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Sociólogo, catedrático en la Universidad Complutense. Buena parte de mi investigación ha estado dedicada a la educación, en particular a las desigualdades escolares, la organización de los centros, la participación social, la profesión docente y la política educativa.
También he trabajado y trabajo sobre desigualdades sociales, sociología de las organizaciones, sociología económica. Ahora me interesan especialmente las redes, la internet y, en general, lo que llamo, para que rime, sociedad o era global, informacional y transformacional (SEGIT).

22 dic. 2007

Modos y maneras

Ahora es en Castilla y León donde discurre la ofensiva por la jornada continua. Me llegan, en una semana, correos de tres colegios, dos públicos y uno concertado, que me piden documentación y que vaya a hablarles de las opciones en materia de jornada escolar. Tres colegios no son una muestra, desde luego, aunque dos a uno es la proporción nacional y las diferencias parecen ser las típicas. En los públicos, la dirección, al frente del profesorado, es la promotora de la propuesta, y los profesores la apoyan incondicionalmente con la consabida argumentación sobre la gran cantidad de actividades que los alumnos podrán desarrollar por la tarde (dudoso para éstos en una población de seis y otra de treinta mil habitantes, aunque  quizá sea más cierto para aquéllos, pues la gran mayoría viven en otra ciudad, siempre mayor que aquélla en la que trabajan); en el concertado, regentado por una orden religiosa femenina, la propuesta surge de un sector de las familias (es una capital administrativa, con una conurbación de unos doscientos mil habitantes) y la titularidad/dirección, que se declara más favorable a la jornada partida pero asegura que asumirá lo que decidan los padres, no interviene en el proceso y procura que tampoco lo hagan los profesores, quienes se inclinan más bien por la continua. En todos los casos son las Asociaciones de Padres las que me llaman, pero las de los centros públicos lo hacen porque se oponen el cambio o desconfían de él, tomando así partido con razón o sin ella, mientras que la del concertado no toma posición y espera simplemente a que lo hagan los padres; las de los públicos lo hacen por su cuenta o con el apoyo del municipio, pero  la del concertado con el apoyo de la dirección.

El último caso debería servir de ejemplo a los primeros: la dirección y los profesores al margen y la Asociación en posición de neutralidad. Si, así es, la enseñanza pública debería aprender en este punto de la privada: ¡qué le vamos a hacer!