7 jun. 2012

PISA como agencia de rating de la mano de obra


Una economía global requiere normas y reglas de conversión comprensibles para todos y comúnmente aceptadas. El patrón oro, las monedas de reserva o el mercado de divisas han permitido históricamente la circulación internacional del dinero. El sistema métrico decimal y las normas ISO han suministrado estándares comunes para las mercancías. Faltaba una manera de estandarizar la fuerza de trabajo, o más exactamente su cualificación, y eso es lo que viene a hacer ahora PISA.
No es el primer paso, desde luego. La propia escuela, quizá la institución más clónica que la historia haya conocido por encima de las fronteras se ha construido en cada lugar mirando a cómo se había hecho en otros, más que a las necesidades propias. La disciplina de la educación comparada, las estadísticas homogeneizadas, clasificaciones la CINE (o ISCED), las conferencias sindicales o la movilidad internacional de estudiantes y profesores y otros mecanismos han puesto, cada uno, su granito de arena. Y no hay que olvidar, por supuesto, las primeras agencias internacionlales de evaluación y sus primeros experimentos: la IEA, TIMMS, PIRLS.
Pero ninguno como PISA. Lo que hace PISA es, por vez primera, comparar la cualificación de la fuerza de trabajo por un criterio descontextualizado (libre en lo posible de las peculiaridades nacionales) y, además, enfocado a la aplicación externa y práctica de lo aprendido, no a su conservación interna y teórica. Dicho en otros términos: PISA mide la cualificación, aunque sea todavía genérica y en una fase temprana de la vida.
Pero esto último no es ningún problema. Cuando el trabajo requería un esfuerzo esencialmente físico, lo esencial era que el trabajador gozara de buena salud, y ése era un criterio de filtro para las autoridades migratorias (aunque era sencillo, pues también funcionaba como un criterio de autoselección de los inmigrantes: jóvenes, sanos y dispuestos para el esfuerzo). Hoy en día la emigración acude sobre todo a las actividades económicas no deslocalizables, tales como la agricultura, la construcción, la prostitución, el servicio doméstico y otros servicios personales, mientras que en las actividades deslocalizables es el capital el que migra en busca del trabajo cuando hay escasez local o cuando simplemente puede encontrarlo en mejores condiciones (más barato, mejor cualificado, menos protegido, más productivo…), además de cuando la producción debe situarse cerca del mercado de destino.
Y aquí es donde entra PISA. Cuando alguien comprar valores cuyas entrañas desconoce acude a las agencias de calificación que, con criterios sin duda discutibles pero mejores que la ausencia de criterio (en todo caso, para los inversores), clasifican los activos basándose en cálculos sobre su rentabilidad y fiabilidad. Cuando alguien quiere comprar trabajo, por ejemplo una empresa que busca crear una filial o localizar una parte de su proceso de producción en otro país, se encuentra en la misma situación, con el problema añadido de que es más fácil desprenderse de un millón de acciones que de un centenar de trabajadores y las instalaciones. Nada tan importante, pues, como contar con un criterio fiable por el que comparar la fuerza de trabajo en diversos contextos. Y ese criterio, desde luego, no pueden ser la autocelebración de las autoridades escolares o los profesionales locales (ni su autoflagelación, cuando es el caso).
Con esto no pretendo atacar a PISA, ni a la OCDE ni a la evaluación. Todo lo contrario: me parece que gracias a ellos estamos en mejores condiciones que nunca de conocer y mejorar nuestros sistemas educativos. Pero hay que ser conscientes de que ha nacido una agencia de calificación de las cualificaciones y de que las inversiones internacionales podrán y deberán guiarse por ella -entre otros criterios- y, por tanto, así lo harán.
En 2009, la Inversión Extranjera Directa (la que crea o mantiene empleos) bruta en España se contrajo en un 89.7% respecto a 2008, cierto que en un contexto de recesión pero mucho más que en el mundo, 39%, o en la UE, 29.2%. En 2011, la IED neta recibida aumentó un 1.9%, pero en el mundo lo hizo un 17% y en Europa un 31.9%. Por supuesto que depende de más cosas, pero nuestros cinco millones y medio de parados tienen algo que ver con eso y nuestros actores educativos, desde las autoridades hasta los alumnos y sus familias pasando por los profesores, deberían pensar en ello.