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16 oct 2016

Correa y los exámenes

Esto es una práctica habitual del país, del sistema: existen muchos Franciscos Correa. Todo el mundo copia en los exámenes -al que le cogen lo expulsan. A mí me cogieron y estoy aquí sentado en el banquillo. (Declaración ante el tribunal del caso Gürtel, 13/10/16).

¿Les suena? Daría para ponerse tremendista, pero tampoco hace falta. Poca gente, desde luego, pasaría tan fácilmente de las chuletas escolares a la trama Gürtel, pero, salvando las distancias y sin perder de vista las proporciones, el argumento sí que merece alguna reflexión.
  1. Se puede estafar al sistema. Lo que es de todos no es de nadie y, en consecuencia, puedo hacerlo mío. Seguro que Correa era de fiar en las relaciones bilaterales: un colega, o un tío legal (la confianza mutua es más necesaria fuera de la ley que dentro de ella, pues con esta siempre quedan los tribunales pero contra ella hay que evitarlos). El que copia en el examen también dirá que solo hace trampa al sistema, que no hace daño a nadie, pero no es cierto: primero, porque va a obtener algún tipo de titulación académica o profesional y engañar a clientes, empleadores y colegas sobre lo que esta acredita realmente de su persona; segundo, porque con esa titulación va a competir con otros bajo unas reglas que se pretenden equitativas y que está violando en perjuicio de otros.
  2. Se empieza por poco, pero es ahí donde empieza todo. No se empieza por la corrupción a gran escala y se termina copiando en los exámenes, á la Quincey, sino al revés. Esta verdad elemental está en la base de la teoría de los cristales rotos y la política de tolerancia cero, tan impopulares en el mundo escolar. No hay una conducta escolar o académicamente execrable que no haya comenzado en dosis homeopáticas: el soplo antes que el plagio, el absentismo antes que el abandono, los pequeños daños antes que el vandalismo, la falta de respeto antes que el acoso… Por eso es tan importante contar con educadores y no solo enseñantes, asumir la tutela adulta y no solo la docencia, ocuparse del centro y no solo del aula, ver al menor y no solo al alumno.
  3. El reglamentismo y el autoritarismo desembocan en el rechazo a la norma. Las sociedades que salen del totalitarismo suelen ser poco cívicas. Tiran el niño con el agua sucia del baño y pasan de la asfixia a la anomia. En el continuo liberal-totalitario la escuela está más cerca de lo segundo, aunque predique lo primero (huyendo del adjetivo, eso sí). Es algo característico de las instituciones en el sentido fuerte del término, las organizaciones que manejan personas. Por eso Foucault la incluyó en Vigilar y castigar y los alumnos anteponen invariablemente una “J” al letrero del “Aula”, desdeñando uno y otros los matices. Tampoco es casualidad que el verbo que define la práctica insolidaria haya nacido siempre en los cuarteles: escaquearse, soldiering,
  4. ¿Tienen los profesores idea de cuánto copian los alumnos? Los de primaria y secundaria no sé; los de la universidad, desde luego, no. Cada vez que he detectado un plagio y lo he retribuido con un suspenso me he encontrado enfrente a un alumno asombrado… de que me preocupara de ello o me pusiera así por eso. Yo hubiera querido más, una sanción académica, al menos una expulsión temporal por falta de ética, pero aquí las universidades en que he ejercido, en su defensa de los derechos del alumno, han optado por la mera anulación del examen (lo que equivale a una invitación a intentarlo, a ver si hay suerte). Quizá no debería extrañarme en un país en que dos notorios plagiarios, Luis Alberto de Cuenca y Luis Racionero (no faltos de mejores facetas), han dirigido al Biblioteca Nacional.

