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27 feb 2014

Todo lo que siempre quiso saber sobre la jornada escolar... y nunca se atrevió a preguntar (en 6 cómodos vídeos)

Todos los años, por estas fechas, comienzan las escaramuzas sobre la jornada escolar, es decir, la pugna de la mayoría de los profesores y de una minoría de padres de la escuela pública por lograr la jornada intensiva y matinal (también llamada continua o compactada, según donde). El conflicto tendrá pronto un cuarto de siglo, pero este año se recrudece porque, en medio de los recortes presupuestarios y del conflicto entre el profesorado las familias de la escuela pública, por un lado, y las administraciones, por otro, estas ven en la jornada intensiva una vía de ahorro, ya que al menos reducirá la demanda de comedores y, por tanto, el coste de subvenciones y becas, así como la oportuna golosina con que desmovilizar a los profesores e introducir una cuña en su frente con los padres. Eso explica la súbita conversión de varias administraciones conservadoras, que antes se habían opuesto, a una política más permisiva hacia la demanda docente de jornada intensiva, como vemos que sucede en Cataluña, la Comunidad Valenciana, Aragón y Madrid.

(Entre paréntesis: si los gobiernos autonómicos del PSOE, con o sin IU, han terminado aceptando la jornada intensiva como un mal menor (Canarias, Andalucía) o incluso se han anticipado a la refriega organizándola por su cuenta (Extremadura, Castilla-La Mancha), y los gobiernos del PP, o el conservadurismo nacionalista (CiU, PNV), se han mostrado más opuestos, no es porque la jornada intensiva sea "de izquierdas" -todo lo contrario, teniendo en cuenta a quién beneficia y a quién perjudica-, sino porque aquellos ven en el profesorado parte de su electorado natural y estos a un adversario -ambos se equivocan-, y porque estos gobiernan comunidades más ricas y con mayores tasas de actividad laboral de las mujeres.)

En fin: todos los años, por estas fechas, me llueven mensajes y solicitudes en torno a la cuestión de la jornada continua que no puedo permitirme atender. Por eso he grabado media docena de vídeos tratando prolijamente el asunto. Están disponibles en YouTube, con anexos en forma de presentaciones en SlideShare (con tablas, gráficos, etc.)

La serie de seis vídeos  y presentaciones comprende:

1. El ritmo vital de niños y adolescentes. Vídeo / Presentación
2. Falsos tópicos sobre la jornada continua. Vídeo / Presentación
3. ¿A quién conviene qué jornada?. Vídeo / Presentación
4. El balance de la jornada matinal. Vídeo / Presentación
5. Un proceso antidemocrático y errado. Vídeo / Presentación
6. Elegir jornada en vez de imponerla. Vídeo / Presentación

