7 abr. 2006

Asignatura,sí

Hace ya casi veinte años que, en los comienzos de la entonces reforma de las enseñanzas medias tuve el dudoso mérito de contribuir a la supresión de una asignatura denominada “Educación para la Convivencia” con la idea de que la formación para la democracia debía permear o atravesar todas las materias y toda la vida escolar, idea que hoy oigo repetir. El argumento básico era que sería una maría (con perdón), lo que para mí era una faceta de un reiterado dualismo consistente en que las ciencias sociales sean participativas pero las experimentales autoritarias, los consejos escolares traten de todo menos de lo que importa, etc. Dicho de otro modo, no quería que la democracia apareciera como algo sólo para los días de fiesta, o confinado a una materia marginal y a una concepción residual de la política. No me tocaba a mí decidirlo, pero hice lo que pude a través de artículos, conferencias, cursos de formación…

Craso error. Se abortó la asignatura, pero la ni la formación democrática se extendió a todo el currículum ni las prácticas democráticas lo hicieron a toda la vida escolar. Sencillamente desapareció también un referente que podría haber permitido a los alumnos contrastar lo que la institución dice con lo que hace y a los profesores cotejar sus palabras con sus hechos. En otros términos, se perdió un posible elemento de reflexividad, es decir, de reflexión sobre la propia práctica.

Por supuesto que una asignatura no lo es todo. También necesitamos mecanismos de participación de padres y alumnos más eficaces, una mayor corresponsabilidad de todo el personal de los centros por todos los aspectos de la vida en éstos, la reconstrucción de las funciones tutelares (pastorales, formativas) de la institución y una cultura más democrática por parte de la profesión. Pero la ciudadanía no se aprende sólo por ósmosis sino que requiere un proceso reflexivo: hay que pensarla y, cuando se es menor, estudiarla.