25 mar. 2014

Un índice es un indicio, no una síntesis: Sobre los índices de impacto de la investigación

    Hace unos días me enteré por un colega de que se me adjudica lugar prominente en la última clasificación de impacto hecha pública por EC3, el H Index scholar 2012 área de Sociología, un honroso segundo puesto precedido Salvador Giner y seguido por José María Maravall. No voy a discutir los detalles técnicos sobre su elaboración, que los autores explican aquí. No ocultaré que me sorprende la clasificación, tanto ese podio como el resto. Y debo añadir, con menos pena por no tener la oportunidad que alivio por no tener la tentación, que ya no podría utilizarla para su fin previsto, pues ya no me van a conceder más sexenios, ni me queda acreditarme de nada ni voy a acudir a concurso alguno de los que se basan en estos índices.
    Y no estoy en contra de ellos, que conste. Creo que los profesionales que disfrutamos de una amplia autonomía en nuestro trabajo, y más en los servicios públicos, tenemos la obligación de hacer transparentes nuestros procesos y dar cuenta de nuestros resultados, salvo en lo que pueda afectar a la seguridad o la privacidad propia o ajena, que es más bien poco. Cuando apenas comenzaba la evaluación de la investigación en las universidades españolas, y mis colegas, amigos y comilitones lo veían con franca hostilidad, ya me pronuncié de forma clara y pública porque fueran evaluadas la investigación y la docencia (por ejemplo, ya en 1991, en esta tribuna en El País), y hasta el día de hoy he mantenido una defensa de la rendición de cuentas y la transparencia que la mayoría del gremio docente no comparte (por ejemplo, en estas entradas en mi blog: 1, 2, 3). Creo, en particular, que las universidades deben servirse de diversos indicadores para tratar de manera distinta y así reconocer e incentivar el trabajo de sus profesores, según su esfuerzo, y nunca he defendido las fórmulas de café para todos.
    Esto no significa, sin embargo, que me convenza la actual carrera universitaria. En contra de la idea de algunos colegas, a quienes gusta afirmar que el actual sistema de acreditación del profesorado por una agencia externa ha supuesto una revolución democrática frente a la vieja universidad feudal, yo creo que la universidad española es hoy más medieval que nunca. Menos feudal, efectivamente, pero espectacularmente más gremial. Dicho de otro modo, se ha reducido (que no eliminado) la relación de dependencia vertical, pero se ha reforzado hasta ser casi absoluta la exclusión horizontal. El equivalente de aquella sociedad corporativa en la que cada aldea o cada gremio concedía derechos a unos pocos y excluía al resto es que hoy las universidades españolas son más endogámicas que nunca, la movilidad del profesorado se ha reducido a cero y los diversos concursos de promoción más allá del primer acceso son ante todo una ficción. Se debería y se podría haber acabado con el clientelismo sin ahogarnos en la endogamia, pero no voy a detenerme ahora en cómo.
    El caso es que hoy todo profesor sabe que, con cierto nivel de actividad medianamente solvente, terminará por conseguir su plaza estable en su universidad, con la misma certidumbre con la que quien pone los pies en un extremo de una escalera mecánica sabe que terminará saliendo por el otro. Cierto que es un resumen somero, que el trayecto puede ser lento, que la crisis y los recortes parecen amenazarlo todo y que hay una parte del profesorado precario que nunca llega a subirse a la escalera (y otra que muere antes de bajarse), pero es un resumen fidedigno. Una vez que se entra en alguno de los grupos a los que es inexcusable ofrecer políticas de promoción para que den su voto a cualquier candidato a rector, todo lo que hay que hacer es acumular puntos.
    Y aquí es donde volvemos a los índices: las universidades dotan plazas para los seleccionados por la ANECA nacional y las anequitas autonómicas, las cuales dan sus acreditaciones a quienes ya han sido previamente bendecidos con suficientes sexenios por la CNEAI (para las categorías superiores) o aplican por sí mismas los criterios legitimados por esta a quienes todavía no han podido serlo (para las categorías iniciales), y estos criterios giran decisivamente alrededor de los índices de impacto de las publicaciones (y en menor medida, pero peor, de la bufonada de la evaluación positiva de la docencia, bastante menos exigente que los certificados penales o médicos antiguamente requeridos a los funcionarios).