13 feb 2014

El tiempo (escolar) todo lo arruina


Sí, al contrario de lo que pretende el refrán ("El tiempo lo arregla todo"), en la escuela cabe decir lo contrario, que todo lo echa a perder. Su ordenación actual resulta de una mezcla de inercia, ignorancia, intereses y burocracia que mina el aprendizaje y la educación y perjudica a los alumnos y a la sociedad.
¿Demasiados años -seguidos?
Empecemos por la extensión misma de la escolaridad. Se da por sentado que, en educación, más es mejor, ignorando los efectos secundarios. Lo que comenzó como algo prolongada para muy pocos y breve para muchos, ha llegado a 15 años de escolarización forzosa. Hagan cuentas: 95% de escolarización a los 3 años y 97% a los 4; obligatoriedad de 6 a 16; meta (no alcanzada) de que el 90% obtenga al menos un título postobligatorio, o sea de dos años más, y un porcentaje, similar al de abandono, de repetidores de un curso o dos. O sea, un mínimo general de 15 años más lo que se añada por entrar antes o seguir después. ¿No son demasiados?
Pues sí, lo son. La escuela tiene muchas virtudes, entre las cuales el aprendizaje, los amigos, el entorno protector -aunque no siempre funcionen-, pero en todo caso es mucho tiempo. Demasiado tiempo de aislamiento de la sociedad y del mundo adulto, de no asumir responsabilidades y que te marquen el camino, de institucionalización. Para quien le guste puede parecer estupendo, pero yo no creo que lo sea sin más, pues entraña un desarrollo unilateral y encapsulado; y, para quien no le guste, fácilmente un desastre. Muchos educadores infantiles desbordan entusiasmo proponiendo que su etapa sea obligatoria, y un partido de izquierda hizo suya la propuesta; un ministro de educación, por su parte, propuso prolongar la obligatoriedad hasta los dieciocho años (unos pocos países lo han hecho).
No me malinterpreten, que yo mismo fui estudiante muchos años, coleccioné títulos, soy profesor y me dedico a investigar la educación: no le hago ascos. Pero los tiempos cambian y el aprendizaje gana espacio al margen de la educación y esta al margen de la escuela. Y la escuela, como todo, está bien... si te gusta. Cabe decir de ella lo que Mae West del matrimonio: "Es una gran institución, pero todavía no estoy lista para ser institucionalizada" (en inglés quiere decir ingresada). No olvidemos nunca que es la última forma de conscripción, que tiene su cara oscura.
Presumimos, por ejemplo, que los jóvenes sabrán elegir oficio o carrera a los 16 o 18 años porque ya han hecho una degustación en las asignaturas de la secundaria. Mi impresión es que, en su mayoría, no tienen ni idea ni de qué quieren ni de qué les espera. Y mis sugerencias son tres: primera, que la educación obligatoria tiene que incorporar más muestras del mundo real: salidas, experiencias de trabajo, servicios a la comunidad; segunda, que la familia que se lo pueda permitir piense en conceder a sus hijos un gap o sabático antes de acceder al nivel terciario (se puede aprovechar para viajar, aprender idiomas o informática, obtener el permiso de conducir, ganar algún dinero trabajando... y pensar con calma en el futuro); tercera, que el Estado facilite por todos los medios el retorno a la educación formal por quienes la abandonaron, de modo que salir y volver sea una opción factible para cualquiera.
El calendario académico
El año escolar, con sus largos tres meses de verano, proviene de la sociedad agrícola, en la que las tareas se intensifican entre julio (incluso junio) y septiembre... pero en la agricultura trabaja ya menos del 5% de la población ocupada. Al margen de la huerta, es cierto, el largo y cálido verano hace más difíciles el encierro y el estudio (pero ya hace tiempo que se inventó el aire acondicionado) e invita a estar en la calle (si no la vuelve inhabitable).
En España, el calendario escolar ha pasado en pocos decenios de 210 días a 176. Las administraciones dictan cada año un calendario algo flexible, con margen para el inicio y la terminación, e invariablemente se repite un forcejeo en que los centros públicos pretenden comenzar tan tarde y terminar tan pronto sea posible -los centros privados y concertados suelen ser más generosos en eso.
 La investigación indica que hay un ciclo: durante el curso académico se cierra en parte la diferencia de conocimiento entre los alumnos, pero durante el verano se reabre. Además, las familias se las ven y de las desean, cuando todos los adultos tienen un trabajo remunerado, para hacerse cargo de los menores durante esos largos tres meses. Los edificios e instalaciones escolares se cierran o pasan a estar desaprovechados como no pasa con ningún otro.
