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20 may 2015

El desigual CI de la Universidad (Complutense)

    En el recién estrenado Portal de Transparencia de la UCM hay un jugoso documento titulado "Distribución de la plantilla por Departamentos" que todo universitario, sea complutense o no, profesor o alumno, presente, pasado o futuro, debería mirar. Es una simple tabla que indica, departamento a departamento, las horas de carga lectiva, el número de profesores funcionarios y contratados, los quinquenios y los sexenios. Estas dos últimas columnas son una joyita que no tiene desperdicio y permite un sencillo ejercicio: multiplicar los quinquenios por cinco, para saber cuántos años llevan los profesores de un departamento en la universidad (o, para ser exactos, cual es el mayor múltiplo de cinco por debajo de esos años) y dividirlo por seis para saber cuántos años, como media, les cuesta obtener un sexenio, o cuántos de sus presuntos años de investigación han sido positivamente evaluados. El resultado es lo que voy a llamar el Cociente Investigador (en adelante, el CI). Adelantaré que, para el conjunto del profesorado de la UCM, el CI es 9.8, lo que puede leerse como que el profesor medio tarda un decenio en conseguir un sexenio. Si ya en esta cifra encuentra algo de morbo, sáltese el siguiente párrafo y vaya directamente a los otros, que tienen más.
    Para los no versados hay que explicar, no obstante, que un "quinquenio" supone que ha sido positivamente evaluado dicho periodo de docencia del profesor, mientras que un "sexenio" indica otro tanto sobre la investigación. Pero hay importantes diferencias: la docencia es evaluada por la universidad, donde manda en gran medida el profesorado, pero la investigación lo es por la CNEAI, dependiente del Ministerio, donde manda poco; la evaluación docente es rutinaria, carece de estándares y resulta positiva para todos sin excepción, mientras que la evaluación investigadora es más dura, requiere superar un listón, desemboca con cierta frecuencia en un resultado negativo y, como consecuencia, los investigadores calculan muy bien sus posibilidades antes de solicitarla y a menudo no lo hacen. Sépase también que los quinquenios son sólo para profesores funcionarios o con contrato indefinido y para periodos de tiempo completo o equivalentes, es decir, que hablamos de profesores plenos y los datos, por tanto, no se ven afectados por mayor o menor presencia de profesores en formación, asociados o a tiempo parcial. A la evaluación de los sexenios, en cambio, se puede presentar toda actividad realizada después de obtener la licenciatura o el grado, lo que permite incluir un trayecto muy frecuente antes de ser profesor: la realización de la tesis doctoral (si se ha traducido también en publicaciones u otros resultados evaluables); las becas de FPI o FPU, Ramón y Cajal o Juan de la Cierva, becas adicionales en el extranjero, periodos de investigador contratado, etc. Por consiguiente, un profesor que empieza, pero ya con trayectoria investigadora anterior, puede tener un CI muy alto, teóricamente infinito, con ningún quinquenio y un sexenio, o incluso dos; en el extremo opuesto, un profesor que acumule el máximo posible de quinquenios (siete) y de sexenios (seis) tendrá un CI de 5.8 y ya no podrá moverse de ahí.
    Los datos ofrecidos por la Complutense muestran una enorme disparidad del CI departamental, que va de 4.5 a 148.3 (el individual, lógicamente, variará todavía más, pero no se ofrece, ni siquiera anonimizado). El primero es el que arroja el Departamento de Microbiología (una área muy competitiva y en la que, hasta donde yo sé, abundan becarios e investigadores contratados); el segundo es el de Economía Financiera y Contabilidad II (del que no sé nada, salvo que trata de lo que deben de aprender banqueros y bancarios, ¡ay!, y lo que la OCDE recomienda ahora estudiar desde la secundaria). El primero es francamente brillante, aunque no un milagro; el segundo es, digamos... modesto: implica que en este departamento se consigue un sexenio de cada 25 posibles, que se necesitan al menos 148 años para conseguir un sexenio o, si suponemos que la vida laboral media de un profesor es de 35-37 años, se necesitan cuatro profesores para hacerlo... una vez.
A mí me interesa en particular mi ámbito. Si se fija uno en la Sociología (seis departamentos, a los que podemos sumar –sin ninguna pretensión imperialista– a estos efectos uno de Psicología Social, uno de Antropología y uno de Ética y Sociología), el tiempo medio necesario para la obtención de un sexenio está entre 7.0 y 14.2 años, lo que en la práctica puede casi leerse como conseguir algo menos que todos o algo menos que uno de cada dos. En el ámbito de la Educación (los catorce departamentos presentes en esa Facultad), va de 9.2 a 44.2, i.e. de dos de cada tres sexenios posibles a uno de cada siete (9.2 es precisamente el cociente del Departamento de Sociología VI presente en el centro, sin el cual el mínimo del siguiente sería 9.8). Ordenados los 186 departamentos por la evaluación de su investigación, los nueve de Sociología y afines se sitúan entre los puestos 30 y 141, mientras que los catorce de la Facultad de Educación lo hacen entre el 83 (si descontamos Sociología VI, el 93, y entonces serían trece) y el 178.
Ya he adelantado que estamos tratando con un indicador grueso, por no decir burdo. Podría matizarse atendiendo al volumen, la antigüedad o la composición por categorías y edades de cada departamento, además de que algunos están formados por más de un área de conocimiento y algunas áreas están divididas en varios departamentos. Pero sigue siendo un indicador relevante y elocuente que nos dice, entre otras, dos cosas importantes. Una es que la Universidad Complutense es tremendamente dispar en términos del trabajo y la calidad investigadores, lo cual sugiere lo injusta y desafortunada que ha resultado, resulta y resultará tanta política de café para todos. Otra es es –y, quien quiera, que se fije en otras áreas y centros– que  los departamentos encargados de formar a los formadores, es decir, a los futuros profesores de la enseñanza no universitaria, se sitúan masivamente, todos y cada uno de ellos (menos Sociología VI, he de precisar, aunque por los pelos), en la mitad inferior del conjunto, lo cual debería en todo caso hacer sonar las alarmas en el tránsito a la sociedad del conocimiento y, más aun, en un país con serios motivos de preocupación por su sistema escolar.

