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Sociólogo, catedrático en la Universidad Complutense. Buena parte de mi investigación ha estado dedicada a la educación, en particular a las desigualdades escolares, la organización de los centros, la participación social, la profesión docente y la política educativa.
También he trabajado y trabajo sobre desigualdades sociales, sociología de las organizaciones, sociología económica. Ahora me interesan especialmente las redes, la internet y, en general, lo que llamo, para que rime, sociedad o era global, informacional y transformacional (SEGIT).

2 nov. 2014

¿Volvemos al CAP?

¿Volveremos al CAP después de tanto ruido con el Máster de Profesorado de Secundaria?
La universalización de la enseñanza secundaria hizo más evidente evidente si cabe que para enseñar algo no basta con saberlo, lo mismo que para aprenderlo no basta con oírlo ni leerlo. De acuerdo con la Ley General de Educación de 1970 (que universalizó la secundaria inferior, que es lo que era el ciclo superior de la EGB, y, sobre el papel, la superior, que, en parámetros de entonces, eran la formación profesional y el bachillerato), una orden ministerial de 1971 (OM  de 8/7/71, BOE 12/8/71) dispuso que (casi) todos los licenciados que quisieran ser profesores de secundaria deberían obtener el Certificado de Aptitud Pedagógica. Para ello habrían de cursar 150 horas de formación teórica y otras tanta de formación práctica. Por razones que no viene al caso considerar ahora, el CAP fue desde el principio un fiasco, pero en sus últimos años se había reducido prácticamente a una ficción administrativa. En sus estertores, en 2007-2008, por ejemplo, la Universidad de Santiago tenía a más de los alumnos en régimen semi-presencial o a distancia (consideradas enseñanzas de segundo orden), la Politécnica de Valencia ponía énfasis en que la asistencia a clase no era obligatoria, y la Complutense había reducido la parte teórica a dos “seminarios” y la entrega de un “trabajo” (¡imagínenselos!).
Como parte de la LOCE, el gobierno popular anunció en su momento la sustitución del CAP por el TED (Título de Especialización Didáctica), que tendría la categoría de posgrado y no debería dos cursos académicos (o sea, que podría alcanzarlos), pero resultó abortado con ella. Poco después, al amparo de la LOE, a OM  ECI/3858/2007, de 27/12 (BOE 29/12), creaba el denominado Máster Universitario en Formación de Profesorado de Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato –y Formación Profesional y Enseñanzas de Idiomas (¡uf! –en adelante, el MFPS), según qué universidad, generalmente implantado en 2009-2010. La distribución general de las enseñanzas sería la misma que para el CAP y el TED: enseñanzas teóricas –generales y especialidad­– y prácticas, pero la diferencia estaría en su categoría definitiva de máster, por lo tanto en régimen similar a otras enseñanzas oficiales de posgrado, y su mayor carga discente, de 60 créditos (1500 horas de trabajo del alumno, lo que convencionalmente supone un año académico completo), distribuidos en 42 créditos teóricos y 18 prácticos.
Pues bien: aquí es donde ya se va haciendo visible la contrarreforma. Hablaré de la Universidad Complutense, en la que trabajo y en cuyo MFPS soy profesor, y no sé qué está sucediendo en otras universidades, aunque lo que reconozco en la mía es una tendencia tan típica que temo sea representativa (pero no es fácil que otras hayan ido tan lejos). La UCM ha decidido situar los 42 créditos teóricos (las “asignaturas” con “clases”, para entendernos) en el primer cuatrimestre y los doce prácticos (el prácticum más el trabajo de fin de grado) en el segundo. Por otra parte, el máster comienza más tarde que otras enseñanzas (las de grado y otros másteres) y, por si fuera poco, se ha venido condensando más a instancia de los profesores. Resultado: el primer cuatrimestre de este año tendrá 12 semanas lectivas.
Hagamos ahora cuentas: 42 créditos, a 25 horas por crédito, son 1050 horas, que divididas por 12 semanas arrojan un cociente de ¡87.5 horas semanales!. Esa es la semana de trabajo que se presume al estudiante… si se quiere cumplir la ley, es decir, la carga discente por crédito establecida para el Espacio Europeo de Educación Superior en General y el mínimo de créditos para cualquier máster en particular. En la Facultad de Educación, donde radica más de la mitad de estos másteres, se ofrece también un grupo de “Másteres Universitarios en Estudios Avanzados…” de varias especialidades cuya carga se distribuye en 12 créditos prácticos (trabajo de fin de grado) y 48 créditos teóricos, los cuales a su vez, forzosamente, en 24 por cada cuatrimestre; además, el cuatrimestre dura 14 semanas, lo que arroja un cociente final de 43 horas semanales, ya de por sí un horario elevado. Es verdad que los alumnos tienen que preparar, además, el trabajo fin de grado, de 12 créditos, pero pueden hacerlo a lo largo de todo el curso, aprovechar los periodos vacacionales y el hueco entre cuatrimestres o dejarlo, como muchos hacen, para septiembre.
En definitiva, se impone a los estudiantes del MFPS una carga de trabajo delirante en sí misma, más que doble que la de otros másteres y sencillamente impracticable. Aquí está el secreto, sin duda. El día que inicié mis clases advertí a mis estudiantes de este cálculo: con una asignatura a mi cargo de cuatro créditos y 12 semanas, cada semana deberían dedicarle –aula incluida­– 8 horas y 20 minutos. Intuí cierto estupor pero no pasó nada, porque sin duda pensaron que sería –si es que era verdad– la excepción, no la norma. Solo un poco antes, al entrar en el aula, ya había oído como un alumno le iba diciendo a otro: “El horario dice hasta las 9:30, pero no creo que vayan a tenernos aquí dos horas y media.”
Sobrevivirán, presumo, porque, con Bolonia o sin Bolonia, muchos profesores universitarios siguen pensando que la asignatura es su hora de clase, quizá con alguna hora de estudio o de trabajo en casa… pero sin pasarse, menos aún en un máster y mucho menos en algo tan vocacional y tan emocional como la docencia. En fin… así están las cosas. Pero sepa el público que ese máster, con esos 60 créditos y esas 1500 horas, tiene mucho de ficción. Al final, puede que se parezca bastante al CAP, excepto en el precio. Y en la Universidad miraremos hacia abajo, hacia la base del sistema educativo, y diremos, con orgullo marxista (el de Groucho, claro, en Monkey business):  “¡Eh, fíjense en mí! He conseguido llegar por mí mismo desde la nada hasta un estado de extrema miseria.”