Numerosos países intentan ampliar el calendario escolar (p.e. los EEUU) o simplemente redistribuirlo (p.e. Francia), reduciendo las vacaciones veraniegas y llevándolas en parte al cierre de los cuatrimestres, de modo que alivie a la vez la sobrecarga del curso y el largo hiato entre cursos. Estas propuestas suelen ser bien recibidas por las familias (la mayoría, no todas), discutidas por los hosteleros (que tienen sus ideas al respecto) y ferozmente resistidas por los docentes (que adoran sus vacaciones).
La jornada escolar
En la escuela pública y para la educación infantil y primaria, media España tiene a sus hijos en jornada sólo de mañana y la otra media está o estará pronto sometida a un tercer grado permanente hasta que lo acepte. Me refiero, claro está, a la presión, a veces acoso, de los profesores sobre los padres. En la escuela privada, la cosa es distinta: la mayoría tiene jornada partida y la cuestión apenas se planteaba hasta hace poco, aunque está empezando a cambiar con rapidez.
Profesores y directores, claustros y sindicatos, todos prometen milagros si se concentran las clases en la mañana: los alumnos rendirán más, las familias serán más felices, florecerán las actividades extraescolares... y sin coste ni perjuicio alguno.  No pocos profesores no piensan tal cosa, pero se abstienen de comentarlo siquiera, pues sería la vía directa al ostracismo. Las familias están lógicamente divididas, pues algunas ven a sus hijos sobrados y aburridos, de manera que cuanto antes salgan del centro mejor, y además suelen ser las mismas que pueden y saben ofrecerles otras opciones fuera de la escuela (o pagar por ofrecérselas dentro); otras, en cambio, los ven agobiados por el ritmo de la escuela, y además suelen ser las que no saben o no pueden ofrecerles lo mismo fuera de ella.
Lo que la ciencia sabe apunta en sentido contrario. El ritmo natural de las personas, mucho más de los niños, es discontinuo, es decir, no concentrado ni compactado sino relajado y distendido, lo contrario de la jornada continua y lo que ofrece mejor la partida. La primera hora de la mañana no es la mejor para aprender, sino muy mala, de las peores, y los niños no están callados por atentos sino adormecidos. También es pésima la última de la mañana, que pasa de descanso en la partida a ser lectiva en la continua. La mejor hora es media mañana, y la segunda mejor hora es siempre por la tarde, incluso al comienzo de esta. Por otra parte, si hombres y mujeres trabajan a tiempo completo (como es deseable), difícilmente van a estar en casa esperando a los niños al término de la jornada continua (salvo que sean docentes, claro). No hay ninguna razón, sino todo lo contrario, para creer la jornada continua beneficiosa ni para los niños ni para el sistema educativo. Puede haber otras razones a su favor, como escapar de una escuela que te aburre (si así fuera), tener más tiempo para otras actividades interesantes (si están al alcance), reducir desplazamientos (si no hay comedor o resulta caro), etc., pero ninguna de carácter pedagógico.
El mayor fiasco, no obstante, no está en la primaria sino en la secundaria, a pesar de que se dé sin discusión y tendamos a pensar que, cuanto mayor el alumno, más fácil madrugar, mantener una actividad continuada, etc. Como en toda España, excepto Cataluña y el País Vasco, los Institutos de Bachillerato tenían un horario de mañana (herencia de cuando funcionaban a dos turnos por escasez de edificios), y como, con la aplicación de la LOGSE, la ESO fue a parar casi por entero a los institutos, los adolescentes de doce años pasaron masivamente a una jornada intensiva, comprimiéndose sus 6 horas diarias (30 semanales) en una interminable mañana, entre la indiferencia de los profesores de secundaria, el alborozo de los maestros, la inacción de las autoridades y la pasividad de los padres.
Pero resulta que, con la llegada de la adolescencia, no se vuelve uno más capaz de madrugar sino al contrario. Contra toda expectativa, a los 11-12 años el reloj biológico de los adolescentes se retrasa una hora o más respecto de sus hermanos menores y mayores. Para ellos, para su cuerpo y su mente, amanece y anochece más tarde. Y como lo que les rodea no sólo no se adapta sino que los empuja en sentido contrario, el resultado es que pasan a dormir (más) a deshora y menos de lo debido, con un déficit de sueño en cantidad y calidad que repercute sobre su rendimiento escolar y su salud física y mental, provocando problemas como el sobrepeso, el mal humor permanente, la falta de concentración y atención, el consumo de estimulantes, la impuntualidad y otros.
¿Cuántos minutos tiene una hora?