P.S.: Evite el lector confundir el Cociente Investigador con el Cociente Intelectual, a pesar de que ambos se abrevien en las siglas CI. Sólo cuando este post se traduzca masivamente al inglés  (es broma) desaparecerá el problema, ya que mi CI pasará a ser conocido como el RQ (research quotient) y el otro seguirá siendo el IQ (intelligence quotient). Mientras eso llega, nótese también que el CI-RQ es mejor cuanto más bajo y no está normalizado, mientras que el CI-IQ es mejor cuanto más alto y está normalizado a 100. Si invirtiéramos el cociente y normalizásemos el CI-RQ, el actual 9.8 pasaría a ser 100. Con ese nuevo algoritmo, y redondeando a números enteros, el CI del Departamento de Microbiología sería de 217 (¡guau!); el de Economía Financiera y Contabilidad III, de 7 (¡miau! -sí, 007, o 6.6 si se usa un decimal); el de los departamentos Sociología y afines estaría entre 69 y 140; el de los otros trece departamentos en Educación, entre 22 y 100. Así que... mejor dejarlo estar y seguir con la primera fórmula .

15 may 2015

Sobre la elección de rector en la Complutense

La Universidad Complutense tendrá nuevo rector. Lo celebro, pues creo que el mandato de José Carrillo puede resumirse en cuatro años de parálisis –una crisis desaprovechada– adobados con monótonos manifiestos en defensa de la educación pública –meros brindis al sol. Que los problemas y penurias de la Universidad Complutense se deben, además de a la crisis, a la política conservadora de recortes en educación y a la muy particular inquina de la Comunidad de Madrid hacia sus autoridades (que comenzó, y fue incluso más intensa, en el anterior periodo, contra el rectorado de Carlos Berzosa), está fuera de discusión. Pero a esto hay que añadir que el penúltimo equipo de gobierno –del que era parte, por cierto, el ahora próximo rector, Carlos Andradas–, quizá vivió demasiado satisfecho de haberse conocido a sí mismo en la época de las vacas gordas (como se le atribuye haber dicho a Zapatero: ¡Qué bonito es gobernar con superávit!); y, sobre todo, que el último equipo no ha sido capaz de una sola iniciativa proactiva, es decir, encaminada a mejorar las posibilidades de futuro en vez de a mitigar las consecuencias del pasado.
No malgastes nunca una buena crisis (Never let a serious crisis go to waste). Esta cita apócrifa atribuida a W. Churchill, recientemente pasada por H. Clinton o R. Emmanuel y remitida también, como casi todo, a algún proverbio chino, resume bien lo que no ha hecho la UCM en los últimos años. Las crisis profundas obligan a repensar lo que antes parecía indiscutible y ofrecen así la oportunidad de liberarse de viejos corsés. El mismo término crisis, en origen (griego: κρίσις), viene a significar un momento decisivo, de ruptura. En la peor versión evoca la doctrina del shock, de Naomi Klein; en la mejor versión es un momento de oportunidad, aunque sólo sea como reacción a la imposibilidad de seguir como antes, al lema monacal de en tiempos de tribulación, no hacer mudanza, que tiene como versión popular el de virgencita, que me quede como estoy. Emho, la U. Complutense ha desperdiciado cuatro años en los que podría y debería haber afrontado males endémicos en ella como la burocracia, la ineficiencia administrativa, el conservadurismo pedagógico, el igualitarismo a la baja, la falta de incentivos, la endogamia del profesorado, los privilegios corporativos, la desafección estudiantil, los enormes desequilibrios en la asignación de recursos, los nichos de mediocridad, algunos legados del franquismo (como las capillas), etc. El mandato de Carrillo fue de parálisis hacia dentro y retórica encendida hacia fuera: tiempo perdido.
