25 feb. 2014

Cuchillo de palo: las TIC en la Facultad de Educación de la U. Complutense

En un trayecto en metro de apenas cinco estaciones veo permanecer o pasar por mi vagón un centenar de personas, de las cuales casi treinta leen algo en sus móviles (y un par de ellos en tabletas y uno en un ordenador), cinco leen libros y siete hojean periódicos. Yo mismo voy por el mundo sin papel y lo mismo llevo un bolígrafo que no, pero siempre-siempre llevo el móvil (aunque hablo muy poco y muy breve por teléfono), que ya es un miniordenador, y casi siempre, además, una tableta y/o un ordenador. Unos antes y otros después, unos más y otros menos, pero todos entramos en la Galaxia Internet y con mucha más rapidez que lo hicimos y que lo hicieron nuestros ancestros, en su día, en la Galaxia Gutenberg. No sólo cada generación, sino cada cohorte lo hace con más amplitud y profundidad que la precedente, y, si la anterior mudanza intergaláctica llevó siglos, esta se resuelve en apenas lustros.
Pudimos entrar en la Galaxia Gutenberg porque nos condujo a ella una legión de maestros que dominaba su tecnología, la lectura y la escritura. Verdaderos expertos, si no artistas, de la caligrafía, la ortografía, la sintaxis y la escritura en general, así como apasionados de la lectura. La pregunta es: ¿nos podrán conducir ahora en este nuevo tránsito? Tal como escribí hace ya más de tres años ("La infantería de Gutenberg ante la galaxia Internet", Revista de Libros 170), me temo que no, al menos hasta donde alcanza la vista. De hecho, los indicadores disponibles señalan que el docente español medio no es precisamente un freaky del nuevo entorno digital (lo he tratado en un artículo más reciente: "Aquí no hay química: la difícil relación del profesorado con la tecnología"). Hay muchas razones para que no puedan o no quieran, pero una de ellas está en su formación, sobre todo en su formación inicial. Si perseguimos la alfabetización digital de los alumnos hay que empezar por la de sus profesores, pero la pregunta que me hago hoy se refiere a nosotros, los profesores de los profesores. En particular, a la mayor Facultad de Educación de España.
Cuando me incorporé a la Facultad de Educación de la Universidad Complutense, en el curso 2010-2011, decidí utilizar las aulas de informática para los dos grupos de los que me iba a hacer cargo. Pero llegué cuando prácticamente ya comenzaba el curso y pensé: "La fastidiamos, son pocas y seguro que las ya están reservadas a la hora en que las necesito." Pero no fue así... ¿Buena noticia, o mala noticia? Buena para mí, si no mirase más allá de mis narices, pero mala para el sistema educativo y para todos, creo.
En la Facultad de Educación se forman los futuros maestros (grados de Magisterio), los futuros profesores de secundaria (Máster de Secundaria) y una pequeña gama de otros tipos de educadores. Contaba en 2012-13 con 5283 alumnos y 337 profesores Un recuento aproximado sobre los horarios indica que alberga cerca de setecientos grupos docentes en 2013-14, lo que, teniendo en cuenta que el Prácticum se concentra en el segundo cuatrimestre, probablemente arroje poco más de trescientos grupos en este y algo menos de cuatrocientos en el primero. Más que suficientes, en todo
caso, para que surja un problema a la hora de asignar las cuatro únicas aulas de informática, que suman 30+20+20+20 = 90 puestos. ¡Pues nada de eso!
El eficaz (ese sí) sistema de reserva de espacios de la Facultad permite ver el uso que se hace de las aulas con equipamiento informático a lo largo del cuatrimestre, que se reduce a lo siguiente (los escépticos pueden ver aquí las capturas de la web):
·             tres grupos de tres asignaturas cuyo enunciado mismo sugiere que es un requisito: Tratamiento Informático y Análisis de Datos en Educación, Matemática Elemental por Ordenador, Tecnologías de Apoyo y  TIC en Atención a la Diversidad;
·             dos grupos de Geografía del Máster de Secundaria;
·             un grupo de Observación y Registro de Datos y uno de Orientación Educativa y Acción Tutorial;
·             mis dos grupos de este cuatrimestre: Sociedad, Educación y Estado del Bienestar, y Sociología de la Educación (Inglés).
Los tres grupos del primer párrafo están donde evidentemente deben estar (aunque uno, que ya ha visto, por ejemplo, clases de música sin música -no en la Facultad-, tampoco se sorprendería demasiado si no estuvieran). Los dos siguientes son también fácilmente comprensibles: es difícil imaginar clases de Geografía sin Google Earth, Google Maps o Google Satellite (más Streetview, Bing Maps, Ikimap, Marble, WorldWind, etc., etc.); y están a cargo, conjuntamente, de dos profesores de Geografía, no de la Facultad de Educación (el Máster de Secundaria hace que tengamos unas decenas de profesores de otros centros, especialistas de distintas áreas, que dan clase en la Facultad).
De los otros cuatro grupos, los únicos que claramente podrían no estar en las aulas de informática, dos son míos... y los otros dos son impartidos por una misma profesora, Celia Rosa Camilli, a la que no conozco personalmente pero que ya es mi heroína pedagógica. Profesora, por cierto, Asociada, lo que, en mi opinión, aumenta su mérito personal y oscurece un poco más el balance del conjunto.

Por supuesto, no pretendo que todas las clases deban tener lugar en aulas informáticas. Para empezar, cualquiera que lea esta entrada y esté un poco familiarizado con el diálogo sobre las TIC en educación ya habrá pensado que las aulas de informática son, como tales, una etapa inmadura de su introducción, que lo deseable es poder utilizar ordenadores y conectividad en las aulas ordinarias. Así es, pero lamento decir que en la Facultad son todavía lo más plus. Resulta impensable que el conjunto de alumnos utilice sus propios dispositivos (BYOD, o BYOT), porque ni los traen (si es que los tienen) motu proprio ni contamos con la cobertura inalámbrica adecuada (aunque esto ha mejorado mucho, sólo recientemente). Con independencia de que un profesor baje su presentación de la nube o del portal de la Universidad, o proyecte un vídeo albergado en la red (las aulas ordinarias sí cuentan todas con ordenadores conectados a un proyector y a la red, aunque vetustos), el uso generalizado por un grupo-clase de ordenadores y red requiere ir a las aulas especialmente equipadas. Por supuesto, algunas asignaturas no lo necesitarán nunca o casi nunca, otras lo necesitarán poco y en la mayoría se podrá contar con un amplio margen de discrecionalidad, pero me resulta difícil imaginar que, entre más de trescientos grupos, sólo en cuatro valga la pena acceder a tecnologías y redes de modo más o menos regular.