radiodifusión. La pregunta es: ¿habrá alguna manera de mejorar la eficiencia de nuestro sistema educativo –además de la eficacia, que tampoco es mucha–, o la única opción añadir siempre más recursos aunque no se traduzca en resultados?
Existen, en fin, otros recortes que no deberíamos ignorar. Si reducimos cuarenta docentes a treinta y cinco es un recorte, pero lo interesante es que hay más maneras de hacerlo de las que se cree. Una, por supuesto, es despedir, no renovar, no reponer, etc., la que con justicia se reprocha hoy a la política de austeridad. Pero he aquí otra: se toma a los profesores que normalmente tendrían una vida laboral de cuarenta años y se les ofrece reducirla a treinta y cinco sin merma de ingresos; el tesoro público sigue pagando los cuarenta, pero son cinco menos, o hay cinco docentes menos en las aulas porque se han ido a casa. Esta aparente fábula no es tal: se llamaba jubilación anticipada LOGSE, después LOE, y funcionó durante dos largos decenios. Háganse las cuentas: sin que el erario público se ahorrase ni un euro (al contrario, pues tenía que contratar nuevos profesores), se reducía la vida laboral del funcionario docente en ⅛, es decir, en un 12.5%. Sin mayores precisiones basta un cálculo grueso: más del 80% de los gastos corrientes en la educación no universitaria son gastos de personal, por lo que una sencilla multiplicación cifraría ese recorte oculto en un 10% e los gastos corrientes (que a su vez se sitúan en torno al 90% de los gastos totales).
Si reducimos las horas de docencia de un profesor (los primeros recortes oficiales, en sentido contrario, consistieron en aumentarlas para contratar menos profesores, por ejemplo en Madrid, con un sonado rifirrafe entre la entonces presidente de la CAM y los sindicatos), podemos estar haciendo dos cosas: la primera es elevar la eficacia docente, por tanto la calidad de la educación, pues se supone que los profesores tendrán así más tiempo para preparar sus clases, proyectos, innovaciones, etc.; la segunda es, simplemente, reducir las horas de clase que imparte el profesor, si es que este no asume la contrapartida prevista, aunque habrá que contratar algún otro para que el alumno no vea reducidas las horas de discencia –o sea, otro recorte. Esta sería un recorte oculto por un sobrecoste. La teoría se inclina por lo primero, pero la práctica revela a veces lo segundo, y el problema es que no contamos ni con la cultura profesional adecuada, ni con los controles ni con los incentivos para asegurar que estamos aumentando la calidad en vez de los costes.
La actual crispación del mundo educativo español se basa, en gran medida, en una guerra entre empresarios y funcionarios en la que estos deberían saber distinguir sus propios intereses de los del público y en la que lo mejor que puede hacer este es tratar de identificar sus propios intereses y formular sus propios objetivos, sin subordinarse a los cantos de sirena de unos u otros.








22 de mar. de 2015

El paréntesis escolar

    Aunque muchos piensen que hay escuela desde que hay historia, la institución es reciente, producto y productora a la vez de la modernidad. Antes fue una excepción: para las clases acomodadas de las ciudades en un mundo rural y para las elites burocráticas y hierocráticas en un mundo de trabajo manual. Sólo con la modernidad, es decir, con la reforma protestante, el Estado-nación, la fábrica, el mercado, la urbanización, la codificación... llega la necesidad y la oportunidad de la escuela. 
    Se puede buscar tantos antecedentes y precedentes como se quiera, pero, si hay que datar el despegue de la escuela de masas, parece razonable fijarse en el surgimiento de la common school impulsada por Horace Mann (inspirado por Prusia) en Massachusetts, pronto generalizada a la Unión (y que inspirará a su vez a Giner de los Ríos, entre otros) y en la école unique francesa, promovida por Ferry, Buisson y Durkheim; es decir, entre las décadas de los cincuenta y los ochenta del siglo XIX.
    Hasta entonces la infancia aprendía, incluso era educada, pero raramente escolarizada ni, por tanto, enseñada. En ese dicho africano según el cual hace falta una aldea para educar a un niño, que tanto gusta a los docentes cuando demandan, con razón, apoyo, pocos reparan en que para nada se menciona a la escuela. La escolarización representa un cambio drástico respecto a toda la historia anterior de socialización familiar, aprendizaje en el trabajo, moralización religiosa, etc., cambio que consiste en acotar y especificar el espacio, el tiempo, el contenido, el método, la evaluación y los agentes del aprendizaje (ahora enseñanza) en ese conjunto de dimensiones y relaciones que llamamos escuela, o sistema educativo. 

