8 oct. 2013

Un país infracualificado

    La presentación por la OCDE de la primera edición del informe PIAAC (Programme for the International Assessment of Adult Competencies), lo que podríamos considerar el PISA para adultos, ha supuesto un nuevo varapalo para España. Nuestro país queda mal, como era de esperar, en los ranking: penúltimo en comprensión lectora (252 puntos, frente a 271 de la UE y 273 de la OCDE, sólo por delante e Italia con 250) y último en matemáticas (246 puntos, por 268 de la UE y 269 de la OCDE) (bien es cierto que, en estas pruebas, no están los habituales consuelos griego y portugués, pero sí Chipre, Eslovaquia, Irlanda y otros). En la misma posición quedamos en lectura si se compara sólo jóvenes de 16-24 años, aunque podríamos mejorar algo con supuestos generosos respecto de las no respuestas (adelantaríamos al Reino Unido y a los Estados Unidos).

    El gobierno se ha apresurado a argumentar que la culpa es, cómo no, de la LOGSE. Los datos agregados que ofrece el informe de la OCDE no permiten todavía afinar mucho, pues la mayor parte de la población queda agrupada en la cohorte cajón de sastre de 25 a 54 años, comparable así sólo con el grupo más joven (16-24) y el de mayor edad (55-64). El argumento del gobierno es que la mejora de los resultados de los mayores al grupo central es notablemente superior a la que se produce de este al grupo más joven, lo que demostraría que la LGE mejoró los resultados mucho más que la LOGSE, pero este es un argumento muy débil. Primero, porque el grupo central es demasiado amplio para sacar conclusiones apresuradas; segundo, porque pasar de muy mal a mal es bastante más fácil que pasar de mal a regular, etc.; tercero y sobre todo porque las políticas educativas no deben reducirse a la ordenación académica.

    Es manifiesto que no se ha logrado la gran recuperación cultural, que España no ha superado el desfase con la media de los países más avanzados (aunque se encuentre a la par de algunos de los avanzados entre los avanzados, como los Estados Unidos o el Reino Unido), así como que países que partían de más atrás sí que han sido capaces de hacerlo (el caso más obvio es Corea). Pero el fracaso es del conjunto de la política educativa, la institución escolar y la profesión docente (sin contar, más vagamente, con el de la sociedad). No se pueden dejar fuera la formación del profesorado y la ordenación de la carrera docente, las políticas compensatorias (especialmente en un país con grandes desigualdades sociales y territoriales), los sistemas de evaluación, etc.

    Por lo demás, las actuales propuestas de contrarreforma de la ordenación del sistema, en particular la anticipación de la bifurcación hacia el bachillerato o la formación profesional, no parece que vayan precisamente en el sentido que sugerirían los datos del PIAAC. Las competencias que PIAAC (como PISA) mide son más bien las que se adquieren en la enseñanza general, no especializada, de modo que es esta la que hay que mejorar, consolidar y reforzar, no al revés. La derecha se centra siempre en su fantasma particular, la ESO (cuya segunda mitad es producto de la LOGSE, pues la primera lo fue de la LGE), pero no se debería ignorar por más tiempo que los problemas comienzan en la beatífica primaria ni que se prolongan en el bachillerato, cuyos dos últimos años son en gran medida los de siempre.

    La parte más hiriente del informe sin duda es la oprobiosa comparación entre los titulados superiores españoles y los titulados medios de algunos países. Un bachiller holandés o japonés, por ejemplo, se desenvuelve de forma más competente (en estas pruebas) que un titulado superior español. Pero sobre esto habría que preguntarles en particular, de nuevo, al bachillerato, y de una vez por todas, porque ya es hora, a la universidad, en la que entre otros titulados se forman los docentes de todos los niveles.