26 dic. 2014

De la servidumbre personal a la adscripción a la gleba, pasando por la impostura

Llama la atención que llevemos medio siglo hablando de la endogamia universitaria y no hayamos hecho más que reforzarla. Bien es cierto que, aun siendo la metáfora más común, no es la única: la otra es el feudalismo, que expresaría la dependencia personal del aspirante o el profesor junior respecto del senior. Poca gente se atreve a hacer una defensa pública de la endogamia, pero se ha hecho, e intensa, con eufemismos como la promoción profesional (garantías de ascenso sin cambiar de universidad), la estabilidad de los equipos de investigación (que se verían rotos por la movilidad), la vinculación al entorno (siempre mejor garantizada por los de aquí), etc. Por otra parte, nunca fue difícil encontrar medidas contra la endogamia, teóricamente muy sencillas aunque políticamente muy conflictivas. Habría bastado con formar los tribunales en mayor proporción o enteramente por sorteo –entre áreas de conocimiento lo bastante amplias para impedir el dominio de pequeñas cliques–, compensar los costes ocasionales de la movilidad geográfica y automatizar la estructura de las dotaciones, es decir, regular la ratio de catedráticos, titulares, etc. por estudiante.
Sé que esto último suena algo exótico y arbitrario, pero es el meollo de la cuestión. Contra lo que suele pensarse desde fuera, el impulso endogámico viene más del profesorado junior que del senior. La razón es sencilla: para este puede representar un esfuerzo no deseado, pero para aquél supone el riesgo de quedarse en la calle y, aunque el riesgo colectivo es un juego de suma cero, el de perder una oportunidad cercana parece pesar más que el de ganar muchas oportunidades lejanas. En una situación dada, los profesores habitualmente procuran restringir plazas de mayor nivel que las suyas hasta que ellos estén en condiciones de ocuparlas. El resultado es que sus estudiantes sólo cuentan con docentes de menor nivel y experiencia, mientras que en los entornos más antiguos se apilan los veteranos y de alto estatus, a veces con cada vez menos alumnos. Las plazas gravitan en torno a los intereses de los profesores, no de los estudiantes, que a ese respecto ni importan a nadie ni suelen saber qué les va en ello; y las decisiones se toman, dada la autonomía de universidades, centros y departamentos, en estructuras locales y/o de especialidad. La endogamia no se juega en el momento puntual, final y visible de la oposición o el concurso públicos, sino en un largo, previo e invisible rosario de decisiones, en despachos y pasillos, sobre la asignación, la denominación y el calendario de las plazas. Es aquí donde la democracia corporativa hace estragos.
La diferencia entre poner el foco en la endogamia o el feudalismo no es trivial: aquella es el problemadel outsider excluido; este, el del insider bloqueado. Las reformas universitarias, en particular la acreditación del profesorado por la ANECA, han emancipado, hasta cierto punto, al segundo a costa del primero. En mi área se atribuía a un catedrático la boutade de que, si quisiera, podría nombrar tal a una farola y, a otro, la de que un concurso oposición era la boda entre el departamento (personificado por él) y el aspirante, con los vocales de fuera de meros testigos del acto. Ganó el segundo: la acreditación por la ANECA acabó con las farolas, asegurando que el profesor que accede a un cuerpo no ha sido hasta ese momento una absoluta nulidad, pero se ha transfigurado en un presunto derecho subjetivo del acreditado a la promoción in situ, de modo que sólo queda acelerar que la universidad dote su plaza y el departamento organice su concurso.
No era esa la intención, pues la acreditación se concibió como lo que su nombre indica, una condición necesaria pero no suficiente, pero ha sido el resultado: largas listas de acreditados a los que sus universidades van atendiendo por orden, según las disponibilidades presupuestarias, con la paradoja añadida de que así resultan ser las agencias externas (la ANECA y las anequitas autonómicas, siempre más cariñosas con los nativos) las que determinan, aun sin quererlo, la composición del profesorado de cada universidad (tanta retórica sobre la autonomía universitaria para eso). Cuando una plaza llega se le da la denominación adecuada, a la medida del candidato, y se forma un tribunal con tanta gente tan de dentro como la ley permita (las autoridades de la universidad te reconvienen si no lo haces). Normalmente el candidato acudirá solo, pues los posibles competidores saben que la plaza tiene bicho aceptan que no es su turno, los vocales por sorteo asumirán su papel de testigos y la universidad seguirá jactándose de contar con los mejores cerebros del país. La endogamia está tan aceptada que, aunque acudan otros concursantes, hay muy poco riesgo de que los vocales foráneos dejen de apoyar al concursante local, pues ya es casi una regla moral: después de todo, ellos mismos recibieron ese trato la última vez que concursaron y esperan volver a recibirlo la próxima. En un contexto de endogamia generalizada concursar desde fuera o apoyar a alguien de fuera, no importa por qué ni por quién, llegan a considerarse conductas desviadas.
