Publicado en Sin Permiso, 19/6/26
El CREA nació como Centre de Recerca en Educació d’Adults y murió, nominalmente, como Community of Research on Excellence for All (¡sic!). En medio adoptó otros nombres, pero siempre conservando las siglas. El revuelo producido en torno a la demanda por abusos sexuales y acoso y explotación laboral presentada por catorce, después dieciséis, miembros de grupo, la casi totalidad mujeres, contra su gurú ha servido para centrar algo más de atención sobre su línea de investigación, presuntamente del máximo nivel científico, y una red de innovación educativa, también presuntamente, siempre exitosa y poco menos que revolucionaria, las llamadas Comunidades de Aprendizaje (CdA).
No me ocuparé de esas acusaciones de abuso, acoso, etc., pues en este aspecto me declaro tan sorprendido como cualquier otro tercero más o menos alejado del grupo, y no es mi campo de trabajo, con lo cual sólo quiero añadir que no tengo nada que aportar. Tampoco es que las minimice ni las ponga en cuestión: la confluencia y coincidencia de dieciséis demandantes, tantos ya como las que, en el origen del #MeToo, se enfrentaron legalmente a Harvey Weinstein, y además procedentes del interior del grupo, es algo a tomar muy en serio. Hasta donde se sabe, todas las afectadas eran universitarias, normalmente doctorandas y/o becarias de tercer ciclo, y por tanto mayores de edad. Hasta donde yo sé, no sobre qué sino sobre quién, podría añadir que varias de ellas, fuesen o no objeto de alguna forma de abuso o acoso, sexual o laboral, fueron en todo caso participantes muy activas en la actuación sectaria del CREA y, en particular, en sus montajes bombásticos sobre los milagros propios y en sus cacerías, o intentos de tales, contra cualquier disidente o crítico del grupo, similares a la que después han sufrido ellas mismas por parte de sus antiguas comilitones, pero bienvenido sea cualquier paso hacia el final del CREA y la redención de sus huestes. Por lo demás, tan importante o incluso más que delimitar la responsabilidad del gurú, si la hay, y sea penal o simplemente moral, sería también conocer el papel jugado por la segunda línea de mando del CREA, formada toda ella por mujeres veteranas que difícilmente pudieron ser ajenas a lo que estaba sucediendo, y menos todavía ignorarlo, fuera en su peor versión o en la menos mala, en el denso ambiente un grupo tan jerárquico, cerrado, invasivo y absorbente como ese, sustantivamente una secta. Pero el asunto, aquí, es otro.
La muy resistible ascensión del CREA

Lo que quiero plantear es cómo es posible que un fenómeno así haya cobrado tal fuerza y haya durado tanto en un medio, o en dos, a los que se quiere y se supone particularmente alertas frente a las imposturas. De un lado la sociología, que se presume atenta y capaz de desvelar en todo momento la diferencia entre los discursos y las prácticas sociales, las relaciones de poder, etc. Distinguir lo que los actores sociales, sean individuales o colectivos, dicen que hacen de lo que realmente hacen es la primera regla de la investigación en las ciencias sociales (a diferencia de las ciencias naturales, donde el objeto de estudio puede ser opaco y complejo, pero en ningún caso se engaña a sí mismo ni intenta engañar a los demás). Del otro están los educadores, los mismos que no sólo se ocupan de la labor delegada de formar a niños, adolescentes y jóvenes, sino que, cada día con mayor insistencia, aseguran hacerlo de un modo “basado en la evidencia”, formándolos en un “espíritu crítico”, y no pocos de los cuales se encienden, día sí, día no, ante la presunta palabrería de cualquier ley, reforma o similar, o ante cualquier hallazgo científico u opinión informada que venga a contradecir algún tópico del discurso gremial.
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