6 feb. 2019

Codocencia: de profes, polis y compis

Un profesor, un grupo, un aula. Esta ecuación se ha grabado en la conciencia colectiva con más éxito incluso que la monogamia, la fórmula “un hombre, un voto” o el monoteísmo. Sin embargo, una de las virtudes más relevantes de iniciativas como las hiperaulas, los innovative learning environments, los proyectos STEM o STEAM y otras similares es que reúnen a dos o más profesores en un mismo espacio docente y discente, digamos en un aula de manera estable o temporal, pero no simplemente ocasional. No a dos profesores en el mismo grupo en que antes sólo había uno, como cuando se llama codocencia a la incorporación de un profesor de educación especial para atender a uno o unos pocos alumnos con necesidades educativas especiales en un aula ordinaria en la que el profesor ordinario no necesita ni quiere ayuda con los alumnos ordinarios. No eso sino, típicamente, dos grupos y sus profesores acumulados, doble número de alumnos y doble o más de profesores. Pueden ser más de dos grupos, aunque dos es lo más frecuente y no necesitamos entrar aquí en mayores complicaciones. Es lo que han hecho numerosos centros innovadores que acumulan grupos del mismo curso, o lo que hacen unos pocos con dos cursos sucesivos (un ciclo), o lo que se hace a veces con proyectos interdisciplinares que agrupan temporalmente a profesores de distintas especialidades.
Se trata, pues, de codocencia sin modificar los ratios (sea alumnos/profesor o alumnos/aula), no de meter más profesores con la misma distribución de los alumnos en alas y grupos. Y la pregunta es: ¿para qué, si la ratio, la omnipresente obsesión del gremio, no varía? La respuesta corta podríamos parafrasearla de Benedetti: “En el aula, codo a codo, somos mucho más que dos.”[1] La larga es algo más compleja.
Se puede encontrar un paralelismo interesante donde no muchos lo buscarían y a no pocos les desagradará lasola mención, pero no es mi caso. Pienso en la vieja cuestión de si los agentes de policía deben patrullar solos o en parejas. De hecho no me consta que el asunto haya sido estudiado aquí, en España, pero sí en los Estados Unidos,[2] lo cual es casi una ventaja, pues se me antoja que el público español está más familiarizado con la vida cotidiana de los agentes norteamericanos que con la de sus compatriotas. Gracias al cine y la televisión, por supuesto (y también por la inercia de identificar a las fuerzas del orden con el pasado autoritario, pero esto no toca ahora).
Cualquier espectador de películas o series made in Hollywood habrá notado lo siguiente: cuando la ficción transcurre en áreas rurales, pequeñas ciudades, etc., el policía siempre patrulla solo (En el calor de la nocheLa jauría humanaFargo...); cuando transcurre en las grandes urbes, lo hacen en parejas (Arma letalTango y CashCorrupción en Miami...). Estará en lo cierto: la mayor parte de la policía de los Estados Unidos lleva a cabo sus patrullas de manera individual (el sheriff, o ayudantes...), pero en grandes ciudades como Nueva York, Los Angeles y otras, lo hace en parejas (los siempre inseparables buddy cops).
La dicotomía es fácil de entender: las patrullas individuales permiten cubrir un territorio más amplio, reducen el tiempo de llegada a donde se las necesita, aumentan la visibilidad de la presencia policial y son, por todo ello, más económicas; las patrullas dobles, sin embargo, son más efectivas en el lugar de intervención, resultan más seguras para los agentes sobre el terreno (simultanean contact and cover), son notablemente más disuasorias para los delincuentes o contra la obstruccion a la labor policial, permiten una conducción más eficaz y menos arriesgada (los coches policiales van cada vez más cargados de distractores: radios, sistemas GPS, lectores, terminales de ordenador, etc.) y son menos proclives a decisiones erróneas que podrían agravar cualquier situación de riesgo en cualquier dirección –y, last but nos least, se hacen compañía, incluso se hacen amigos.
La cuestión es que los factores que inclinan la balanza del lado de la patrulla individual no encuentran su correspondiente a favor de una docencia individual, pues el docente no tiene un territorio físico extenso a cubrir, sino que puede trabajar, perfectamente, en una doble aula: la extensión (la escalabilidad, las limitaciones al alcance) del escenario docente la da el número de alumnos, no el área de superficie. En cambio, los factores que empujan hacia la patrulla en pareja sí que se reproducen en la docencia y dan valor a la codocencia. No me refiero, por supuesto, al crimen o el riesgo de violencia (diga lo que diga el surrealista Defensor del Profesor), sino simplemente a la frecuencia de situaciones inciertas de respuesta no menos incierta, en las que ayuda tener cuatro ojos y dos criterios en vez de dos y uno; a las ventajas de poder tener a un docente en contact (ocupándose del imprevisto, sea cual sea) y otro en cover (manteniendo la rutina para el resto). En la labor docente, como en la policial, el trabajo colaborativo debe sus ventajas a la multiplicación no de su alcance (más territorio o más alumnos que, en realidad, no son más, porque pueden ser los mismos o menos kilómetros cuadrados por agente o alumnos por docente), sino de su capacidad para afrontar imprevistos, para simultanear la rutina (la patrulla, la lección) con el caso (la atención al ciudadano o al alumno individuales) y con la emergencia (el delito o la disrupción). Codo a codo, son mucho más que dos (y por el mismo precio, algo que no hay que olvidar por que lo paguen otros).

[1] Mario Benedetti, Poemas de otros“Te quiero”. Parafraseo un cuarteto que se repite a lo largo del poema, en alternancia con otros que no lo hacen, y reza: “Si te quiero es porque sos / mi amor mi cómplice y todo / y en la calle codo a codo / somos mucho más que dos.” Pero no hace falta enamorarse del colega, bastará una relación colaborativa.
[2] P.e. por Wilson, C., & Brewer, N. (1992). One-and two-person patrols: A review. Journal of criminal justice, 20(5), 443-454.; Day, F. D. (1956). The Issue of One-Man vs. Two-Man Police Patrol Cars.The Journal of Criminal Law, Criminology, and Police Science46(5), 698-706.

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