No dejan de ser curiosos los resultados electorales. En 2011 Andradas, vicerrector saliente, no llegó a la segunda vuelta, mientras que Carrillo quedó primero en esta y ganó en la segunda. Parece obvio que Andradas sufrió entonces el desgaste de ser vicerrector y Carrillo ahora el de ser rector. Pero, tanto entonces como ahora, los resultados merecen ser analizados por sectores. Ya entonces Andradas ganó entre el profesorado y ahora lo ha hecho por un margen más amplio; entonces perdió entre los estudiantes y ahora ha ganado; y Carrillo barrió entonces entre el personal de administración y servicios y ahora ha conseguido una amplia mayoría: en este colectivo se invierten las proporciones globales entre ambos candidatos.
Hay que entender no sólo los mecanismos de ponderación del voto en las elecciones universitarias sino también la dinámica de los sectores para entender estas. El mayor peso electoral corresponde, con diferencia, al profesorado. La otra cara de esta preeminencia es que los profesores, típicamente, se dividen entre los distintos candidatos –en formas y proporciones, por lo demás, que sólo en parte responden a la divisoria izquierda-derecha: siempre hay gente de ambas afiliaciones, e incluso de un mismo partido o sindicato, tras diferentes candidatos. El voto de los estudiantes y del personal de administración y servicios (PAS), en cambio, funciona de forma distinta.
Los estudiantes tienen un nivel de participación muy bajo (en estas elecciones de la UCM, representativas en este aspecto, el 10.7% de participación estudiantil frente al 78.8% profesoral –en la segunda vuelta). Ello significa, en la práctica, que cualquier asociación o grupo informal con una mínima capacidad de movilización (digamos, por ejemplo, con la capacidad de movilizar al 2 o el 3% de loe estudiantes, supuesto que el resto vote de manera dispersa) puede tener un peso decisivo en los resultados. Esto permite explicar la atención prestada a especulaciones como la de si Carrillo había o no pactado con Podemos o a la más exótica de si estaría buscando el voto de los estudiantes chinos –unos mil quinientos entre los ochenta mil de la UCM–, pues movilizar a un pequeño grupo puede bastar para ganar en un sector mayoritariamente abstencionista.

Cuestión distinta es la del personal de administración y servicios. Este, cuyo voto ponderado representa el 12% del cuerpo electoral en la UCM y algo parecido en cualquier otra, ha aprendido hace tiempo que, supuesto un profesorado dividido entre los distintos candidatos, un pequeño grupo puede ser decisivo y, por tanto, vender caro su voto. En toda elección a rector, el PAS suele presentar un voto mucho más definido o escorado. En estas últimas de la UCM Andradas gana a Carrillo por 60 contra 40% en general, pero pierde por 44 a 56% entre el PAS.  En 2011, el 72% del PAS votó a favor de Carrillo. De hecho, Carrillo llegó a rector gracias al mayoritariamente monolítico PAS y al apoyo mayoritario de una minoría de estudiantes, pese a quedar en ligera minoría entre los profesores.
¿Por qué esta fuerte definición del voto del PAS? Muy sencillo: descontada la división del voto de los profesores, el PAS aprendió hace tiempo que podía vender caro el suyo, un voto bisagra en términos cualitativos a pesar de su limitada importancia en términos cuantitativos. Por eso en cada nueva elección de rector, sea en la UCM o en cualquier otra universidad, cada candidato tiene que sentarse a negociar con los representantes formales o informales del PAS (gerentes, sindicatos y líderes históricos) un intercambio: por un lado, votos; por otro, estabilización y promoción, condiciones de trabajo, ayudas sociales, etc. Por supuesto, el voto del sector nunca es enteramente homogéneo, pero su concentración sobre un candidato siempre es mayor –su dispersión es menor–, a menudo no sigue la tendencia general y a veces decide el resultado.

