22 jun. 2016

Nuestros populistas son los mejores

Se dice (lo he oído como chiste y lo he leído como crónica) que entre los burgueses catalanes de comienzos del siglo XX era habitual vivir en el Eixample, pero poner un pisito a la amante en el Paralelo. Tarde o temprano, esta afloraba, y algunas crónicas aseguran que las esposas legítimas, con independencia de lo que pudieran decir en casa, no dudaban, cuando hablaban entre ellas (según la crónica) o con el marido (según el chiste) en el Liceo, a la hora de defender el estatus familiar: "La nostra és molt més guapa."
La irresistible ascensión de Podemos ha roto el monopolio de la legitimidad política de que gozaban los partidos tradicionales (ahora la casta) con la irrupción un discurso que puede parecer más apoyado en el corazón que en la razón, en el deseo que en el cálculo: observe el lector, en los símbolos electorales que acompañan estos días a las representaciones gráficas de las previsiones de voto, y pronto lo harán a las papeletas, la diferencia entre el corazón arcoiris elegido por Unidos Podemos y las cajitas cerradas y geométricas a las que continúan apegados, o en las que siguen encerrados, el PP (azul y circular) y el PSOE (roja y cuadrada) –Ciudadanos se sitúa entremedias, con un globo o bocadillo, como los de las historietas, que sugiere una voz emergente.
Cabría recordar aquí aquello de que el corazón tiene razones que la razón no entiende, y algo o mucho de eso hay, pero no se debe caer en el error de subestimar a Podemos. Su razón, simplemente, es en buena parte otra, la razón populista formulada por el fallecido y brillante politólogo Ernesto Laclau, que ellos mismos reivindican sin ambages (el magnífico documental Política: Manual de instrucciones, de Fernando León de Aranoa, es muy ilustrativo a este respecto). Y sabemos, desde luego, que ayer les gustaba Chaves, pero eso no significa que hoy les guste Maduro ni que no hayan aprendido nada en el camino.
Nuestros populistas, para empezar, son de izquierdas, no de derechas. Unos y otros tienen en común ser populistas, pero lo que los separa se me antoja bastante más importante que lo que los asemeja. En la mayor parte de Europa están surgiendo o creciendo rápido los populismos de ultraderecha (Le Pen y el FN en Francia, Farage y el UKIP en el Reino Unido, Petry y la AfD en Alemania, Hofer y el FPÖ en Austria...). Menos preocupantes pero también significativas son las derivas populistas desde el interior de algunos partidos conservadores tradicionales, como el retorno de Sarkozy en la UMP francesa, el giro antieuropeo de Michael Gove y Boris Johnson en el conservadurismo británico o, peor aún, el triunfo de Donald Trump en las primarias republicanas estadounidenses. Creo que incluso conservadores no populistas concederán que hay menos que temer de Tsipras que de Le Pen, a Sanders que a Trump, a Raggi que a Meloni.
Nuestros populistas, además, son bastante moderados. No son como los anticapitalistas franceses, sino que se abren o se expanden aceleradamente hacia la socialdemocracia. Es ahí donde buscan sus avales económicos (Navarro, Stiglitz), sus reclamos de sociedad (Escandinavia), su marchamo electoral (como bien sabe y sufre ahora el PSOE) y no pocos de sus fichajes estrella. Eso no ha evitado ni va a evitar en el futuro próximo sonoros patinazos por la izquierda, pero es manifiesto el edulcoramiento e incluso el abandono de sus propuestas más agresivas, desde la renta básica universal hasta el referéndum catalán, y son buenas señales tanto la tranquilidad del empresariado como la creciente irritación de ERC y CiU.
Nuestros populistas más destacados no se han formado en los cuarteles venezolanos, ni en los piquetes argentinos, ni en los campos de coca bolivianos, sino en las aulas y los programas de doctorado de Ciencias Políticas y Sociología (y en su zona liberada, todo hay que decirlo). Abundan en ideas bastante sofisticadas, aunque no haya por qué compartirlas. A esto hay que añadir que aprenden muy rápido, lo mismo que otras fuerzas emergentes, algo que no puede decirse, al menos hoy, de las fuerzas políticas tradicionales. Aunque no faltará quien considere que esta expresión es un oxímoron, una contradicción en los términos, creo seriamente que son un producto y un factor de la inteligencia colectiva en política. Aprenden rápido no porque sean listos, ni jóvenes, ni doctores e investigadores muchos de ellos, aunque todo esto ayude, sino porque han sabido apostar (o tal vez no hayan tenido otra opción que hacerlo) por combinar formas de participación estructuradas y fluidas a la vez, de proximidad y virtuales, basadas en la militancia y en la apertura al entorno, así como porque se están viendo llevados a cambiar constantemente de escenario. Por otro lado, esa dependencia de los medios de comunicación de masas y de las redes que tanto se les critica, pero que ellos asumen con desparpajo, es una fuente inagotable de feedback que, hasta ahora, han sabido aprovechar.
Nuestros populistas, en fin, han distinguido siempre y distinguen cada vez más entre acudir a las elecciones y gobernar. Actúan con una saludable y asumida dosis de electoralismo, como no han dejado de reprocharles sus competidores, porque su populismo tiene más de estrategia electoral que de modelo de gobierno. Lo que han aprendido de y en América Latina ha sido más cómo ganar unas elecciones que cómo ejercer el poder, aunque ni puedan ellos ni debamos los demás olvidar, en ningún momento, que en lo segundo hay mucho más que aprender de los errores que de los aciertos. De momento, el hecho es que su presencia en gobiernos municipales y autonómicos, aparte de algún pequeño esperpento, ni ha generado sobresaltos ni presenta un mal balance.
Y, ahora, mi disclosure. La verdad es que me gustaría poderles votar. Ya lo he hecho alguna vez, a uno y otro de los ahora coaligados, aun cuando considere que bastantes de sus propuestas no son sino simplificaciones perezosas basadas en decir lo contrario que el gobierno o que la mayoría. Por desgracia, yo también tengo una línea roja o casi, como gusta decir ahora: el secesionismo, más aún si es rico y pijo. Aunque sepamos de qué fuentes beben (la candorosa o cínica idea del derecho de los pueblos o las nacionalidades a la autodeterminación, según venga de Wilson o de Stalin), o quizá por ello, no se puede ser de izquierda y de derecha a la vez, es decir, socialdemócrata (y no digamos comunista) e independentista, porque es como ser de izquierda y machista, o imperialista, o racista... de izquierda con los tuyos y de derechas contra el resto –y tanto da que este a la vez se dé dentro de un partido, una coalición electoral, una confluencia...
Es posible que Unidos Podemos, que va a ser la primera fuerza en Cataluña y el País Vasco y que cada día añade algo más de ambigüedad al derecho a decidir, sea un factor de desbloqueo y pueda ayudar a desactivar el anunciado choque de trenes, pero no lo es menos que resulte ser el aprendiz de brujo que abra una caja de los truenos que nadie pueda cerrar después. Si, como parece, es posible un gobierno de izquierda; incluso, algo que yo preferiría antes que una exigua y arriesgada victoria de media España contra la otra media, de centro-izquierda, me resulta igual de tentador o más el voto a la vieja socialdemocracia anquilosada, aunque solo sea como contrapeso a la nueva socialdemocracia improvisada. Una disyuntiva, la mía, que ya previó Jean Buridan, y no digo más.