21 may. 2008

Ni partir ni repartir, sino compartir

Gana intensidad en Cataluña el debate sobre el mal llamado reparto de inmigrantes entre los centros, en particular entre públicos y privados. Empecemos por decir que los niños no son mercancías que puedan repartirse sin más. La distribución espacial de la población no es igualitaria, ni neutral ni aleatoria, la proximidad de la escuela al domicilio posee valor (por confort, por seguridad, por socialidad) en sí misma, los propios inmigrantes se sienten mejor (hasta cierto punto) en compañía… (el busing en los EEUU, que pretendió en los 60 superar la segregación racial espacial-escolar con autobuses, cosechó un fracaso y suscitó el rechazo generalizado). Por otra parte, la concentración de inmigrantes, la babel lingüística y demás se han convertido en la última coartada del funcionariado docente (después de la falta de recursos, la falta de reconocimiento y otras cuantas). (Ayer supe de un centro –no quieren dar su nombre asociado a un ranking- que supera la media europea PISA con 2/3 de alumnado inmigrante, empero).

Pero, con estas cautelas, todo centro educativo, como institución pública que es (por encima de su titularidad y su financiación), debe compartir el esfuerzo por la integración del inmigrante, que pasa por que la escuela sea escenario, ejemplo y experiencia de convivencia y de cohesión social. Esto requerirá reserva de plazas, control de la inspección, sanciones para los que intenten evitar a los inmigrantes o no sepan retenerlos, redefinición de las demarcaciones escolares…; también acompañar estas exigencias de apoyo financiero a los centros privados y yo diría que de la concertación sin excepciones. Además, sólo será posible con la separación de escuela e iglesia, esto es, con una escuela estricta y totalmente laica (la religión, a la tarde o al templo). Obtendríamos así el fortalecimiento de la sociedad y, por cierto, un estímulo para el aprendizaje, pues la diferencia lo es ya en sí y por sí.