En este caso, repito, Andradas gana con fuerte ventaja entre profesores y estudiantes y Carrillo hace otro tanto entre el personal de administración y servicios. Lo interesante es el significado profundo de esto. Por supuesto, cabe interpretar que un candidato ha ganado entre el establishment, sobre todo entre el profesorado ya funcionario (con mayor margen que entre el contratado), mientras que el otro lo ha hecho entre lo más parecido a la clase trabajadora. Ni lo comparto ni tengo nada contra el colectivo, tan variado personal y políticamente como cualquier otro y más que ninguno en el plano profesional, pues comprende desde documentalistas o informáticos hasta electricistas y conserjes, así como personal laboral y funcionario, si bien el grueso está formado por administrativos de diverso nivel; ahora bien, si mi único y exclusivo dato sobre los candidatos hubiera sido cuál de ellos contaba con el apoyo mayoritario del PAS, habría decidido de inmediato a quién votar: al otro.

Si hay algo en lo que la universidad, más aun la Complutense, resiste mal la comparación con cualquier gran empresa u organización privada e incluso con la mayoría de otras administraciones y agencias públicas, es en el ámbito administrativo. Procedimientos decimonónicos, toneladas de papel innecesarias, una opacidad recalcitrante, comunicaciones ineficientes y redundantes... todo ello en el templo del saber y de la ciencia, en una institución que podría jugar con ventaja por su dotación tecnológica y humana pero que termina haciendo lo contrario por su resistencia a la innovación. Ordenadores portátiles encadenados a las mesas, correos electrónicos que llegan al mismo destinatario por media docena de vías, densos formularios en papel que podrían ser sustituidos por unos pocos clics en una web, solicitudes y autorizaciones superfluas (v.g., para no dar clase en vacaciones... créanme), inflación de órganos y reuniones... en fin, todo un anecdotario que permitiría resucitar el inolvidable Celtiberia Show de Luis Carandell.
Esto tiene una explicación. La actual revolución en las tecnologías de la información y  la comunicación provoca especialmente la transformación y la eliminación de muchas tareas administrativas que antes requerían horas y horas de trabajo medianamente cualificado. En algunos procesos y organizaciones, esto lleva a la supresión de puestos de trabajo; en otros, a su transformación, lo que requiere la recualificación formal o informal de los trabajadores por diversos medios. Una organización forzada a cambiar sus procesos sólo tiene dos opciones (combinables): o cambia de trabajadores o cambian sus trabajadores. En la mayoría de las organizaciones esto produce tensiones, pero los integrantes se esfuerzan por conservar o mejorar su puesto y los directivos pueden adoptar políticas que lo faciliten. La universidad podría sencillamente liquidar una buena parte de sus actuales procesos administrativos, pero las nuevas necesidades y posibilidades en el tratamiento de la información, no solo administrativa sino también para la docencia y la investigación, son de tal entidad que dan para reabsorber al personal actual y más... siempre y cuando se recualifique. Pero el PAS universitario tiene una fuerza inusitada: a la de cualquier colectivo se añaden su condición mayoritariamente funcionarial, su distribución en gran cantidad de dependencias inconexas (que hace muy difícil el control de su rendimiento: de ahí, por ejemplo, la aversión de los secretarios a los pools) y, sobre todo, su decisivo papel de bisagra. Y así coexisten procedimientos nuevos con procedimientos de hace medio siglo, innovaciones y rémoras, para perjuicio de la universidad, desesperación de los afectados y desánimo de la parte más dinámica del propio PAS.
Contra este paisaje, por cierto, es como hay que valorar –y ya lo siento– el penoso apoyo de CCOO de Madrid al ahora rector saliente. No es la clase trabajadora, ni la defensa de lo público lo que se expresa en él, aunque sea eso lo que parece pretender su comunicado del día 11 (que parece más bien un certificado burocrático de buena conducta), sino la resistencia del búnker ante la necesidad y la oportunidad del cambio y la acomodación del sindicato al statu quo.

