4 abr. 2011

Si esto es una persecución, ¡yo me apunto a ser mártir!

Desde que Ratzinger visitó España y lanzó la consigna de que aquí existe un laicismo agresivo, los medios afines a la Iglesia Católica y contrarios a la separación entre ésta y el Estado no han cejado de emplear un discurso victimista según el cual estarían siendo objeto de una persecución sectaria. Éste es el hilo con el que la derecha mediática asilvestrada viene articulando su discurso apocalíptico desde los desafortunados incidentes de la capilla de Somosaguas. Es también el discurso en este blog del profesor Barrio, que se lamenta de que se “cisquen” en las creencias católicas, se “tape la boca” a los creyentes, se convierta el espacio público en “exclusivo” para los ateos y agnósticos, un lugar donde se puede “vejar gratis” a los católicos, que se verían así relegados a las “catacumbas”. Sin embargo, esta retórica martirológica tiene muy poco que ver con la realidad. Es útil, sencillamente, porque moviliza a quienes tienden a sentirse perseguidos y necesitan descargar su rabia sobre algo. Así como los nacionalistas invocan siempre sus derrotas, los fundamentalistas invocan las profanaciones y persecuciones. Nada da tanta vida al islamismo radical como un imbécil quemando el Corán en una parroquia perdida de Florida, ni al catolicismo ultramontano como una docena de idiotas destapando sus pechos en una capilla semiolvidada. El recurso es más que viejo, y lo explicó Göring en Nuremberg, cuando le preguntaron cómo se podría arrastrar a la guerra a un pueblo que, en principio, no debería quererla: “Todo lo que hay que hacer es decirles que están siendo atacados y denunciar a los pacifistas por falta de patriotismo y por exponer al país al peligro.” Donde dice país, dígase iglesia; donde atacados, profanada; donde pacifistas, “católicos que se avergüenzan de serlo”; donde peligro, catacumbas... No pretendo comparar a los católicos de hoy con los nazis de ayer, que no es el caso, pero el mecanismo es el mismo: hacer sonar los tambores de la tribu, ¡a mí la legión!, unámonos que nos atacan.
La Iglesia Católica recibe cantidades ingentes de dinero del Estado español. Cada año, éste adelanta lo que se supone que le va a corresponder del IRPF, que luego siempre es menos, pero nunca devuelve la diferencia. Adicionalmente, se subvencionan numerosas actividades de la Iglesia, desde el Estado y las CCAA, en forma de proyectos de asistencia, servicios sociales, ayuda al desarrollo, etc., que nunca dejan de tener otra cara evangelizadora, es decir, proselitista. Se financian numerosas obras del patrimonio histórico que, no obstante, sigue siendo privado, eclesiástico, a la vez que se le permite explotarlo comercialmente. Sobre todo, la Iglesia Católica controla aproximadamente cuatro quintas partes de la enseñanza concertada, es decir, subvencionada, lo que se puede estimar en unos ciento cincuenta mil profesores afines, de los cuales unos quince mil son profesores de religión, es decir, catequistas, más otros tantos que actúan en los centros públicos, también financiados por el Estado y designados por la Iglesia Católica. ¿Se puede pedir más? Por si alguien lo ha olvidado, la Iglesia Católica cuenta además con la cuarta parte de la enseñanza obligatoria, la oferta obligatoria de enseñanza religiosa en el resto, varias universidades, una poderosa cadena de radio, varias emisoras de televisión, todo tipo de exenciones fiscales, privilegios judiciales, un patrimonio ingente, una alianza privilegiada con la derecha política y una relación ambivalente con la izquierda.
Nada de persecuciones, pues. La Iglesia Católica disfruta de una posición innecesaria e injustamente privilegiada, que agravia a otras confesiones, y más aún a los no creyentes, y cuestiona la laicidad, aconfesionalidad y neutralidad del Estado y de las instituciones públicas. Cuando las persecuciones a otras confesiones, a agnósticos y a ateos fueron reales, y a fe que lo fueron, no se les vio tan indignados.