La cuestión del tiempo escolar alcanza a veces extremos surrealistas. Para los mortales, las horas son de 60 minutos, pero en el sistema escolar tienen sólo 50.  Así es en todo caso en los meses de junio y septiembre, cuando la jornada de mañana y tarde se convierte por doquier en intensiva, y así se ha hecho en muchos sitios al eliminar alguna tarde. Las 30 horas de la ESO, más 5 recreos, caben en 6 horas matutinas... porque son de 50-55 minutos. Numerosas declaraciones sindicales, proyectos educativos de centro y noticias de prensa, al presentar la propuesta de paso de jornada partida a continua, insisten en que seguirá habiendo 5 horas lectivas al día, cuando manifiestamente son 4½ (habría que añadir que, al dividir el recreo o concentrar las clases, pronto se generan pequeños descansos adicionales de hecho). El Panorama de la Educación de la OCDE afirma que los maestros de primaria españoles imparten 880 horas de clase por año, lo que se basa en multiplicar 176 días lectivos por 5 horas al día y es, por tanto, manifiestamente exagerado: los propios niños no reciben más que 4½ al día, luego sólo 792 al año, y ningún maestro da ni de lejos todas las horas de un grupo ni su equivalente (típicamente da unas 700): simplemente se computan como lectivas horas que no lo son. Más avezada, la encuesta TALIS, de la propia OCDE, cuando pregunta a los profesores cuántas horas trabajan advierte a renglón seguido: "Cuente horas de reloj, es decir, 60 minutos cada una."