19 may 2014

Mobile Learning Complutensis

    Tres años llevo ya de vuelta en la Complutense y, por vez primera, en la Facultad de Educación. Presumía yo que el retorno a la capital, y a la que todavía es la mayor universidad (presencial) del país, después de dieciséis años en la Universidad de Salamanca, supondría alguna mejora en el acceso a infraestructuras generales, en particular en lo relativo a las tecnologías de la información y la comunicación, quizá porque fue en esta universidad donde por vez primera pude tocar un ordenador (a finales de los setenta), trabajar con uno propio (a comienzos de los ochenta) y acceder a la internet (al inicio de os noventa). Tenía otras reservas sobre la Facultad de Educación (que, como cualquier otra, tiene todavía más de Escuela Universitaria que de Facultad), pero quería creer que, al menos, sería un ambiente más que propicio para la experimentación pedagógica en general y para el uso de las tecnologías de la información y la comunicación en particular. ¿Si no aquí, dónde pues?
    Pues no ha sido así. Ya he contado algunas otras desdichas sobre el desuso de las aulas informáticas o el mal funcionamiento de algunas herramientas virtuales. El curso en que me reincorporé, 2010-2011, ni siquiera había un acceso generalizado a la wifi en el edificio. Ahora casi lo hay, al menos en las zonas de aulas (miserable en las de despachos), lo que debería hacer posible el uso de dispositivos conectados con mayor movilidad. Pues bien, recibí con alborozo la idea de que se habían creado dos aulas de informática nuevas ¡con ordenadores portátiles! Magnífico, pensé, pues en vez de tener a los alumnos como pasmarotes alineados ante los monitores, con menos capacidad para hablar entre sí y reubicarse de acuerdo con las necesidades del trabajo en equipo que en un aula ordinaria, los portátiles permitirían por fin trabajar en un mismo recinto en grupos autónomos, variables, etc. Mi cabeza bullía con imágenes como las dos primeras fotografías de este blog; imágenes imaginarias, pues nada tienen que ver ni con esta Facultad ni con esta Universidad.

    Nada de eso: portátiles, sí, pero encadenados a bancos de madera rígidos, y estos alineados y atornillados al suelo (como en la tercera y la cuarta fotografías. ¡En la Facultad de Educación! Resulta que se pasan la vida hablando de grupos, equipos, espacios, rincones... y, cuando llegamos al portátil (¿hay que explicar por qué se llaman así, o laptops?), se usa para convertir al estudiante en una estatua de sal. El motivo, por supuesto, la seguridad de equipos tan valiosos. Por si todavía fuera todo poco surrealista, al estar atados a los bancos los dichosos portátiles, que tampoco son precisamente de última generación, apenas aguantan una clase de dos horas y, por supuesto, no aguantan dos clases seguidas: se descargan y, por tanto, sólo se pueden utilizar de manera intermitente y por periodos no demasiado largos. 
     Anonadado, sugerí que podrían entregarse a los estudiantes contra el depósito de un documento de identificación (decenas de congresos lo hacen con cientos de congresistas a los que sólo ven en esa ocasión, cuando les entregan dispositivos de audio para la traducción simultánea, por ejemplo)... pero ahí topamos con los funcionarios, es decir, con el Personal de Administración y Servicios, que es todavía mucho más marmóreo que el personal docente: ellos no pueden andar recogiendo carnets, etc. (cualquier empresita privada de traducción simultánea puede, pero ellos no, ¡por favor...!). Podría haber sido incluso más fácil, bastando con chequear una lista: al fin y al cabo son los mismos estudiantes, una o dos veces por semana, durante un cuatrimestre... pues no, tampoco.

8 mar 2014

Desdichas de bloguear en el aula universitaria

    Desde hace unos años los alumnos de mis grupos en la Universidad deben mantener un blog, con entradas semanales o quincenales (según la carga discente, o sea, el total de créditos), una por tema del programa. Con ello pretendo que busquen, valoren, seleccionen y analicen información, además de que piensen y escriban, y que todos vean el trabajo de todos, en vez de mantener meras relaciones bilaterales con el profesor -pero ahorrando papel. Lo hago como parte de un plan más amplio que incluye wikis, presentaciones, agregación de preguntas, agendas, etc., que ya expuse brevemente en otro post, pero hoy quería decir algo sobre las dificultades que puede entrañar, en una Universidad como la mía (la Complutense), algo aparentemente tan simple como esos blogs.
    La universidad cuenta con dos plataformas, Moodle y Sakai. Sus herramientas para blog son bastante feitas y, además, no me gustan los jardines vallados, de modo que prefiero, si es posible (si el curso no demasiado breve, por ejemplo), utilizar una plataforma externa.