    Numerosos signos anuncian que ese monopolio ha llegado a su fin. Seguramente no será muy distinto de lo que está sucediendo con la prensa y los medios de difusión (mal llamados de comunicación), que han perdido el monopolio de la información, con la publicidad, con la política, etc. Si la mayor parte de la enseñanza no fuera obligatoria, si no cumpliera además la importante función de custodiar a niños y adolescentes, si no fuese que estos aceptan e incluso quieren ir a la escuela porque allí están sus pares sin alternativa a la vista, o si la universidad no conservase todavía el monopolio de títulos que son la llave para las profesiones, la crisis del sistema educativo estaría al menos tan avanzada como la de los medios, la publicidad o las discográficas.

    El problema, en el fondo, es que el aprendizaje necesita cada vez menos de la enseñanza, o más en concreto de la escuela. Puede ser útil, pero ya no es imprescindible. O puede ser imprescindible por otros motivos (como la custodia o la mera socialización), pero ya no para el aprendizaje. Puede, en fin, que la concentración de aprendizaje y educación en la escuela resulte, a la postre, un mero paréntesis, es decir, una etapa histórica con un principio y con un fin. Un indicio de ello podría ser el peso relativo de enseñanza y aprendizaje en las preocupaciones sociales. El ngrama que acompaña a este texto sugiere precisamente eso a través de de un indicador indirecto pero relevante como es el de los títulos de libros publicados en los últimos doscientos años. Al principio era el aprendizaje; durante un tiempo, que viene a coincidir con el periodo halciónico de la escuela que discurre del surgimiento de los grandes sistemas de masas a la democratización del acceso, quedó subordinado a la enseñanza; ahora, en un proceso que arrancaría con los movimientos críticos de los sesenta y estalla con el desarrollo de las tecnologías y de las redes, se libera de nuevo. Y así se cierra el paréntesis.

7 de mar. de 2015

Hay que quitarse el sombre ante los jesuitas

     Ayer, mientras viajaba a Barcelona, preparaba el guión para mi intervención en la jornada Volem Politicas Educatives Locals!, de la Federació de Municipis de Catalunya. Mi argumento, muy resumido, iba a ser y fue que en el sistema educativo, frente al viejo énfasis repartido entre lo macro (el sistema centralizado, la política educativa, ministerios y departamentos y las corrientes pedagógicas con elixir mágico) y lo micro (el profesor enclaustrado en su aula, su grupo, su asignatura, entregado a su librillo o infatuado con la libertad de cátedra), hay que apostar por el nivel meso, intermedio, que puede y debe materializarse en proyectos de centro (pero proyectos reales, abiertos y cambiantes, en colaboración con la comunidad) y en políticas locales (para áreas que no precisan ser las municipales, pues la mayoría son demasiado pequeñas para integrar el conjunto de las enseñanzas no universitarias o demasiado grandes frente a los espacios factibles de la vida cotidiana).
     La cuestión es que pretendía ejemplificar esa época pasada en que se pretendía dar una misma forma a la educación de todos, trasunto del one best system taylorista, en hitos de la historia de la educación como fueron, en su momento, los cuerpos nacionales de magisterio, las escuelas normales o, mucho antes, la Ratio Studiorum y De ratione Discendi et Docendi de los jesuitas. Estos planes (rationes) pueden considerarse el más claro y exitoso intento premoderno de regular con carácter uniforme el contenido y los métodos del aprendizaje y la enseñanza escolares, luego emulados por doquier por otras órdenes y en  las regulaciones estatales.
     Los jesuitas, después de todo, nunca fueron cualquier cosa, menos aún en la enseñanza. Crearon por medio mundo la red más potente de escuelas; hicieron de ellas el brazo armado (cultural) de la contrarreforma católica; educaron a buena parte de las élites donde quiera que fueron; sobrevivieron a su expulsión de media Europa, Japón e Iberoamérica; han sido la principal cantera de la teología de la liberación... No hace falta recordar que sus colegios gozan hoy de una elevada reputación (incluso entre sus adversarios); que suyas son universidades como Georgetown en los EEUU, Sophia en Japón, Deusto y ESADE en España y uno o dos centenares más (según qué se incluya) por todo el mundo. Francis Bacon dijo de ellos, como Agesilaus de su enemigo Pharnabus: Talis quum sis, utinam noster esses, que venía a querer decir: sois tan buenos que ojalá estuvierais de nuestro lado.
     Pues divagando sobre eso estaba yo, y navegando por el teléfono, cuando me llegó un tweet de Xavier Martínez Celorrio con la noticia: Los jesuitas (de Cataluña) eliminan las asignaturas, horarios, aulas y exámenes de sus colegios. No voy a dar aquí los detalles, pero pueden consultarse en el proyecto Horitzó 2020, que  tiene todos los ingredientes de una transformación radical de la escuela; quizá no de esas que se proponen Negroponte, Kahn o Mitra, pero sí en línea con Prensky, Schank, Gee y otros.
     Cierto que nadie es perfecto. No sé todavía qué pensar de su "Nuweva Etapa Intermedia", No consta que dejen de ser jesuitas ni sus escuelas, por tanto, de ser confesionales, ni que no vayan a seguir siendo, la mayoría de ellas, altamente elitistas. Pero ahí reside precisamente la bomba: una orden religiosa viene a agitar las aguas estancadas del sistema educativo español y a dar sopas con honda a la escuela pública. Preferiría que hubiera sido al revés, o al menos que hubieran sido unas nuevas escuelas racionalistas, pero... "Transformar la educación es posible", dice el director general de la Fundació Jesuïtes Educació, Xavier Aragay, y en este caso no es mera retórica.