22 jul 2014

La universidad trivializa el plagio

    Copiar, soplar, la chuleta, han sido constantes de la enseñanza, pero el plagio en la universidad es otra cosa. En primaria y buena parte de la secundaria el alumno es menor, va obligado y es sólo uno más, pero el universitario es ya adulto, ha elegido estudiar y lo que estudia y lo ha hecho para entrar en el mercado de trabajo por la puerta grande, como profesional. El día de mañana sus clientes, su público o la ciudadanía confiarán en ella o él como funcionario, periodista, médico... Nadie pretende que sea un genio, pero sí que actúe con criterio. Por eso el plagio es inadmisible en un estudiante. No se me escapa que, en el entorno digital y en la universidad, el problema implica otros muchos aspectos, entre los cuales la construcción colaborativa del conocimiento, el uso de internet, la sustitución en la propia docencia de las fuentes originales por refritos ni siquiera siempre reconocidos, etc. pero ahora sólo quiero ocuparme del acto en sí como violación voluntaria de una norma y de la tibia respuesta al mismo.
    Pueden aducirse diversos motivos contra el plagio. Uno son los derechos de autor, mal llamados propiedad intelectual, pero esos no me interesan ahora, pues creo que están más bien sobreprotegidos y no se ven vulnerados por el plagio estudiantil (aunque CEDRO cobraría a los estudiantes si pudiera). Otro es el reconocimiento, algo que todo ser humano busca pero mucho más en el ámbito académico e intelectual, donde normalmente se acepta de buen grado dar y compartir, en una suerte de economía del don y del procomún, pero con el prestigio de la autoría como sustituto de una compensación económica directa e incluso reclamo de otra indirecta. Un tercero es el simple progreso del conocimiento: si quiero saber más sobre una idea necesito saber de dónde viene para poder ampliar mi información. Además, en un contexto de sobreabundancia de información, la especificación de las fuentes elegidas es una condición necesaria para valorar su veracidad.
    Pero, cuando llegamos al plagio universitario, la cuestión esencial es la capacidad y la honestidad. Quiero estar seguro de que mi cardióloga o mi asesor fiscal saben lo que dicen y lo dicen con fundamento -y, si no, no lo dirían-, y no tener la duda de si lo acaban de leer en cualquier web, pero ¿qué garantía puedo tener si la universidad propicia, tolera o es simplemente incapaz de combatir el plagio?
    Esto es lo que sucede cuando, como vi durante años en Salamanca ­–allí se creó El Rincón del Vago–y veo ahora en la Complutense, los estudiantes plagian a veces incluso sin creer que lo hacen –lo cual quiere decir que no es la primera vez que lo hacen–  o, lo que es más común, con plena conciencia de hacerlo pero, con la tranquilidad de que, si se descubre, el único coste será la pérdida de la convocatoria. Si puedes plagiar y, caso de ser descubierto, sólo pierdes eso ¿por qué no intentarlo? Después de todo no pierdes más que con no estudiar, puedes ganarlo todo y, en el peor de los casos, siempre te queda estudiar como los demás. Es como si se pudiera hurtar en un comercio sin otro riesgo que perder un poco de tiempo: si lo logras, óptimo; si no hay suerte, lo devuelves; si te sigue interesando, puedes volver luego con dinero, que aquí no ha pasado nada.
    El último caso de plagio que he tenido ha derivado ya en una astracanada. Una alumna plagia su trabajo de fin de grado (no es una novata recién llegada del insti) de forma profusa, lo descubro, la suspendo y... recurre argumentando no sólo que no sabía que fuera plagio, que no era su intención, etc., sino que yo debía haberla avisado a tiempo. La presentación de mi asignatura incluye amplia información sobre formatos de trabajos, protocolos académicos, qué es y qué no es plagio y, aunque no lo hiciera, si al terminar la carrera hay alguien que todavía no lo sabe, es que verdaderamente tenemos un problema, o varios. Pero la alumna aduce que debería habérselo dicho cuando vi su trabajo y antes de calificarlo, para que pudiese corregirlo; y, como prueba de que podría haberlo hecho y lo habría hecho, y de que considera suficiente hacerlo así, envía de nuevo el mismo trabajo con algunas comillas y referencias añadidas: ¿Lo ven? Esto equivale a lo que un tribunal ordinario consideraría un recurso temerario, obligando al recurrente, al menos, a pagar las costas. El tribunal académico, con buen criterio, ha desestimado la reclamación, pero tampoco ha querido ni podido ir más lejos que aceptar el suspenso.
    El plagio no es un problema técnico sino ético. Por parte del plagiario, su comisión revela una conducta que no es la que queremos de un profesional; por parte de la universidad, tomarlo a la ligera implica que no podemos garantizar a la sociedad que tras nuestras acreditaciones haya profesionales honestos ni capacitados. Si el único efecto del descubrimiento del plagio es la pérdida de una convocatoria o, como quiere mi alumna, un aviso a tiempo para corregirlo, estamos ante un claro efecto llamada. No creo que la mayoría de los mortales encajen en el modelo Econ, Cálculus u homo económicus, menos aún a esas edades y en sus estudios –es decir, no creo que sólo quieran aprobar al menor precio en esfuerzo y a cualquier precio moral–, pero bastará con que haya unos cuantos, que siempre los hay, para que la lenidad de las normas universitarias los anime a probar suerte y convierta a los profesores en cazadores de plagios. Por el contrario, la gravedad de las consecuencias del plagio sobre la formación y la selección del profesional, en términos técnicos como éticos, debería considerarse suficiente para que su comisión fuera sancionada con medidas más fuertes, de efectos no solamente restitutivos sino disuasorios y ejemplarizantes.


10 nov 2013

Los alumnos no pueden esperar a que los profesores aprendan inglés. Entrevista en Diario de Mallorca

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Mariano Fernández Enguita (Zaragoza, 1951) es catedrático de Sociología en la Universidad Complutense, después de haber desempeñado la misma cátedra en Salamanca. Reconocido experto internacional en el campo educativo, ha participado en un seminario de la Universitat sobre plagio académico con la conferencia "Alumnos y educadores en la sociedad del conocimiento".

