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Sociólogo, catedrático en la Universidad Complutense. Buena parte de mi investigación ha estado dedicada a la educación, en particular a las desigualdades escolares, la organización de los centros, la participación social, la profesión docente y la política educativa.
También he trabajado y trabajo sobre desigualdades sociales, sociología de las organizaciones, sociología económica. Ahora me interesan especialmente las redes, la internet y, en general, lo que llamo, para que rime, sociedad o era global, informacional y transformacional (SEGIT).

26 abr. 2010

Un primer paso, con buen sentido

Todo clama por un pacto de Estado en materia de educación. A largo plazo, que la escuela es el principal mecanismo de formación de la ciudadanía, es decir, de la vida en común; que de ella dependen competitividad, posición y evolución del país en la economía global -la de todos y, por tanto, de cada uno-; que una generación que mayoritariamente vota pero ya no estudia legisla para otras que estudian pero no votan, y tal vez no piensen como nosotros. A corto, las altas tasas de fracaso y abandono, los pobres resultados PISA, el fiasco en los objetivos de Lisboa, el alarmante malestar docente o la reveladora mortandad de ministros y consejeros del ramo.

La cuestión es si estaremos a la altura de las circunstancias (más difícil, decía Machado, que estar au dessus de la melée), en un país más dado a la bronca que al diálogo y el acuerdo. Profesores y padres destacan por su limitado horizonte, centrados respectivamente en sus particulares intereses laborales (jubilación, autoridad y reconocimiento) o presupuestarios (bajo los lemas de libre elección y escuela pública), sin apenas propuestas de interés común. Los partidos, por su maximalismo: irreductibilidad de los nacionalistas (lo suyo es irreversible), dogmatismo irreal de IU (si no es hacia el centro político ¿qué pacto de Estado es posible?) y escasa voluntad de un PP confiado en que cuanto peor para el país, mejor para volver al gobierno (de sus tres demandas irrenunciables: calidad, elección y castellano, deberían estar satisfechos con las dos primeras, pero no). Es verdad, por otra parte, que PSOE y gobierno han tardado en reconocer los efectos imprevistos de la LOGSE y no terminan de abordar la articulación nacional del sistema.

Pocos motivos, pues, para el optimismo, pero sí alguna luz: el gobierno ha hecho un notable esfuerzo desde la LOE (que también lo fue) por asumir propuestas ajenas y lleva tiempo empeñado en corregir ciertas disfunciones (repetición, formación profesional, evaluación, dirección...). Sindicatos de profesores y asociaciones de padres han matizado sus demandas y entrado en otros aspectos. Hasta los populares dejan traslucir que en sus filas hay defensores del pacto. No veremos un gran acuerdo, pero nada impide dar el primer paso en la dirección correcta.