3 de mar. de 2015

Mobile Orbis Pictus


    "Llegará un día en que el profesor diga a los alumnos al inicio de la clase: 'Encended los móviles', en lugar de decirles que los apaguen." Eso anticipa Mariano Jabonero, según cita Susana Pérez de Pablos en un artículo del pasado 23/2 en El País. Ojo a la fuente: Mariano es Director de Educación de la Fundación Santillana (sí, la de ediciones Santillana, los libros de texto, etc.); Susana es hoy la jefe de sección de ciencia y tecnología en ese diario y fue mucho tiempo la principal encargada de cubrir el ámbito de la educación; el diario, como todos saben, es todavía el buque insignia del grupo PRISA, a su vez propietario del Grupo Santillana. Léanlo bien: una periodista nada despistada del principal grupo de comunicación se hace eco de la declaración de un experto y directivo de la fundación de lujo del mayor editor de libros de texto... para decir que viene el móvil. Para esa gente y esas empresas la tecnología no es ninguna broma: El País, como otro muchos medios, ha visto descender radicalmente difusión y publicidad, sus dos fuentes de ingresos, por la competencia indirecta de la red, y cualquiera podría pensar que los editores de libros de texto podrían estar temblando ante un riesgo parecido (lo que no es el caso, pero dejo este interesante asunto para otra ocasión).

    No cunda el pánico: no todo el mundo está de acuerdo. Unos días después, en la sección de opinión del mismo medio se publicaba una carta, El móvil en el aula, no, de una lectora-corresponsal ya habitual que ha dado en abrazar todas las causas conservadoras del profesorado, lo que es su derecho. No son los últimos mohicanos, sino la expresión de un estado de opinión aún mayoritario, creo yo, aunque ya nada unánime. Todavía a finales del pasado año la prohibición del móvil en el aula se pretendía legislar en Galicia, se legislaba en Castilla-La Mancha, se proponía por el Consejo Escolar en Girona o se aplicaba en todos los institutos de Oviedo, una lista solo anecdótica. No crean que es la piel de toro, aunque aquí aguantamos más: en 2009 el alcalde de Nueva York, Bloomberg, reprochaba a los alumnos que "a la escuela se viene a aprender, no a jugar a los juegos y enviar sms", si bien es cierto que en las mismas fechas el Secretario (ministro) de Educación, Duncan, hablaba de "buscar maneras de utilizar los móviles para enseñar" –tienta añadir que el primero era repúblicano y el segundo no..., pero era independiente y antes había sido repúblicano y demócrata, .

