Mi foto

Sociólogo, catedrático en la Universidad Complutense. Buena parte de mi investigación ha estado dedicada a la educación, en particular a las desigualdades escolares, la organización de los centros, la participación social, la profesión docente y la política educativa.
También he trabajado y trabajo sobre desigualdades sociales, sociología de las organizaciones, sociología económica. Ahora me interesan especialmente las redes, la internet y, en general, lo que llamo, para que rime, sociedad o era global, informacional y transformacional (SEGIT).

31 may. 2011

Orientador desorientado... que no cunda, por favor

    Hace unos días coincidí en un programa de radio con el presidente de una Asociación de Orientadores, con motivo de la noticia publicada por el Ministerio sobre el descenso del abandono escolar en casi tres puntos porcentuales. Vaya por delante mi sincera simpatía por los orientadores escolares, un grupo profesional muy activo, siempre sensible a los alumnos con dificultades y a la relación entre éstas y la estructura escolar y el medio social, así como interesados por las aportaciones de la sociología, mi especialidad, razones por las cuales, por un lado, he prestado siempre mucha atención a la información y la perspectiva que ofrecen sobre la realidad escolar y, por otro, he colaborado en numerosas ocasiones en eventos organizados por ellos.
    Pero la experiencia del otro día fue diferente. Mi contertulio comenzó explayándose en criticar los propios datos objeto del programa porque, según él, la información que recogen los centros es inadecuada y la que ofrecen las comunidades al Ministerio es limitada, parcial... La cosa me hizo sentir bastante incómodo, pero no tuve más remedio que explicar, suavemente, que la información en discusión no venía de los centros ni de las CCAA, sino de la Encuesta de Población Activa, a cargo del Instituto Nacional de Estadística, que es una fuente muestral, no registral, y ténicamente casi perfecta, pues el INE sabe muy bien lo que hace, cuenta con muchos medios y lleva mucho tiempo haciéndolo.
    A continuación, mi contertulio se lanzó a lamentar que no hubiera más orientadores en los centros, asegurando que debería triplicarse su número (creo recordar que era esa la proporción). La cuestión que me preocupó no fueron los números, en los que no entraré, sino el argumento de fondo: no se podrá hacer nada contra el fracaso y el abandono si los colegios no cuentan con el conocimiento cualificado para afrontarlo, que naturalmente era el de los orientadores y sólo el de los orientadores. Así se cerraba el círculo argumental: el adalid de la profesión discutía primero la magnitud del problema, que sería mucho más grave de lo que la gente piensa (de ahí el afán por cuestionar las cifras de la mejora), para luego asegurar que la única solución eran sus servicios. Más fracaso y abandono del que se dice y muchos menos orientadores de los necesarios.
    Yo hice notar que antes del abandono o el fracaso hay siempre otros muchos escalones como el retraso, la repetición,las dificultades visibles de aprendizaje, etc. y que no podían esperar a la intervención del orientador, sino que debían ser detectados por los maestros y profesores ordinarios para actuar lo antes posible, etc., así como que en arte era también el simple resultado de la ordenación del sistema (falta de continuidad sin la graduación en ESO, ubicuidad de la repetición, etc.) pero mi interlocutor contraatacó señalando la muy deficiente formación del profesorado y demás. Por mi parte, admití que la formación de maestros y profesores era manifiestamente mejorable (aunque en ello estamos: grados para los primeros y másteres para los segundos, y ya veremos), pero la de los orientadores también, en particular su desconocimiento del mercado de trabajo (me abstuve de indicar que se manifestaba en confundir, por ejemplo, datos escolares con datos de la EPA). Pero todo fue inútil: en el siglo XXI el orientador... bla, bla, bla.
    Entiendo que cualquier gremio se autopublicite, y contra el vicio del autobombo siempre queda la virtud del escepticismo, pero hay ciertos razonamientos que me parecen peligrosos, y en este debate vi dos de ellos. El primero, ya lo he apuntado expresamente, es reducir la orientación a orientación escolar, o no entender que el adolescente no es ya simplemente un alumno sino que comienza a tener cada vez más presentes sus expectativas y aspiraciones laborales y que la escuela, y en particular los orientadores, deberían tener un conocimiento del mundo del trabajo, tanto para disipar fantasmas y cantos de sirena como para ofrecer una información fidedigna, que desgraciadamente no tienen, aunque algunos crean que sí.
El segundo es la tendencia a vaciar de cualificación y de responsabilidad al docente ordinario. Si el orientador va a ser el único que analice, diagnostique, oriente, etc. entonces el maestro y el profesor ya no necesitan saber ni decidir ni preguntarse nada que no sea lo que concierne a los contenidos y los métodos de enseñanza y aprendizaje.
    Las profesiones, no nos engañemos, se construyen las unas contra las otras, en pugna por sus jurisdicciones, sus relaciones de igualdad o de subordinación, etc. Los orientadores sin duda han tenido y tendrán todavía dificultades para ser plenamente aceptados y reconocidos por el profesorado ordinario, pero la respuesta no puede ser la mera autoafirmación ni la negación del conocimiento ajeno.