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Sociólogo, catedrático en la Universidad Complutense. Buena parte de mi investigación ha estado dedicada a la educación, en particular a las desigualdades escolares, la organización de los centros, la participación social, la profesión docente y la política educativa.
También he trabajado y trabajo sobre desigualdades sociales, sociología de las organizaciones, sociología económica. Ahora me interesan especialmente las redes, la internet y, en general, lo que llamo, para que rime, sociedad o era global, informacional y transformacional (SEGIT).

29 may. 2010

Iría a la huelga... si fuera de celo

Ya sé que el principal desencadenante de la crisis es el capital financiero... pero no se me oculta que en todas las clases sociales sobra gente dispuesta a un pequeño pelotazo revendiendo el piso por el doble de su precio de compra, y que millones lo han dado.
Ya sé que hay cuatro millones de parados... pero no creo que el problema resida más en la falta de inversión que en la rigidez del mercado de trabajo, configurado para defender los derechos y los privilegios (¿quién se molesta siquiera en intentar distinguirlos?) de los ya colocados, los insiders.
Ya sé que se han cortado los gastos para los más débiles sin hacer nada por aumentar los ingresos obtenidos de los más fuertes... pero también que lo primero era más urgente y más fácil (al fin y al cabo, cualquiera que haya afrontada una crisis económica doméstica sabe que así es) y lo segundo requiere y merece más reflexión y medidas más sofisticadas si no se quiere que resulte peor el remedio que la enfermedad. Puede que sea duro admitirlo, pero los pobres que dejan de cobrar van a seguir ahí, pero los ricos que todavía no llegan a pagar tienen cien maneras de escaparse: es el resultado de la ventaja decisiva que la globalización económica saca a la globalización política.
Pero estoy plenamente de acuerdo en que hay que presionar con fuerza al gobierno para que los costes de la crisis sean no sólo compartidos, sino que recaigan en mayor medida sobre quienes tienen más recursos. Por eso es importante la movilización. La cuestión es si el instrumento oportuno es o no la huelga, y mi opinión es que no, de ninguna manera.
Primero, porque en sí misma no hará sino debilitar un poco más la economía nacional y no es momento para bromas.
Segundo, porque, por mucho que en su día fuera el arma heroica del proletariado industrial, hoy es una forma casi rutinaria de presión, generalmente sin costes para ellos, de los cuerpos de funcionarios.
Tercero, porque los medios empleados deben expresar con claridad el fin perseguido y, en este momento, una huelga convencional sólo viene a decir: ¡Que no toquen mis intereses!
Cuarto, porque hacia fuera del país es una señal equivocada, una señal de alarma más que se añade a las vacilaciones suicidas del gobierno socialista y el sabotaje homicida de la oposición conservadora.
Por todo eso: movilización, sí; huelga convencional, que no cuenten conmigo; huelga de celo, u otra medida que exprese a la vez la voluntad de contribuir a salir de la crisis y la demanda de que todos y cada uno lo hagan en la medida de sus posibilidades, sin condiciones.