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Sociólogo, catedrático en la Universidad Complutense. Buena parte de mi investigación ha estado dedicada a la educación, en particular a las desigualdades escolares, la organización de los centros, la participación social, la profesión docente y la política educativa.
También he trabajado y trabajo sobre desigualdades sociales, sociología de las organizaciones, sociología económica. Ahora me interesan especialmente las redes, la internet y, en general, lo que llamo, para que rime, sociedad o era global, informacional y transformacional (SEGIT).

24 jun. 2011

¿Por qué aumenta la brecha salarial entre directivos y empleados en plena crisis?

Quien parte y reparte se lleva la mejor parte: es todo. Ni competencia, ni globalización, ni complejidad, ni cualificación, ni zarandajas. Berle y Means (The Modern Corporation and Private Property), lo vieron ya a principio de los 30: los directivos habían sustituido a los propietarios en el control del capital, pues la dispersión de la propiedad de las acciones lo permitía. Berle (Power without property) apuntó 30 años después otro gran cambio: el surgimiento como inversores de los grandes fondos de pensiones y seguros, alejados por naturaleza de la gestión. Con los propietarios reducidos a la impotencia (pequeños accionistas) o la inacción (grandes fondos), los ejecutivos operan a su antojo. Ni el liberalismo ni el marxismo quisieron verlo, pues para ellos la propiedad era, respectivamente, el bien o el mal absolutos y no iban a dejar que la realidad estropease tan buena doctrina. La desregulación lo permite, la globalización mejora el botín, la competencia ofrece legitimidad, la complejidad oscurece el hecho, las escuelas empresariales le dan aspecto profesional, pero al final no es más que expolio.
Incluyo aquí una entrada de Jordi Palafox, pues las dos siguientes son en parte respuesta e ella.
Parece díficil mantener que a Emilio Botín sus ejecutivos le toman el pelo. O a Warren Buffet, Amancio Ortega, Carlos Slim y con ellos miles y miles de grandes y medianas fortunas. O que las pequeñas, o los modestos inversores, compran acciones y callan porque han quedado cautivos en las garras del mercado como si no hubiera Bolsa donde venderlas. Demasiado fácil para que sea cierto. No discuto el poder de los ejecutivos, pero la revolución de los managers se ha expuesto por diferentes autores y en varias oleadas y no resiste la contrastación cuantitativa. Los ejecutivos cobran lo que cobran porque convencen a los accionistas de que se lo merecen. Si no fuera así, y éstos se consideraran expoliados venderían sus acciones. Y provocando vértigo lo que cobran, y más en medio de una crisis, nadie parece interesado en calcular cuanto supone en % sobre los beneficios de la empresa o los dividendos repartidos. Es el mismo ejercicio que cuando se crítican los beneficios de las grandes corporaciones y nadie calcula el % que supone sobre el capital de las mismas. ¡El santo temor a las grandes cifras!.
Pues tomemos el caso de Botín. No pretendo demasiada precisión, pues no es ésta mi especialidad ni voy a dedicar horas a bucear en los datos, pero resulta que toda la familia Botín, con D. Emilio a la cabeza, posee menos del 2.2% del capital social del banco (datos de 2005), pero sólo él es el consejero delegado y 1/18 del Consejo, y el apellido Botín adorna a tres consejeros, 1/6 del Consejo. Hay tres núcleos accionariales superiores al 5% (Chase, EC y State Street) pero son intermediarios sin representación, y el siguiente núcleo accionarial con representación, muy por detrás, es ya una compañía de seguros (AG). Dicho de otro modo, Emilio Botín ostenta el control del banco con algo más del 2% familiar o algo menos del 1% propio. ¿Por qué? Porque el conjunto del accionariado o está disperso o es pasivo. Y no creo que se hayan parado a pensar si las retribuciones de Botín (o las de Sáenz, superiores) son justas o injustas, sino simplemente las previsiones de beneficios y cotizaciones. Y esto es lo que podríamos llamar una empresa familiar, que ya no es la norma. No es el caso de Telefónica o el BBVA...

En otras empresas los directivos no salen de las filas de los propietarios sino de las de los abogados, directores de producción, analistas financieros, contables creativos o, simplemente, los amigos, sea de los poderes internos o externos. Por ejemplo los Alierta y los González, los Conde y los Vilallonga. Estoy de acuerdo, Jordi, con lo que dices sobre el santo temor a las grandes cifras, pero hay que evitar también la indiferencia moral hacia los pequeños porcentajes. A mí no me molesta que Telefónica reparta 6.900 millones de dividendos, 8% de beneficio, creo recordar, que igual irá a parar al gran especulador que a la abuelita ahorradora -otra cosa es cómo está distribuida la riqueza. Ni me indignan los 5600 despidos con indemnizaciones que muchos querrían, pues no creo en el deber de mantener empleos improductivos en vez de crear productivos. Me indigna, en cambio, que un puñado de directivos se embolsen millones y millones porque se incentivan a sí y entre sí con el 0,000X% de la venta de no sé qué. Esas miguitas que convertían a McCoy en máster del universo, como genialmente explicaba Tom Wolfe.

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