11 jun. 2005

LA CLASE (LA OTRA)

Un tiempo hubo en que el pueblo fue excluido de la escuela. Hasta Voltaire bramaba contra los religiosos que osaban educar a los pobres. La función de las de reformas de final del siglo XIX y todo el XX (inacabadas en parte del mundo) fue a los de fuera y aproximar sus condiciones de escolarización a los de dentro. Primero se pensó que era una injusticia con los hijos de los trabajadores y luego se fue comprendiendo, con lentitud, que también lo era con las mujeres, las minorías, los inmigrantes, los discapacitados… y que no bastaba decirles que esperasen al día siguiente del gran día, es decir, que lo suyo no era prioritario.

La clase sigue pesando hoy, y mucho, aunque de otra manera. Las puertas ya no están cerradas: el hijo de la familia más humilde tiene la oportunidad (no se le prohíbe) y hasta la posibilidad (cabe que se le ayude) de llegar a los más altos niveles escolares y, así, a una buena posición profesional. Pero lo que para las clases privilegiadas es un trayecto fácil y placentero, para las desaventajadas es una carrera de obstáculos. Las clases ya no son estamentos, ya no obligan a vivir y morir en la posición en que se nació, pero distan de ser, como decía Schumpeter, igual que los autobuses, siempre llenos pero de gente distinta.

Y, por lo que sabemos, la escuela es un mecanismo de reproducción social, no de los ricos, la burguesía, etc., como tanto se ha dicho, sino de las clases medias funcionales, las que basan sus ventajas en conocimiento o la cualificación, desde la antigua noblesse de rôbe hasta el último empleado administrativo hoy, pasando por los profesionales en general y el profesorado en particular. Son ellos quienes apuestan por la educación para mejorar o defender su status, se vuelcan en la educación de su hijos, buscan mejores escuelas, pagan por la diferencia… y obtienen los mejores logros. No pueden dejarles un capital económico, ni social, pero sí cultural, escolar.