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Sociólogo, catedrático en la Universidad Complutense. Buena parte de mi investigación ha estado dedicada a la educación, en particular a las desigualdades escolares, la organización de los centros, la participación social, la profesión docente y la política educativa.
También he trabajado y trabajo sobre desigualdades sociales, sociología de las organizaciones, sociología económica. Ahora me interesan especialmente las redes, la internet y, en general, lo que llamo, para que rime, sociedad o era global, informacional y transformacional (SEGIT).

7 mar. 2014

¿Pegados al territorio? No, gracias

Sobre el punto 1 del manifiesto La Educación Que Nos Une
No aceptamos
Una educación desvinculada de los cuidados de la vida,
que da la espalda a los graves problemas de la humanidad,
que separa a las personas de su territorio y
reproduce y genera injusticias sociales y ambientales 
Proponemos
Una educación transformadora
que trabaja desde la comunidad y desde el territorio,
que crea una red de personas comprometidas
en la construcción de una sociedad más justa
y mas respetuosa con la tierra

    He aquí el primer punto del manifiesto La educación que nos une. Mi primer problema con él es, francamente, que no sé bien qué quiere decir, ni creo que nadie pueda saberlo con certidumbre -salvo quien lo escribió, claro, pero eso no sirve de mucho. ¿Qué son los cuidados de la vida? ¿Se refiere simplemente a cuidar de los seres vivos, de la vida en general, de la naturaleza? No voy a ironizar sobre la defensa de la vida, pero, ¿no se podría comenzar con un poco más de claridad?
    Cuando se habla de niños -y aquí se habla de educación-, los "cuidados de la vida" suelen designar actividades como la higiene diaria, la alimentación, etc. ¿Era eso? ¿Se está criticando que la escuela descuide esos aspectos? Desde luego, su ejecutoria no siempre es brillante al respecto, pero a mí ni me parece uno de sus problemas más importantes, ni se me ocurre cómo puede abrir un manifiesto, ni sé si alude especialmente a la LOMCE, los recortes, etc. Es más, creo que tanto la institución escolar como la profesión docente en España hace tiempo que no son nada partidarios de ocuparse de esos cuidados. Aunque la mayoría de los educadores terminan haciendo normalmente lo que la situación requiere, he sido testigo de muchos enfados individuales y colectivos de los educadores con la idea de que la sociedad los considera cuidadores o trabajadores sociales (según la edad de los alumnos), o de que las familias delegan en ellos cuidados de los que tendrían que ocuparse. ¿No se podría ser más claro en esto?
    No sé tampoco como interpretar la idea de que la educación "da la espalda a los graves problemas de la humanidad". No estoy satisfecho con el currículum academicista, ni con la supresión de EpC, ni con la visión de la escuela como un reducto a proteger de la sociedad, etc., pero ¿cuáles son exactamente esos graves problemas que no son pero deberían ser atendidos por la educación, y como deberían serlo? Me encuentro, de nuevo, ante una afirmación tan general que creo que no significa nada, o no sé qué significa.
   La educación, se añade, "reproduce y genera injusticias sociales y ambientales". Completamente de acuerdo y bastante en desacuerdo. La educación, sí, reproduce y genera injusticias sociales. Las reproduce, por ejemplo, cuando se organiza de modo que los privilegios positivos o negativos de clase, género, étnicos, comunitarios, políticos, etarios o ligados a la "normalidad" se traducen en privilegios educativos y, por ende, en nuevas desigualdades sociales. Y los genera, en particular, cuando reelabora la diversidad en desigualdad y, por sus propios mecanismos, produce o legitima otras desigualdades sociales (por ejemplo, cuando selecciona, etiqueta y clasifica a las personas según sus propios criterios arbitrarios y con graves consecuencias sobre su presente y su futuro).
    Pero ¿qué quiere decir "desigualdades sociales y ambientales". Para empezar, no entiendo la aposición, pues todas las que llamamos desigualdades ambientales son sociales, y precisamente por ello nos preocupan y nos ocupan. Si los australianos están más expuestos al agujero en la capa de ozono que los suecos es una desgracia para los primeros, pero no lo calificamos de desigualdad. Si los pobres tienen más probabilidades de vivir junto a las autopistas, consumir agua insana, habitar zonas insalubres, realizar trabajos arriesgados, etc., eso es desigualdad, y desigualdad social, en su variante ambiental. Pero, con franqueza, no se me ocurre cuál puede ser la relación especial de la educación con las desigualdades sociales en materia ambiental, o al menos no a qué puede referirse un manifiesto que tiene por objetivo la situación y la política aquí y ahora. De hecho, si se trata de eso la educación suele ser ambientalmente más justa que, pongamos por caso, la construcción, la industria o el transporte (los centros escolares son más iguales y están mejor distribuidos).
