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Sociólogo, catedrático en la Universidad Complutense. Buena parte de mi investigación ha estado dedicada a la educación, en particular a las desigualdades escolares, la organización de los centros, la participación social, la profesión docente y la política educativa.
También he trabajado y trabajo sobre desigualdades sociales, sociología de las organizaciones, sociología económica. Ahora me interesan especialmente las redes, la internet y, en general, lo que llamo, para que rime, sociedad o era global, informacional y transformacional (SEGIT).

27 may. 2011

¿Por qué se estudia latín en la escuela?

La pregunta, nótese bien, no es para qué sino por qué. ¿Por qué se estudiaba latín en las universidades, así como en institutos, lycées, Gymnasia, grammar schools y equivalentes. Primero, porque era la lingua franca frente a las lenguas vernáculas, la que permitía la comunicación en las esferas de la religión, la ciencia y la filosofía e incluso, en alguna medida, la política. Segundo, porque jugaba un papel esencial en las escasas especialidades universitarias: Teología, Filosofía (ancilla theologiae), Derecho (que en gran medida era canónico) y Medicina (en gran parte descriptiva y codificada en latín). Pero resulta que estas condiciones ya no se dan. La ciencia hace mucho que dejó de escribirse en latín y se escribe hoy en inglés; hasta la Iglesia ha abandonado en buena parte el uso del latín a favor de las lenguas vernáculas; y la política adoptó ya hace siglos como lengua diplomática el francés y, después, el inglés. Guste o no, la lengua franca en todos los ámbitos es y será cada vez más el inglés.
Además, por supuesto, tiene virtudes propedéuticas: sus ardientes defensores no se cansan de repetirlo y los demás, hasta cierto punto, lo aceptamos. Pero la cuestión es que los estudiantes de hoy salen del bachillerato con un conocimiento del inglés, por ejemplo, absolutamente penoso e inoperante (como comprobamos los profesores universitarios cuando les hacemos leer un texto en inglés -no quiero imaginar lo que sería hacerles leer un texto en latín, por cierto). Y saldrán sin haber aprendido la lengua franca de hoy, entre otras cosas (no sólo, desde luego), si tienen que emplear parte de su tiempo en estudiar la lengua franca de anteayer.
El tiempo escolar es un recurso escaso y hay que elegir. Cualquiera de las materias que en él se enseñan y aprenden merecería mas tiempo por sí misma, pero no puede ser, porque no están ahí por sí mismas, o no sólo (me contó una vez un antiguo cargo ministerial que, según sus cálculos, si hubiera hecho caso a lo que los colectivos de profesores de las distintas áreas reclamaban en las enseñanzas medias, los alumnos habrían tenido de setenta a ochenta horas de clase semanales).
Eso no quiere decir que no pueda y deba ser materia de oferta obligatoria (que los centros deben ofrecer, pero los alumnos no están obligados a elegir), y ya lo es: optativa en la ESO y optativa de modalidad en el Bachillerato. Pero ¿qué sentido tiene hacerla obligatoria, siquiera en la modalidad de Humanidades y Ciencias Sociales? Si miramos la distribución de los estudiantes de estas áreas en la Universidad, las CC. Sociales más que triplican la matrícula de las Humanidades, sólo algo más de un tercio de esta última se dirige a las Filologías y apenas un 1.23% lo hace a Filología Clásica y un 0.24% a la Románica (pace, ya sé que el Latín tiene sentido para otras Filologías, pero ni todas ni por igual). Sólo las ramas de Economía y Empresa tienen más que el triple de alumnos que todas las Filologías reunidas, y Derecho más del doble. Lo lógico sería más bien que fueran las universidades las que determinaran en qué titulaciones requerir cierto conocimiento de Latín y en el acceso (que decidan los juristas si hace falta en Derecho, los biólogos si en Biología, etc.) y que los alumnos pudieran elegirlo según sus planes, no verlo impuesto (ni verse privados de la opción). De momento, la Universidad no lo exige -lo que parte de los latinistas criticarán- pero el instituto lo oferta con generosidad, lo que me parece suficiente.
Hay otro motivo, ciertamente, por el que una parte de la sociedad ha demandado el Latín. Me refiero a un deseo de distinción social que se expresaría en la exhibición de un amor al saber por sí mismo. El distanciamiento respecto de cualquier visión utilitaria del saber y la ostentación del saber desinteresado han estado con nosotros, al menos, desde el desprecio de Aristóteles por los oficios viles y su aprendizaje hasta la moderna idea de un saber desinteresado (como lo define no Ortega, sino Bourdieu). El latín distingue a su conocedor, precisamente, porque carece de aplicación práctica inmediata. El grado máximo de distinguido desapego lo propone O.W. Holmes cuando, en una nueva vuelta de tuerca, afirma: “Lo que distingue a un caballero no es saber latín sino haberlo olvidado”. Pero el elenco de saberes es hoy tan amplio que esto sería un dispendio, y afortunadamente ya no es más que historia.