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Sociólogo, catedrático en la Universidad Complutense. Buena parte de mi investigación ha estado dedicada a la educación, en particular a las desigualdades escolares, la organización de los centros, la participación social, la profesión docente y la política educativa.
También he trabajado y trabajo sobre desigualdades sociales, sociología de las organizaciones, sociología económica. Ahora me interesan especialmente las redes, la internet y, en general, lo que llamo, para que rime, sociedad o era global, informacional y transformacional (SEGIT).

19 mar. 2014

No se trata de rankings, sino de transparencia

Sobre el punto 4 del manifiesto  La Educación Que Nos Une
No aceptamos
Una educación concebida en términos de competitividad y ranking,
y mucho menos como herramienta de exclusión escolar y social.
Proponemos
Una educación compensadora de desigualdades; una educación que
apueste por el trabajo en equipo y la construcción colectiva de conocimiento

    Como en los demás puntos del manifiesto, unos términos oportunamente elegidos casi obligan a estar de acuerdo, pero la trampa es obvia. Nadie se va a declarar de acuerdo con una educación “concebida en términos de competitividad”, pues ya el término competitivo, aplicado a las personas (otra cosa sería a las empresas, ¿no?), es peyorativo. Claro que si, en lugar, de competencia, dijéramos emulación, podríamos incluso citar a Lenin o al Ché Guevara en su apoyo,pero no voy a discutir aquí sobre cuál pueda ser la combinación adecuada entre lo individual y lo colectivo, la competencia y la cooperación. Lo mismo sucede con los rankings: en castellano tenemos la palabra palmarés, o la más neutra clasificación, pero ranking es, sin duda, más rotundo y suena a jerarquía. Si de la ceremonia de los oscars se suprimió el “The winnner is...” para sustituirlo por "The oscar goes to...”, no cabía esperar menos de la educación.
    Del otro lado, en contrapartida, se nos propone apostar por el trabajo en equipo y la construcción colectiva del conocimiento. ¿Quién va a decir que no? La cuestión es que ni uno ni otra creo que tengan mucho que ver con lo que es el blanco del manifiesto: la LOMCE y lo que la rodea. Más bien creo que topan con tradiciones, culturas y prácticas de más largo alcance en la institución escolar y la profesión docente, tales como el solipsismo docente (desde el viejo librillo de cada maestrillo hasta la actualidad inmunidad de los profesores frente a la impotencia de los directores, los órganos colegiados, la comunidad escolar y las autoridades educativas), si es que el equipo y el colectivo a los que se refiere el Manifiesto son los docentes, o los simples hábitos escolares de trabajo y evaluación, si son los discentes.
    Y, por supuesto, nada que oponer a compensar las desigualdades y todo contra la exclusión escolar y social... excepto que resulta difícil saber qué relación tiene esto con o anterior y por qué está en este punto y no, por ejemplo, en el siguiente, que es el propiamente dedicado a la desigualdad.
Si miramos el punto globalmente, tanto lo que se rechaza como lo que se propone, el resumen sería una visión de equipo, colectiva, frente a una individualista, competitiva. Suena razonable, pero no lo es, porque la contraposición es ficticia. El Barça o la Roja, por ejemplo, son ejemplos de trabajo en equipo, y no sé si tal vez también de construcción colectiva del conocimiento, en un contexto de intensa competitividad para ocupar la mejor posición en un ranking... hasta el punto de que uno y otra han llegado a convertirse en paradigmas de lo primero y estrellas de lo segundo, y sus entrenadores en estelares motivational speakers e incluso en iconos de los nacionalismos catalán y español, respectivamente. Volviendo a lo nuestro, una cosa es la evaluación y competencia de los centros y otra la competitividad entre los alumnos: pueden darse las dos, ninguna o cualquiera de ellas sin la otra. Sencillamente son dos planeos diferentes.
    Esta confusión tiene una función, si es que no un fin. En realidad, el núcleo duro de este punto está en lo que rechaza, no en lo que propone. Y detrás del fácil rechazo a los rankings está el rechazo de la evaluación de los centros y, más aún, de la transparencia. Los índices de evaluación (sea PISA, la EGD, la prueba de CDI o cualquier otra) son discutibles; las evaluaciones deben ser más comprensivas que lo que puede recoger cualquier baremo; las evaluaciones se traducen en clasificaciones y éstas pueden tener un resultado acumulativo, etc., etc. Todo esto es cierto y significa que, en definitiva, las evaluaciones pueden tener efectos perversos contra los que hay que estar alerta.