    En verdad, el único elemento del primer punto, parte No aceptamos, que creo ver más claro es el que he dejado para el final: la educación que se critica separa a las personas de su territorio, mientras que la que se propone trabaja desde el mismo. ¡Acabáramos! También aquí hacen falta dotes adivinatorias que yo no tengo, pero se me ocurren algunas hipótesis.
    Primera: la escuela contribuye a despoblar el campo, las pequeñas ciudades, etc. Esto no es nuevo: la escuela es urbana y el maestro es urbano, la educación es parte del proceso de modernización que incluye la urbanización, los costes escolares hacen que ciertas formas de provisión sólo sean posibles con cierta densidad demográfica, etc. Así ha sido, sobre todo en el pasado, y así es ahora en los países menos desarrollados y, marginalmente ya, en los desarrollados, y tal vez no pueda ser de otro modo. Ahora bien, me choca esa toma de posición desde una plataforma compuesta y apoyada sobre todo por docentes, si se tiene en cuenta que estos fueron y son los principales impulsores de las concentraciones escolares (el cierre de los pequeños centros en zonas menos pobladas), que casi ninguno quiere trabajar en centros rurales y pocos en la periferia más alejada de las ciudades y que muchos viven en poblaciones distintas, casi siempre mayores, que aquellas en las que trabajan.
    Segunda: la escuela no atiende suficientemente a la cultura local, el medio natural y físico próximo, etc. Si se trata de esto, francamente, lo dudo: dudo que así sea, dudo que deba hacerlo y dudo que lo haga ahora menos que antes. De hecho creo más bien lo contrario, que la LOGSE y su parafernalia asociada se excedieron en el énfasis en lo cercano y próximo, y que el profesorado que la aplicó con frecuencia lo hizo aun más, aunque este es un problema menor. Con esto no quiero decir que las cosas se hagan bien, pero sí que no creo que la educación se distinga especialmente hoy por separar a las personas de su territorio.
    A no ser, claro está, que se quiera una escuela más nacional y menos global, más comunitaria y menos nacional, más local. Para mí el problema es justo el opuesto: la escuela nació como una herramienta de construcción nacional y sigue siéndolo, ayer de construcción de la nación española y hoy desgarrada entre si construir España o Cataluña y Euskadi y Galicia y lo-que-quede, si todas a la vez o las unas contra las otras, sin contar con los interminables debates sobre qué es y qué comprende cada una de esas entidades. Pero no necesito entrar en eso: yo estoy convencido de que el mundo es cada vez más global en todos los aspectos, por más descontentos que surjan; de que la tarea de la educación, en vez de persistir en la construcción de una sociedad nacional como horizonte, o peor aún en su sustitución por alguna otra comunidad nacional más reducida y más homogénea y más excluyente, es la de contribuir a construir una comunidad humana, es decir, de toda la humanidad. Dicho al revés, considero que el problema no es que la educación separe a las personas del territorio sino, todo lo contrario, que tiende a soldarlas al mismo. Que haya que trabajar "desde la comunidad y desde el territorio", o es una banalidad (estás ahí, tal vez con los niños sea útil comenzar por ahí) o es la sublimación de un plan de trabajo preocupante, incluso peligroso.
   Y esta es mi tercera hipótesis, de hecho más inquietante. Aparte de una vaga alusión a la tierra en su conjunto ("respetarla"), este punto del Manifiesto, nada menos que el primero, se refiere por dos veces, y de manera rotunda, al territorio. Pero territorio no es sinónimo de tierra, como tampoco lo es de barrio, espacio o entorno. Territorio es un espacio definido por un poder. "Porción de la superficie terrestre perteneciente a una nación, región, provincia, etc.", según lo define el DRAE, y, como estoy seguro de que el manifiesto ha sido redactado por docentes, he de dar por supuesto que lo saben. Quizá sepan también -o quizá no, o no quieran- que el 80% de la desigualdad entre los hogares del mundo, medida por el índice de Gini, es hoy debida a las desigualdades territoriales (Milanovic, Worlds Apart. Measuring intenational and global inequality, Princeton UP, 2005), es decir, debida a haber nacido en una u otra nación: por eso los pobres sueñan con la emigración y los ricos con la secesión. Y lo que hace este punto del manifiesto es, sencillamente, escamotear las desigualdades territoriales, que deben su aceptación y legitimación sobre todo a la escuela (la que mejor nos enseña a distinguir entre nosotros y los otros, el endogrupo y el exogrupo, la nación y el resto: ¿les suena?), tras las desigualdades ambientales, con las que poco o nada tiene que ver y sobre las que puede hacer bastante menos. Hubiera sido más útil interrogarse sobre el papel que están jugando los docentes, lo sepan o no, en legitimar ese 80% de la desigualdad.
    Ya tienen una primera razón por la que yo no puedo unirme a este Manifiesto. En este punto, estoy a años luz.