Así se ve cuán desafortunada es la metáfora del feudalismo y qué poco saben de este quienes la utilizan. El feudalismo, el de verdad, era bidimensional: dependencia del señor y adscripción a la gleba (la tierra cultivable o, en sentido estricto, arable). Digamos que era vertical y horizontal a la vez: el siervo debía servir al primero y no podía escapar de la segunda; en contrapartida, tampoco podía ser expulsado, por eso no a todos les hizo mucha gracia su liberación (Marx ironizaba por ello sobre el trabajo libre). No faltan profesores, sobre todo entre los beneficiarios de la combinación de acreditación externa y endogamia (lógicamente) interna, que han querido ver en esto una revolución, incluso una “revolución científica y democrática”, pero la realidad dista mucho de estos ditirambos. En un mundo formado sólo por los señores y sus siervos, o viceversa, la supresión de la servidumbre habría sido para todos el salto a la libertad y la igualdad, pero en el mundo real tanto antes como después se quedaron fuera los excedentes (los campesinos no primogénitos, o sea, la mayoría), los desposeídos y los recién llegados (por ejemplo, los gitanos, los últimos inmigrantes). En la universidad española sucede hoy lo mismo: los que llegan tarde, es decir, los que llaman a la puerta cuando se ha detenido el crecimiento de las plantillas, o los de fuera, es decir, los que proceden de otros lugares o han perdido su silla creyendo en la movilidad, tienen poco que hacer, porque los de dentro han hecho su revolución. Hay menos servidumbre, pero también más adscripción y, por tanto, más exclusión.
Desde el punto de vista de la distribución de las oportunidades esto implica que sólo hay un momento realmente competitivo en el acceso a la universidad: el primero. Una vez conseguida una beca o una ayudantía, su titular se considera con derecho a una carrera sin límites, sin desplazamientos y sin sorpresas en la que la competencia se reducirá a concurrencia, pues unos escalarán más deprisa y otros más despacio, pero por escaleras independientes. Esta adscripción generalizada al terruño tiene beneficiarios y perjudicados, y el lector puede decidir de qué lado está, pero es netamente perjudicial para la institución. En primer lugar, reduce los incentivos para los individuos y las posibilidades de captación de talento para las instituciones. En segundo lugar, produce, como consecuencia, una distribución muy subóptima de los recursos –es como si, en vez de migrar de las actividades en decadencia a las más dinámicas, la población permaneciera eternamente en su primer empleo dejando a la empresa la tarea de sacar algún provecho de ello. En tercer lugar, al congelar la movilidad se yugula la diversidad, que es, sabemos, el principal factor de la innovación. En cuarto lugar, se empuja al profesorado a orientar su carrera a la caza de puntos en los baremos considerados por las agencias de acreditación (en un perfecto caso de Ley de Campbell) y la caza de dotaciones dentro de su institución.
En quinto, y último, lo más importante: la endogamia corroe y destruye la fibra moral de la profesión y de la institución. El problema no es si las universidades reclutan su personal dentro o fuera o, como solemos decir economistas y sociólogos, en el mercado de trabajo interno o externo, pues se puede hacer una defensa de ambas opciones o de cualquier combinación entre ambas. El problema es que dicen una cosa y hacen otra, o sea, que engañan descaradamente a la sociedad e incluso se engañan lamentablemente ellas mismas. Engañan y se engañan la institución, la profesión y los profesores. Recuérdese que toda la normativa universitaria, externa o interna, sigue insistiendo en la apertura de centros y plazas y en los principios de igualdad, capacidad y mérito, mientras que predominan las prácticas conducentes a la endogamia total: plazas con bicho, tribunales como meros testigos y los concursos con un único concursante. Si se seleccionara así a los operarios de una cadena de montaje sería injusto para los otros aspirantes, pero ahí acabaría todo: tratándose de los educadores de todas las profesiones, de los investigadores de cuya ética depènde la fiabilidad de la investigación, de profesionales con un altísimo grado de autonomía individual cuyo desempeño depende en gran medida de su propia ética, se comprende enseguida que el modo de acceso es más que preocupante. No quiero decir que haya destruido la profesión universitaria, pues, por un lado, sé que eso depende de otros factores y, por otro, vivo en ella y soy testigo de que comprende lo mejor y lo peor, pero sí que empuja justamente en dirección opuesta a la pretendida.
    Por otra parte, además de parcial, dado que olvida la gleba y las miserias a ella asociadas, la metáfora del feudalismo es unilateral y profundamente inadecuada, no importa lo muy popular que resulte perorar sobre el asunto. Tienta concluir que se lanzas filípicas sobre la servidumbre ya superada precisamente para echar humo sobre la endogamia reforzada –o, al menos, para mejor vivir en paz con uno mismo. El precedente no imaginario sino real de la relación entre el profesor veterano y el novel no es la relación entre señor y siervo, sino entre maestro y aprendiz: también de origen medieval, también teñida por un vínculo personal, también degenerable en la indenture servil, pero mucho menos asimétrica. Una diferencia esencial es que el siervo no llegaba a señor, pero el aprendiz sí lo hacía ordinariamente a oficial y, con frecuencia, a maestro. Otra es que maestro y aprendiz ejercían una misma profesión y compartían tareas, mientras que siervo y señor no tenían ninguna actividad propiamente común (incluso en la guerra, aquél luchaba a caballo y acorazado, éste a pie y sin protección, aquél se había entrenado toda su vida para ello y éste nunca, mera carne de cañón). La relación entre maestro y aprendiz –entre profesor senior y junior, entre profesor y becario, entre director y doctorando–, es parte de lo que hoy llamaríamos comunidades de práctica, participación periférica legítima, aprendizaje situado o práctica reflexiva (Rogoff, Lave, Wenger, Argyris, Schön...), es decir, de un proceso formativo que debe ser conservado y protegido, porque es mucho más intenso y productivo que la burocrática e insulsa relación docente-alumno en el aula que inunda el sistema escolar en general y el universitario en particular. Pero esto es otro tema: baste señalar aquí que confundirla con una relación de servidumbre amenaza con tirar el niño con el agua sucia del baño.