16 dic. 2018

La hiperaula como hiperespacio

La idea de la hiperaula como hiperespacio no sólo obedece a sus mayores dimensiones. La hiperaula es grande, como el hipermercado, pero ni una ni otro son sólo eso. El supermercado era apenas una tienda grande, que albergaba más productos y más clientes y normalizaba el proceso: tomar de las estanterías, hacer cola, pagar en caja. El hipermercado es cuantitativamente más grande, pero sobre todo es cualitativamente distinto: más estanterías, sí, y con mucha más variedad, pero también venta en mostrador, productos de especialidad, rincón del gourmet, platos recién elaborados, degustaciones, oportunidades, etc., con sus equivalentes desde alimentación hasta informática, por no hablar del taller mecánico, la gasolinera, la guardería, la cafetería, las tiendas de marcas, la entrega a domicilio, la venta a crédito, la compra on line… en suma, todas las formas posibles de comprar y de vender. Mutatis mutandis, la hiperaula es potencialmente la recuperación de todas las formas posibles de aprender y de enseñar: la lección, el trabajo en equipo y la actividad individual; hincar los codos o moverse libremente; las disciplinas y los proyectos; el ajuste de las tareas al tiempo o del tiempo a las tareas; la copresencia y la colaboración a distancia, la sincronía y la diacronía, espacios e instrumentos físicos o espacios e instrumentos virtuales, el programa y la red de hiperenlaces… Si sólo fueran más grandes cabría hablar de superaulas, o macroaulas, pero no se reduce a eso. De hecho, esa diferencia cuantitativa sólo tiene valor en cuanto que permite importantes cambios cualitativos. En sí misma es incluso contraintuitiva, tanto más en un sector y ante una profesión tan obsesionados con las ratios que se diría que sólo el tamaño importa, aunque al revés de lo habitual.
Como suele hacerlo en el término hiperespacio, el prefijo híper en hiperaula remite al espacio y el tiempo como un conjunto articulado en el centro mismo del aprendizaje y la enseñanza. Decía Foucault en una entrevista con Hérodote[1] que el espacio había sido tratado “como lo muerto, lo fijo, lo no dialéctico, lo inmóvil”, mientras que el tiempo era considerado “rico, fecundo, vivo, dialéctico”; es decir, que aquél no fue tratado en absoluto, que no se le había prestado atención. Él sí que lo hizo, en Vigilar y castigar,[2] donde la prisión, el cuartel y la escuela (el aula) se presentan como paradigmas de la organización del espacio como materialización del poder, o del ejercicio del poder a través de la organización del espacio. También, por cierto, el tiempo, pero no como largo tiempo histórico de progreso sino como la minuciosa organización recurrente y disciplinaria de la actividad cotidiana, el horario escolar y el minutaje del aula, un tiempo más muerto que vivo. El aula ordinaria y la hora lectiva son ya, en definitiva, una forma de hiperespacio, pero en la que espacio y tiempo han sido disociados, el primero reducido al aislamiento de la clase y la alineación de los pupitres y, con ellos, del alumnado; el segundo, a la fragmentación y normalización del calendario y la jornada y la linealidad y secuenciación características del programa y del libro de texto. El aula convencional, el aula-huevera, con los alumnos en sus pupitres y el profesor en la tarima, es el peor de los hiperespacios imaginables: congelado, petrificado, hipostasiado.
El término hiperespacio ha sido popularizado por la literatura de ciencia ficción: en él se erige el Imperio Galáctico (Asimov, La Fundación), navega la Voyager a velocidad superluminal (Star Trek/Viaje a las estrellas) y viajan el comercio y las tropas de la República Galáctica (Star Wars/La guerra de las Galaxias). Ha asomado también a la filosofía psicodélica, como región ignota de la conciencia a la que llegar con ayuda de las drogas (McKenna, Pickover). Pero sus escenarios naturales han sido y son la matemática y la física teórica, desde la geometría tetradimensional, pasando por el espacio absoluto (el espacio tridimensional más el tiempo) einsteiniano, hasta los espacios de nueve y diez dimensiones de las supercuerdas o la supergravedad, particularmente cultivados por grandes divulgadores científicos como Carl Sagan o Michio Kaku. Su atractivo principal es la posibilidad especulativa de viajar en el tiempo, o de viajar a otros puntos del espacio inalcanzables en el tiempo vital, gracias a eventuales pliegues del espacio tridimensional. Para Kaku el concepto de hiperespacio simplifica la comprensión del universo, unifica las leyes de la física y hasta promete el único refugio posible para la humanidad cuando se aproxime el fin del universo tal como lo conocemos.[3] Pero yo no pretendo ir tan lejos, menos aún desde la parsimoniosa institución escolar, de manera que la alusión al aula como hiperespacio debe entenderse tan sólo como una propuesta de romper con el tiempo y el espacio heredados, con el aula y la lección tradicionales, explorando nuevas formas de organización del tiempo y las coordenadas del aprendizaje en la clase-aula y fuera de ellas, algo que hoy permiten la ruptura de los muros externos, al alcance de la tecnología, y de los internos, al alcance de la innovación.
La hiperaula es simplemente, ya como escenario físico, la liberación de ese hiperespacio: amplia, móvil, diversa, reconfigurable. Alumnos y profesores no están atados por el [in]mobiliario al diseño homogeneizador, disciplinario y panóptico propio de la lección, del broadcast, mal llamados la “clase magistral” (tan respetable en dosis moderadas), sino que pueden diseñar y rediseñar por sí mismos las coordenadas espacio-temporales de su actividad, es decir, su hiperespacio, en función del diseño y rediseño de las situaciones, experiencias, procesos e itinerarios de aprendizaje. Entre el aprendizaje aislado que imponen el pupitre individual o la silla de pala, y la enseñanza colectiva que dictan la pizarra, la tarima y el profesor único, la hiperaula abre todas las posibilidades del trabajo en equipo, el aprendizaje colaborativo o la enseñanza mutua. Frente a la homogeneidad y simultaneidad de la lección magistral, el horario lectivo o el examen grupal, se abren todas las posibilidades de agregar y desagregar los tiempos y, por tanto, las actividades, tanto individuales como en toda suerte de agrupamientos.
Pero hay más, incluidas la cuarta dimensión y el pliegue del espacio-tiempo, ambos posibles gracias a la tecnología. La cuarta dimensión a que aludo es la eventual continuidad del aula en el espacio virtual, es decir, en escenarios virtuales compartidos como las páginas wiki, los documentos coeditados, los chats síncronos o asíncronos, los tableros  pizarras colaborativos… y lo que vendrá, dispositivos virtuales que permiten tanto sacar el aula de las paredes del centro y liberarla de la copresencia y la sincronía como traer a ella a otros educadores, otros expertos, otros aprendices y otros recursos de aprendizaje. El pliegue al que me refiero es hipertexto o, de manera generalizada, el hiperenlace o hipervínculo, que permiten escapar de la forzada linealidad del texto, la lección o el programa para ir directamente a dondequiera que el interés del aprendiz o el diseño y la orientación del educador quieran llegar.

[1] Foucault, M. (1972). nd-a. Questions on Geography: Interview with the editors of the journal Hérodote. Michel Foucault: Power Knowledge. Selected interviews and other writings1977.
[2] Foucault, M. (2014). Surveiller et punir. Naissance de la prison. Editions Gallimard.
[3] Kaku, M. (2016). Hyperspace: A scientific odyssey through parallel universes, time warps, and the tenth dimension. Oxford University Press.