09.11.2013 | 00:59
´Los alumnos no pueden esperar a que los profesores aprendan inglés´
´Los alumnos no pueden esperar a que los profesores aprendan inglés´ 

–Para que se haga cargo del tipo de entrevista: "¿Copió usted alguna vez un examen o trabajo escolar?"
–Creo recordar que no, pero tomé muchas centraminas. Copiar es una práctica bastante habitual, y considerada aceptable por el alumnado. Hay diferencias entre un chico de doce años y un estudiante universitario, donde el plagio anticipa una conducta profesional.
–¿No pretenderá que un alumno de 18 años tenga ideas originales sobre Aristóteles?
–Ni sobre nada, pero sí se le puede exigir de manera progresiva que haga personalmente el recorrido sobre Aristóteles.
–¿Los alumnos han de levantarse cuando el profesor entra en clase?
–No sé qué decirte. En la universidad no hace falta. En primaria estaría bien un saludo mutuo, y que el profesor se presentara a todos los alumnos y les diera la mano, como en la escena de Ser y tener. En las aulas hay un problema de disciplina, que no tiene nada que ver con tratar al profesor de usted, sino con el respeto. También de los profesores hacia el director o el inspector.
–Con internet, el paciente sabe tanto como el médico y el alumno tanto como el profesor.
–No. Con internet, el paciente puede plantear preguntas a su médico, y el alumno puede preguntar y contrastar. La red crea al listillo y facilita la vida a los hipocondriacos. El profesor llegaba como fuente única del saber, y hoy es una más.
–¿Cuántos profesores preparan sus clases en Wikipedia?
–Imagino que millones, yo no. Si sabes algo de un tema, no necesitas Wikipedia, que es un buen comienzo si no sabes de algo. En asuntos conflictivos, se convierte en un peligro.
–¿Por qué cada generación piensa que la siguiente es más tonta?
–Porque ellos tienen la misma edad al año siguiente, y tú tienes uno más. Hay tablas babilónicas que ya advierten contra "esta juventud perdida". En una sociedad estable, los ancianos son los depositarios de toda la sabiduría, hoy son sabios en algunas cosas e ignorantes en otras.
–No queremos alumnos desescolarizados como Steve Jobs o Bill Gates.
–O Zuckerberg. Eso es una broma, son los desescolarizados de lujo. Si has nacido en una familia adecuada, podrías prescindir de la escuela. Si no, la escuela es tu única salvación.
–Felipe González sostiene que la creación de colegios concertados fue su gran error educativo.
–El obstáculo no se debe a que sean concertados, sino a que son confesionales. Estados Unidos promueve hoy la concentración o charter, pero allí la escuela ha de ser rigurosamente laica. En España hay que controlar más las privadas e incentivar las públicas, privatizar un poco la enseñanza pública y estatalizar la privada. Más Estado en el mercado, más mercado en el Estado.
–Según Finkielkraut, las aulas francesas están peor.
–No tiene sentido comparar, pero el conflicto siempre surge en secundaria, donde en cuarenta años se ha pasado de escolarizar un quince por ciento a un cien por cien. Existen alumnos a quienes no es fácil convencer de la utilidad de la escuela.
–¿Se debe prohibir el velo islámico en las aulas?
–No se debe prohibir nada que no altere el orden público. Llevar la cabeza cubierta es un derecho de los alumnos. Se podría prohibir el velo a los profesores, porque representan a la institución. Otra cosa es el burka.
–¿Hay que conceder el rango de autoridad a los profesores, ante el riesgo de agresión?
–Ya tienen esa consideración, a falta de la interpretación de los jueces. Me parece más grave darle una bofetada a un profesor que a un ciudadano cualquiera.
–El Govern balear ha decretado mediante el TIL que todos los mallorquines saben inglés.
–El nivel de inglés de los españoles es desastroso, y en las escuelas se aprende muy poco. Los alumnos no pueden esperar a que sus profesores aprendan inglés, hay que introducirlo ya sin reducir asignaturas básicas como lengua o matemáticas.
–Basta de glorificar el inglés.
–Es la lingua franca, nos guste o no, como lo fue el latín en su momento. No sólo es imprescindible para conseguir un empleo, también para desenvolverse en el contexto actual.
–¿Wert podría con un aula de 35 alumnos?
–Depende de qué alumnos. No lo haría mal del todo, porque Wert es un tipo capaz, aunque muy de derechas y un poco arriesgado. El ministro hace el papel de malo, y lo es, pero no supone el único problema.
–¿El PP quiere una universidad para listos y ricos?
–Estarían felices con eso, pero la solución no consiste en abrir la universidad a todo el mundo. Hoy se ofrece como única salida, y tiene unos costes galopantes.