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Sociólogo, catedrático en la Universidad Complutense. Buena parte de mi investigación ha estado dedicada a la educación, en particular a las desigualdades escolares, la organización de los centros, la participación social, la profesión docente y la política educativa.
También he trabajado y trabajo sobre desigualdades sociales, sociología de las organizaciones, sociología económica. Ahora me interesan especialmente las redes, la internet y, en general, lo que llamo, para que rime, sociedad o era global, informacional y transformacional (SEGIT).

3 jun. 2013

Rigau supera a Wert, otra vez

Cada vez que he escrito sobre el proyecto de itinerarios de la LOMCE he señalado que, entre los itinerarios de 4º de la ESO, las optativas de 3º y la de momento fallida reválida al final de la primaria era sólo cuestión de tiempo que propusieran algún tipo de segregación en la primera etapa de la ESO. Ya lo han hecho, pero no Wert sino Rigau en cataluña.
La propuesta de separar a los alumnos con mayores dificultades en un grupo específico no tiene nada de nueva. En numerosos centros ya se hace por vías subrepticias y estamos todavía esperando saber de algún otro resultado que no haya sido anticipar el paso a los PCPI o sus antecedentes. En la segunda mitad de los ochenta, cuando toda España era un campo de experimentación de la reforma de la secundaria, la fórmula se aplicó en el País Vasco. Aunque rodeada de una densa retórica eufemística, consistía en separar a los alumnos del entonces ciclo polivalente (equivalente a la actual segunda etapa de la ESO), por su ritmo, en niveles A, B, C y Compensatoria. Mi equipo y yo (los resultados se publicaron en Reforma Educativa, Desigualdad Social e Inercia Institucional, Laia, 1987) tuvimos la oportunidad de visitar los centros, hablar con profesores y alumnos y observar las aulas, y el panorama no podía ser más desolador. Los alumnos mismos me explicaban que al nivel A iban “los listos”, al C “los tontos” y al B “los que todavía no se sabía si eran listos o tontos”. En cuanto a los grupos de Compensatoria, por doquier era visible una dinámica en espiral -descendente- en los profesores renunciaban a exigir a los alumnos y, si alguna vez lo hacían, los alumnos les recordaban que, siendo quienes ellos de compensatoria, no debían hacerlo. En suma, un perfecto caso de efecto Pigmalión, de profecía que se cumple a sí misma, de espiral -decreciente- de las expectativas.
Sin lugar a dudas, la separación de una parte de los alumnos en un grupo distinto por sus dificultades académicas u otras desata una dinámica deflacionaria, los priva del estímulo y el apoyo de sus pares más avanzados, les anticipa un futuro de orientación no académica y/o abandono tempranos, los estigmatiza ante sí mismos y ante los demás. Todo esto sería sólo un conjunto de inconvenientes no necesariamente decisivos si, a cambio, estuvieran en grupos más reducidos, fueran atendidos con profesores con mejor formación y mayor experiencia, se beneficiaran de los recursos adicionales que pueden necesitar, etc. Pero no es así, nunca lo es: van a parar a un rincón del centro, son señalados como los que no llegarán muy lejos, les tocan los últimos profesores del escalafón que son también los más inexpertos y los que posiblemente no sigan ahí el curso próximo, etc. Siempre ha sido así, y no aquí sino en cualquier parte. Es el balance que hacían, pro ejemplo, Rist y Cicourel en los Estados Unidos o Halsey en el Reino Unido, Meuret en Francia, etc. Y es el desarrollo previsible en un sistema educativo como el nuestro: rígido y burocrático, en el que los derechos y necesidades del educando se supeditan a las conquistas laborales del educador, sin transparencia ni rendición de cuentas, donde la evaluación no tiene efecto alguno, donde los directores apenas pueden dirigir…
Reforzar la atención a los alumnos con dificultades es imprescindible, pero para eso no hace falta separarlos y etiquetarlos. El profesor, en el aula, tiene ya cierto grado de discrecionalidad, no tiene por qué actuar como una suerte de presentador televisivo con el mismo mensaje para todos. El centro tiene lógicamente una flexibilidad mayor, pues puede poner a unos profesores a apoyar a otros siempre que las disponibilidades horarias lo permitan -y a menudo lo permiten, aunque ahora esté más difícil. A partir de ahí pueden acumularse otras formas de sostén diferencial tales como profesores de apoyo donde sea posible, servicios municipales o la colaboración de voluntarios. En principio, cualquier vía es mejor que una segregación que ya conocemos y que nunca ha funcionado com fórmula general.
No quiero, en fin, dejar de manifestar mi estupor ante el silencio de la izquierda catalana. Rigau se descuelga con esto a pocos días del cónclave patriótico en que PSC e ICV apoyaban a CiU y ERC en su enroque contra el Ministerio y contra los tribunales en torno a la evacuación del castellano como lengua, que no se cansan de presentar como una política de cohesión social. Me temo ahora que callar ante el último dislate de la Consellería sea una política de cohesión nacional.