12 ago 2020

Tantas "evidencias" nos dejan en evidencia


En la profesión de traductor es bien conocido el problema del “falso amigo”: un término en una segunda lengua tan parecido formalmente a otro en la primera que se toma por equivalente sin serlo; son homónimos, o casi, pero no sinónimos, o apenas. Un sencillo ejemplo es el de library-librería: si un español busca en Londres una librería donde comprar y pregunta por una library, terminará en una biblioteca en la que sólo podrá leer; si un inglés quiere ir a una library a leer y pregunta en Madrid por una librería, lo hará donde sólo puede comprar. A menudo están entre lo divertido y lo grotesco, como si un anglohablante nos dice que algo es terrorífico (por terrific, buenísimo) o un español lamenta estar constipated (estreñido, que no resfriado).

El que ahora hace estragos y amenaza con ir a más es el de las “evidencias” científicas. Proviene del inglés evidence, que designa los datos analizados o los resultados obtenidos por la investigación científica, así como las pruebas más o menos circunstanciales, directas o sólidas que presentan las partes en un proceso legal. Pero se entiende que su valor es normalmente limitado y provisional; en el proceso legal, las “evidencias” de una parte pueden ser barridas por las de la otra sin por ello dejar de serlo; en la investigación científica son simplemente los datos o resultados con mayor capacidad explicativa de momento.

En español, sin embargo, evidencia es la “certeza clara y manifiesta de la que no se puede dudar”, la “certidumbre de algo, de modo que el sentir o juzgar lo contrario sea tenido por temeridad”, lo que es “cierto, claro, patente y sin la menor duda”. En suma, la evidencia (en español) tiene un carácter rotundo e indubitado del que carecen las evidences (en inglés) presentadas en un proceso legal contradictorio u obtenidas en una investigación casi siempre en curso.

Las “evidencias científicas” se abrieron paso aquí con la internacionalización de la investigación, que obligó a usar la lengua franca antes de dominarla. No fue así en el ámbito legal, donde tampoco sería inteligible que las pruebas de ambas partes en conflicto pasasen a ser “evidentes”. La búsqueda en Google de “evidencias científicas” arroja 1.070.000 entradas, pero la de “evidencias legales” sólo 6.820. Un estropicio lingüístico como otros muy frecuentes (sirvan de ejemplo dramático en vez de espectacular, billón en vez de millardo, tópico en vez de tema…) pero sin mayores consecuencias, porque el científico es quien mejor conoce los límites de su ciencia.

La cosa empeora, sin embargo, cuando las “evidencias” llegan a las políticas públicas y a la política en general. En el campo educativo, por ejemplo, ha aumentado enormemente la cantidad de datos para de la investigación y de resultados de la misma, sea con diseños experimentales, metaanálisis, grandes encuestas internacionales (PISA y otras) y, de manera embrionaria, big data y analítica de datos, pero eso no la va a situar ni de lejos en el nivel de certidumbre propio de la ingeniería, la física o incluso la biología. A riesgo de simplificar, cabe decir que las ciencias duras (experimentales) se ocupan de problemas complicados, mientras que las blandas (sociales) lo hacen de problemas complejos. Poner un satélite en órbita es muy complicado, pero, puesto uno, pueden seguir muchos más con garantías de éxito; educar a un hijo o un alumno es complejo y, por muy bien que salga con algunos, hay poca seguridad de que lo haga con los siguientes. No es cuestión de dificultad, sino de la cantidad de variables aislables y medibles que intervienen en un caso y otro. A lo que nos interesa, implica que los datos tienen mucho menos de evidencia en las ciencias sociales que en las experimentales, por lo que es difícil no sonreír cuando se oye o se lee, por ejemplo, sobre las políticas educativas “basadas en evidencias”.

Peor aun es cuando llegamos a la política. El político tiene que legitimar sus decisiones, y nada más oportuno que las “evidencias científicas”, pero ahí es donde mejor se revela que esta expresión es (en castellano) un oxímoron. En estos meses de pandemia hemos sido informados de que las mascarillas quirúrgicas son inútiles e imprescindibles, de que el virus se transmite y no se transmite por el aire, de que los niños son y no son grandes super contagiadores…  No sería grave si se hubiese justificado “con los datos que tenemos”, o algo parecido, mas hacerlo con base en “las evidencias” puede resultar persuasivo la primera vez y a corto plazo, pero se torna contraproducente a la siguiente y a largo. Ulrich Beck, el teórico de la sociedad del riesgo, ya señaló que la cientificación del debate público podía terminar en que todo el mundo trajera su experto. En la esfera pública se habla mucho de políticas basadas en evidencias, pero en el mundo académico crece la preocupación por la evidencia basada en la política.

Me aventuro a afirmar, como criterio de prudencia ante la avalancha informativa y pseudocientífica, que se invocan más solemnemente “las evidencias” cuanto menos se comprende qué es y cómo funciona la ciencia –además de tener un problema con el inglés. A fuerza de invocarlas en vano nos arriesgamos a que terminen junto a las opiniones, de las que suele decirse que “son como los culos, todo el mundo tiene uno –y algunos apestan”.

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