    Ronroneando este asunto me ha venido a la cabeza nada menos que el Orbis Sensualis Pictus (El mundo visible en imágenes), o simplemente Orbis Pictus, de Comenio (Comenius, Komensky, Komenskeho). El Orbis Pictus es considerado el primer libro de texto. Su primera edición fue en 1658 en Alemania, pero en 1659 ya tenía traducción inglesa y pronto fue el libro más utilizado en toda Europa (alguna vez he escrito ya que el globofóbico sector de la educación es uno de los primeros ejemplos de globalización avant la lettre). Entonces había pocos libros, menos todavía libros escolares. También Comenio (que no por casualidad da nombre al programa europeo de cooperación en la enseñanza preuniversitaria) puede ser considerado el fundador visible de la escuela entonces moderna, hoy tradicional.
    Piénsese en lo disruptivo del Orbis Pictus en aquel momento. Para empezar, un libro, cuando la mayoría de las escuelas no contaban con tal cosa (la resistencia de Sócrates a la escritura tuvo su eco en los albores de la imprenta, cuando más de uno se preguntaba qué harían los mortales ante tal profusión de libros). Pero, además, un libro ilustrado, es decir, lleno de dibujos para acercarse a la sensibilidad de los niños. En la jerga de hoy se podría haber dicho que era un artilugio multimedia, incluidos los más modernos media: texto impreso e ilustraciones igualmente impresas.
    No resisto señalar otros aspectos. El texto de consistía casi todo en frases brevísimas, casi unos sms de la época. La primera edición fue bilingüe, en la lengua nacional, alemana, y en la lingua franca, por entonces el latín (¿se imaginan esto en Cataluña, con un ataque de histeria en el Departament, o en Madrid, con la indignación de tantos profesores); la edición inglesa también fue bilingüe, en inglés y en latín, porque el primero sólo era una lengua local. Pero Comenio era Komenskeho, o sea checo, y en 1666 se hizo la primera edición checa... ¡que fue una edición cuatrilingüe!, en checo, húngaro, alemán y latín (¿se imaginan eso en Les Illes?). ¡Qué tiempos aquellos en que todas las lenguas parecían pocas incluso en primaria, en que en lugar se la inmersión se trataba de sacar la cabeza del charco!).
    Pero bueno, tampoco nos pongamos sentimentales. Orbis Pictus fue, después de todo, un libro de texto. Genial para su tiempo pero claro anuncio de lo que luego vendría. El libro de texto es al libro... lo que la música militar es a la música, que diría Groucho Marx. En serio: el libro de texto es al libro lo que un microtelevisor (de esos que antes se vendían  en los bazares indios y las tiendas de los aeropuertos) es a un teléfono inteligente. La hostilidad de tantos docentes al móvil no es distinta de la que sentirían hacia la biblioteca si, como este, cupiera en el bolsillo del alumno. En sentido opuesto, el móvil se puede usar como un mero televisor, igual que una biblioteca se puede limitar a manuales.
    La cuestión es si se intenta cerrar el panorama del alumno, sea con lecciones magistrales, con libros de texto o con aplicaciones cerradas, o si se opta por introducirlo, acompañarlo y guiarlo en un mundo abierto.
Disclosure: Sí, en mi clase se pueden encender los móviles. No son mi opción favorita, pues prefiero tabletas y, mejor aún, portátiles por las dimensiones de la pantalla y, sobre todo, del teclado, pero en todo caso pueden y deben, en todo momento (es la universidad, cierto) encender y conectar algún dispositivo, preferentemente el suyo. Buena parte de lo que hacemos discurre a través de plataformas que cuentan incluso con sus propias aplicaciones para móviles (como Classroom, YouTube. Calendar) o son más o menos adaptativas (responsive, como Wikispaces, Moderator, Kidblog, Vialogues, Genius), aunque algunas no lo son en absoluto (como PRAZE, TeamMates). Comenio, con seguridad, no se habría conformado con menos.

