3 ago. 2014

Víctima de su propia lógica, Wert alienta al catalibán

Abrir la puerta a elegir otro centro, con una enseñanza a su gusto, es la respuesta del liberalismo doctrinario a todos los males: si usted no quiere una escuela laica o ni siquiera secular, ni que su hijo se mezcle con los pobres, ni que su niña conviva con niños, ni que ninguno de ellos aprenda en otra lengua que el castellano, es decir, si usted no quiere nada de lo que la sociedad quiere  y que constituye su fundamento, no hay problema: elija otro centro, que el  tesoro público paga. En Cataluña el gobierno del Estado se esfuerza hoy poco o nada por garantizar la generalización del castellano como lengua vehicular, aunque sea subordinada, pero todo lo que puede para facilitar una escolarización sólo en castellano, como muestra el RD 59/2014..
Hace tiempo que no desperdicio una oportunidad de discutir con un catalán qué tendría de malo una fórmula que garantizase la permanencia del castellano como lengua vehicular, ya que Cataluña es parte de España y los catalanes son ciudadanos de ambas, a la vez que reforzara el catalán, dándole un papel preeminente, donde y cuanto fuera necesario, y puedo asegurar que las respuestas típicas discurren normalmente entre “Eso es lo que yo quuerría”, “Bueno, eso sí…”, o “Se podría discutir…”. Lo que la mayoría de los catalanes quiere es simplemente que la escuela compense lo que perciben como una desventaja de la lengua catalana frente a la castellana fuera de ella, y si los debates públicos empezasen por ahí, por el reconocimiento de ese objetivo y ese problema, tal vez fuera diálogos productivos, no diálogos para besugos (como esos que la gente de mi edad seguro recuerda, pero encrespados).

Quedan, claro, los que con bastante acierto se ha dado en llamar catalibanes,  que no son pocos pero sí minoría, para quienes el sistema educativo es el mejor instrumento con que fabricar de manera lenta pero segura una incompatibilidad entre ser catalán y ser español, entre  la parte y el conjunto, entre Cataluña y España, lo cual pasa por forzar la elección excluyente entre una lengua y otra. Pero ese es precisamente el juego en el que caen Wert y su gobierno cuando ofrecen a quienes, viviendo en Cataluña, pretenden eludir la enseñanza en catalán, la opción de salirse del sistema, es decir, de estudiar en Cataluña como si no viviesen en ella. Al catalibán le gusta eso, pues le sirve la bronca en bandeja.
La escuela es la institución del demos, de la res pública, de la ciudadanía, y la lengua es su instrumento de comunicación. Su utilización o no como lengua vehicular es un mensaje sobre la ciudadanía, la identidad y la solidaridad más fuerte que cualquier definición expresa de estas. Por consiguiente, todo futuro ciudadano hoy en edad escolar debe aprender hoy, si vive en Cataluña, catalán, lo cual pasa por usarlo como lengua vehicular, pero también castellano, lo cual pasa por lo mismo:, aunque el distinto grado de salud de cada lengua en general pueda aconsejar invertir esa proporci ón, son fines compensatorios, en la escuela. Pero ha de ser una proporción, no una desproporción: doble, triple, cuádruple…, o sea, 2/1, 3/1 (como ha sugerido el TSJ de Cataluña), incluso 4/1 (20%, o sea, una de las cinco horas diarias de clase en primaria), son proporciones.  Todo frente a nada, 1/0, no es una proporción: en matemáticas sería una indeterminación; en política es la exclusión, un desaguisado.

La cuestión es que cuando el catalibán habla de inmersión lingüística está hablando, aunque sea de forma y con un fondo sectario, de ciudadanía (única, excluyente, etc., pero ciudadanía al fin y al cabo), mientras que cuando el neocon habla del derecho a elegir lo está haciendo de la primacía del interés individual (puede que comprensible y hasta justificado, pero individual al fin y al cabo). En esos términos, la batalla está perdida.