21 jul. 2007

La escuela a examen

Aunque miles de profesores y otros actores del sistema educativo están ya aprovechando fructíferamente el verano para formarse, remozar proyectos, actualizar programaciones o debatir otros temas de interés, apuesto a que los resultados de la Prueba de Destrezas y Conocimientos Indispensables (vulgo prueba de sexto) de Madrid, a pesar de su limitada utilidad, va a provocar encendidos debates en la región y fuera de ella.

Lo cierto es que, en sí misma, no dice mucho. Como media, los alumnos aprueban con poco más de 6 Lengua y Matemáticas, pero el 26,4% suspende la primera y el 30,6% la segunda. Hay que recordar que se trata de una evaluación muy, muy limitada hecha a una gran cantidad de alumnos, cincuenta mil, lo contrario de la evaluación continua, multilateral y exhaustiva que hace un profesor a un número reducido de ellos. Sus virtudes posibles no residen en su diagnóstico de la situación, sino en la comparabilidad diacrónica y sincrónica, es decir, en ver la evolución general del sistema educativo o contrastar los resultados de sus componentes: subsistemas, zonas, centros, aulas… Lamentablemente, no satisface estas expectativas. Si comparamos sus tres ediciones resulta errática, pues los resultados, tomando como base 2005, subieron un punto (sobre diez) en 2006 y han descendido otro tanto en 2007, lo que debe interpretarse como una debilidad de la prueba. Atribuirlo este año a su mayor dificultad, como ha hecho la consejera, es precisamente confesarlo.

En cuanto a una comparación sincrónica, la prueba, sencillamente, o es inútil o es malintencionada. Hay que decir que la Consejería no ha hecho tal comparación; sobre todo, no ha hecho lo que algunos de sus detractores temían: comparar centros públicos y centros privados, lo que todo el mundo teme que dejaría a los primeros en mal lugar. Algunos centros privados (no sé si también públicos), sin embargo, sí lo han hecho, alardeando de sus resultados superiores a la media, como sucede con la selectividad. Pero comparar resultados finales tiene tan escaso interés como saber a qué hora termina cada ciclista una contrarreloj; para éstos, lo que cuenta es la diferencia entre la llegada y la salida, el tiempo del recorrido, y para los centros educativos lo que importa es el valor añadido, la diferencia entre cómo entran los alumnos y cómo salen al cabo de un curso, ciclo o etapa. Esto es lo que necesitamos: saber si cada profesor, cada centro, cada subsistema económico mejora más o menos el nivel del alumnado, y técnicamente estamos en condiciones de hacerlo, pues nada impide evaluar los resultados eliminando la influencia de todo lo ajeno al centro.

Sin embargo, es dudoso que la Consejería persiga esto. La mera elección de las materias a evaluar y las pruebas huele a vuelta a los fundamentos en su versión más rancia, las 3R’s que dicen los anglosajones: reading, ‘riting and ‘rithmetics (lectura, escritura y aritmética), rebautizados como conocimientos y destrezas indispensables; una reedición cañí de la política thatcheriana veinte años después, como reconocía la actual viceconsejera en un texto para la FAES, el think tank del PP. Pero los fines de la educación son hoy mucho más amplios, comprenden más elementos, y no estaría mal, por ejemplo, que la Comunidad indagara sobre la formación ciudadana de sus alumnos en vez de lanzarse a campañas de objeción. La Fundación Bill and Melinda Gates, por citar a alguien por encima de toda sospecha, reformula hoy las 3R’s como rigor, relaciones y relevancia, y la prueba madrileña pasaría el primer criterio pero sería llanamente suspendida en los otros dos.

Conviene recordar, no obstante, que la respuesta a una evaluación deficiente no puede ser la negativa a la evaluación. En la era del conocimiento, la educación es demasiado importante para dejarla exclusivamente en manos de los educadores. La sociedad necesita y tiene derecho a saber qué pasa en sus escuelas, y, ante un colectivo docente que se resiste corporativamente a toda evaluación, sea individual, de centro o del sistema, hay que afirmar que cualquier evaluación es mejor que ninguna, y que lo mejor habrá de surgir de la crítica y la mejora de lo presente.