17 feb. 2014

¿Educar en casa, sin escuela? Sólo si se demuestra igual o mejor que en ella

[Artículo publicado en Escuela, en extracto]
No hay justificación para oponerse de entrada a la educación en casa (homeschooling), que gana y ganará cada vez más partidarios. Basta con dar la vuelta a la descripción de una escuela típica para obtener un rosario de razones: aprendizaje personalizado, ritmos ajustados a las capacidades, proyectos polivalentes, ambiente acogedor, reconocimiento de la diversidad, atención a las necesidades y capacidades especiales, desafíos personales en vez de competencia interpersonal, ausencia de límites, horario y calendario flexibles, aprovechamiento de la tecnología. En la sociedad de la información, con una población cada vez más educada, potentes y amigables ordenadores y otros dispositivos, banda ancha por doquier y toda suerte de redes y comunidades físicas y virtuales, la escuela es ya sólo una parte de la enseñanza, lo mismo que la enseñanza de la educación y esta del aprendizaje. El tiempo dedicado al aprendizaje por el aprendiz ya no requiere otro tanto del educador, el cual no necesita ser parte de un programa de enseñanza, que tampoco precisa desenvolverse en una escuela. Con las redes y la tecnología a su disposición, una proporción no desdeñable de familias puede plantearse hacer lo mismo que la escuela, pero mejor, a veces mucho mejor. Los resultados académicos, PISA, la EGD y otros indicadores nos dicen una y otra vez que, en promedio, la institución no brilla con luz propia ni está a la altura de las necesidades, menos aún de las posibilidades. A esto se suma una pertinaz incapacidad para afrontar peculiaridades o problemas que incluso de manera episódica pueden amargar y truncar una trayectoria escolar y vital: falta de reconocimiento a las minorías, homofobia, acoso entre los alumnos, por no hablar de los casos de incompetencia o malas prácticas de los docentes que, haberlos, haylos. A veces se añade la guinda de oportunas noticias, como que los homeschoolers norteamericanos obtienen mejores resultados en algunas pruebas generales o de acceso a la universidad, y las consabidas gotas de glamor sobre los brillantes productos del entorno doméstico: John Stuart Mill y John Quincy Adams; George Bernard Shaw y Margaret Mead; Alexander Graham Bell y Theodor y Franklin Delano Roosevelt; Jimmy Wales y Julian Assange... hasta el tándem Brangelina ha decidido educar a su nutrida prole en casa.
Pero hay también una cara oscura. Cuando la aristocracia y la burguesía cultas (que no siempre lo fueron) se resistían a llevar a ese puñado de Mill, Adams, Shaw y demás a las escuelas públicas (así se llaman en inglés las escuelas privadas, públicas en el mismos sentido en que lo es un urinario que nadie preferiría al de su casa), millones de niños menos afortunados no tenían escuela alguna a donde ir, ni preceptores a los que pudieran pagar, ni otra cosa que una familia poco o nada educada, capaz apenas de formarlos en la supervivencia y algunas tareas, raramente en un oficio. Todavía hoy, aunque una minoría creciente de familias esté ya formada por adultos con más y mejor educación que los probables profesores de sus hijos (o idéntica: podría incluso contar el paso de algún fanático de la escuela pública a fanático de la educación por cuenta propia, sin salir del gremio ni apearse del fanatismo), la mayoría de ellos tienen la misma o menos y muchos bastante menos. Si la formación inicial de la profesión docente ofrece apenas una garantía limitada de buena acción educadora, la autoproclamación de unos padres enfadados con la escuela o la epifanía de una ama de casa que atisba ahí el sentido de su vida, aún menos. Los cacareados buenos resultados de los homeschooled en niveles educativos ulteriores no nos dicen nada a ese respecto, porque no tenemos datos sobre en qué proporción llegan. Por lo demás, y hasta donde los podemos controlar, sabemos que aparecen en primaria y se van esfumando a lo largo de la secundaria (probablemente a medida que el cuidado y el aprendizaje-juego van dejando paso a la enseñanza y el aprendizaje más sistemáticos, llevando al progenitor-educador más allá de sus límites y al educando más allá de sus deseos y reacciones espontáneos).
