9 ene. 2020

¡Es la organización, estúpido!



Mejora e innovación tendrán escaso alcance y duración mientras se fíen al nivel macro de la política y las leyes o al micro del profesor en el aula, como hasta hoy. La clave está en el nivel meso, la organización, cuyo núcleo es el centro. No en cuanto entidad administrativa sino como sistema abierto, plataforma de colaboración, organización que aprende y se adapta y (re)diseñada en torno al aprendizaje del alumno.


Todo el mundo cree tener soluciones para la educación. Entre las más populares: más recursos y menores ratios (dos mantras burdos que sólo responden a reflejos instintivos), mejores profesores (vía formación, selección, inducción, subida salarial, jubilación anticipada, etc.) y mejores alumnos (vía escolarización temprana o selección). Todas consisten en más (alguna en menos) de lo mismo. Responden a cierta incapacidad de encarar lo complejo que se suple proyectando en el nivel macro lo que parece evidente en el micro (lo que en la ciencia se suele llamar el error de composición) e ignorar lo que hay en medio.
La política es demasiado grande y general para responder en forma efectiva a la variedad de necesidades y posibilidades de las comunidades, grupos e individuos, y el profesor en su aula resulta demasiado pequeño y especializado para poder hacerlo a la problemática global del alumno. Entre una y otro están los centros, con mucha más capacidad de integrar a los distintos agentes, escolares o no, que intervienen en la educación. Por eso son tan importantes en sí mismos los proyectos educativos, que deben terminar ya de ser declaraciones rituales o planes hueros, y las direcciones, que deben dejar atrás la inoperancia y trascender las funciones meramente administrativas para ejercer un liderazgo pedagógico.
Pero el mundo educativo debe asumir, como tuvo que hacerlo mucho antes el empresarial, que una organización no termina en sus confines administrativos. La organización del centro no se reduce a la elección del director, las condiciones laborales del profesorado o el régimen del alumnado. La escuela debe concebirse como un sistema amplio, que comprende al alumnado y las familias no simplemente como objeto de su acción, y abierto al intercambio y la colaboración con su entorno, es decir, con otros centros (educativos) e instituciones (no educacionales), con otras organizaciones no estatales (empresas, asociaciones, fundaciones) y con la comunidad en general. Creo que se puede y se debe apostar porque los centros habrán de convertirse progresivamente en núcleos comunitarios, en plataformas con la enseñanza como pieza clave, pero no única, pues el aprendizaje y el cuidado de los menores que les hemos encomendado requieren otros servicios, agentes y actividades, y el centro debe ser el mediador y aglutinante funcional y, en buena medida, espacial de los mismos.
En un contexto económico, social, tecnológico e informacional rápidamente cambiante y en gran medida incierto una organización necesita percibir, aprender, responder, adaptarse, prevenir y anticiparse. Una organización aprende cuando es capaz de ver sus propios aciertos y errores y las transformaciones y tendencias en su entorno. Esto requiere la capacitación de sus integrantes, un diálogo fluido con el exterior y una colaboración eficaz en el interior, tanto más dado que su núcleo profesional, los docentes, se caracteriza por un conocimiento en gran medida tácito, no formalizado, que se transmite bien en la colaboración pero no tanto a través de medios interpuestos. En la práctica esto significa que hace falta vida profesional en el centro, en su espacio físico y subsidiariamente virtual, que la presencia del profesorado no puede limitarse a las clases y poco más y que las aulas no deben ser espacios autárquicos y opacos.
Por último, aunque estoy por decir que es lo más importante, la organización es también y sobre todo la organización del aprendizaje, no una superestructura por encima del mismo. Esta organización tiene todavía como norma el aula-huevera, con un grupo presuntamente homogéneo de alumnos, un docente al frente y una actividad uniforme, básicamente transmisiva. Una fórmula prefigurada en el siglo XVII, desarrollada en el XIX,  a medio camino entre el sermón eclesiástico en que se inspiraba y el taller manufacturero al que dirigía. Esta organización, que pudo tener ciertas ventajas, muy limitadas, en los comienzos de la escuela actual, chirría para una educación universal, prolongada y que se quiere inclusiva y en contraste con el ecosistema digital. Contra ella se abren paso las hiperaulas y otros entornos de aprendizaje innovadores que combinan espacios reconfigurables, tiempos flexibles, reagrupaciones fluidas y variables y un uso generalizado y avanzado de la tecnología digital, así como, cada vez más a menudo, la codocencia. (un equipo docente en una misma aula).
Esta última merece una atención especial por varios motivos. Supone una cooperación docente real, sobre el terreno, no meramente formal o administrativa, ejemplo a la vez para el aprendizaje colaborativo del alumnado. Blinda la continuidad de los proyectos, programas y actividades contra los traslados, bajas y ausencias de los profesores. Potencia las capacidades docentes y resulta idónea para la iniciación del profesor novel. Protege al profesor de la ansiedad propia de la soledad en el aula y al alumno de la arbitrariedad que acecha en su aislamiento autárquico. Y mejora la relación y el equilibrio docencia/discencia de manera incomparablemente más eficaz y eficiente que la muy costosa y siempre frustrante reducción de ratios.


2 comentarios:

  1. Pues sí, pero como usted dice eso ya está inventado. Los colegios de las distintas congregaciones de la iglesia tiene sus sistemas propios y característicos de organización en sus colegios y por eso, entre otras cosas, son solicitados. Puede que a algunos no les guste esas formas de organización pero a muchos otros sí. Son los jesuitas los primeros que han aplicado la codocencia y las aulas flexibles. Los colegios públicos sometidos a las normas administrativas está ahogados, deben adoptar formas de organización y procedimientos docentes propios, deben ponerlos en práctica y deben dar a conocer sus propuestas y resultados pero no cuentan con el apoyo necesario. Hay que dar libertad a los centros y que se comprometan a elaborar, aplicar y evaluar un proyecto acomodado al entorno en el que se ubican y a los intereses de los padres y la administración educativa supervisar y facilitar los medios.

    ResponderEliminar
  2. En todo caso creo que cualquier reforma o pacto de la educación debe respetar las convicciones religiosas, filosóficas, morales y pedagógicas de los padres, por encima de las convicciones del partido o de la administración. Debe asumir los contenidos que determine el Instituto de España y sus reales academias en las enseñanza primaria y bachillerato. A los colegios profesionales y los sindicatos las contenidos de las enseñanzas técnicas y profesionales. A la administración con el dinero del contribuyente hacerlo posible. Y a los partidos controlar que se logra y denunciar cuanto sea necesario.

    ResponderEliminar