Mostrando entradas con la etiqueta robots. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta robots. Mostrar todas las entradas

24 feb 2019

¡Quiero a Watson a mis órdenes!

Hace un par de semanas, en su evento anual Think, IBM escenificó un nuevo hito de Watson, su sistema de inteligencia artificial. Watson es el escalón siguiente a Dep Blue, el ordenador de la misma compañía que en 1997 venciera en el tablero de ajedrez al campeón mundial, Garri Kasparov. Esta vez Watson, que ya había ganado a Ken Jennings y Brad Rutters en el concurso Jeopardy! (como ganar a “Los Lobos” en Boom!), se travistió de Project Debater para competir en oratoria con Harish Natarajan, un británico participante y ganador habitual de este tipo de concursos con el récord de victorias.
El tema a debate era una eventual propuesta de ley para subsidiar la educación infantil, con el ordenador a favor y el humano en contra. Fue organizado por Intelligence Squared, empresa especializada en debates y otros eventos culturales en directo, y moderado por el prestigioso periodista John Donvan. Los concursantes tuvieron quince minutos para preparar el tema (antes no sabían cuál sería ni tenían pista alguna), dos rondas alternas de cuatro minutos cada uno para argumentar su posición y otra final de dos minutos para resumirla. El público, de ochocientas personas, fue encuestado al respecto antes y después del debate y se le preguntó además cuál de los contertulios le había parecido mas instructivo. Debate mediante, los partidarios de la financiación pasaron del 79 al 62%, los opuestos a ella del 13 al 17% y los indecisos del 8 al 21%. Fue, pues, el humano quien ganó el concurso, convenciendo a más gente de la inconveniencia o haciéndoles dudar de la conveniencia de subsidiar la educación infantil; en contrapartida, no obstante, las intervenciones del ordenador fueron consideradas más instructivas por el público (“enriquecieron mejor su conocimiento”, literalmente), según declaró el presentador, aunque no dio a conocer cifras.
Resultado de imagen de project debaterQuien quiera ver el video del debate podrá juzgar por sí mismo si la decisión fue justa (las intervenciones de Watson, en particular, comienzan en las marcas de tiempo 11:40, 24:35 y 37:40). Yo también creo que el humano fue más sutil y acertó mejor a identificar los puntos débiles de la argumentación de su contrincante, pero por la mínima. En el otro lado de la balanza no cabe dudar que éste despertaba poca empatía con su aspecto de monolito negro de Kubrick, su voz de surtidor de gasolinera y su falta de entonación emocional y de lenguaje corporal (habría sido más justo si su intervención hubiera sido leída por un actor sin el público supiera quién era quién). Lo impresionante, en todo caso, es la consistencia del discurso de Watson, su capacidad de reunir hechos, fuentes, razonamientos lógicos y argumentos morales en una argumentación coherente –y partiendo de cero– que ya quisieran muchos de nuestros congéneres. Quien lo dude, que lo vea. 

Aunque el marco formal de la demostración fuera esta vez un concurso de retórica, la información y las capacidades necesarias para ello son las mismas que para preparar una lección. De hecho, IBM tiene en fase experimental un proyecto más discreto, Teacher Advisor, en el que el profesor especifica el curso en que enseña y el tema a preparar y la aplicación le ofrece lecciones, pruebas, actividades y estrategias que puede rápidamente ver y elegir: el bien conocido acceso a recursos abiertos pero guiado por inteligencia artificial. Lamentablemente no es todavía accesible desde fuera de los Estados Unidos.
Resultado de imagen de robot teacherWatson es también parte del árbol genealógico de Jill Watson, como su apellido indica. Jill era una de las ayudantes en el curso en línea de Inteligencia Artificial impartido por el profesor Ashok Goel, en la prestigiosa Georgia Tech. Como tal tenía encomendado atender (vía chat) las dudas de los estudiantes sobre cualquier aspecto relativo al curso y llegó a ser bastante popular, hasta el punto de que uno de los estudiantes quiso proponerla como profesora ayudante del año… sólo que ella era artificial, un chatbot alimentado por el software de IBM Watson, y los estudiantes (¡de IA!) no lo percibieron. Cierto que no respondía a todo, sino que dejaba las preguntas más difíciles o humanas a sus compañeros de carne y hueso. Esto fue en 2016. A partir de entonces, los estudiantes saben ya que hay assistants de software y de wetware y hay un concurso para adivinar de qué es cada uno. Menos sorpresa, pero Jill sigue progresando.
Convertirse en roboprofe o ser sustituido por un profebot es parte de las pesadillas de muchos docentes, que no comparto. Hasta donde alcanza la vista, al menos la mía, no creo que ordenadores ni robots puedan sustituir por ahora a los profesores (aunque, como decía precisamente Arthur C. Clarke, “si un profesor puede ser sustituido por un ordenador, merece serlo”). Creo que no tardaremos en ver la inteligencia artificial expandiendo la del profesor en su trabajo cotidiano, como en otros muchos ámbitos profesionales. De hecho, si tarda será menos por inmadurez de la IA que por las limitaciones o los miedos de la IH, de la inteligencia humana. Mientras tanto, ya me gustaría a mí contar con una réplica de Jill para atender las dudas de los estudiantes o con una Project Lecturer para preparar clases y conferencias. A ver si llega.