19 de ene. de 2015

De la información al conocimiento... pero en serio

Con este título publico en el nº 5 (2ª época) de Participación Educativa, la revista que edita el Consejo Escolar del Estado, dedicado al tema "Conocimiento, políticas y prácticas educativas", un artículo sobre usos, abusos y malos usos de la información y la investigación en el mundo educativo. Comprende una reflexión general sobre información y conocimiento en este ámbito y una recensión (ese era el propósito original) de dos revisiones muy distintas sobre la mejora y la innovación: la monumental y muy poco conocida de John Hattie y la tan publicitada como raramente leída de Includ-Ed.


La avalancha de información sobre la educación llegada de la mano de las evaluaciones internacionales, los datos masivos y la investigación académica y profesional, sumada al ingente acervo de conocimiento tácito propio de la profesión docente, sitúa al educador ante el imperativo práctico de separar el grano de la paja y al investigador ante el imperativo moral de presentar sus resultados en su justo valor. Este trabajo  examina el panorama de la sobrecarga informativa para luego centrarse en dos intentos de síntesis de los resultados internacionales de la investigación científica, Visible Learning y Actuaciones de éxito en las escuelas europleas, cuyo contraste revela la tensión en última instancia entre ciencia e ideología.


Palabras clave: mejora de la educación, innovación educativa, buenas prácticas, investigación educativa,  aprendizaje visible, Hattie, Includ-ed, políticas basadas en evidencia

The information flood on education coming from international assessments, big data and academic and professional research, now coupled with the enormous legacy of tacit knowledge characteristic of the teaching profession, is placing educators before the practical imperative to separate the wheat from the chaff and academics before the moral imperative to assign research findings their right value. This paper first offers an overview or informational overload and then concentrates in two aatempts to synthetize international research findings, Visible Learning and Actuaciones de éxito en las escuelas europeas, whose contrast reveals the ultimate tension between science and ideology.

Keywords: educational improvement, educational innovation, good practice, educational research, visible learning,  Hattie, Includ-Ed, evidence-based policy

12 de ene. de 2015

Invertir más, gastar mejor y lograr un sistema más justo

Crisis, austeridad y recortes; fracaso escolar, abandono prematuro y desempleo juvenil; aumento de la desigualdad, retroceso de la movilidad, revalorización del capital humano: todo esto trae de nuevo a colación, con más fuerza que nunca, la problemática de la financiación de la educación. ¿Qué educación debe ser gratuita y qué otra de pago? ¿Cuánto, en qué y cómo gastar? En estos días he publicado dos textos, de distinto alcance, sobre el tema. Uno, muy breve, una pequeña columna en La Vanguardia (¿A dónde debe ir el dinero?) que reproduzco aquí entera; otro, mucho más amplio, un artículo en la revista Avances en Supervisión Educativa (Del derecho incompleto a la educación: gratuidad escolar, costes indirectos y política educativa) del que reproduzco aquí el resumen, pero puede leerse en íntegro en el enlace anterior.

¿A dónde debe ir el dinero?

Un sistema escolar que satisface a pocos, un gasto púbico siempre menor que 5% del PIB, recortes producto de la austeridad europea y la insensibilidad de las derechas... a las puertas de la sociedad del conocimiento y a la cola de Europa 2020. Obvio: hay que gastar/invertir más. Lo ya nada obvio es en qué ni cómo, pero vayan unas recomendaciones generales:
  1. En la educación de todos antes que en de una (incluso amplia) minoría. Por tanto, en hacer efectiva la igualdad 3-18. Desde los 3, porque es imprescindible y ya es universal. Hasta los 18 porque asumimos el objetivo del 85-90% con título post-obligatorio, que implica dar opción a todos.
  2. En los costes indirectos de 3-18: libros y material escolar, comedores, transporte, custodia, apoyo académico y un módicum de extraescolares. Es de justicia educativa y supone poca redistribución.
  3. En el refuerzo a quienes llegan con el lastre de una desventaja social: oferta obligatoria en Infantil-I, compensación y apoyos en toda la obligatoria, becas y ayudas recuperables y por mérito en la superior.
Y dos errores fatales a evitar:

