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Sociólogo, catedrático en la Universidad Complutense. Buena parte de mi investigación ha estado dedicada a la educación, en particular a las desigualdades escolares, la organización de los centros, la participación social, la profesión docente y la política educativa.
También he trabajado y trabajo sobre desigualdades sociales, sociología de las organizaciones, sociología económica. Ahora me interesan especialmente las redes, la internet y, en general, lo que llamo, para que rime, sociedad o era global, informacional y transformacional (SEGIT).

28 feb. 2007

El adulto ausente

En las discusiones sobre los problemas de convivencia en los centros, la educación en valores, etc., se olvida, a mi parecer, lo más elemental, quizá por lo incómodo: la dimisión del profesor como adulto. Todo empezó con la llegada de diversos profesores de apoyo, por un lado necesarios por la presencia de alumnos con necesidades especiales pero por otro una primera válvula por la que apartar de su aula, su grupo y su maestro naturales a quienes se alejaran de la norma. Hoy continúa con la demanda de trabajadores y mediadores sociales; tarde o temprano culminará con la de vigilantes jurados en los centros.

No estoy en contra de ninguna de estas ayudas (ni siquiera de los vigilantes, llegado el caso) si son simplemente eso: ayudas complementarias. El problema es cuando se convierten en sustitutivos. Si el profesor se retrae a su aula, sus alumnos, sus horas, su materia y se desentiende del centro como un todo, por un lado, y del alumno como persona total, por otro; si se ve a si mismo cada vez más como enseñante (¡qué palabra!: rima con máquina pensante, busto parlante…) y menos como educador; si se empeña en ser sólo un profesor ante un alumno y de ningún modo un adulto ante un menor, mal irán las cosas.

Lo que el menor sigue necesitando, por más que deba ser introducido ya en las relaciones funcionales adultas (más especializadas, menos intensas, más formalizadas), es, todavía y por mucho tiempo, al adulto. Sus profesores no suelen fallarle como enseñantes, sino como adultos, y en su caída arrastran a todos los demás. De la ingenuidad de pensar que todo el mundo le quiere (y le aguanta) tanto como papá y mamá pasa a la desconfianza generalizada frente a un mundo adulto ahora encarnado en docenas de profesores que le mantienen a distancia y ni siquiera actúan con normas comunes. Reglamentos, asignaturas, participación, transversalidades… todo es importante en la educación para la convivencia, pero nada lo es tanto como el ejemplo adulto.