3 sept 2011

Los tiempos del profesor, por dentro y por fuera.

¿Cuántas horas debe dedicar un profesor a la docencia en aula, cuántas a otras tareas educativas y cuántas a su preparación? Sinceramente, no lo sé. Primero porque no lo sé ni me lo he preguntado siquiera y segundo porque supongo que varía enormemente según la etapa y que debería hacerlo incluso según el tipo de alumnos, según la materia y según las capacidades del profesor. Los tres últimos elementos ya sé que son tabú: café para todos. Pero no es lo mismo educar en un medio social que en otro, leer del libro de texto que preparar materiales propios ni trabajar a los treinta años que a los sesenta. El primero no es tabú porque cada cuerpo reivindica, simplemente, igualarse al inmediatamente superior para acabar con el agravio comparativo, pero sin contrapartidas: los maestros quieren horario de instituto pero sin pasar por la licenciatura, los profesores de instituto quieren horario de universidad pero sin tener que doctorarse ni investigar, etc.: la carta a los RRMM y, si es posible, la piñata. Pero sí creo que debería reducirse la presencia en el aula al paso de la edad del profesor, salvo que no lo desee y pueda mantenerla; que los profesores más concienzudos e innovadores en la preparación de su trabajo deberían ser incentivados con mas tiempo para prepararlo (con la condición de compartir sus resultados) y que el trabajo con grupos o en centros más difíciles debería ser apoyado con una distribución del tiempo con menos presencia en aula y más horas de preparación (esto podría organizarse con carácter general, lo que sin duda daría lugar a perversiones sindicales, desde arriba, lo que podría provocar arbitrariedades, o desde abajo, como una subasta: si 3º de la ESO es más difícil para los profesores que 4º, quien quiera 4º debe ofrecer más horas propias de trabajo presencial, pongamos que un 10% más vigilando el recreo, para hacerse con él y quien se quede con 3º se beneficiará de la rebaja correspondiente). Pero, insisto, no sé cuál ha de ser en cada caso el balance adecuado entre horas en el aula y resto. Si sé, por supuesto, que una clase será mejor cuanto más tiempo se dedique a prepararla... suponiendo que efectivamente se haga.
Porque ésta, y no otra, es la cuestión. Las comunidades autónomas gobernadas por la derecha (sea PP, UPN o CiU) nos han metido en el debate sobre sobre la distribución de las horas del profesor entre la docencia en aula y el resto. Como reacción, los sindicatos y colectivos de profesores y sus intelectuales incondicionales, que son muchos, han puesto el grito en el cielo denunciando los recortes, el ataque a la escuela pública y los incontables males que se derivarán del mismo. Pero cualquiera que conozca el mundo de la educación un poco de cerca puede darse cuenta de que el primer efecto de esto es que se se pasa a discutir cómo se parte el tiempo y se deja de discutir cómo se emplea cada una de las partes, cuando lo importante es precisamente eso. Grosso modo, podemos decir que el tiempo semanal del profesor se reparte por mitades entre el tiempo en el aula y el tiempo de apoyo al mismo, incluidas en éste tanto las actividades dedicadas a mantener el funcionamiento de la vida en el centro y el aprendizaje de los alumnos en el aula (guardias, tutorías, reuniones...) como las necesarias para sostener el propio trabajo individual del profesor en el aula (estudiar, preparar materiales, programar, corregir, evaluar...). Si en vez de la semana contemplamos el conjunto del año, que incluye un buen número de jornadas no lectivas pero sí laborales (entre las cuales el mes de julio, mientras no se legisle lo contrario) lo cierto es que la segunda mitad mencionada se acerca a los dos tercios del total.
La primera parte, el tiempo en el aula, ya está por sí misma bastante fuera de control. Aunque podemos suponer, y más o menos sabemos, que la mayoría de los profesores emplean razonablemente ese tiempo, también sabemos que algunos lo hacen muy bien y algunos muy mal. Que algunos, por ejemplo, llevan al aula magníficos proyectos, actividades o programaciones que en parte son producto de su trabajo, a veces incluso de un trabajo que va más allá del tiempo pagado (aunque para un periodo anual es bastante menos probable que para uno semanal), mientras que algunos otros repiten cansinamente la misma actividad año tras año, improvisan sin preparación o se limitan a mantener ocupados a los alumnos. El caso es que no existe ningún control efectivo sobre esto: ni de los compañeros, ni de los directores, ni de los inspectores, ni de los órganos colegiados de gobierno, ni a través de la participación de la comunidad, ni a partir de los resultados de los alumnos, porque todo ha consagrado al docente como autoridad exclusiva y excluyente en su aula, desde la tradición de que cada maestrillo tiene su librillo hasta la estrategia ferozmente corporativa de los sindicatos en defensa incondicional de su base. Recientemente se venía abriendo paso la idea de avanzar en la evaluación del profesorado, introducir incentivos, etc., pero gracias a esta torpe política conservadora y a los reflejos y el discurso monocorde de las organizaciones gremiales ya volvemos a la dialéctica maniquea habitual.
La otra parte, el tiempo de preparación y apoyo, es sencillamente el reino de la irresponsabilidad. La disparidad en la manera en que los centros atienden aspectos como las tutorías, la tutela del espacio y el tiempo fuera del aula, las actividades extracurriculares, el funcionamiento de los órganos o las relaciones con su público y con la comunidad es espectacular. Pero lo que se lleva la palma es la coexistencia de educadores para los que todo tiempo y esfuerzo son pocos para mejorar y renovar su trabajo, aquellos que ven la educación como una función social de primer orden y con efectos decisivos para sus alumnos y se consideran compensados ya en parte por poder contribuir a ello, junto a otros cuyo principal esfuerzo es el de limitar su tiempo laboral al tiempo lectivo, y lo que asombra es que, en última instancia, los tratemos a todos por igual, incurriendo en una enorme injusticia y una insultante falta de reconocimiento para los que dan lo mejor de sí. Es el viejo problema de los que eligen la profesión por vocación, los que la eligen por las vacaciones y las distintas combinaciones en medio.
Las actuales medidas de los gobiernos autónomos conservadores en este terreno pueden considerarse malas en sí mismas, pues, rebus sic stantiubus, debilitan el trabajo preparatorio del profesor. No es menos cierto, sin embargo, que están dentro de la legalidad y que los horarios lectivos se habían venido reduciendo de hecho sin ninguna contrapartida asegurada por parte del profesorado, es decir, permitiendo a unos hacer mejor su trabajo y a otros trabajar menos. Quizá quepa aprovechar el momento (nunca dejes escapar una buena crisis) para discutir a fondo las condiciones de trabajo y el compromiso profesional de los docentes.