  1. Gastar en más de lo mismo, que es lo que las organizaciones piden: más docentes, ratios más bajas, menos horas... El modelo está obsoleto y hay poco que ganar reforzándolo.
  2. Gastar más donde se oiga más ruido. El fragor viene de sindicatos docentes y de estudiantes universitarios, que tienen más músculo y más voz y marcan la agenda de otros sectores (alumnos, padres) y actores (partidos, intelectuales, medios), pero las suyas no son las necesidades más perentorias, ni las reivindicaciones más justas ni las inversiones socialmente más rentables.
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Del derecho incompleto a la educación: gratuidad escolar, costes indirectos y política educativa

Resumen
Se examinan los costes indirectos de la educación asociados a la escolarización gratuita y financiados como gasto familiar, particularmente para las etapas obligatoria y de oferta obligatoria. Se discuten más detalladamente las implicaciones para los libros de texto, los comedores y las actividades de apoyo. Se examinan las consecuencias de este gasto familiar para la gratuidad y sus efectos en términos de la igualdad o desigualdad educativa y social. Por último, se analizan implicaciones de todo ello con los intereses colectivos en juego y para la política educativa.
 
Palabras clave: 
Justicia escolar, gratuidad, equidad educativa, libros de texto, comedores, actividades de apoyo, eficacia escolar, eficiencia escolar
A half-way right: free education, indirect costs, and educational policy

Abstract
This paper examines those indirect costs of education associated to state funded schooling that come to be privately financed by families, specially those linked to mandatory or mandated provision schooling. Discussion is more detailed about textbooks, school meals and academic support activities. Then we study the consequences of this private spending for gratuity and its effects related to educational and social equality or inequality. Finally, we analyze the implications related to sectional interests at stake and educational policies
Key words: 
Educational justice, gratuity, educational equity, textbooks, school meals, academic support, school effectiveness, school efficiency