18 dic 2018

La hiperrealidad en la hiperaula

En el largo paso del aprendizaje tradicional a la escolarización, aprendizaje y enseñanza se fueron alejando progresivamente de la realidad extraescolar. El aprendizaje tradicional, tal como se practicaba en los gremios artesanales y aún persiste en distintos medios (incluido el doméstico), era o es una comunidad de práctica[1] en la que el aprendiz observa y vive aquello que aprende y va incorporándose a su ejercicio. Si descontamos lo que concierne al funcionamiento de la propia institución (que no es poco: orden, disciplina, etc.) y ocasionales contactos con el exterior (salidas, colonias, visitas…), la mayor parte de la enseñanza y el aprendizaje escolares giran en torno a representaciones (muchas) y simulaciones (pocas). Tienta decir que, como en el cine, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, pero es justo al revés: el cine ofrece grandes simulaciones sin preocuparse mucho por la realidad, y se cura en salud con esa autoexención de responsabilidad por si llegara a parecerse demasiado; la escuela se esfuerza en todo momento por representar fielmente la realidad, pero sus limitaciones expresivas hacen que todo resulte artificial.


Dejemos por un momento las aulas. El concepto de hiperrealidad tiene un uso acotado en la informática, donde designa la integración sin fricciones de la realidad física y la realidad virtual, mejor aún si se añaden la inteligencia humana y la inteligencia artificial.[2] En este ámbito se da también cierto uso del término hyperclass (que podría ser una traducción literal de hiperaula, aunque de alcance más restringido), para designar la fusión de una clase (sesión lectiva, aula) física con una virtual, creando un campo de co-acción para la vida física y la virtual; es decir, un caso particular de hiperrealidad.
Pero el concepto fue popularizado sobre todo por la crítica cultural del postmodernismo, primero en las humanidades y ciencias sociales y luego entre el público, si bien con un sentido netamente peyorativo. Para Umberto Eco[3] la hiperrealidad es la imposibilidad de distinguir la falsa realidad de la verdadera, y para Jean Baudrillard[4] es el simulacro, que, a diferencia de la simulación, simula algo que nunca ha existido. Sin embargo, y dejando de lado el toque elitista de la crítica cultural, lo que para el crítico puede resultar una infame falsificación para el educador puede ser un magnífico instrumento pedagógico, en particular cuando la realidad es confusa, inalcanzable, prohibitiva o incluso peligrosa. Nadie va a lamentar que los cirujanos o los pilotos aéreos se entrenen con simuladores, ni que los traductores o los radiólogos lo hagan con textos o imágenes manipulados.
La tecnología del aula ha tenido casi siempre por objeto la representación analógica o simbólica, más o menos rica y fiel, y, ocasionalmente, la simulación, casi siempre pobre y limitada. El habla, el gesto, la escritura, el dibujo, la fotografía, etc.… son formas de representación, y la voz del profesor, la pizarra, el libro, etc. son sus soportes. Excepto cuando se concentra en las técnicas mismas de representación (la lengua, la lectoescritura, la matemática, la notación musical…) la escuela habla siempre de algo sólo está presente de forma vicaria. Si se trata de una acción compleja que debe ser aprendida pero no puede ser reproducida ni anticipada en su totalidad ese algo tal vez será simulado, como un debate parlamentario, el desalojo de un edificio en llamas, una relación comercial o una acción bélica. De ahí la insistente demanda de acercarla a la realidadabrir sus puertas, dejar que entre la vida, derribar sus muros, etc.
La tecnología digital supone un salto gigantesco en la capacidad de representación y de simulación. Una imagen de Google Satélite es infinitamente superior a cualquier mapa y proporciona, por ejemplo, la mejor visión de la sabana africana a que puede aspirar un alumno, casi “desde los ojos de Dios”, como Karen Blixen con Denis Hatton. Un sencillo programa graficador puede representar variables y funciones como jamás lo haría el profesor en la pizarra. Una aplicación de anatomía en 3D, de las que cualquiera puede descargar gratis a su móvil, representa y explica el cuerpo humano mucho mejor que el cadáver plástico despiezable habitual en los laboratorios. Un programa de visualización de moléculas es más rápido y elocuente que un esquema en la pizarra o el libro. Una línea de tiempo interactiva y multimedia es más potente y significativa que una cronología tradicional.
