25 sept. 2015

La inercia institucional y el error de Baumol

    La enfermedad de los costes (o ley) de Baumol (también llamada la maldición de Bowen) viene a decir que, aunque la productividad (el producto por hora de trabajo, p.e.) no aumente en ciertos sectores a los que denomina estancados, si los salarios se elevan en otros sectores en que sí lo hace, los que llama dinámicos, también se elevarán en los primeros, los estancados, pues de lo contrario el trabajo de estos emigraría a aquellos. W.G. Baumol y W.G. Bowen la formularon hace ya medio siglo, en un trabajo sobre la economía del sector de las artes escénicas (Performing Arts: The Economic Dilemma), señalando gráficamente que para interpretar un cuarteto de cuerda de Beethoven se necesita hoy el mismo tiempo y el mismo número de músicos que cuando fue compuesto. La idea se usa a menudo para interpretar la diferencia entre sectores cuaternarios como la educación o la sanidad, cuya productividad no aumenta y cuyos costes se disparan, con la agricultura, la industria o el transporte colectivo, donde sube la productividad y caen los costes de manera espectacular. Lo de la educación, en fin, sería todavía más grave económicamente, dado que, según tantos, la calidad parece depender exclusivamente de las ratios (alumnos/aula, alumnos/profesor, horas lectivas/totales, jornada escolar/solar...), mucho más en esta era de la diversidad y la individualidad. Eso sí, todo por la mejor causa.
    Lo cierto es que la idea de Baumol es muy discutible, salvo en términos muy restrictivos: podríamos llamarla el error de Baumol, aunque no sea realmente suyo. Para empezar, el cuarteto lo siguen tocando cuatro músicos y les lleva el mismo tiempo, pero eso no impide que aumente su productividad. Sus vidas biológicas y laborales son más largas y eficientes (menos enfermedades) –como las de todos–, los transportes son más rápidos y más baratos y los auditorios son notablemente más grandes y de mejor calidad, con lo cual su productividad directa e inmediata, la que podría expresarse como el ratio entre horas de oyente y horas de intérprete (en directo, por supuesto), ha aumentado de manera muy notable. Pero esto no es nada al lado de lo que han supuesto los registros grabados, los medios de difusión audiovisuales y, recientemente, la digitalización de la música. ¿Quién podía estar constantemente, 24/7/365, escuchando la música de  su elección, o siquiera cualquier música, en vida de Beethoven? No perderé el tiempo discutiendo si el mp3 es de menor calidad que el vinilo o si este es comparable a la música en vivo, pues resulta que incluso la música en vivo no deja de aumentar, lejos del apocalipsis que anunciaban las discográficas (véanse S. Johnson sobre los Estados UnidosM. Herrera sobre España). La productividad directa e indirecta de los músicos ha aumentado de forma exponencial, hasta el punto de que nos resulta imposible disfrutar lo que tenemos a un click y a precios ya irrisorios.
    La pregunta obvia es ¿por qué no lo mismo en la educación? ¿Por qué resiste la institución escolar, incluso crece en todas las direcciones, mientras se tambalean la prensa, la radiotelevisión, las bibliotecas, las salas de cine, la publicidad...?
    Hay muchas respuestas posibles, a cual más imaginativa, pero yo apuesto por tres. La primera es que la escolarización desempeña una función de custodia y socialidad que no es trasladable, como la audición musical, fuera del auditorio. Ya sé que la idea no es popular entre los docentes (salvo cuando se arroja a los padres, por ejemplo, a favor del paso a la jornada intensiva matinal), pero, incluso desde el punto de vista más corporativo, o especialmente desde el mismo, resulta una excelente noticia: por mucho que se pueda aumentar la productividad del profesor (¡el ratio!), o sustituirlo por tecnología, seguirá siendo necesario como cuidador (los japoneses llevan tiempo buscando el robot-cuidador, pero de momento sólo para los ancianos, que abundan más en esas islas y son más tranquilos). Si los padres han de trabajar fuera del domicilio, y descansar de los hijos, y los menores quieren estar con sus iguales, como es el caso, el sitio adecuado es el recinto escolar.
    La segunda es que la escuela es también un escenario y un mecanismo de socialización, es decir, de disciplinamiento, domesticación, control de los cuerpos, formación de las costumbres..., algo que tampoco puede hacerse desde las pantallas ni confiarse a robots, al menos por ahora. Lo malo en este punto es que el tipo de socialización que ofrece la institución, propia de la vieja sociedad industrial y burocrática, resulta ya anacrónica en la actual sociedad global, digital, transformacional, reticular...
    La tercera, en fin, es la inercia y la resistencia de la propia institución, incluidos su cúspide (las administraciones), su entorno (las familias) y la profesión que la habita (los docentes). A día de hoy es sencillamente injustificable el dominio que todavía ejercen tecnologías obsoletas como la la clase simultánea, la división por asignaturas, el libro de texto o la pizarra sedicentemente interactiva en un entorno digital preñado de recursos más eficaces y eficientes.