Mi foto

Sociólogo, catedrático en la Universidad Complutense. Buena parte de mi investigación ha estado dedicada a la educación, en particular a las desigualdades escolares, la organización de los centros, la participación social, la profesión docente y la política educativa.
También he trabajado y trabajo sobre desigualdades sociales, sociología de las organizaciones, sociología económica. Ahora me interesan especialmente las redes, la internet y, en general, lo que llamo, para que rime, sociedad o era global, informacional y transformacional (SEGIT).

4 mar. 2011

Autonomía para los centros madrileños

La Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid afirma que va transferir su competencia sobre el 35% del currículum a los centros, que podrán determinar autónomamente como diseñarlo. Es pronto para saber qué va a ocurrir, pues falta primero el desarrollo normativo, luego vendrán las orientaciones -supongo- para los proyectos y, finalmente, veremos qué hacen los centros.
Vengo diciendo hace mucho tiempo, primero, que la política educativa se juega ahora por centros. Mejor dicho: que el papel de la política educativa es hacer que los centros puedan actuar con autonomía y deban de hacerlo, apoyarles y pedirles que rindan cuentas. Y, también, frente a quienes suelen decir que carecen de autonomía, que una mayoría de centros no quieren siquiera la que tienen sino que prefieren no tomar decisiones, consultarlo todo para evitar responsabilidades, etc.
No faltará ahora quien diga que esto es muy peligroso, que se dispararán las desigualdades, etc. Profundo error. Lo que necesitamos no es hacer cundir el pánico, sino trabajar para que la autonomía de los centros sume y multiplique, en vez de restar o dividir. Para que sea a más y a mejor. Por supuesto que servirá para que unos cuantos centros de público de clase media y alta, privilegiados, etc. intenten asegurar a sus alumnos la entrada en los estudios superiores y en el mercado de trabajo por la puerta grande. Por supuesto que habrá tentaciones de entretener a los alumnos difíciles con una vida escolar fácil, en el un demasiado frecuente pacto de mínimos, o de renuncia recíproca: yo no te exijo y tú no me molestas. Pero, respecto a lo primero, sólo puedo decir que no se me ocurre en nombre de qué se podría pretender impedir que quienes pueden dar una educación mejor o de mayor valor a sus hijos o a sus alumnos no deben poder hacerlo. En cuanto a lo segundo, estoy seguro de que abundarán también, y espero que más, proyectos ajustados a las condiciones de partida de los alumnos pero ambiciosos respecto a su destino.