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Sociólogo, catedrático en la Universidad Complutense. Buena parte de mi investigación ha estado dedicada a la educación, en particular a las desigualdades escolares, la organización de los centros, la participación social, la profesión docente y la política educativa.
También he trabajado y trabajo sobre desigualdades sociales, sociología de las organizaciones, sociología económica. Ahora me interesan especialmente las redes, la internet y, en general, lo que llamo, para que rime, sociedad o era global, informacional y transformacional (SEGIT).

25 abr. 2011

Le educación en la perspectiva de un cambio de modelo productivo


La Fundación Francisco Largo Caballero ha preparado un estudio, coordinado por José María Zufiaur,  titulado HACIA UN CAMBIO DE MODELO PRODUCTIVO. Yo he tenido el honor de escribir el capítulo V: LA EDUCACIÓN ESPAÑOLA ANTE LOS DESAFÍOS DE UNA ERA INFORMACIONAL, GLOBAL Y TRANSFORMACIONAL, disponible aquí. Éste es el RESUMEN.

Vivimos una época de intenso cambo social, que podríamos cifrar en el acceso a una economía global (mundializada), una sociedad informacional (de la información, del conocimiento, del aprendizaje) y una era transformacional (de cambio social acelerado, claramente perceptible en el curso de una generación o una vida individual). Esto implica un contexto de competencia acrecentada de los trabajadores del país no sólo entre sí, sino con los del resto del mundo y con las máquinas, que cabe afrontar de forma defensiva, mediante restricciones a la misma (al comercio exterior, a la inmigración, a la movilidad del capital o a la mecanización), salarios más bajos o cualificaciones más altas. De los tres métodos posibles, los dos primeros representan juegos competitivos de suma cero o negativa, en los que alguien pierde para que otro gane, y probablemente menos, mientras que el tercero es en cambio, o además, un juego cooperativo, de suma positiva, en el que todos pueden ganar (aunque no todos ganen lo mismo), o en todo caso no es necesario que pierdan unos para que otros ganen. La cualificación de la fuerza de trabajo es la apuesta necesaria de cualquier país, y la única aceptable en los que hoy gozan de un nivel de vida y unas condiciones de trabajo comparativamente privilegiadas.
En este contexto, España presenta una estructura del empleo y una composición de la fuerza de trabajo caracterizadas ambas una proporción excesiva de empleos de baja cualificación y trabajadores con escasa formación, como muestran los estudios más recientes del CEDEFOP. A esto se añade una proporción comparativamente baja de empleos de alta cualificación, por un lado, y de trabajadores de cualificación media, por otro. Estos procesos se refuerzan mutuamente (una mano de obra poco cualificada no atrae o expulsa empleos cualificados por parte de las multinacionales, y un empleo de baja cualificación expulsa y no atrae a los trabajadores más cualificados), a consecuencia de lo cual, en el plano internacional, nuestro país tiene todas las probabilidades de convertirse en territorio de baja cualificación (turismo, construcción, industrias básicas…) y, en el plano interior, en escenario de una dinámica de sobrecualificación o subempleo (trabajadores que no encuentran empleos a la altura de su cualificación), o sea, de frustración.
En el ámbito de la educación, que es el objeto de este capítulo, esto se manifiesta en el fracaso escolar básico de tres de cada diez alumnos y el abandono educativo de cuatro de cada diez, además de otra serie de alarmas como elevadas tasas de repetición, mediocres resultados y estancamiento en pruebas internacionales de competencias, abandono en la secundaria post-obligatoria, etc., más un persistente raquitismo de la enseñanza secundaria profesional y postsecundaria no universitaria, que tiene como contrapartida elevadas tasas de acceso y de titulación en la universidad (lo cual, a su vez, sólo puede entenderse como resultado de un bajo nivel de exigencia).
Aunque quepa señalar causas de fondo como el bajo nivel educativo de generaciones anteriores, la facilidad de acceso al empleo juvenil en una economía volcada hacia el turismo y la construcción, etc., las causas de estas anomalías deben buscarse sobre todo en el propio sistema educativo. Con tan altas tasas de fracaso, la exigencia de titulaciones académicas generales (ESO o bachillerato) para acceder a los ciclos de formación profesional (medios  superiores) se ha convertido en una trampa que convierte de manera automática el fracaso académico en abandono (mejor decir expulsión) del sistema. En fin, la debilidad de la formación profesional no puede entenderse al margen del tradicional rechazo del trabajo manual enraizado en la cultura española.
Por lo demás, otros factores residen en el corazón mismo del sistema. Las desorbitadas tasas de repetición, que no parecen solucionar sino agravar el problema al que pretenden responder, colocan a España en un capítulo aparte frente a la mayoría de los sistemas nacionales, empezando por los más exitosos, donde tales fórmulas son prácticamente inexistentes o muy minoritarias. La machacona persistencia con la que desde hace decenios, a cualquier edad en que termine la educación común, bajo cualquier ordenación general, con no importa qué orientación pedagógica y sea cual sea su nivel registrado de competencia (a los 14 o a los 16, en la EGB o en la ESO, bajo la LGE, la LOGSE o la LOE y por encima de las diferencias regionales en las pruebas PISA), hace pensar que depende más de la cultura docente que del rendimiento real de los alumnos. El acendrado pesimismo y victimismo del profesorado, en fin, no puede dejar de tener efectos en los resultados de un sistema del que constituye el centro neurálgico.
Como telón de fondo, eso sí, hay que añadir hoy, en esta sociedad de la información y el conocimiento, de internet y de los nuevos medios, un creciente desapego de adolescentes y jóvenes respecto de una institución demasiado anclada en el pasado por sus contenidos y sus formas.
Ante este panorama se imponen algunas líneas de acción, aunque su concreción en medidas precisas pueda resultar difícil. En el plano de la ordenación académica es necesario ofrecer a todos los alumnos, cualquiera que sea su nivel de logro o su titulación, la oportunidad de seguir profundizando en su cualificación, incluida la posibilidad real de combinar educación y trabajo y optando por el refuerzo de la formación profesional mediante recursos materiales, incentivos profesionales para los docentes y estímulos para los alumnos. Hay que desterrar la repetición como respuesta estereotipada a las dificultades de los alumnos y arbitrar medidas de refuerzo empezando por el corazón mismo del sistema, el tiempo de profesor dedicado a cada alumno. Y hay que revisar los criterio de evaluación que aplican los profesores, tanto en su homogeneidad como en su justicia.
En el plano de la organización sistémica hay que dotar de mayor autonomía a los centros y exigirles más rendición de cuentas, lo cual requiere reforzar las competencias de la dirección y mejorar los sistemas de evaluación. En lo que concierne al profesorado, hay que poner en pie una política eficaz de recursos humanos, lo cual pasa por una reorganización de la carrera docente enfocada a ofrecer un sistema de incentivos que devuelva el pulso a la profesión.
Por último, en el plano de la cultura hay que recuperar el protagonismo de la escuela en un mundo transformado por los nuevos medios y las redes sociales, pero hay que hacerlo no negándolas, ni oponiéndose a ellas, sino cooperando y aprovechando todo su potencial de aprendizaje. Y hay que mejorar el tono vital del profesorado, haciendo frente a esa marea apocalíptica que hoy fomenta la resignación y justifica la inacción.