    El resultado es que la carrera investigadora se ve cada vez más penetrada por la caza y recolección de puntos. Los investigadores jóvenes y no tan jóvenes se ven empujados a buscar la unidad mínima publicable en vez del trabajo o la obra redondos; las revistas indexadas en vez de las que llegan al público que buscan, sea general o especializado; el tema que promete buena acogida entre los evaluadores, sea cual sea, en vez del que consideran de verdadero interés general o personal. En suma, se impone lo que tienen que hacer (la necesidad), sobre lo que deben o quieren hacer -tan importantes como son la ética y la voluntad en el terreno de la investigación. Vemos así surgir desde revistas y editoriales dedicadas publicar con cargo al autor, a facilitar publicaciones de vanidad, a simular internacionalización o a manipular los índices (lo que cabría llamar posicionamiento), del lado de la demanda, hasta algunos grupos académicos cuya razón de ser en este mundo, sola o acompañada, no es otra que firmar en común, citarse mutuamente y sacar adelante estrategias de consecución de índices de impacto, del lado de la oferta.
    Pero el hecho de que alguien no necesite ya ser evaluado no le va a librar de ser evaluador. Se puede huir de ciertas colaboraciones, como algunos lo hemos hecho de la ANECA (no discuto sus intenciones ni digo que hagan algo indebido, sólo que es parte de un mecanismo que no me gusta), pero no hay modo de hacerlo del sinfín de concursos en que cada año se renueva el precariado docente de la Universidad. Entonces descubres que ya no tiene sentido leer o haber leído un artículo o un libro de un aspirante, pues en ese contexto ya no cuenta el contenido de la investigación. De lo que se trata ahora es de aplicar los baremos que elaboran las universidades con los índices que legitiman las agencias y que elaboran unas pocas entidades, entre empresariales y académicas (y que casi nadie entiende). Entre los baremos y los índices, los miembros de las comisiones juzgadoras pueden contar, como máximo, con un estrecho margen para ponderar, pero ahí estarán vigilantes los sindicatos, cuya función esencial es siempre que nada pueda perjudicar ni dejar de beneficiar a alguien de la casa, por más que eso distorsione los principios de igualdad, mérito y capacidad. Puedo asegurar que he llegado a presenciar auténticos desaguisados en estricta aplicación de baremos e índices, sin poder hacer mucho al respecto salvo incomodar a los presentes.
    Por más que perfeccionemos índices y baremos, hasta donde alcanza la vista, la inteligencia humana, tanto más la inteligencia en diálogo, seguirá siendo muy superior a ellos a la hora de juzgar el valor de una obra investigadora individual. Quizá porque las personas pueden servirse de los indicadores, pero los baremos no pueden servirse de la inteligencia. El problema, bien cierto, es que las personas tenemos, además, intereses: por eso las mejores instituciones son aquellas que consiguen alinear los intereses individuales con el interés general. Confiar el grueso del peso de la selección y la promoción del profesorado universitario a índices y baremos es tirar la toalla en el objetivo de poder utilizar el mejor juicio de las personas en la dirección adecuada. Si mañana me viera obligado a elegir, para alguna función académica, entre los dos sociólogos que me rodean en la lista de INRECS, Maravall y Giner, no sería este índice ni ningún otro el que me resolviera el problema. Serían, en el mejor de los casos, un elemento más, poco relevante, y, en el peor, una forma de eludirlo. Los índices de impacto y otros pueden ser buenos indicadores colectivos y sugerentes indicios individuales, pero ni de lejos pueden reflejar el trabajo, la trayectoria o los logros de un investigador ni permitir una comparación adecuada con otros. Pueden ser útiles como punto de partida, pero es una triste desgracia hacer de ellos el punto de destino.