18 oct. 2006

Religión y moral

Aunque yo sea rojo, ateo y feroz, y crea que la religión es el opio del pueblo, estoy lejos de considerarla simplemente perjudicial o superflua y le veo una función incluso positiva. Aparte de una respuesta ficticia, casi siempre demencial, a las grandes preguntas (qué somos, a dónde vamos…), la religión es una moral sencilla, condensada y difícil de sustituir. No se nace ni se llega a ser kantiano, iusnatuarlista ni contractualista a los 5, 10, 15 años, pero es fácil creer en la ejemplaridad de dioses, santos y profetas y asumir sencillos cálculos asociados a los pares bondad/maldad, cielo/infierno… Los educadores siempre han sido conscientes, y Rousseau, padre de la pedagogía moderna, ya reprochaba a los materialistas su ateísmo porque, decía, dejaba sin freno al poderoso y sin consuelo al débil; y si su sosias, el ayo Jean-Jacques formaba a Emilio sólo en la religión natural (pensada, descubierta) y al llegar a la edad de la razón, dejando para la vida adulta la libre elección de credo, Héloise, mujer (y, por ello, eternamente infantil), era directamente catequizada y adoctrinada desde la cuna en el credo de su padre y, luego, transferida al de su marido.

Es más fácil controlar y moralizar a los niños si se les convence de que algo o alguien vigila constantemente su conducta, como sugería aquella imagen escolar del ojo omnipresente y volador inserto en un tríángulo, posado en una nube y vigilando al pecador, o preguntando retóricamente a Caín por su hermano aunque sabía mejor que nadie dónde estaba. La educación laica no ha sabido todavía sustituir eficazmente este sencillo mecanismo de moralización, y la escuela confesional juega con esa ventaja, que lleva a no pocas familias a pensar que más vale una sólida educación moral religiosa, aunque luego requiera un esfuerzo secularizador (todos hemos pasado por eso), que una dudosa y desganada moralización laica que no acaban de ver. Así cualquiera, pero volveremos sobre esto.