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26 de dic. de 2014

De la servidumbre personal a la adscripción a la gleba, pasando por la impostura

Llama la atención que llevemos medio siglo hablando de la endogamia universitaria y no hayamos hecho más que reforzarla. Bien es cierto que, aun siendo la metáfora más común, no es la única: la otra es el feudalismo, que expresaría la dependencia personal del aspirante o el profesor junior respecto del senior. Poca gente se atreve a hacer una defensa pública de la endogamia, pero se ha hecho, e intensa, con eufemismos como la promoción profesional (garantías de ascenso sin cambiar de universidad), la estabilidad de los equipos de investigación (que se verían rotos por la movilidad), la vinculación al entorno (siempre mejor garantizada por los de aquí), etc. Por otra parte, nunca fue difícil encontrar medidas contra la endogamia, teóricamente muy sencillas aunque políticamente muy conflictivas. Habría bastado con formar los tribunales en mayor proporción o enteramente por sorteo –entre áreas de conocimiento lo bastante amplias para impedir el dominio de pequeñas cliques–, compensar los costes ocasionales de la movilidad geográfica y automatizar la estructura de las dotaciones, es decir, regular la ratio de catedráticos, titulares, etc. por estudiante.
Sé que esto último suena algo exótico y arbitrario, pero es el meollo de la cuestión. Contra lo que suele pensarse desde fuera, el impulso endogámico viene más del profesorado junior que del senior. La razón es sencilla: para este puede representar un esfuerzo no deseado, pero para aquél supone el riesgo de quedarse en la calle y, aunque el riesgo colectivo es un juego de suma cero, el de perder una oportunidad cercana parece pesar más que el de ganar muchas oportunidades lejanas. En una situación dada, los profesores habitualmente procuran restringir plazas de mayor nivel que las suyas hasta que ellos estén en condiciones de ocuparlas. El resultado es que sus estudiantes sólo cuentan con docentes de menor nivel y experiencia, mientras que en los entornos más antiguos se apilan los veteranos y de alto estatus, a veces con cada vez menos alumnos. Las plazas gravitan en torno a los intereses de los profesores, no de los estudiantes, que a ese respecto ni importan a nadie ni suelen saber qué les va en ello; y las decisiones se toman, dada la autonomía de universidades, centros y departamentos, en estructuras locales y/o de especialidad. La endogamia no se juega en el momento puntual, final y visible de la oposición o el concurso públicos, sino en un largo, previo e invisible rosario de decisiones, en despachos y pasillos, sobre la asignación, la denominación y el calendario de las plazas. Es aquí donde la democracia corporativa hace estragos.
La diferencia entre poner el foco en la endogamia o el feudalismo no es trivial: aquella es el problemadel outsider excluido; este, el del insider bloqueado. Las reformas universitarias, en particular la acreditación del profesorado por la ANECA, han emancipado, hasta cierto punto, al segundo a costa del primero. En mi área se atribuía a un catedrático la boutade de que, si quisiera, podría nombrar tal a una farola y, a otro, la de que un concurso oposición era la boda entre el departamento (personificado por él) y el aspirante, con los vocales de fuera de meros testigos del acto. Ganó el segundo: la acreditación por la ANECA acabó con las farolas, asegurando que el profesor que accede a un cuerpo no ha sido hasta ese momento una absoluta nulidad, pero se ha transfigurado en un presunto derecho subjetivo del acreditado a la promoción in situ, de modo que sólo queda acelerar que la universidad dote su plaza y el departamento organice su concurso.
No era esa la intención, pues la acreditación se concibió como lo que su nombre indica, una condición necesaria pero no suficiente, pero ha sido el resultado: largas listas de acreditados a los que sus universidades van atendiendo por orden, según las disponibilidades presupuestarias, con la paradoja añadida de que así resultan ser las agencias externas (la ANECA y las anequitas autonómicas, siempre más cariñosas con los nativos) las que determinan, aun sin quererlo, la composición del profesorado de cada universidad (tanta retórica sobre la autonomía universitaria para eso). Cuando una plaza llega se le da la denominación adecuada, a la medida del candidato, y se forma un tribunal con tanta gente tan de dentro como la ley permita (las autoridades de la universidad te reconvienen si no lo haces). Normalmente el candidato acudirá solo, pues los posibles competidores saben que la plaza tiene bicho aceptan que no es su turno, los vocales por sorteo asumirán su papel de testigos y la universidad seguirá jactándose de contar con los mejores cerebros del país. La endogamia está tan aceptada que, aunque acudan otros concursantes, hay muy poco riesgo de que los vocales foráneos dejen de apoyar al concursante local, pues ya es casi una regla moral: después de todo, ellos mismos recibieron ese trato la última vez que concursaron y esperan volver a recibirlo la próxima. En un contexto de endogamia generalizada concursar desde fuera o apoyar a alguien de fuera, no importa por qué ni por quién, llegan a considerarse conductas desviadas.