Todo esto vale en mayor medida para las simulaciones, aunque de momento tengan menor presencia en el aula. Resulta indiscutible cuando se trata de manipular un vehículo o intervenir en un cuerpo humano, pero no es menos cierto si se piensa en los laboratorios virtuales de química, la simulación de sistemas mecánicos o eléctricos en la formación tecnológica y científica, la de un mercado en una introducción a la economía o incluso la de un aula en la formación inicial del profesorado. El valor de la simulación puede ser muy elemental, como en la simple gamificación, acercarse progresivamente a la realidad, como en los llamados juegos serios, o llegar a experiencias realmente inmersivas, como las simulaciones propiamente dichas, que avanzan rápidamente con la realidad virtual.
“Un profesor que puede ser sustituido por un ordenador, debe serlo”, contaba Sugata Mitra que le contó Arthur C. Clarke que le dijo un director de escuela;[5] y lo cuentan, claro está, porque lo suscriben, como el autor de este blog. Pero cabe plantearlo de otro modo: las tareas de un profesor que puedan ser realizada por un ordenador, deben serlo, dejando así que éste se dedique a lo que sólo él puede hacer. Ningún docente objeta, que yo sepa, a que una hoja de cálculo haga lo que le es propio: calcular notas, ordenar listas, sintetizar resultados, etc., ni a que una lectora óptica lea un test (aunque sí podría hacerlo al test). Gran parte de la acción docente en el aula y fuera de ella es mera atención rutinaria, siempre insuficiente, a dificultades, dudas y preguntas reiterativas de los alumnos, algo que llama a la tecnología. B.F. Skinner visitó una vez la clase de su hija y quedó tan sorprendido y preocupado por la cantidad de tiempo que podía pasar desde que un alumno necesita atención, o más exactamente retroalimentación en su aprendizaje, hasta que la consigue, que inventó la máquina de enseñanza y reinventó la enseñanza programada (la máquina era torpe y aparatosa y tuvo poco éxito, pero sí lo tendría, en algunos campos, la enseñanza programada). Después vino la enseñanza asistida por ordenador, que no pasa de ser una versión algo más sofisticada y mucho más económica. Pero la inteligencia artificial está dando ya un salto de gigante y, al igual que Siri, Alexa, Cortana o Google Assistant entranya en nuestros móviles y nuestras casas, lo harán ahí y en las aulas los tutores virtuales. En la prestigiosa Georgia Tech, Ashok Goel, profesor de un curso sobre inteligencia artificial, ‘contrató’ hace dos años como profesor ayudante (teaching assistant, encargada de resolver dudas de los estudiantes en un foro) a Jill Watson… de la familia Watson, en [hiper]realidad un chatbot, un tutor virtual basado en la plataforma Watson de IBM –la que en su día venció a los humanos Brad Rutter y Ken Jennings en el concurso Jeopardy, una hazaña superior a batir a Gari Kasparov en el tablero– y ningún estudiante se dio cuenta ni la encontró distinta a las de carne hueso.[6]
En definitiva, una parte creciente de los componentes físicos del aula, animados e inanimados, serán sustituidos con ventaja por componentes virtuales y su realidad será, cada vez más, hiperrealidad –y, el aula, una hiperaula. Y el profesor seguirá siendo parte de la misma, pero deberá, sobre todo, poder entenderla y saber reconfigurarla.

[1] Lave, J. & Wenger, E. (1991). Situated learning: Legitimate peripheral participation. Cambridge: Cambridge University Press..
[2] Tiffin, J. & Terashima, N. (eds.) (2001). Hyperreality: Paradigm for the third millenium. Psychology Press.
[3] Eco, U. (1986). Travels in Hyperreality: EssaysNew York: Harcourt, Brace.
[4] Baudrillard, J. Cultura y simulacro. Barcelona: Kairós, 1993.
[5] Can computers take the place of teachers?, by Sugata Mitra, Special to CNN, September 26, 2010
[6] Goel, A. K., & Polepeddi, L. (2016). Jill Watson: A Virtual Teaching Assistant for Online Education. Georgia Institute of Technology.