    Pero esto no debe hacernos ignorar que también y antes que nada hay un problema de transparencia. El ciudadano tiene derecho a saber cómo funcionan las instituciones, el contribuyente a saber adónde va su dinero, las familias a saber cómo funcionan los centros escolares. Estamos, como poco, ante un conflicto de derechos, uno más, como los hay entre el derecho a la información y el derecho a la intimidad y a la propia imagen, la libertad de información y la seguridad nacional, el derecho a la propiedad y el derecho a la vivienda, etc. Lo preocupante es que en el mundo de la educación se olvide, se desdeñe o sencillamente se niegue sin más la necesidad de transparencia y el derecho a la información, afectados en primera instancia por la opacidad de nuestras escuelas, en nombre de riesgos que podrían producir problemas en segunda instancia, tales como el descrédito de algunos centros y su posible vaciamiento, etc.
    Me temo que la idea de transparencia, aplicada al sistema educativo español, resulte simplemente excéntrica, pero yo sugiero a los sorprendidos que miren, por ejemplo, lo que cualquier familia londinense puede averiguar sobre los centros escolares de la ciudad antes de matricular a sus hijos en cualquiera de ellos. Si acude al London Schools Atlas encontrará sobre cada centro todos sus datos administrativos, de qué zonas y de qué otros centros proceden sus alumnos (así como entre qué centros de distribuyen los de su zona), sus tasas de graduación y otra información. Ahí mismo puede conectar con Edubase, que le proporcionará datos censales sobre la edad y el sexo de los alumnos, si el centro participa en programas especiales, si presta atención a alumnos con necesidades especiales y de qué tipo, si ha sido objeto de medidas relativas a la calidad (advertencias, suspensiones, etc.), el nombre y los méritos especiales de su director... O a las tablas de rendimiento del Departamento (Ministerio) de Educación, donde podrá ver una amplia gama de indicadores del desempeño del centro, el valor añadido en sus resultados (la diferencia entre lo que consigue y lo que se le supone con el tipo de alumnado que tiene), lo que gasta por alumno y en qué, la composición de su personal, su salario medio... O a la web de Ofsted (el servicio de inspección), que incluye su propia gama de indicadores y los últimos informes (normalmente cinco) sobre el centro, cada uno de ellos de unas diez páginas especialmente diseñadas para información de las familias y de los alumnos. (Si quiere probarlo, hágalo directamente todo desde cualquier icono en el mapa del atlas.)
    Quienes se oponen a la transparencia y la rendición de cuentas aducen invariablemente que conducirán a los rankings y estos a una desigualdad creciente en la que, a través de la elección de centro por los padres y de alumos por los centros, los buenos mejores centros mejorarán y los peores empeorarán, en una dinámica de efecto Mateo. No puedo discutir aquí esto en detalle, pero sí señalar por dónde hace agua el argumento. En primer lugar, hay variados instrumentos par regular el reclutamiento de modo que no se produzcan desequilibrios en la distribución de alumnos con necesidades especiales. En segundo lugar, un profesor es muy distinto de otro, pero treinta o cien (los números típicos aproximados en primaria y secundaria), por efecto del azar y como enseña la estadística, son iguales a otros treinta o cien... siempre y cuando tengan una necesidad o una motivación similares para trabajar bien y estén adecuadamente coordinados y dirigidos. En tercer lugar, los centros nunca serán idénticos, pero una política atenta y acertada debería ser suficiente para evitar que pequeñas diferencias entre ellos no pesaran más que las ventajas de la proximidad (tiempo, integración en la zona, coincidencia de amigos y pares...). En cuarto lugar, los detractores de la transparencia suelen ser los mismos que claman por más recursos y que aseguran que el número de alumnos por aula es decisivo, lo que conduce a la paradoja de que las escuelas que perdiesen alumnos verían aumentar automáticamente su calidad (yo no lo creo, pero esa lógica no es la mía, sino la suya). En quinto lugar, y por ciertos que sean los riesgos asociados, hay un delirante y sospechoso paternalismo en la idea de que el público debe ser protegido de al información porque no sabría hacer buen uso de ella. En sexto lugar, los rankings ya existen y funcionan para los profesores y otros agentes informados y para las familias de mayor nivel educativo y cultural, que los tienen muy en cuenta a la hora de escolarizar a sus hijos, y en su forma más burda vienen siendo publicados desde hace decenios por diversos medios, de manera que lo que se pretende, en realidad, es negar una información adecuada y suficiente a las familias que no están en condiciones de conseguirla por sí mismas, que son las que más la necesitan.