24 may. 2005

GITANAS

Hace tiempo escribí “La tierra prometida” (Revista de Educación 290, 90) donde explicaba que la superioridad escolar de las mujeres no debía atribuirse a que fueran más listas (explicación feminista-conformista) ni más sumisas (id. machista-crítica), sino a que, si la institución las trataba de manera igualitaria (aunque lo hiciera como si fueran varones, por su dinámica uniformizadora o por la feminización del profesorado) y el empleo o la familia no lo hacían, tenían todos los motivos expresivos para refugiarse en la escuela e instrumentales para armarse en ella de títulos a utilizar fuera.

Años después escribí Alumnos gitanos en la escuela paya (Barcelona, Ariel, 99), donde reflejé el panorama de la escolarización de los gitanos como un proceso de resultados, dicho en breve, desastrosos, atribuible a la incompatibilidad entre su modo de vida tradicional y los supuestos no explícitos de la institución y, en particular, a la incapacidad de ésta para subordinar los medios a los fines y buscar fórmulas más flexibles para dar a esta minoría un reconocimiento cultural y unos instrumentos básicos para su incorporación.

Era inevitable comparar “Los desiguales resultados de las reformas igualitarias” (Sociología de las Instituciones de Educación Secundaria, Barcelona, Horsori, 97), magníficos en la coeducación (género), mediocres en la comprehensividad (clase), pésimos en la integración (etnia). Algo explicable por la singular articulación de economía, cultura y estrategias individuales y grupales en cada caso. Lo que no podía imaginar es la brutal confirmación de la hipótesis que acabo de leer: según un informe de la Junta de Andalucía, de los pocos los gitanos que llegan a la Universidad 8/10 son mujeres. La explicación, blanca y en botella: étnica sigue siendo la desigualdad peor resuelta; la de género, la mejor; y la intensa subordinación de la mujer en el mundo gitano la empuja no ya a igualar, sino a adelantar años luz al hombre. Enhorabuena.