13 abr. 2008

Los Polanco

En mi medio profesional e intelectual, o al menos en parte de él,  está mal visto hablar bien de cualquier persona poderosa o rica, pero no quiero dejar de decir algo sobre Jesús e Isabel Polanco, que se han ido en menos de un año. Él, a los 76, algo por encima de la esperanza de vida de su cohorte; ella, a los 51, en su mejor momento.

Sólo una sobredosis de copeína o elmundina podría dificultar comprender que España no sería hoy la misma, y sí menos buena,  sin El País, la SER o Canal Satélite (hoy Digital). Estos medios han jugado un papel esencial –no único pero sí muy destacado- en la consolidación de las instituciones libres, la creación de una opinión pública informada, la formación de una antes inexistente (y hoy insuficiente) cultura liberal, democrática y social y la oferta de un ocio audiovisual no borreguil.

El papel de Santillana, origen del grupo empresarial, primera gran empresa del padre y objeto de dedicación de la hija, seguramente ha sido menos exclusivo, pero no menos importante. Si los primeros atisbos de modernización del sistema educativo español se hicieron visibles para los alumnos en la sustitución de la Enciclopedia Álvarez por los textos más coloridos y especializados de SM, Vicens Vives, etc., la señal definitiva de modernización lo hizo en Santillana y  Anaya, un proceso que aquélla llevaría luego a Colombia, México, Brasil y otros países americanos, a algunos de ellos por el impulso muy particular de Isabel Polanco.

El libro de texto, es verdad, es a veces un corsé que limita la iniciativa del profesor, lo que ha llevado a denunciar su presunto papel desprofesionalizador. Pero lo que puede ser cierto para algunos no lo es para la mayoría: el libro de texto es un instrumento siempre útil, aunque no exclusivo, para el buen profesor y, todo hay que decirlo, el seguro de vida del alumno, la garantía de que aun con el peor de los docentes no se verá privado del acceso al conocimiento escolar. Imposible prescindir de él y, por tanto, esencial hacerlo bien.