Por desdicha, la profesión parental es a la vez más difícil y menos selectiva que la docente. Y por cada glamoroso exponente del homeschooling sin duda hay unos cuantos más en las prisiones, ciento o miles en la miseria, etc.; todos ellos en la oscuridad, sin empañar la instantánea, pero que no deben ser ignorados (pues unos viven en la oscuridad y otros en la luz, y se ve a los primeros pero no a los segundos, como escribió Brecht). Si se necesitan con glamor y morbo tenemos desde el filicidio de la niña prodigio y supermujer Hildegart Rodríguez Carballeira por su madre o el ahogamiento de sus cinco hijos por Andrea Yates, dos sonadas madres homeschoolers, y ha habido y habrá más, pues no es ninguna broma encerrar en el mismo sitio, durante años, a unos padres (probablemente una madre) y sus hijos. Igual que se decía frente a la aldea sobre la ciudad, cabe decir frente a la familia, que puede llegar a ser asfixiante, que el aire de la escuela hace libre (si hay suerte), y una pizca de precaución hacia el riesgo de alguna familia que quiera encapsular a sus hijos nunca estará de más (confía, pero verifica). Para quien se conforme con emociones menos fuertes, desde la educación cienciológica (blended, más que home) de los hijos del ex matrimonio Cruise-Kidman hasta los claros vínculos de algunas (sólo algunas) plataformas españolas pro educación en casa con la defensa de la escolarización diferenciada por sexos y la llamada objeción a la Educación para la Ciudadanía (es decir, con la Conferencia Episcopal), por no hablar de alguna secta que fue a parar a los tribunales o de residuos no erradicados del trabajo infantil. Los aficionados a buscar ilustres homeschooled pueden detenerse en otro caso: Horace Mann, educado en casa y creador del sistema escolar de Massachussetts (público, abierto, laico, interclasista libre y profesionalizado), que algo supo de los dos modelos y que creó el que inspiraría al conjunto del sistema norteamericano y, por cierto, a Giner de los Ríos y la Institución Libre de Enseñanza.
¿Homeschooling sí, o no, entonces? La primera capa de la respuesta es breve y sencilla: sí, siempre y cuando sea igual o mejor que la escolarización ordinaria. La segunda parte requiere más detalles que no corresponde abordar aquí, pero implica en todo caso que los poderes públicos tienen un derecho que defender, por encima del de los padres a “elegir la educación de sus hijos”, que es el de los hijos a recibir una educación adecuada y de calidad -después de todo es para ellos, no para sus padres, que en esto sólo tienen un papel fiduciario. Esto implica, cuando menos, cierto control de su bienestar personal, su progreso académico y su integración social. Así, sí; si no, ni en broma.
Por un lado, el lento movimiento del dinosaurio escolar, dominado por una profesión corporativa y trabado por las prerrogativas sindicales, promete bien poco, de modo que más y más familias van a plantearse, si tienen la posibilidad de hacerlo, ocuparse directamente de la educación de sus hijos, algo que facilitan y potencian la tecnología (incluidos el software educativo alojado en dispositivos en la nube, la ludificación o gamificación, etc.) y las redes (incluidas las comunidades de aprendizaje en línea, las escuelas blended o flexi-, las plataformas de autoayuda...). Por otro, sin embargo, no debe olvidarse que hemos pasado de comunidades pequeñas y familias extensas, lo que constituía un ambiente muy protector para los niños (entorno confiable, presencia de adultos conocidos, abundancia de pares) o otro de comunidades amplias e impersonales y familias exiguas e incluso inestables. En esas circunstancias, un recinto específicamente diseñado, protegido y equipado, poblado por sus pares y casi pares y atendido por adultos formados como educadores, es decir, una escuela, es una opción más que atractiva, potencialmente la mejor. Pero es verdad que muchas veces no están todavía a la altura de la tarea, por lo que más de una familia va a considerar que sus hijos no tienen por qué pagar ni ese problema ni el tiempo que pueda costar arreglarlo. Es su derecho, diría yo, pero siempre y cuando asuman el deber correspondiente y puedan acreditar que lo hacen.