Así se ve cuán desafortunada es la metáfora del feudalismo y qué poco saben de este quienes la utilizan. El feudalismo, el de verdad, era bidimensional: dependencia del señor y adscripción a la gleba (la tierra cultivable o, en sentido estricto, arable). Digamos que era vertical y horizontal a la vez: el siervo debía servir al primero y no podía escapar de la segunda; en contrapartida, tampoco podía ser expulsado, por eso no a todos les hizo mucha gracia su liberación (Marx ironizaba por ello sobre el trabajo libre). No faltan profesores, sobre todo entre los beneficiarios de la combinación de acreditación externa y endogamia (lógicamente) interna, que han querido ver en esto una revolución, incluso una “revolución científica y democrática”, pero la realidad dista mucho de estos ditirambos. En un mundo formado sólo por los señores y sus siervos, o viceversa, la supresión de la servidumbre habría sido para todos el salto a la libertad y la igualdad, pero en el mundo real tanto antes como después se quedaron fuera los excedentes (los campesinos no primogénitos, o sea, la mayoría), los desposeídos y los recién llegados (por ejemplo, los gitanos, los últimos inmigrantes). En la universidad española sucede hoy lo mismo: los que llegan tarde, es decir, los que llaman a la puerta cuando se ha detenido el crecimiento de las plantillas, o los de fuera, es decir, los que proceden de otros lugares o han perdido su silla creyendo en la movilidad, tienen poco que hacer, porque los de dentro han hecho su revolución. Hay menos servidumbre, pero también más adscripción y, por tanto, más exclusión.
Desde el punto de vista de la distribución de las oportunidades esto implica que sólo hay un momento realmente competitivo en el acceso a la universidad: el primero. Una vez conseguida una beca o una ayudantía, su titular se considera con derecho a una carrera sin límites, sin desplazamientos y sin sorpresas en la que la competencia se reducirá a concurrencia, pues unos escalarán más deprisa y otros más despacio, pero por escaleras independientes. Esta adscripción generalizada al terruño tiene beneficiarios y perjudicados, y el lector puede decidir de qué lado está, pero es netamente perjudicial para la institución. En primer lugar, reduce los incentivos para los individuos y las posibilidades de captación de talento para las instituciones. En segundo lugar, produce, como consecuencia, una distribución muy subóptima de los recursos –es como si, en vez de migrar de las actividades en decadencia a las más dinámicas, la población permaneciera eternamente en su primer empleo dejando a la empresa la tarea de sacar algún provecho de ello. En tercer lugar, al congelar la movilidad se yugula la diversidad, que es, sabemos, el principal factor de la innovación. En cuarto lugar, se empuja al profesorado a orientar su carrera a la caza de puntos en los baremos considerados por las agencias de acreditación (en un perfecto caso de Ley de Campbell) y la caza de dotaciones dentro de su institución.
En quinto, y último, lo más importante: la endogamia corroe y destruye la fibra moral de la profesión y de la institución. El problema no es si las universidades reclutan su personal dentro o fuera o, como solemos decir economistas y sociólogos, en el mercado de trabajo interno o externo, pues se puede hacer una defensa de ambas opciones o de cualquier combinación entre ambas. El problema es que dicen una cosa y hacen otra, o sea, que engañan descaradamente a la sociedad e incluso se engañan lamentablemente ellas mismas. Engañan y se engañan la institución, la profesión y los profesores. Recuérdese que toda la normativa universitaria, externa o interna, sigue insistiendo en la apertura de centros y plazas y en los principios de igualdad, capacidad y mérito, mientras que predominan las prácticas conducentes a la endogamia total: plazas con bicho, tribunales como meros testigos y los concursos con un único concursante. Si se seleccionara así a los operarios de una cadena de montaje sería injusto para los otros aspirantes, pero ahí acabaría todo: tratándose de los educadores de todas las profesiones, de los investigadores de cuya ética depènde la fiabilidad de la investigación, de profesionales con un altísimo grado de autonomía individual cuyo desempeño depende en gran medida de su propia ética, se comprende enseguida que el modo de acceso es más que preocupante. No quiero decir que haya destruido la profesión universitaria, pues, por un lado, sé que eso depende de otros factores y, por otro, vivo en ella y soy testigo de que comprende lo mejor y lo peor, pero sí que empuja justamente en dirección opuesta a la pretendida.
    Por otra parte, además de parcial, dado que olvida la gleba y las miserias a ella asociadas, la metáfora del feudalismo es unilateral y profundamente inadecuada, no importa lo muy popular que resulte perorar sobre el asunto. Tienta concluir que se lanzas filípicas sobre la servidumbre ya superada precisamente para echar humo sobre la endogamia reforzada –o, al menos, para mejor vivir en paz con uno mismo. El precedente no imaginario sino real de la relación entre el profesor veterano y el novel no es la relación entre señor y siervo, sino entre maestro y aprendiz: también de origen medieval, también teñida por un vínculo personal, también degenerable en la indenture servil, pero mucho menos asimétrica. Una diferencia esencial es que el siervo no llegaba a señor, pero el aprendiz sí lo hacía ordinariamente a oficial y, con frecuencia, a maestro. Otra es que maestro y aprendiz ejercían una misma profesión y compartían tareas, mientras que siervo y señor no tenían ninguna actividad propiamente común (incluso en la guerra, aquél luchaba a caballo y acorazado, éste a pie y sin protección, aquél se había entrenado toda su vida para ello y éste nunca, mera carne de cañón). La relación entre maestro y aprendiz –entre profesor senior y junior, entre profesor y becario, entre director y doctorando–, es parte de lo que hoy llamaríamos comunidades de práctica, participación periférica legítima, aprendizaje situado o práctica reflexiva (Rogoff, Lave, Wenger, Argyris, Schön...), es decir, de un proceso formativo que debe ser conservado y protegido, porque es mucho más intenso y productivo que la burocrática e insulsa relación docente-alumno en el aula que inunda el sistema escolar en general y el universitario en particular. Pero esto es otro tema: baste señalar aquí que confundirla con una relación de servidumbre amenaza con tirar el niño con el agua sucia del baño.